Dios, el salvador de todos los hombres

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Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento nos cuentan acerca de un Dios que ha creado los cielos, la tierra y todo lo que en ellos hay y que ha hecho a los seres humanos a su imagen y semejanza. Sin embargo, desde hace siglos, quienes dicen representarlo nos aseguran que Dios destruirá para siempre a una gran mayoría de esta misma humanidad que ha creado y que tan sólo sus escogidos tendrán la dicha de pasar junto a él la eternidad. ¿Cuál es la verdad de todo esto? ¿Acaso ha fallado el propósito que Dios tuvo desde un comienzo?


 

En el libro del Deuteronomio se halla el recuento del amargo episodio que protagonizaron los hijos de Israel en el desierto en relación con el becerro de fundición que, ante la tardanza de Moisés para regresar al campamento desde  el monte, se habían hecho para adorarlo, diciendo: “¡Este es tu dios, Israel, el que te sacó de la tierra de Egipto!” (Éxodo 32:8) Allí Moisés, dirigiéndose al pueblo, les recuerda su violación del pacto hecho con su Dios y les cuenta lo que entonces dijo a este para evitar que en el ardor de su ira los destruyese. He aquí su oración a Dios tal como se la refiere al pueblo:

Mi Señor Yahweh: no destruyas a tu pueblo y tu heredad que con tu magnificencia has redimido y hecho salir de la tierra de Egipto con mano fuerte. Acuérdate de tus siervos Abraham, Isaac y Jacob, no mires la dureza de este pueblo, ni su maldad ni su pecado. No sea que los de la tierra de donde nos hiciste salir digan: “Como no pudo introducirlos en la tierra que les había prometido, o bien por detestarlos, los sacó para matarlos en el desierto…” (Deuteronomio 9:26-28)

Dios escuchó la oración de Moisés y pasó por alto la transgresión de su pueblo. Y cabe preguntarse aquí, de acuerdo con dicha oración: ¿habría librado Dios a los hijos de Israel de su dura servidumbre en Egipto tan sólo para matarlos más tarde en el desierto?

En una de sus parábolas, Jesús nos habla acerca de lo importante que es calcular el costo de seguirlo, equiparándolo a realizar los cálculos pertinentes antes de comenzar a construir una torre, no sea que los recursos se acaben a mitad de la construcción y todos los que pasan, viendo la torre a medio construir, se burlen, diciendo: "Este se puso a construir y no pudo terminar la obra" (Lucas 14:28-30). ¿Será este el caso de Dios? ¿Será que Él mismo no ha seguido al principio el consejo que ha dado luego a los hombres, haciendo, por ende, de toda su creación un propósito fallido? El, que siendo todopoderoso dijo a los hombres y las mujeres, hechura de sus manos, "sean fructíferos, crezcan, llenen la tierra y manténgala a raya" (Génesis 1:26), no pudiendo acaso garantizar que estos cumpliesen con aquello para lo que los creó, irá finalmente a destruirlos para siempre. ¿Es esta, en verdad, la historia que nos cuentan las Escrituras?

Lo cierto es que he escuchado ya demasiadas veces lo que episodios como el protagonizado por los israelitas en su travesía de cuarenta años por el desierto han inspirado a los hombres, tanto a los “ateos” como, incluso, a los religiosos. Muchos, muchísimos de ellos creen ver, en este y en otros pasajes similares, el colmo del despotismo, el abuso último y absoluto de la superioridad de fuerza; ven, en otras palabras, a un Dios cruel e incomprensible para el cual los seres humanos valen muy poco o bien nada en lo absoluto. Empero, la diferencia entre los “ateos” y los religiosos es que, mientras que los primeros se alejan horrorizados de un Dios semejante, los segundos, movidos acaso por un temor animal, hacen pregón de las supuestas prerrogativas de Dios frente al resto de los hombres, no sea cosa que —también a ellos— los destruya sin el menor miramiento por haberle fallado en su servicio.

Yo, por mi parte, anuncio aquí a un Dios grandioso y poderoso, pletórico de belleza y de rectitud, justo y misericordioso. ¿Acaso hago esto desde algún rincón de mi “subjetividad” edulcorada? No; antes bien, lo hago fundado en aquellas mismas Escrituras a las que algunos consideran la prueba más fehaciente de la crueldad de Dios, o bien —en el caso de quienes atribuyen su inspiración a la mera imaginación de hombres— de la crueldad humana. Lo hago, también, según el testimonio de su mismo Espíritu.

