«Cristianos» (final)

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En su primera carta, dirigida a las iglesias de diversas regiones del Asia Menor, el apóstol Pedro da a entender cómo deberían relacionarse los discípulos de Jesucristo con el término «cristiano». Tratándose la suya de la única mención de dicho apelativo en todo el Nuevo Testamento que proviene de la pluma de uno de los principales líderes de la Iglesia del Cristo, la misma echa una gran luz sobre la confusión en la que hoy viven quienes, definiéndose orgullosamente como «cristianos» en el seno de un moribundo mundo occidental, esgrimen actitudes absolutamente contrarias al consejo de la palabra de Dios.


 

En la primera parte de este relevamiento del origen y uso del apelativo «cristiano» señalo que este se encuentra presente en sólo tres ocasiones en la totalidad del Nuevo Testamento y que es posible afirmar con seguridad que el mismo surgió fuera de la iglesia de Jesucristo para referirse a aquellos que la integraban. Allí señalo también que la misma forma «cristiano» que ha llegado hasta nosotros es, con toda probabilidad, la modificación, realizada en algún momento posterior, del apelativo de origen, el cual, lejos de proponerse identificar a los discípulos y seguidores de Jesús con el título mesiánico de “Cristo”, tenía redondamente el sentido de “santurrón” o “mosquita muerta”.

Es recién en la primera carta del apóstol Pedro, que este dirigió a los miembros de las congregaciones formadas en diversas regiones del Asia Menor —en la actual Turquía—, que encontramos el sentido y el valor que los líderes de la iglesia de Jesucristo asignaban al término que ha llegado hasta nosotros como «cristiano». Por increíble o inverosímil que pudiese sonar, nadie nunca parece haberse tomado el trabajo de analizar a fondo el pasaje en que Pedro se refiere al mismo. Por mi parte, pienso que, como todo lo que ocurre —y también lo que no ocurre—, el hecho de que el malentendido en torno al término «cristiano» haya seguido rodando a lo largo de los siglos hasta cristalizar en el alicaído mundo cristiano de hoy ha sido un designio de Dios con vistas a ejecutar sus juicios al final de esta era, final que ciertamente ya está sobre nosotros.

Antes de citar el pasaje en que Pedro utiliza el término del que aquí tratamos, conviene preguntarse: ¿cuál es el contexto general de su carta? La respuesta a esta pregunta cabe en esta sola palabra: prueba. En otras palabras, los destinatarios de la carta de Pedro estaban atravesando tiempos difíciles. Y quienes les traían estas dificultades eran mayormente, según se verá en un momento, sus mismos conocidos de toda la vida, puede que incluso sus viejos amigos.

En lo que a mí respecta, sospecho que la carta de Pedro podría datarse con seguridad poco después del 64 d. C., año en que tuvo lugar el misterioso incendio de Roma cuya responsabilidad Nerón achacó a los discípulos y seguidores del Cristo que había en aquella ciudad. En referencia a este episodio, ¿no dice Tácito en sus Anales que la cruel persecución y asesinato de los cristianos tuvo lugar no tanto debido al incendio de Roma como al hecho de que el populacho romano consideraba a estos culpables de odio humani generis, esto es, de “odio al género humano”? Y así, no sería de sorprenderse si este concepto, partiendo de Roma, llego a esparcirse con rapidez por el resto del imperio, aun cuando su efecto sobre las masas de la periferia no llegase a tener la virulencia que tuvo en su lugar de origen, esto es, en el corazón mismo del imperio.

