El juicio comienza por la casa de Dios

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Por todas partes, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la Palabra de Dios nos da el firme testimonio de que nos encontramos en los últimos días de la era presente, a las puertas mismas del establecimiento del reino de Dios. Sin embargo, quienes hoy se llaman a sí mismos «cristianos» se encuentran a tal punto alienados de la espera real del cumplimiento de las maravillosas promesas de Dios en Jesucristo, que malinterpretan casi toda circunstancia que actualmente los rodea. Ignoran, sobre todo, que este es el tiempo en que el juicio comienza por la casa de Dios.


 

El tema que hoy me ocupa aquí se encuentra implícito en todo lo que hasta ahora he publicado en este blog. Posiblemente vaya a ocurrir otro tanto con lo que publique en él de aquí en más. Y esto, ¿por qué? Sencillamente, porque nos hallamos en los mismísimos días en los que la palabra de Dios tendrá su pleno cumplimiento luego de siglos y siglos de espera y de abandono de la espera, de fervor por el reino de Dios y de ardor por las cosas de esta era, de fidelidad a Dios en Jesucristo y de apostasía en pos de otros dioses que no son sino ídolos.

Ahora bien, para aquellos que aún esperan con fervor el reino de Dios y procuran mantenerse fieles a Dios en Jesucristo no hay, en nuestros días, un tema más acuciante que el del entorno en el que se encuentran viviendo desde hace ya varias décadas, un entorno que progresivamente se ha vuelto más y más hostil contra ellos. Desde luego, la hostilidad que proviene de afuera, de aquellos que no han creído las buenas nuevas del reino de Dios, ha acompañado al pueblo de Dios durante los primeros siglos transcurridos desde la venida de Jesucristo, el autor y consumador de ese mismo reino. Sin embargo, una vez que el imperio romano hubo adoptado a Jesucristo como Señor y Dios —una adopción indudablemente parcial y con no pocos errores de entendimiento acerca del plan de Dios para todos los hombres—, el mundo occidental, heredero del mundo grecorromano, supo gozar de un largo período de siglos en los que la hostilidad abierta contra el evangelio sólo podía provenir de fuera de sus contornos.

No es este último el caso en nuestros días. Hoy, en efecto, los ataques contra las sanas enseñanzas del evangelio de Jesucristo y el reino de Dios provienen tanto desde afuera como desde adentro del mismo pueblo de Dios. Y yo diría incluso que la hostilidad mayor proviene hoy más desde dentro que desde fuera. Sin embargo, he de recordar aquí lo que el apóstol Pablo ha dicho en una oportunidad:

No todos los que descienden de Israel son Israel, ni por ser descendientes de Abraham son todos hijos, sino que “en Isaac será llamada tu descendencia”. Es decir: los hijos de la carne no son los hijos de Dios, sino que los hijos según la promesa son los contados como descendientes… (Romanos 9:6)

De ahí que en otro lugar, a fin de establecer este mismo punto, Pablo se refiera a los que verdaderamente son de Jesucristo llamándolos, no Israel a secas, sino el “Israel de Dios”…[1]

Ahora bien, ¿habrá algún distraído que crea que todo esto ha sido dicho por Pablo teniendo en mente únicamente el pasado del pueblo de Dios y no, también, su futuro? Veamos, en tal caso, lo que el Señor Jesucristo dijo acerca de un grupo de gente que, sin ninguna duda, hoy está entre nosotros:

No todo el que me diga “Señor, Señor” entrará en el reino del cielo, sino aquel que haga la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Muchos son los que me dirán en aquel día: “¡Señor, Señor! ¿Acaso no hemos profetizado en tu nombre? ¿Y en tu nombre no hemos echado fuera muchos demonios? ¿Y no hicimos en tu nombre muchos milagros?" Y entonces les diré: “¡Nunca los he reconocido! ¡Apártense de mí, practicantes de iniquidad!" (Mateo 7:21-23)

Tengo la intención de publicar un futuro artículo que trate sobre este problema principalísimo de nuestros días —a la sazón, los últimos de la era presente—, a saber: la práctica de la iniquidad. Dios mediante, pronto lo haré. Por ahora, sin embargo, me remitiré a decir que dicha práctica está tan generalizada entre el pueblo de Dios desde hace tanto tiempo que, en el marco de esto que aquí estoy presentando, haremos bien en recordar estas otras palabras del apóstol Pablo, las cuales, en conjunción con el resto de las Escrituras, nos sugieren que, aunque la casa de Dios estaba llamada a acoger dentro de sí a toda suerte de hombres y mujeres, dicho estado de cosas no se prolongaría para siempre:

El sólido fundamento de Dios es seguro, teniendo este sello: “el Señor conoce a los que son suyos” y “que todo aquel que menciona el nombre del Cristo se aparte de la iniquidad”. Ahora bien, en una casa grande no hay solamente utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro: algunos honrosos y otros deshonrosos. Por lo tanto, si alguno se purga a sí mismo de estas cosas, será un utensilio honroso, santificado, útil al Señor, y dispuesto para todo buen obrar…  (2 Timoteo 2:19-21)

Según Pablo, ¿de qué debe purgarse a sí mismo aquel que aspire a ser un utensilio honroso, santificado y útil al Señor? Nuevamente, de la iniquidad. ¿Y qué es, en cambio, aquello que aún mantiene unido al tambaleante edificio del cristianismo? ¡Ni más ni menos que esta misma iniquidad! ¿Pero cómo, entonces, podrá purgarse a sí mismo aquel que aspire a ser un utensilio honroso para Jesucristo? ¿No sería esto equivalente a estar uno caído en el piso y a querer ponerse de pie tirándose de los propios pelos?

“Todos serán salados con fuego”

El primer artículo publicado en este blog lleva por título «La sal ha perdido su sabor», un título inspirado en estas palabras de Jesús dirigidas a quienes lo escuchaban en el así llamado “sermón del monte”:

Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada? Ya no sirve para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres. (Mateo 5:13)

La sal sin sabor vendría a ser aquí el equivalente de los utensilios deshonrosos de la casa a los que se refiere Pablo. Éste dice también que aquel que se purgue a sí mismo de la iniquidad podrá ser un utensilio de honra y útil al Señor, el dueño de la casa. Sin embargo, si nos atenemos a lo dicho por Jesús en esta parábola de la sal que cito aquí, tal purga de uno mismo parecería más bien imposible. ¿Con qué, en efecto, será salada la sal que ha perdido su sabor? Jesús no provee directamente una respuesta a su pregunta y nos dice simplemente que la misma ya no sirve para nada. Es, sin embargo, en otro evangelio, el de Marcos, donde encontramos uno de los más desconcertantes dichos de Jesús:

Porque todos serán salados con fuego… (Marcos 9:49)

El contexto de este dicho de Jesús es complejo y se sale del tema en el que quiero enfocarme aquí. Sin duda, estas sorprendentes palabras merecen ser abordadas en todo su contexto y exploradas en forma acorde, algo que, Dios mediante, también haré en otra oportunidad. Sin embargo, en lo que querría centrarme ahora es en el hecho de que, según estas palabras de Jesús, el fuego tiene la capacidad de salar. Ahora bien, puesto que la sal de la parábola no es una sal literal, sino que representa a los seguidores y los discípulos de Jesucristo, ¿qué es lo que propiamente estaría representando aquí el fuego?

Lo cierto es que, contrariamente a lo que los cristianos han creído siempre —o debería mejor decir: a lo que, en número mayoritario, sus líderes siempre les han enseñado—, el fuego del que suelen hablarnos las Escrituras no tiene absolutamente nada que ver con aquel lugar fantástico al que llaman infierno. El fuego más ilustre de todos en la palabra de Dios es, en realidad, por lejos, el propio Dios, quien es definido en las Escrituras como un fuego consumidor.[2] Y puesto que el Señor Jesucristo nos ha dicho también que Dios es espíritu (Juan 4:24), podemos decir entonces, con toda confianza, que Dios es en verdad un espíritu que, al menos en ciertos aspectos, se comporta tal como lo hace el fuego.