¿Cómo es esto posible? Quiero decir: ¿cómo es posible que a estas alturas de la civilización cristiana y, de hecho, en el preciso momento en el que esta se encuentra en pleno declive —debido, entre otras cosas, a la supuesta inviabilidad de las Escrituras y del Dios que estas nos presentan—, cómo es posible, digo, que no me fallen las fuerzas al momento de referirme a Dios en tales términos, basado en aquellas mismas Escrituras? La respuesta la aportan estas palabras del apóstol Pablo:

La letra escrita mata, pero el Espíritu da vida. (2 Corintios 3:6)

En otras palabras: las Escrituras han de ser discernidas por el mismísimo espíritu de Dios que este da a aquellos que lo reverencian y lo aman. Y una parte muy importante de este discernimiento de la verdad acerca de Dios que nos presentan las Escrituras consiste en no hacer una cierta selección de pasajes para hacer decir a estas lo que nuestro deficiente entendimiento humano considera aprehensible y con lo cual acaso se sienta a veces cómodo (en la medida en que aquello que no comprendemos suele incomodarnos y lo que no comprendemos en lo absoluto suele incomodarnos absolutamente). De ahí que el salmista, dirigiendo su alabanza a Dios, dijera resueltamente:

La suma de tu palabra es la verdad y todo juicio de tu justicia es duradero (Salmos 119:160)

La verdad, en efecto, se encuentra en la suma, en la totalidad de la palabra de Dios. De ahí también que el mismo Señor Jesucristo dijera a quienes lo acusaban de blasfemar por llamarse a sí mismo hijo de Dios:

¿No está escrito en la ley de ustedes: “Yo dije: ustedes son dioses”? Si llamó “dioses” a aquellos a quienes vino la palabra de Dios —y la escritura no puede ser desestimada—, ¿a aquel que el Padre santificó y envió al mundo le dicen ustedes “tú blasfemas”? ¿Porque dije que soy hijo de Dios? (Juan 10:34-36)

Al decir que “la escritura no puede ser desestimada”, Jesús se refería, bien que desde otra perspectiva, a aquello mismo dicho por el salmista y que yo cito más arriba. En breve: ninguna porción de las Escrituras puede ser hecha a un lado a la hora de investigar las cosas de Dios —sus hechos, su carácter, su voluntad y su propósito—, so pena de distorsionarlas y de incurrir en la descalificación que de esto se sigue. Por su parte, el apóstol Pedro, en su segunda carta, nos dice también algo muy importante sobre el sentido de las declaraciones proféticas en las Escrituras y la forma en que las mismas deben ser abordadas:

Tenemos la palabra profética más confirmada, a la cual ustedes hacen bien en prestar atención como a una lámpara que alumbra en un lugar oscuro hasta que el día esclarezca y el lucero del alba asome en sus corazones, sabiendo primeramente esto: que ninguna profecía de las Escrituras se interpreta a sí misma, porque la profecía en ningún tiempo fue traída por la voluntad humana, sino que fue declarada por hombres de Dios movidos por el espíritu santo. (2 Pedro 1:19-21)

Digamos, entonces, que ningún dicho de Dios se puede hacer a un lado o ignorar en la búsqueda de su verdad, ya que esta se encuentra en la totalidad de su Palabra, la cual, a su vez, debe ser discernida por los hombres con la ayuda de su Espíritu, el mismo Espíritu que en su momento la ha inspirado a los siervos de Dios según él mismo lo dispusiera.

El testimonio del apóstol Pablo es de un inmenso valor respecto de la asistencia del espíritu de Dios a la hora de interpretar las Escrituras. Dice, en efecto, Pablo, en su primera carta a los de la congregación de Corinto:

¿Quién conoce de entre los seres humanos aquello que es humano salvo el espíritu humano que está en él? Y así también, aquello que es de Dios nadie lo conoce, excepto el espíritu de Dios. Ahora bien, nosotros hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el espíritu que proviene de Dios, a fin de percibir aquello que Dios nos ha concedido. Lo cual también hablamos, no con palabras impartidas por la sabiduría humana, sino con las que imparte el espíritu de santidad, interpretando las cosas espirituales para los espirituales, ya que el hombre natural no recibe las cosas que son del espíritu de Dios, porque para él son una estupidez y no es capaz de conocerlas, puesto que se han de examinar espiritualmente. Ahora bien, el espiritual, de hecho, lo discierne todo, aunque él no es discernido por nadie. Porque “¿Quién conoció la mente del Señor y lo ha instruido?” Pero nosotros tenemos la mente de Cristo. (1 Corintios 2:11-16)