Es, entonces, en este contexto que el apóstol Pedro dice a los del Asia Menor en su carta:

Habiendo sufrido Cristo por nosotros en la carne, ármense también ustedes de este mismo pensamiento, ya que quien sufre en la carne ha hecho cesar sus pecados a fin de no transcurrir, en manera alguna, el resto de su vida en la carne, en los deseos humanos, sino en la voluntad de Dios. Ya es suficiente el tiempo pasado en nuestra vida en que hacíamos lo que agrada a la gente y andábamos insolentemente, con lascivia, bebiendo en exceso, en rondas nocturnas, en orgías y en idolatrías nefastas. A ellos les parece algo extraño que ustedes ya no corran junto a ellos hacia tales excesos y los difaman; pero ellos estarán rindiendo cuenta a aquel que se apresta a juzgar a los vivos y a los muertos... (1 Pedro 4:1-5)

Resulta evidente que si la situación descripta aquí por Pedro no hubiese sido algo generalizado, si aquellos que obedecían al evangelio de Jesucristo no hubiesen estado padeciendo cierto hostigamiento cotidiano de parte de aquellos con quienes en su vida pasada habían compartido los excesos aquí enumerados, jamás el apóstol habría puesto semejante énfasis en ello. Téngase en cuenta que Pedro no parece estar refiriéndose aquí a desconocidos: ¡eran los propios otrora compañeros de tropelías, puede que incluso sus viejos y queridos amigos de toda una vida, quienes insultaban a aquellos que, luego de haber creído al evangelio, se habían apartado de todos aquellos "pasatiempos" a fin de vivir conforme a la voluntad de Dios! De ahí que, un poco más abajo, Pedro agrega lo siguiente:

Si son ustedes vituperados por causa del nombre del Cristo, son dichosos en que el espíritu de la gloria de Dios reposa sobre ustedes. Solamente que ninguno de ustedes padezca como asesino o como ladrón o como un malhechor; sin embargo, si padece como «cristiano», no se avergüence, sino honre a Dios en dicho apelativo... (1 Pedro 4:14-16)

“Si padece como cristiano, no se avergüence…” A mi entender, resulta indudable que si «cristiano» se hubiese derivado originalmente del título mesiánico «Cristo», se podría decir con toda seguridad que Pedro establece aquí una correspondencia entre aquello a lo que llama "ser vituperado por causa del nombre del Cristo" y dicho apelativo. Sin embargo, como ya se ha visto en mi artículo anterior, hay todas las razones para creer que cuando los discípulos de mediados del siglo primero fueron identificados por primera vez en Antioquía por sus coetáneos, no lo fueron bajo dicho apelativo, que los habría designado como “seguidores del Cristo”, sino bajo este otro que, con apenas un sonido vocálico de diferencia, los tachaba despectiva y burlonamente de “santurrones”.

O mucho me equivoco o este tiene que haber sido también el caso en aquellas regiones del Asia Menor en las que se encontraban las iglesias a las que Pedro se dirigió originalmente en su primera carta. Y esto, tanto más cuanto que, según dijera el mismo apóstol, quienes insultaban a los discípulos eran principalmente aquellos mismos con quienes estos alguna vez habían compartido las mismas afinidades y los mismos excesos en su vida pasada. Era, por lo tanto, de lo más natural que quienes se habían sentido “abandonados” por aquellos que manifestaban con toda seriedad su deseo de vivir una vida sobria pero cuya conducta pasada, al mismo tiempo, en nada se diferenciaba de la de ellos mismos, les reprochasen esto tildándolos de santurrones hipócritas.

En virtud de lo que aquí digo, creo que el pasaje arriba citado debería ser reconstruido de la siguiente manera:

Si son ustedes vituperados por causa del nombre del Cristo, son dichosos en que el espíritu de la gloria de Dios reposa sobre ustedes. Solamente que ninguno de ustedes padezca como asesino o como ladrón o como un malhechor; sin embargo, si padece por ser llamado un “santurrón”, no se avergüence, sino honre a Dios en dicho apelativo...

