La conflagración de Notre-Dame

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El pasado lunes 15 de abril, a pocas horas de publicado en este blog un artículo que trata sobre la causa última de la «demolición controlada» del cristianismo que tiene lugar en nuestros días, se suscitó un virulento incendio en la catedral de Notre-Dame de París que destruyó uno de los máximos iconos de la cristiandad a la vista de todo el mundo. Mero accidente o ataque intencional, lo cierto es que esta conflagración ha venido a instituirse en una señal inequívoca de que el multiforme fuego de Dios ha comenzado los preparativos para poner fin a la presente era.


 

Estas líneas estaban originalmente reservadas para albergar lo que iba a ser una suerte de “lado B” de mi anterior artículo «La sal ha perdido su sabor» —a la sazón, el primero publicado en este blog—, en el cual contrasto lo que los analistas del llamado nuevo orden mundial interpretan ante la evidente y alevosa destrucción del cristianismo y del mundo occidental en nuestros días con aquello que sobre todo esto nos dice Dios en su palabra.

En este segundo artículo tenía, más precisamente, la intención de tratar sobre la respuesta a la pregunta que Jesús realiza en su parábola de la sal: “Si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada?” Y es que, en efecto, si humanamente resulta imposible volver a salar la sal que ha perdido sus propiedades para preservar la carne de la descomposición, con Dios las cosas son distintas. La palabra clave de este nuevo artículo era fuego, pues fue el mismo Jesús quien dijo en otro pasaje, en el evangelio de Marcos, que todos serían salados con fuego (Mr. 9:49); palabras, estas, que han intrigado a los estudiosos de todos los tiempos.

Es así, entonces, que en la tarde del lunes 15 de abril, apenas transcurridas unas horas desde que publicara aquel artículo inaugural, ya le estaba dando forma en mi mente a uno que giraría en torno a este misterioso fuego que, según Jesús, tendría la capacidad de salarlo todo y a todos. Pero entonces me sorprendió otro fuego desde la pantalla del televisor: el fuego de Notre-Dame. Y fue así como supe que el “lado B” de «La sal ha perdido su sabor» debía ser pospuesto hasta una próxima oportunidad.

Ver la catedral de Notre-Dame de París envuelta en llamas fue, en verdad, como percibir en tiempo real la extraña obra que Dios está haciendo en los igualmente extraños días que nos está haciendo vivir. No es casualmente que uso aquí el adjetivo “extraño” para describir tanto la obra de Dios como los días que estamos viviendo, especialmente en las sociedades occidentales fundadas sobre el cristianismo. En el libro de Isaías —compuesto, en verdad, para nuestros días— leemos, en efecto:

Porque como en el monte Perazím se afirmará Yahweh, como en el valle de Gabaón se enojará para hacer su obra (extraña es su obra), y para efectuar su operación (extraña es su operación)… (Isaías 28:21)

Ahora bien, tan sólo un capítulo más adelante, Dios se vuelve un tanto más específico respecto de su extraña obra y de su no menos extraña operación. Dice allí, más concretamente, lo que dicha obra y dicha operación causarían entre quienes, pese a toda el agua sucia que ha corrido bajo el puente de la cristiandad durante casi dos milenios, hoy continúan confiados en que todos los días se parecerán siempre, invariablemente, al que les antecede y al que les sigue:

Este pueblo se me acerca con sus bocas y me honra con sus labios, pero sus corazones están lejos de mí y su reverencia de mí no es más que un mandamiento de hombres que les fue enseñado. Por ello, mírenme: nuevamente voy a hacer con este pueblo una obra maravillosa, el prodigio de un prodigio, y se desvanecerá la sabiduría de sus sabios y no se encontrará el entendimiento de sus entendidos. (Isaías 29:13,14)

Yo, por mi parte, espero que nadie vaya a tomar a mal que para describir la sensación más íntima de muchos de los habitantes de este mundo occidental que hoy se encuentra secuestrado y a merced de quienes planean su ruina, me valga aquí de una vieja canción que, aunque firmada colectivamente por The Doors, lleva la inconfundible marca de la pluma quirúrgica de Jim Morrison; su título es, precisamente, «Strange days» y su primera estrofa dice así:

Strange days have found us / Strange days have tracked us down / They‘re going to destroy our casual joys / We shall go on playing or find a new town… [1]

Percibo, en efecto, que todos —absolutamente todos— se dan cuenta de lo extraña que ha llegado a ser nuestra vida en las sociedades occidentales de hoy. Pero esto no quiere decir que todos se planteen la necesidad de encontrar, tal como dice la canción, una nueva ciudad. La mayoría, la inmensa mayoría, prefiere sencillamente “seguir jugando”, en el día a día, en la ciudad que los vio nacer, sin importar que esta se haya transformado en un lugar irreconocible y que, en algunos casos, se encuentre ya casi al borde de lo invivible. Su divisa, por necesidad, ha de parecerse entonces a aquel apócrifo adagio italiano con el que un filósofo alemán de nuestros días ha encabezado su obra monumental sobre el cinismo: “Los tiempos son duros, pero modernos”.