Sin duda, uno de los mayores enfrentamientos que se ha dado y aun se da en torno a las Escrituras es aquel que pervive entre los católicos y los protestantes. Los primeros sostienen que la tradición de los llamados Padres de la Iglesia y el magisterio de los Papas y los obispos debe guiar a los hombres a la par de estas, mientras que los segundos se atienen al principio al que llaman Sola Scriptura, según el cual sólo el Antiguo y el Nuevo Testamento son una fuente autorizada de guía para cualquier hombre.

Sin embargo, la solución a esta vieja y amarga reyerta religiosa es simple. La misma se encuentra, precisamente, en todo esto que nos dice el apóstol Pablo. Los protestantes, por su parte, parecen ignorar que si el espíritu de Dios no guía a los hombres, estos pueden errar incluso en su discernimiento de las Escrituras. Y en cuanto a los católicos, al apoyarse tan fuertemente en una tradición humana y al atribuir autoridad a enseñanzas igualmente humanas que contradicen clara y groseramente al testimonio de las Escrituras incluso en su letra, su error se encuentra asegurado por partida doble. En términos generales, se puede aplicar a estos últimos aquello que leemos en el libro del profeta Jeremías:

¿Cómo dicen ustedes “nosotros somos sabios y la instrucción de Yahweh está con nosotros”? Puesto que —miren— la pluma mentirosa de los escribas la ha convertido en una mentira. ¡Los sabios se avergonzarán, se consternarán y serán atrapados! He aquí que han aborrecido la palabra de Yahweh, ¿y qué sabiduría tienen? (Jeremias 8:8,9)

¿Pensará acaso alguno que me estoy excediendo al decir estas cosas? ¿Se sentirá alguno ofendido ante mi sugerencia de que su lugar favorito para arrojar piedras a quienes están en la vereda de enfrente bien podría ser el de los hombres naturales que están privados del espíritu de Dios y que, como tales, se complacen en las reyertas y en las contiendas de este tipo? Pero lo cierto es que esto puede darse incluso entre aquellos que tienen el espíritu de Dios en ellos y que, teniéndolo, lo han desatendido y han quedado, por ello, presos de la inmadurez espiritual. Precisamente esto es lo que sugiere Pablo a continuación de lo que he citado más arriba. Continúa, en efecto, diciendo a los corintios:

Yo, hermanos, no he podido hablarles a ustedes como a espirituales, sino como a carnales, como a bebés en Cristo. Les di leche y no carne, porque no eran capaces de digerirla. Ni aun ahora son capaces, porque todavía son carnales. Porque al haber entre ustedes celos, contiendas y disensiones, ¿no son carnales y se comportan humanamente? Porque al decir uno “Yo soy de Pablo” y el otro “Yo soy de Apolos”, ¿no son carnales? Pues, ¿qué es Pablo? ¿Y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales ustedes han creído a Dios, y esto, según lo que a cada uno ha concedido el Señor. Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. De manera que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. Y el que planta y el que riega son una misma cosa, aunque cada cual recibirá su recompensa de acuerdo a su trabajo. (1 Corintios 3:1-8)

¿Se comprende ahora mejor por qué no es confiable el testimonio que dan acerca de Dios —de su carácter, de su voluntad y, sobre todo, de su propósito último para la humanidad— los religiosos, ya sean estos católicos, ortodoxos, protestantes o miembros de alguna de las más de treinta y tres mil sectas, derivadas de alguna de dichas ramas, que hay hoy en todo el mundo? Sucede que el Dios todopoderoso ha creado los cielos y la tierra y todo lo que hay en ellos. Y nos ha hecho también a nosotros, los seres humanos, como parte eminente de toda su creación. ¿Y cómo culmina el primer capítulo del Génesis?:

Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno… (Génesis 1:31)

Por su parte, el apóstol Juan nos dice que Dios es amor (1 Jn. 4:8). Noten que no dice que Dios meramente ama, sino que ES amor. Y Pablo, por su parte, nos dice que el amor nunca decae (1 Cor. 13:8). Se diría, entonces, que nada podría salir mal con un Dios semejante. Y sin embargo…