¿Cómo habría de entenderse, entonces, la referencia que Pedro hace aquí al ser “vituperado por causa del nombre del Cristo” si la misma no guarda relación alguna con el término original que ha llegado hasta nosotros bajo la forma «cristiano»? Muy sencillamente, la misma se corresponde con lo que dice el autor del salmo 69 dirigiéndose a Yahweh:

Me consumió el celo por tu casa y los vituperios de los que te vituperan cayeron sobre mí… (Salmos 69:9)

Ahora bien, el apóstol Pablo —quien por otra parte cita, también, estas mismas palabras del salmista en su carta a los discípulos de Roma— ha dejado muy en claro, en algunas de sus cartas, quién es Yahweh. Si esto no ha quedado lo suficientemente patentizado para los cristianos occidentales, ello se ha debido a que este nombre sagrado ha sido reemplazado en todos los manuscritos griegos por el título "Señor", siguiendo en ello la costumbre de los escribas judíos que tradujeran los textos del Antiguo Testamento al griego hacia el siglo II a. C., textos que conforman la llamada versión Septuaginta. Sin embargo, la tradición siriaca de las Escrituras ha conservado, siquiera fragmentariamente, el sagrado nombre de Dios, no haciendo caso de la costumbre judaica que llegó a ver en cualquier mención del mismo una infracción del segundo mandamiento, cuya prohibición es en verdad la de jurar en vano por dicho nombre. He aquí lo que Pablo dice a los corintios según la versión siríaca de las Escrituras:

Por lo tanto, les hago saber que nadie que hable por el espíritu de Dios dice “Jesús es anatema”; ni tampoco puede nadie decir que Yahweh [Mar Yah, esto es, "el Señor Yah"] es Jesús sino por el espíritu de santidad… (1 Corintios 12:3; versión siríaca o Peshitta)

Asimismo, en una paráfrasis de un pasaje que se encuentra en el capítulo 45 de Isaías, Pablo declara a los filipenses, respecto de Jesucristo que

Dios también lo exaltó grandemente y le dio un nombre que está por encima de todos los nombres, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y bajo la tierra, y toda lengua reconozca que Yahweh [Mar Yah] es Jesús el Mesías para gloria de Dios el padre… (Filipenses 2:9-11; versión siríaca o Peshitta)

¿Quiere decir esto, entonces, que aquellos paganos juerguistas de los que el apóstol Pedro dice que vituperaban el nombre del Cristo lo hacían con el conocimiento de esto último? ¡De ninguna manera! ¿Cómo podría haber sido esto así cuando —según lo sugiere Pedro— ni siquiera entendían por qué sus antiguos compañeros de borracheras, rondas nocturnas y orgías habían abandonado aquellas costumbres que antes los unían a ellos? Es, en cambio, muy posible que estos insultasen a Jesús como a aquel oscuro y desconocido hombre que había sido ejecutado en Judea hacia algunas décadas y al cual sus antiguos amigos habían preferido antes que a ellos mismos, a quienes conocían de toda una vida, puede que desde la misma infancia.

Debe quedar en claro aquí, por lo tanto, que cuando Pedro habla de ser vituperados por causa del nombre del Cristo, el objeto del vituperio es, claramente, el Cristo, y no aquellos a los que sus antiguos amigos y conocidos llamaban “santurrones”. De ahí que Pedro dijese a los destinatarios de su carta que al ser vituperados por causa del nombre del Cristo eran dichosos, pues esto era una señal de su cercanía con el espíritu de Dios, cuya gloria, de hecho, reposaba sobre ellos. Vendría esto a ser como si les hubiera dicho: “puesto que no pueden golpear con sus puños al Dios invisible, dirigen sus golpes hacia ustedes, a quienes pueden ver”. Por lo demás, el propio Pedro pasó por una experiencia similar al menos una vez. Ello ocurrió cuando, junto con el resto de los apóstoles, fue azotado en Jerusalén por orden del sumo sacerdote, luego de que éste les prohibiese terminantemente volver a hablar en el templo en el nombre de Jesús. ¿Y cuál fue entonces su reacción, junto a la de sus compañeros?:

Y ellos [los apóstoles] salieron de la presencia del concilio gozándose de haber sido considerados dignos de ser maltratados por causa de su nombre… (Hechos 5:41)

En absoluto contraste con esto último, refiriéndose al apelativo que ha llegado hasta nosotros bajo la forma de «cristiano», lo que Pedro dice a los destinatarios de su carta es que lo sobrelleven sin avergonzarse. Por ende, él mismo veía en aquel apelativo una infamia que podía causar sentimientos de vergüenza en los santos. De ahí que los alentase a soportarlo —sólo a soportarlo— de una manera que redundase en la honra debida a Dios.

En virtud de lo dicho hasta aquí, podríamos glosar el pasaje en cuestión de la siguiente manera:

Si al ser vituperado el nombre de Jesucristo, dicho vituperio recae sobre ustedes y los hace sufrir, esto les es una buena señal, ya que quiere decir que el glorioso espíritu de Dios reposa sobre ustedes, por lo cual alégrense, ya que van por buen camino. Ahora bien, no es el sufrimiento en sí mismo lo que es señal de ir por la buena senda, ya que si alguno fuese un asesino o un ladrón o se dedicase a hacer cosas malas, el sufrimiento que por ello le viniese no debería ser tomado como una buena señal, sino como su contrario. Sin embargo, por otro lado, si a alguno de ustedes lo tildan de “santurrón” aquellos que no han comprendido el evangelio y que acaso no quieren siquiera saber de qué se trata, que el tal acepte este apelativo sin avergonzarse y que honre a Dios con su conducta paciente —sin devolver mal por el mal recibido— frente a quienes se lo aplican.

Antes de concluir con este repaso de la primera carta de Pedro, es preciso que mencione una palabra que adrede dejé fuera del pasaje de la misma que cito más arriba, la cual, de hecho, está ausente de la versión siríaca y cuya ocurrencia, en todo el Nuevo Testamento griego, sólo se cumple en dicha carta. La palabra en cuestion es incluida por el apóstol en la misma serie enumerativa que se encuentra en el versículo 15, al que la versión Reina Valera de 1960 traduce de esta manera:

Así que, ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno…

Lo que aquí se ha traducido como “entremeterse en lo ajeno” no es, de hecho, un verbo, sino un sustantivo, más concretamente, el sustantivo masculino ἀλλοτριεπίσκοπος (allotriepíscopos), compuesto por las palabras ἀλλότριος (“ajeno”, “extraño”, “hostil”) y ἐπίσκοπος (“guarda”, “guardián”, “tutelar”; “supervisor”; “explorador”, “espía”). Esta última palabra, epíscopos, es la que en algunas cartas de Pablo designa a un superintendente o supervisor de las congregaciones y que ha pasado a la lengua española bajo la archiconocida forma de obispo.

¿Qué es lo que el apóstol Pedro tuvo en mente al momento de utilizarla? Lo ignoro a ciencia cierta. Sin embargo, querría reproducir aquí el comentario de Charles Ellicott sobre esta palabra, el cual me ha resultado más que interesante y ha activado, por así decirlo, todo mi olfato espiritual. Dice Ellicott, acerca del término en cuestión:

El señor Renan escribe (Antéchrist, p. 42)[*]: “Otros, por exceso de celo, declamaban a viva voz contra los paganos, y les echaban sus vicios a la cara. Los hermanos más sensibles, humorosamente, los llamaban ‘obispos o supervisores de los que son de fuera‘”. Tal es, de hecho, el significado de esta extraña palabra dada aquí por San Pedro: salvo que en vez de ‘obispos de los de fuera‘ quisiese decir ‘obispos de los asuntos de otros hombres’. Esto denota a aquellas personas inquisidoras y pagadas de sí mismas que imaginan poder ponerlo todo en su lugar y que todos aquellos que se cruzan en su camino están bajo su jurisdicción personal. Tales gentes tenderían a hacer impopular el cristianismo entre los incrédulos y, en caso de persecución, serían los primeros en ‘sufrir’ […]