En la Carta a los hebreos —cuyo autor es desconocido, aunque muchos la atribuyen al apóstol Pablo— encontramos, precisamente, esta identificación de Dios con el fuego:

Porque nuestro Dios es un fuego consumidor. (Hebreos 12:29)

Y no es en lo absoluto casual que un poco más arriba de estas palabras y a continuación de todo un capítulo que desarrolla el tema de la fe y de quienes han dado testimonio de ella con el ejemplo de sus propias vidas, encontremos este otro pasaje, el cual citaré in extenso debido a la importancia que reviste en referencia al tema que estoy abordando aquí:

Por lo tanto, también nosotros, rodeados de una tan grande nube de testigos, dejemos a un lado toda carga pesada y el pecado tan generalizado que nos asedia y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante con los ojos puestos en Jesús, el autor y el consumador de la fe, quien, por el gozo puesto delante de él, soportó la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Consideren a aquel que padeció semejante contradicción por parte de los pecadores cuando estaba entre ellos, de manera que el ánimo de ustedes no decaiga hasta desmayar, ya que aún no han llegado hasta la sangre en su contienda contra el pecado. Y ya se han olvidado de la exhortación que se les dirige como a hijos, la cual dice: “Hijo mío, no desprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando él te reprende. Porque el Señor disciplina a todo aquel al que ama, y azota a todo aquel al que recibe como hijo”[3]. Si soportan la disciplina, Dios trata con ustedes como con hijos. ¿Porque qué hijo hay que el padre no discipline? Ahora bien, si ustedes están sin disciplina, de la cual todos son hechos partícipes, entonces son bastardos, y no hijos. Y luego, de hecho, tuvimos a nuestros padres en la carne que nos disciplinaban; y así, ¿no estaremos, mucho más aún, sujetos al Padre de los espíritus y viviremos? Pues aquellos aplicaron la disciplina durante algunos días según mejor les parecía, y nosotros los respetábamos; pero Éste lo hace para nuestro provecho, para que participemos de su santidad. Ahora bien, de hecho, toda disciplina no parece ser, al presente, motivo de alegría, sino de pena; sin embargo, más tarde da fruto apacible de justicia a todos aquellos que la han experimentado. (Hebreos 12:1-11)

¿Qué nos dice, en resumidas cuentas, el autor de la Carta a los hebreos? Dios, quien es en última instancia el salvador, no de unos pocos hombres, sino de toda la humanidad[4], ha escogido especialmente a algunos, por su soberana voluntad y antes de la mismísima fundación del mundo, no solamente para ser salvos antes que el resto, sino también para serlo, por así decirlo, cum laude, esto es, para heredar el reino de Dios juntamente con el Cristo. Para ello, también cuando él mismo lo ha querido, ha puesto fe en sus corazones y los ha engendrado por medio de su espíritu, el cual ha puesto en ellos como un adelanto de la gloria de la que participarán cuando se manifieste el Cristo en su reino. Por ende, mientras aún se encuentran en la carne, en este cuerpo de muerte en el que estamos todos, Dios los disciplina como un padre a fin de perfeccionarlos en la fe, es decir, en la confianza y en la fidelidad que corresponde a todo hijo maduro respecto de su padre.

“Ustedes —dice el autor de Hebreos— no han llegado hasta la sangre en su lucha contra el pecado.” Al decir esto, el autor no está queriendo decir que el llegar a la sangre en la contienda contra el pecado sea un paso obligatorio para todos, sino que, al establecer el ejemplo de Jesús, quien ciertamente sufrió la muerte en la cruz a fin de habilitar la entrada plena de sus hijos en el reino de Dios, resalta cómo soportó grandes sufrimientos por tener su mirada puesta en lo que vendría. Y el autor de Hebreos resalta esto precisamente porque mientras uno se encuentra en un estado de inmadurez, es sólo la disciplina de Dios la que puede conducirlo a la madurez. Es a esto a lo que se ha referido Juan el bautista al decir a aquellos a los que bautizaba en las aguas del Jordán:

Yo, de hecho, los bautizo en agua en pos del arrepentimiento; pero el que viene luego de mí es más fuerte que yo, cuyo calzado no soy digno de llevar. Él los bautizará en espíritu santo y en fuego, cuyo aventador está en su mano y limpiará su era, recogerá el trigo en el granero y quemará la paja en un fuego que no se apaga. (Mateo 3:11,12)

A lo largo de los siglos, los maestros del cristianismo han dicho a sus confundidos oyentes que la paja mencionada aquí representa a los pecadores, a los cuales Jesucristo hará arder en el infierno por toda la eternidad. Lo que todos estos maestros no han visto o no han querido ver es que la paja no es algo separado del trigo sino su imperfección, aquello que debe ser separado del mismo mediante una criba o, tal como ocurría en la antigüedad, mediante un aventador. Y es a esto, precisamente, a lo que se refería el bautista: a un proceso por el cual las imperfecciones de aquellos que no solamente serían bautizados en el espíritu de Dios, sino también en fuego, serían primeramente aventadas y luego, una vez separadas, eliminadas por la acción de aquel mismo fuego.