Sin embargo, luego de escuchar a los religiosos con todos sus razonamientos, en lugar del Dios que se hizo hombre para expiar con su propia sangre los pecados de todo el mundo (1 Juan 2:2) nos parece estar más bien frente a una fuerza impersonal e implacable del tipo de la que Anaximandro (siglo VII a. C.) llamaba ápeiron y a la que atribuía no sólo la generación de todas las cosas, sino también su necesaria destrucción en virtud de la culpa y la injusticia en la que incurrían por haber simplemente llegado a ser. Y en efecto, ¿qué es lo que queda del evangelio de Jesucristo luego del esfuerzo que los religiosos han hecho a lo largo de los últimos siglos para imponer sus alocadas concepciones del mismo? Evangelio, ¿no significa mayormente “buena noticia”? Pero las noticias que suelen dar los religiosos son, muy por el contrario, las peores que jamás alguien podría concebir.

Ante todo esto, uno se pregunta, ¿cómo es posible tal cosa? ¿Cómo se las han arreglado los religiosos que vomitan llamas de fuego contra todos aquellos que no pertenecen a su rama o a su secta o a la "familia cristiana" para amañar tanto las cosas? Una primera respuesta a esta pregunta podría ser que simplemente extrapolan algunos pasajes como el del Deuteronomio al que aludo al comienzo de estas líneas y lo convierten en un principio que luego aplican al resto de las Escrituras. Así, no importa en verdad lo que digan acerca de Dios, todos sus elogios y sus alabanzas, sino lo que verdaderamente piensan sobre él luego de considerar parcialmente, y siguiendo a su propio espíritu humano. los testimonios de las Escrituras.

En realidad, quienes tuercen el sentido de las Escrituras tienen un problema más profundo que la mala lectura de las mismas. En el fondo, los religiosos, independientemente de que sean católicos, ortodoxos o protestantes, atribuyen a Dios un carácter y unas limitaciones humanas. Han impuesto así sobre el resto de los hombres la noción de que Dios salvará a sus escogidos al tiempo que ha reservado al vasto resto de la humanidad para ser torturado, por toda la eternidad, en un fuego ardiente, en un lugar fabuloso al que llaman infierno. Por razones de espacio, no podría tratar aquí sobre esta auténtica patraña del cristianismo con la profundidad debida a la misma. Sin embargo, pienso dedicarle un próximo artículo en este mismo blog, ya que este asunto debe ser saldado de una buena vez por todas.

Si se me pregunta qué es lo que lleva a los religiosos a pregonar estas nociones, tan grotescas como espantosas, al resto de los hombres, diría que, ante todo, se trata de lo mismo que inspiró a las antiguas elites reales y sacerdotales de Egipto, de Babilonia, de Grecia y de Roma, entre otras, a inculcar en las masas una visión dualista del destino que aguarda a los hombres después de la muerte: por un lado, a quienes se comportaban de una manera acorde al orden social deseado correspondía luego un lugar de beatitud por toda la eternidad, tal como los Campos Elíseos entre los griegos; por el otro, a quienes iban en contra de dicho orden, les cabía, luego de su muerte, la suerte del inframundo, un lugar de tormento y espanto igualmente eternos, tal como, también entre los griegos, era el Hades. Tal era, según parece, el precio para mantener a raya a los hombres. En Las leyes, Platón ha sancionado por escrito el uso de todos estos mitos por parte de los gobernantes bajo el nombre de "noble mentira".

Desde luego, una sociedad virtuosa y ordenada es algo muy deseable. Sin embargo, obtenerla en base a mentiras y torceduras de la palabra de Dios una vez que éste se ha manifestado ya en la gloriosa persona de Jesucristo, ¿será acaso algo que Dios aprueba? ¿Necesitará Él de la ayuda de los hombres para conducir su plan para toda la humanidad a buen puerto? Lo cierto es que muchos de los religiosos con los que me he cruzado a lo largo de mi vida, ni siquiera parecen, no digamos ya considerar seriamente, ¡sino incluso saber que Dios tiene un plan!