“Los días extraños nos han rastreado la huella”, dice la canción. Pero lo que en verdad nos ha rastreado la huella es la palabra de Dios, que hoy se cumple frente a nuestros propios ojos y que lo seguirá haciendo en los días por venir hasta poner fin a la era presente y dar paso, en la era que viene, al establecimiento del reino de Dios.

No se trata, en realidad, de otra cosa que de esto: Dios pondrá término a una era de crueldad, de anomia y de injusticia para dar lugar a otra de misericordia, juicio y justicia. Pero, precisamente, son tantas las cosas que deben ajustarse en este fin de la era y tan apabullantemente eficaz Aquel que ha comenzado a ajustarlas, que a la mayoría de los mortales —incluida, entre ellos, la mayoría de quienes se llaman a sí mismos cristianos— sólo les queda hablar muy vagamente de nuestro tiempo como de unos días extraños que se han adueñado de nuestras vidas de a poco, casi sin darnos cuenta…

Pero vuelvo a Notre-Dame. Las primeras noticias oficiales nos decían que el incendio se inició accidentalmente en el marco de las obras de reparación que se estaban realizando en la catedral. Pero luego, en los días posteriores, algunos han investigado lo suficiente toda la cuestión como para poder afirmar que se trató de un incendio intencional. A mi entender, las razones que esgrimen estos últimos para sostener la hipótesis de un atentado son irrefutables. Y sin embargo —créanme— nada de esto importa demasiado. ¿Por qué? ¡Pero si acabo de decirlo! Durante siglos, Dios nos ha dejado hacer, observando lo que hacíamos y, de hecho, sabiendo perfectamente lo que haríamos.

Dios sabía, en otras palabras, que Notre-Dame sería construida hace siglos como un alarde arquitectónico y artístico para proveerle una casa (aún cuando Él mismo ya había dicho varias veces que no habita en templos hechos por manos humanas); sabía asimismo que la llenarían de ídolos abominables (siendo que Él muchas veces nos ha dicho que detesta los ídolos); sabía que, mucho después, un escritor romántico usaría la catedral como escenario para su novela de lo feo y lo sublime protagonizada por un pobre jorobado y que, en aquel mismo siglo, agregarían a la estructura de la misma aquella flecha que apuntaba orgullosamente al cielo y que hace un par de semanas vimos derrumbarse entre las llamas de fuego; sabía, en fin, que Notre-Dame de París dejaría de ser un símbolo de la cristiandad para convertirse, más “inclusivamente”, en un símbolo del mundo occidental y en patrimonio de la UNESCO. Y si —tal como se viene barajando— piensan reconstruir la catedral en la forma de un templo ecuménico que sirva de vista a un espléndido centro comercial, Él ya también sabía esto.

Lo cierto es que Dios conoce el final de todo desde el comienzo de todo. ¿Dudará acaso alguno que Dios conoce el final desde el comienzo? ¿Tal vez suena esto demasiado ingenuo como para ser puesto en letras de molde por un hombre maduro de comienzos del siglo veintiuno? En tal caso, permítanme poner en danza aquí lo que el espíritu de Dios mostró al apóstol Pablo acerca de nuestros días y que éste transmitiría luego por carta a Timoteo, su discípulo dilecto. Dijo Pablo, hace casi dos mil años:

Sabe también que en los últimos días vendrán tiempos peligrosos, pues las personas serán amadoras de sí mismas, apegadas al dinero, jactanciosas, soberbias, blasfemas, desobedientes a los padres, desagradecidas, malignas, sin afecto natural, implacables, difamadoras, incontinentes, brutales, aborrecedoras de lo bueno, traidoras, impulsivas, vanidosas, con apego a sus propios placeres antes que a Dios, al cual venerarán en las formas mientras hacen caso omiso de su poder… (2 Timoteo 3:1-4)

¿Acaso no están aquí, condensadas en estas palabras del apóstol que trajo el evangelio de Jesucristo a Occidente, todas las reacciones que han rodeado al fuego de Notre-Dame desde el mismo instante en que comenzó a arder y hasta este preciso momento en que escribo estas líneas? Para corroborar esto, sólo bastaría con repasar lo que la gente ha publicado en Twitter desde entonces bajo el hashtag #NotreDame. Sin embargo, quien parece haberlo dicho casi todo es el actor francés Fabrice Luchini, quien luego de afirmar lo obvio (“Notre-Dame de Paris es un símbolo de Occidente”) ha expresado lo que ninguno de los que aún continúan llamándose “cristianos” —y que, en muchos casos, tan sólo lo hacen porque se siguen reuniendo, año a año, en torno a la mesa navideña— se atrevería jamás a expresar con tanta honestidad:

Incluso si uno no es cristiano, incluso si ya no somos cristianos: Francia es cristiana. Es un hecho. Estoy golpeado en mi corazón. Aturdido. Algo superior vino a alterar los calendarios de las reuniones de los medios, la vida anecdótica, el frenesí. Es la metafísica la que surge en el acalorado debate de las luchas políticas para afirmar una tragedia y restaurar la seriedad… Estas llamas y cenizas nos abrazan. Todos están abrumados. Casi se podría pensar en una señal. [2]

Acostumbrado, como todo actor, a percibir los movimientos más íntimos de su alma, y como alguien de edad avanzada que ciertamente ha conocido una realidad diferente a la de nuestros millennials, Fabrice Luchini ha dicho lo que incluso el Papa —sobre todo el Papa— no se atrevería a decir: Dios ha comenzado nuevamente a dar señales inequívocas de su obrar en el mundo. En verdad, Luchini hace muy bien en ver, en este incendio de la catedral de Notre-Dame y en todo lo que éste ha suscitado, una señal.

Y es que, como ejecutor todopoderoso de su propio plan perfecto, Dios cuenta con una gran economía de recursos. Su propia palabra nos dice en más de una ocasión que Dios es un “fuego consumidor”. Ahora bien, lejos de la grosera imagen del fuego infernal que los cristianos se han pintado primero a sí mismos y que han obligado luego a contemplar al resto de los mortales, el de Dios es un fuego multiforme que se ha vuelto a posar sobre las naciones y los gobiernos para dar cumplimiento cabal a la misión que antaño encargara al profeta Jeremías, a saber, la de “arrancar y destruir, arruinar y derribar, edificar y plantar…” (Jer. 1:10) Tal es también el sentido de estas palabras de Jesús que pocos comprenden y que, de hecho, pocos desean comprender:

Fuego vine a echar sobre la tierra, ¡y cuánto deseo que ya estuviese encendido!… ¿Ustedes suponen que he venido a traer paz a la tierra? ¡Pues no, sino disensión! Porque de aquí en más cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre estará dividido contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra… Cuando ustedes ven la nube que asoma desde occidente, de inmediato dicen: “Se viene la lluvia”, y así sucede; y cuando sopla el viento sur, dicen: “Va a hacer calor”, y así es. ¡Hipócritas! Saben distinguir el aspecto del cielo y de la tierra, ¿y cómo no distinguen este tiempo? (Lucas 12:49-56)

Los cristianos, adormecidos por la teología de la liberación o por el History Channel, se han construido un Jesús a su medida, como si no hubiese sido Él mismo quien dio aquella orden a Jeremías. Durante décadas —acaso siglos— han mamado la leche adulterada del relativismo humanista y hoy han terminado por creerse el cuento de que Jesús no fue más que un hombre; algunos creen incluso que no ha sido mucho más que un Che Guevara del mundo judaico bajo el yugo romano. Pero en nuestros días, cuando comienzan a cumplirse estas y otras palabras del verdadero Jesús, ¿dejarán acaso de distinguir qué tiempo es este?

En resumen, con todos sus pormenores y en todo el contexto internacional que lo rodea, el incendio de Notre-Dame ha venido a instituirse en una señal para todos aquellos que aún sepan anticipar cuándo vendrá la lluvia o cuándo hará calor. La señal apunta claramente al final de esta era, requisito fundamental para el inicio del reinado visible de Dios entre los hombres. ¿No son estas, acaso, las mejores noticias que nuestro caótico y corrompido mundo actual podría recibir? Y no menos buena es la noticia de que, aunque no falta mucho para ello, la puerta de acceso a su reino aún no se ha cerrado. Sin embargo, nadie podrá entrar en el reino de Dios sin prestar la debida atención a estas palabras y, sobre todo, sin dar cumplimiento efectivo a las mismas en su propia vida:

Busquen a Yahweh mientras pueda ser encontrado, llámenlo en tanto está cercano. Deje el transgresor su conducta y el inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Yahweh, el cual tendrá de él misericordia, y a nuestro Dios, el cual será amplio en perdonar. Porque mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni sus caminos mis caminos, dice Yahweh. Porque como desciende del cielo la lluvia y la nieve, y no regresa allí, sino que riega la tierra, haciéndola germinar y producir y dar semilla al que siembra y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero y tendrá éxito en aquello para lo que la envié. (Isaías 55:6-11)

Sí. Búsquenlo.

 

Notas

[1] Los días extraños nos han encontrado / Los días extraños nos han seguido el rastro / Van a destruir nuestras alegrías más sencillas / Deberemos seguir jugando o bien encontrar una nueva ciudad

[2] «Incendie de Notre-Dame de Paris — “On pourrait presque penser à un signe”, selon Fabrice Luchini». Epoch Times, 17 de abril de 2019 (en línea).

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