Los cristianos del siglo veintiuno

En base a todo lo que aquí y en mi anterior entrega he puesto a consideración de los lectores de este blog, no cabe duda de que el término «cristiano» ha sufrido, en el mundo occidental, la más extraña de las metamorfosis. En virtud de dicha metamorfosis, aquello que en un comienzo era un apelativo infamante aplicado por las mayorías a los miembros de una minoría, se fue tornando, con el correr de los siglos, en su contrario, a saber: en un distintivo que las masas de Occidente llegarían a considerar un honor y a llevarlo, por ende, con orgullo.

Este malentendido y este contrasentido, ¿no son acaso la prueba flagrante de que los cristianos occidentales son una auténtica anomalía respecto de aquellos que en el siglo primero habían llegado a abrazar el evangelio de Jesucristo y a esperar el reino de Dios? Estos últimos, ¿no tendrían, en efecto, todas las razones para sorprenderse de que aquel apelativo que sus contemporáneos les aplicaban como muestra de resentimiento y de desprecio, fuese luego orgullosamente utilizado para definir a una civilización cuya autentica cuna ha sido aquella misma ciudad cuyas masas consideraban a los discípulos y seguidores de Jesucristo culpables de odio al género humano, una tendencia que hoy, después de casi dos mil años, se encuentra nuevamente en alza?

Hoy, en un tiempo en el que muchos cristianos se sienten en la obligación de salir a las calles a marchar en contra de la legalización del aborto o de la imposición, en los sistemas jurídicos y educativos, de la llamada perspectiva de género, resulta vital plantearse preguntas como esta. Y es que, provisto de que no se les quisiera imponer tan descaradamente políticas tan dañinas por parte de las élites del poder financiero global y de sus acólitos, daría la sensación de que los cristianos occidentales sólo desearían seguir viviendo el mismo tipo de vida —bien que cada vez mas degradada— que sus padres, sus abuelos y los padres de sus abuelos les han legado junto con el apelativo «cristiano».

La actitud en la cual hoy viven tantos de estos cristianos en el mundo occidental es similar a aquella que en los días de Juan el bautista cundía entre los judíos. ¿Y qué es lo que Juan dijo —o más bien espetó— a aquellos que se apresuraban a confirmar, mediante su bautismo en el Jordán, su carácter de "hijos de Abraham", a fin de asegurarse la bendición divina de su vida mundana o, en el mejor de los casos, de ese tipo de vida que suelen llevar los religiosos, inmersos en el universo mental de las tradiciones humanas? He aquí las palabras que Juan, tomado por el glorioso espíritu de Dios que lo llenaba desde el vientre materno, dijo a estos:

¡Generación de víboras! ¿Quién les enseñó a huir de la ira que viene? ¡Produzcan, por lo tanto, frutos acordes a su arrepentimiento! ¡Y ni piensen en decirse para sus adentros: “Abraham es nuestro padre”! ¡Porque yo les digo que Dios puede levantar hijos de Abraham incluso de estas piedras! ¡Y ahora ya está también el hacha puesta a la raíz de los árboles! ¡Por lo tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego! (Mateo 3:7-10)

Y así, para ingresar nuevamente en la senda de Dios, nuestros cristianos de hoy deberán hacerse cargo de estas palabras de Juan, reemplazando, desde luego, una expresión llena de sentido como "hijos de Abraham" por el injustificado mote al que, por ignorancia o por dureza de corazón, los cristianos continúan aferrándose para su propia ruina.

¿Cuántos serán, entonces, aquellos que de entre quienes se complacen en llamarse cristianos se encuentren hoy dispuestos a llamar las cosas por su nombre?

 

[*] Ellicott se refiere, claro está, al francés Ernest Renan y a su obra en dos volúmenes L‘Antéchrist, publicada en 1873.

 

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