Creo no equivocarme si digo que en Saulo de Tarso —más tarde conocido como Pablo, el apóstol de Jesucristo a las naciones— tenemos el mejor ejemplo de lo que el espíritu de Dios puede hacer con un religioso cuyo celo dentro del judaísmo quedó suficientemente certificado por su fiera persecución, tortura y asesinato de aquellos judíos que habían llegado a confiar en Jesucristo y que, en su santo nombre, adoraban desde entonces a Dios en espíritu y en verdad. Veamos lo que el propio Pablo nos cuenta en su carta a los gálatas sobre sí mismo:

Les hago saber, hermanos, que las buenas nuevas que les traigo no son de acuerdo con lo humano, pues ni las recibí ni me fueron enseñadas por hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo. Porque ustedes oyeron sobre mi conducta pasada en el judaísmo, que perseguía en gran manera a la iglesia de Dios y la devastaba. Y yo progresaba, dentro del judaísmo, más que cualquier contemporáneo de mi nación, siendo por naturaleza mucho más celoso por las tradiciones de mis antepasados. Ahora bien, cuando complació a Dios —quien me apartó desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia— el develar a su Hijo en mí de manera que anunciase yo sus buenas nuevas entre las naciones, no consulté inmediatamente sobre esto con carne y sangre… (Gálatas 1:11-16)

¿Y cómo se consideraba a sí mismo Pablo frente a su propia experiencia de vida, antes y después de encontrar a Jesucristo o, mejor dicho, de haber sido encontrado por él? ¿Y cómo se veía, también, en relación con los demás seres humanos? El pasaje en el que él mismo nos cuenta todo esto es tan relevante, dentro del propósito general de estas líneas, que voy a permitirme citarlo in extenso, desde el comienzo mismo de la primera carta de Pablo a su discípulo Timoteo, en la que el apóstol dice a éste:

Tal como te rogué al quedarte en Éfeso al irme yo a Macedonia, para que mandases a algunos que no enseñen algo diferente ni presten atención a leyendas y genealogías interminables, las cuales traen disputas más que la edificación de Dios que es por la confianza y la fidelidad, así te lo encargo ahora.

 Porque el propósito de este encargo es el amor nacido de un corazón limpio, de una buena conciencia y de una confianza y una fidelidad no fingidas, de las cuales, desviándose algunos, se han vuelto a una vana palabrería, queriendo ser maestros de la ley, sin comprender ni lo que dicen ni aquello que afirman dogmáticamente. Sabemos, sin embargo, que la ley es buena si uno la usa legítimamente, conociendo esto: que la ley no fue establecida para el justo, sino para el inicuo y el insubordinado, para los irreverentes y los pecadores, los malignos y los profanos, los parricidas y los matricidas, los asesinos, los inmorales sexuales, los sodomitas, los secuestradores, los mentirosos, los que juran en falso y cuantos se opongan a la sana enseñanza que es acorde a las gloriosas buenas nuevas del Dios dichoso que me fueron encargadas.

 Estoy agradecido a quien me fortalece, a Cristo Jesús, nuestro señor, pues me ha tenido por fiel y me ha asignado este servicio, ¡a mí, que antes había sido un difamador, un perseguidor y un blasfemo! Pero me fue mostrada misericordia, puesto que lo hacía siendo un ignorante, por incredulidad. Pero la gracia de nuestro señor prevaleció con la fidelidad y el amor que hay en Jesucristo.

 Fiel es este dicho, y digno de ser bienvenido por todos: que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el mayor. Pero para esto me fue mostrada misericordia: para que en mí, el mayor pecador, Jesucristo desplegase toda su paciencia a manera de ejemplo para todos los que irán a confiar en él para una vida perenne. (1 Timoteo 1:3-16)

Supongo que alguno de los que vayan a leer estas líneas tomarán debida nota de todo esto que aquí nos dice Pablo con suma simpleza y humildad. Tal simpleza y tal humildad son, por otra parte, sólo algunas de las aristas de la auténtica obra que el espíritu de Dios realiza en los hombres y en las mujeres que lo reciben por su sola gracia, manifestada a través de Jesucristo. Yo mismo puedo dar testimonio sobre esto, ya que, según la vida natural, humana, que he llevado hasta encontrarme con su gracia —exactamente un día como hoy, hace ya veintiséis años— no habría desencajado en lo absoluto dentro de la enumeración que Pablo hace más arriba para referirse a aquellos para los cuales se ha desplegado la ley de Dios delante de los hombres. ¿Y habrá alguno, en verdad, entre quienes lean esto, que no encaje hoy o que no haya encajado en algún momento de su vida pasada en dicho listado?

