«Cristianos»

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Desde siempre, el mundo occidental se ha identificado a sí mismo con el cristianismo y la mayoría de sus habitantes se han definido a sí mismos como «cristianos», apelativo que aparece tan sólo en tres ocasiones en todo el Nuevo Testamento. Sin embargo, los testimonios textuales más antiguos dan cuenta de que en el siglo primero se utilizaba, en referencia a los seguidores de Jesucristo, un término que, aunque casi idéntico en la forma, presenta una gran diferencia de sentido respecto del que hoy circula entre nosotros. ¿Será acaso esta sutil diferencia de términos una lección imprescindible para nuestros días?


 

Conozco muchos cristianos —y sé de muchísimos otros tantos— que se sienten obligados a defender los valores tradicionales del llamado mundo occidental contra el ataque feroz que los mismos vienen sufriendo en nuestros días por parte de elites muy poderosas que operan desde las sombras y desde las propias entrañas de dicho mundo. Son, estos cristianos, hombres y mujeres que provienen de casi todas las sectas del cristianismo, aunque se trata mayoritariamente de católicos y de evangélicos. Cualquiera podrá verlos marchando por las calles, defendiendo aquellos valores que les fueron enseñado desde niños y que, a su vez, llegaron hasta ellos desde un pasado más o menos remoto, a través de las generaciones. Y aunque todos ellos se han enfrentado desde siempre, los unos contra los otros, en torno a la cuestión de cuál es, en verdad, la auténtica Iglesia de Jesucristo, en este caso todos se han visto en la necesidad de marchar juntos bajo el apelativo común de «cristianos», al cual se aferran como a un seguro ancla que los mantendrá firmes hasta que pase la horrenda tormenta en medio de la cual se encuentran.

Yo me temo, sin embargo, que ninguno de ellos discierne lo que está ocurriendo en verdad ni por qué está ocurriendo. Las preguntas del tipo "¿dónde estaba Dios cuando todo esto comenzó?" suelen ser, en tal sentido, tan infructuosas como ineptas. Y aunque esta falta de discernimiento que aqueja a los cristianos tenga orígenes ciertamente diversos, creo que, por lo pronto, no estaría nada mal repasar aquí lo que nos fuese posible repasar acerca del término «cristiano» a fin de ver cuán segura es realmente el ancla a la que hoy tantos se aferran.

Y por empezar, ¿cuántas veces creerá el lector de estas líneas que el término «cristiano» se encuentra en la totalidad del Nuevo Testamento? ¿Serán cincuenta? ¿O cuarenta y cinco? ¿Tal vez cuarenta? ¿O treinta? ¿Serán acaso veinte? ¿O cuando menos diez? Lo cierto es que en todo el Nuevo Testamento encontraremos tan sólo tres ocurrencias de dicho término. Esto, en sí mismo, no nos dice demasiado. Sin embargo, cuando se examina el contexto en que dichas tres ocurrencias suceden —quiero decir: cuando se lo examina honestamente—, se podrá ver que, lejos de ser un ancla segura, el uso que de dicha palabra se hace en nuestros días es una prueba de cuán engañoso es el terreno sobre el que los cristianos caminan sin siquiera sospecharlo.

La primera ocurrencia de «cristianos» —así, en su forma plural— la encontraremos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, donde su autor nos dice:

Bernabé fue a Tarso a buscar a Saulo y, luego de encontrarlo, lo trajo a Antioquía. Y se reunieron allí durante un año entero con la congregación, enseñando a mucha gente. Y fue en Antioquía que a los discípulos se los llamo por primera vez «cristianos». (Hechos 11:25,26)

Lo que aquí podemos leer de primera mano es que no fueron los discípulos quienes escogieron llamarse a sí mismos «cristianos», sino que fueron más bien los habitantes de Antioquía de Siria quienes comenzaron a llamarlos así. Más adelante veremos por qué.