Si hubiese que decirlo con otra analogía, lo mismo que la paja es al trigo lo son las imperfecciones a los metales preciosos como el oro y la plata. ¿Y qué dice a este respecto el mensaje del Señor Jesucristo al encargado de la simbólica congregación de Laodicea en el libro de Apocalipsis? He aquí sus palabras:

Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio y no frío ni caliente, ¡estoy por vomitarte de mi boca! Porque tú dices “Yo soy rico y me he enriquecido y no tengo necesidad de cosa alguna”, ¡y no sabes que eres un desgraciado, un miserable, pobre, ciego y desnudo! Por lo tanto, te aconsejo que compres de mí oro refinado en fuego para que seas rico, y vestidos blancos para vestirte a fin de que no sea descubierta la vergüenza de tu desnudez y que untes tus ojos con colirio para que veas. Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. ¡Sé, entonces, celoso y arrepiéntete! Mira: yo estoy parado a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo. (Apocalipsis 3:15-20)

¿No es de lo más interesante que el Señor haga aquí alusión al fuego juntamente con la disciplina, tal como ya hemos visto que hace el autor de la Carta a los hebreos? Desde luego, como en el resto de las cosas de Dios, no hay aquí casualidad alguna. Se trata más bien de un testimonio valiosísimo que el espíritu de Dios nos aporta en nuestra búsqueda del sentido preciso de este “fuego” que tiene la capacidad de refinar el oro, de quemar la paja y de devolver a la sal su sabor; en breve: que tiene la capacidad de volver aptos los inmaduros e imperfectos seres humanos para heredar el reino de Dios. Y creo no equivocarme si digo que la parada final de esta búsqueda se encuentra en la primera carta del apóstol Pedro, de la cual ya me he ocupado en mis dos artículos más recientes, primera y segunda parte de un escrito al que he titulado «Cristianos».

Allí, en el comienzo mismo de aquella carta suya dirigida a los santos de las congregaciones del Asia Menor, Pedro discurre sobre la gloriosa salvación en pos de la cual caminaban sus destinatarios, una salvación, les dice,

…en la cual ustedes se alegran grandemente, aunque en este instante, por un breve tiempo, de ser necesario, tengan pesar mediante diversos tipos de prueba, para que puesta a prueba la fe de ustedes —mucho más preciosa que el oro, el cual, aunque perecedero, se prueba con fuego— pueda ser hallada digna de alabanza, de honor y de gloria en la revelación de Jesucristo… (1 Pedro 1:6,7)

En breve: así como el oro, que es algo material y perecedero, se prueba con un fuego que es igualmente material y perecedero, así la fe, que es espiritual, se prueba mediante diversos tipos de pruebas que son, mayormente, de índole espiritual. Confío en que esto quedará suficientemente claro para todo aquel que lea esto. Esto, a saber: que aquí no estamos lidiando con cosas materiales, sino espirituales, ya que, tal como en una ocasión dijo el Señor a los judíos que tomaban todas sus palabras en forma groseramente literal:

El Espíritu es el que da la vida: la carne no aprovecha para nada. Las cosas que les he dicho son espíritu y son vida… (Juan 6:63)

Si estas palabras hubiesen sido comprendidas en toda su magnitud y debidamente incorporadas en la enseñanza de las cosas de Dios a las masas cristianas de todos los tiempos, la historia de Occidente habría sido muy otra. Sin embargo, el que esto no haya sido así es, como el resto de las cosas, una parte constitutiva del plan de Dios, el cual, como veremos en la segunda y última parte de este artículo, tiene también, como todo plan, ciertos objetivos y ciertos tiempos y plazos para que los mismos sean cumplidos.

 

Notas

[1] Gálatas 6:16.

[2] Véase Deuteronomio 4:24 y 9:3; 2 Samuel 22:9; Salmo 18:8; Isaías 30:30 y 33:14; Hebreos 12:29.

[3] Véase Proverbios 3:11,12.

[4] Sobre esto mismo trato en mi artículo «Dios, el salvador de todos los hombres».

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