En aquella misma carta que dirige a Timoteo, Pablo —quien, recordémoslo, nos ha dicho haber recibido el evangelio de salvación que anunciaba por una revelación del propio Jesucristo y no por intermedio humano—, refiriéndose a estas buenas nuevas de Jesucristo que le fueran encargadas, llega a realizar una de las aserciones más gloriosas de todas las Escrituras y a las que, ciertamente, todos deberían dar la bienvenida. La misma, de hecho, se encuentra incluida entre las pocas palabras que componen la página sobre mí que he dispuesto en este sitio y es, por otra parte, la que ha inspirado el título de este artículo. Dice allí Pablo:

Por esto mismo nos esforzamos y soportamos reproches: porque hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo, que es el salvador de todos los hombres, especialmente de los que confían en él. (1 Timoteo 4:10)

Los religiosos, aquellos que se complacen creyendo que Dios los salvará exclusivamente a ellos y que torturará al resto de los hombres por toda la eternidad, no saben, claro está, qué hacer con estas palabras de Pablo. Pero las mismas, en toda su gloriosa universalidad, ni son antojadizas ni se deben al algún error de copista que hubiese atravesado los siglos para colarse finalmente en nuestras biblias. No hay, quiero decir, un desliz de la atención por el cual algún escriba habría escrito “especialmente” cuando en verdad debía consignar “exclusivamente”. Dicha universalidad de las buenas nuevas de Jesucristo y el reino de Dios queda, por otra parte, más que clara en este otro pasaje de Pablo, en el cual, en su ya citada primera carta a los corintios, trata sobre la muerte y la resurrección de todos los seres humanos en los siguientes términos:

Ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos, la primicia de aquellos que duermen. Puesto que, así como por un hombre vino la muerte, así también por un hombre viene la resurrección de entre los muertos. Pues así como en Adán todos mueren, así también en el Cristo todos recibirán vida. Pero todos en el orden que les es propio: la primicia, Cristo; luego los que le pertenecen, en su manifestación. Y luego la consumación, cuando entregue el reino a su Dios y padre, cuando anule toda soberanía y toda autoridad y todo poder. Pues él debe reinar hasta haber puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies, siendo el último de dichos enemigos a ser abolido la muerte. Pues todo será sujeto bajo sus pies; ahora bien, al decir que todo será sujeto bajo sus pies, es evidente que queda excluido Aquel que le sujetará todo. Entonces, cuando todo le haya sido sujeto, el hijo mismo se sujetará a Aquel que sujetó todo a él, de manera tal que Dios será todo en todos. (1 Corintios 15:20-28)

“Así como en Adán todos mueren —dice Pablo—, así también en el Cristo todos recibirán vida.” ¿Quiénes son los seres humanos que han muerto luego de la transgresión de Adán que le valió a este la muerte, esta misma muerte que sobrelleva la humanidad desde que está sobre la tierra? ¡Todos! ¿Y quiénes son, entonces, los que resucitarán de entre los muertos para un día ser restaurados a una vida plena junto a Dios? Nuevamente: ¡todos! “Todos” es aquí: desde el primero hasta el último, desde el menor pecador hasta el mayor. Porque de hecho, todos nosotros, hijos de Adán, llevamos la muerte a cuestas…

¿Quedará acaso algo por anunciar luego de estas maravillosas palabras? Lo cierto es que sí: queda, de hecho, mucho por anunciar. Como ya dije más arriba, Dios tiene un carácter, una voluntad y un plan. Es mediante este último que será alcanzada aquella meta suprema a la que Pablo ha llamado “Dios, todo en todos”. Hay recompensas y hay, también, castigos por venir. Algunas recompensas serán tan gloriosas y tan dulces como duros y amargos serán los castigos. Y es que Dios es un Dios justo y, a diferencia de los seres humanos, no hace acepción de personas. Sin embargo, querría asegurar aquí con toda la solemnidad de la que soy capaz que tal como Dios no sacó a los hijos de Israel de la esclavitud en Egipto para destruirlos en el desierto, así tampoco nos ha creado a nosotros —a todos nosotros— para un día aniquilarnos por completo ni, mucho menos aún, para torturarnos en un mar literal de fuego por toda la eternidad. En verdad, cuando todo haya sido dicho y hecho, el alcance de estás palabras dirigidas por el profeta al pueblo rebelde habrán cabido, sin excepción, en mayor o en menor medida, a todos y a cada uno de los seres humanos que Dios ha dado la vida alguna vez:

Por lo tanto, Yahweh esperará para tener misericordia de ustedes; y, por lo tanto, se exaltará al tener misericordia de ustedes. Porque Yahweh es un Dios de juicio justo. ¡Dichosos todos los que esperan en él! (Isaías 30:18)

 

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