La segunda vez que encontramos la palabra «cristiano» es casi al final del mismo libro de los Hechos, donde se narra la comparecencia de Pablo ante Porcio Festo, procurador romano de Judea, el cual se encontraba acompañado del rey judaico-idumeo Herodes Agripa II y su mujer Berenice. Pablo, quien se encontraba en Cesarea esperando su traslado a Roma a fin de explicar ante el César la falta total de mérito de la acusación que los judíos de Jerusalén habían lanzado contra él, cuenta allí a los presentes su experiencia pasada en el judaísmo y su posterior encuentro con Jesucristo, al tiempo que da una semblanza de sus creencias y esperanzas. Es entonces que leemos:

Y mientras [Pablo] decía estas cosas en su defensa, Festo dijo en voz muy alta: “¡Estás fuera de ti, Pablo! ¡El mucho estudio te vuelve loco!” Pero él dijo: “No estoy loco, muy noble Festo, sino que expongo declaraciones de verdad y de cordura. Porque el rey conoce acerca de estas cosas, al cual también me dirijo con confianza, ya que estoy seguro de que no le es oculto nada de esto, pues no es algo que se haya hecho en algún rincón. ¿Crees tú, rey Agripa, a los profetas? Yo sé que crees.” Entonces Agripa dijo a Pablo: “¡Un poco más y me convences de convertirme en un cristiano!” (Hechos 26:24-28)

Espero que se tomará aquí nota del desprecio que denota el uso del término «cristiano» por parte del rey Agripa, quien, al igual que todos o casi todos los miembros de su linaje herodiano, hacía lo que estuviese a su alcance por congraciarse con los escribas y los fariseos en cuestiones doctrinales judaicas a fin de “limpiar” el linaje edomita de su tatarabuelo Antípater, padre de Herodes el Grande. Y así, en las primeras dos de las tres únicas ocurrencias de dicho término en la totalidad del Nuevo Testamento, aún no hemos podido ver un indicio claro de que el mismo fuese, no digamos ya utilizado, sino siquiera acogido entre los discípulos y los seguidores de Jesús.

Seguramente, todo esto sorprenderá a cualquier cristiano de a pie, acostumbrado a oír y acaso también a utilizar expresiones como “el mundo occidental y cristiano”. Pero si tales cosas, claramente registradas en las propias Escrituras, lo sorprenden, ¿qué dirá al enterarse de que, con toda probabilidad, el propio término griego χριστιανός (del cual se deriva el latino christianus), presente en los manuscritos del cual se ha traducido la Biblia a todas las lenguas vernáculas de Occidente, no es el que utilizaron los antioqueños para referirse a los discípulos que conformaban la iglesia de Jesucristo en su ciudad, tal como hemos leído más arriba, ni tampoco el rey Agripa cuando tuvo en su presencia a Pablo?

En efecto, los testimonios textuales no cristianos más antiguos no registran χριστιανός como la forma del apelativo que se aplicaba a los seguidores de Jesucristo, sino χρηστιανός, ciertamente muy parecida en la forma —pues sólo difiere en una letra, sustituyendo la ι (iota) por la η (eta)— pero muy diferente en el sentido. En breve, mientras que la palabra por todos conocida se deriva de χριστός (la cual, suele traducirse “Cristo” como un título de Jesús, aunque estrictamente hablando significa “ungido”), este otro término se deriva de χρηστός, cuyo significado veremos más abajo.

Es cierto que, hasta mediados del siglo XIX, todos los manuscritos del Nuevo Testamento con los que ha contado Occidente contenían en forma unánime la forma χριστιανός, de la cual derivamos el término «cristiano» y que, con ello, sugerían que tal había sido la forma en la que fueron llamados los discípulos de Jesucristo por primera vez en Antioquía de Siria. Sin embargo, en 1844, en ocasión de hallarse en el monasterio de Santa Catalina, en la península de Sinaí, el teólogo e investigador de las Escrituras sajón Konstantin von Tischendorf dio con un códice que contiene fragmentos de la versión griega del Antiguo Testamento o Septuaginta y la totalidad de los libros que componen el Nuevo Testamento griego, con la adición de algunos otros textos como la «Carta de Bernabé». Este documento —al que hoy se conoce como Códice Sinaítico y cuya datación es del siglo IV— es el más antiguo de todos los manuscritos griegos hallados hasta hoy y precede por varias décadas al llamado Códice Alejandrino, datado en el siglo V. ¿Y creerá el lector si le digo que en el códice hallado por Tischendorf el apelativo del que aquí tratamos coincide, en su forma, con aquel que Tácito registra en sus Anales, a saber, chrestianus, la cual se deriva del griego χρηστιανός (jrestianós) y éste, a su vez, de χρηστός (jrestós)?

¿Y qué signfica, entonces, la voz χρηστός? El clásico Diccionario Manual Griego de Vox la define, entre otros, en los siguientes términos: bueno, honrado, virtuoso, servicial, diligente, bienhechor, benigno, benévolo, compasivo y misericordioso. ¿Pero sería todo esto lo que aquellos que llamaron así por primera vez a los seguidores de Jesucristo tendrían en mente? ¿Se trataba este apelativo, después de todo, de una alabanza?

Para responder a esta última pregunta me permitiré citar in extenso algo que ha escrito al respecto el profesor Robert Dean Luginbill, del Departamento de Lenguas Clásicas y Modernas de la Universidad de Louisville (Kentucky, EUA), el cual, a manera de especulación para nada exenta de probabilidad, reconstruye el origen y el uso del término «cristiano» en la siguiente forma:

Los habitantes paganos de Antioquía tomaron nota de este nuevo grupo [...] Faltos de un trasfondo judaico, la palabra «Christos» no significaba nada para ellos, de manera que referirse a esta gente en términos del “Ungido” habría sido un poco demasiado para ellos al momento de referirse a dicho grupo, cuyas actividades y creencias (hasta donde ellos las entendían o estaban interesados en entenderlas) parecían ridículas. Había, sin embargo, listo y a la mano, un juego de palabras que parecía encajarles a la perfección. En lugar de “seguidores del Ungido”, eran “el grupo de los santurrones[1] o los “Miembros de la Casa del Santurrón” (Griego chrestos, que a menudo significa “bueno” o “moral” en el griego helenístico). Además de ser un buen juego de palabras, dicho apelativo capturaba la conducta santificada que caracteriza a los creyentes y a la cual los incrédulos contemporáneos consideran tan extraña. […]

 De hecho, este juego de palabras fue tan bueno que rápidamente prendió como la forma de llamar a esta nueva secta. Los creyentes preferían ser llamados “hermanos” o “discípulos” —según formas paralelas que se hallan en las Escrituras— y, ocasionalmente, también los “seguidores del Camino” (He. 24:14). A medida que el nuevo apelativo prendía, era aparentemente siempre utilizado con una gran dosis de desprecio, y los creyentes eran ciertamente conscientes de ello. Por dicha razón, no se aplicaban a sí mismos este término, excepto cuando se referían al ostracismo al que el mundo secular los sometía a menudo (esto da cuenta tanto del raro uso del término en el Nuevo Testamento como del hecho de que en tales tres instancias cuenta con la connotación negativa del abuso proveniente desde afuera).

 Con el tiempo, los cristianos reaccionaron y comenzaron, en efecto, a decir: “¡Ustedes lo dicen mal! ¡Somos seguidores de Cristo! ¡No de alguno llamado ‘Santurrón’!” Cuando esto comenzó a ocurrir, la enmienda de “crestiano” por “cristiano” se volvió, con toda probabilidad, una forma de designarse a sí mismos. Vemos cumplida dicha transición, sin duda, para el tiempo en que llegamos a Tertuliano, quien escribió hacia fines del siguiente siglo. Éste ciertamente ventila su enojo contra la mala pronunciación “chrestianus” (la cual realmente pudo haber sido la forma original cambiada por los cristianos a fin de reflejar el legítimo título del Señor): “Pero cristiano, hasta donde concierne el significado de la palabra, se deriva de unción. Sí; e incluso cuando ustedes la pronuncian erróneamente ‘chrestianus’ (ya que ni siquiera conocen con precisión el nombre al cual odian), esto viene de dulzura y benignidad. […]

Los posteriores lectores y correctores de los manuscritos más antiguos comenzaron a ver la forma “chrestianos” como un error por “christianos”. Los lectores en voz alta en los scriptoria donde se copiaban los manuscritos —a veces conscientemente, otras inconscientemente— realizaban el cambio en la pronunciación mientras leían, lo cual derivó en que las ediciones posteriores no muestren rastro alguno de la “eta” original (los escribas nunca se enteraron de la diferencia). Lo que ocurrió en el caso del Sinaítico es similar. Dudo de que se tratase de un esfuerzo consciente por obliterar y encubrir todo rastro de la lectura antigua, que es la correcta. Antes bien, más que probablemente, a la persona que realizó el cambio (en qué punto, si temprano o tardío, no podemos decirlo) le habrá parecido un error que necesitaba corrección. Probablemente pensara que nos estaba haciendo a todos un gran favor. Afortunadamente, la evidencia no ha sido borrada del todo, aun cuando dos tercios de la “eta” han sido borrados de los tres pasajes en cuestión. [2]

¡Ahí lo tienen! He ahí, en otras palabras, la muy probable genealogía del término sobre el cual los cristianos de hoy se apoyan casi exclusivamente para defender —en las calles, en las redes sociales y en todo lugar en donde (aún) se les permita hacerlo— los llamados “valores occidentales y cristianos”. Yo diría, más bien, que en base a lo que aquí puede leerse y a algunas otras cosas (en este último caso, tan incontestables como las mismísimas Escrituras), se trata de un término al que con toda confianza se puede aplicar aquellas palabras con las que el rey de Asiria comparó a Egipto y que su vocero transmitió a los representantes de Ezequías, rey de Judá, a las puertas de Jerusalén:

He aquí que te confías en este bastón de caña astillada, en Egipto, sobre el cual, si se apoyase alguno, se le adentrará en la mano y la perforará: así es Faraón, rey de Egipto, y todos los que confían en él. (2 Reyes 18:21; Isaías 36:6)

Es, por lo tanto, adrede que retrasé hasta ahora la cita del tercer y último pasaje del Nuevo Testamento en el que se halla el término que en nuestras biblias encontraremos traducido como «cristiano». A mi entender, dicho pasaje es crucial para sopesar la cuestión que he presentado en este artículo. ¿Por qué? Precisamente, porque es la única de las tres ocurrencias del término en cuestión que debemos al discurso directo de uno de los apóstoles, más concretamente de Pedro, el cual lo menciona en su primera carta.

Sin embargo, dada la relativa complejidad de este último pasaje en cuestión, trataré sobre el mismo en una segunda parte de este artículo.

 

Notas

[1] Traduzco aquí como “santurrones” el adjetivo inglés goody-goody, definido por el Diccionario Merriam Webster como "affectedly or ingratiatingly good or proper" (afectada o complacientemente bueno o virtuoso). Aunque con un matiz levemente diferente, otra forma de traducirlo sería “mosquitas muertas”. Hoy, luego de tres décadas de estar en el aire la mundialmente famosa serie Los Simpson, casi todo el mundo identifica a los cristianos con Ned Flanders, el vecino de Homero Simpson con el que el muy probablemente masón Matt Groening, creador de la serie, ha querido que las nuevas generaciones realicen una asociación mental automática entre la imbecilidad incurable de dicho personaje y la fe en Jesucristo en cuanto tal. Lamentablemente, la percepción que el creador de Los Simpson favorece entre su audiencia mundial respecto de los cristianos está fundada en una observación bastante precisa de la conducta de un gran número de religiosos —en especial de evangélicos norteamericanos— que nada tiene que ver con la auténtica conducta de un discípulo y seguidor de Jesucristo.

[2] «What does the name “Christian” mean?». Este texto sería, aparentemente, una pieza de lo que suele llamarse literatura gris, una suerte de comunicación informal del autor con algunos de los alumnos de su cátedra en la Universidad en forma de preguntas y respuestas.

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