El juicio comienza por la casa de Dios (final)

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Las Escrituras hablan de un tiempo en el que todos aquellos que coheredarían el reino de Dios juntamente con el Cristo se verían sometidos a diversas pruebas, a las que el apóstol Pedro compara con un incendio. Hoy, en el final de la era presente y con el reino de Dios ya a las puertas, el fuego del incendio se ha intensificado y lo seguirá haciendo por algún tiempo. ¿Podrán los cristianos que viven apegados al sistema de este mundo y alejados del consejo pleno de la Palabra de Dios salir airosos de la prueba y heredar el reino prometido?


 

En la primera parte de este escrito trato sobre un fuego espiritual del que las Escrituras dan abundante testimonio, un fuego que, a la manera del fuego material que todos conocemos —que expone y consume las impurezas de los metales preciosos—, Dios ha dispuesto para exponer y consumir las imperfecciones de aquellos que han creído en el evangelio de Jesucristo y el reino de Dios y que al presente integran la casa de Dios. Allí me refiero también a una analogía compuesta por el apóstol Pablo. Según esta, tal como en cualquier casa grande hay utensilios honrosos y utensilios deshonrosos, así también en la casa de Dios hay ambos tipos de hombres y mujeres: aquellos que honran a Dios con su conducta y aquellos que lo deshonran.

Si ahora nos volvemos a los dichos del apóstol Pedro en su primera carta —la cual ya he abordado en este blog con anterioridad[1]—, veremos que la Palabra de Dios considera a aquel fuego purificador de la casa de Dios como un juicio. Dice allí Pedro:

Amados, no se extrañen del incendio que los está poniendo a prueba como de algo extraordinario que recae sobre ustedes, sino que, en la medida en la que participen ustedes de las vicisitudes del Cristo, gócense, de manera que también puedan alegrarse con gran alegría en la revelación de su gloria. […] Porque es el tiempo en el que el juicio comienza por la casa de Dios. Y si comienza primeramente por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que se endurecen ante las buenas nuevas de Dios? Y “si el justo se salva dificultosamente, ¿qué será del irreverente y el pecador?”[2] Por lo tanto, aquellos que padecen de acuerdo a la voluntad de Dios, hagan el bien como encomendándose al que es un Creador fiel. (1 Pedro 4:12,13;17-19)

¿Qué clase de prueba estaban experimentando los santos del Asia Menor a los que Pedro dirigió su carta? ¿Podría tratarse de algún coletazo de la persecución que sobre los santos de Roma había desatado Nerón, acusándolos del incendio de la ciudad, en el año 64 d. C.? No lo sabemos a ciencia cierta. Lo que sí sabemos —porque Pedro lo menciona en su carta antes del pasaje aquí citado— es que los destinatarios de su misiva sufrían la burla y la difamación de parte de sus antiguos amigos y conocidos, quienes, al parecer, tomaban como una ofensa personal el que los primeros hubiesen abandonado sus antiguas costumbres luego de abrazar el evangelio de Jesucristo. Es, de hecho, a estos a los que Pedro hace alusión al hablar de “aquellos que se endurecen ante las buenas nuevas de Dios”. Sea como fuere, lo cierto es que la prueba que los de las congregaciones del Asia Menor sobrellevaban ha de haber sido lo suficientemente grande como para que Pedro la compare, no con un simple fuego, sino con un incendio.

Ahora bien, ¿cuál vendría a ser la mayor diferencia entre un simple fuego que se desata de manera focalizada y un incendio, instancia en la que el fuego, ya esparcido, tiende a rodearlo todo y a hacerlo, además, rápida e imprevisiblemente? La diferencia principal entre uno y otro consiste, según yo lo veo, en que mientras que el primero no hace que la gente pierda el control, el segundo suele traer a ésta desorientación, cuando no pánico. De ahí que Pedro se haya preocupado muy especialmente en explicar a aquellos a los que se dirige en su carta qué era, exactamente, lo que les estaba ocurriendo: “Lejos de ser una anomalía, lo que les está ocurriendo —les dice, con otras palabras, el apóstol— es exactamente lo que tiene que ocurrirles; de manera que no se extrañen…” Pedro estaba, por así decirlo, reduciendo al mínimo posible su nivel de incertidumbre y, por ende, de angustia. Y para lograr su cometido, Pedro apelaba, a renglón seguido, nada más y nada menos que al plan de Dios.

“Es el tiempo…”

En el pasaje aquí en cuestión, Pedro dice, a manera de argumento: “Porque este es el tiempo en el que juicio comienza por la casa de Dios.” Ignoro cuántos son los que, a través de los siglos, han reparado en esta forma de expresarse del apóstol. Sin embargo, a juzgar por la conducta de quienes hoy, aferrándose a su cristianismo, resisten los cada vez mayores embates que en el mundo occidental tienen lugar contra todo aquello que se relaciona con Jesucristo, diría que ninguno entiende las implicancias de lo que Pedro ha querido decir con estas palabras suyas. ¿Y qué es aquello en lo que el apóstol hace especial énfasis con esta forma de expresarse y que las masas cristianas de Occidente parecen ignorar hoy por completo? Ni más ni menos que el plan de Dios.

Ahora bien, ¿qué es un plan? ¿No es acaso un cierto arreglo de plazos temporales y de ocasiones en función del cumplimiento de ciertos objetivos? Veamos, entonces, con esta somera definición en mente, el siguiente pasaje del Eclesiastés, sin duda, uno de los más conocidos de este libro:

Para todo hay un tiempo; y hay una ocasión para todo lo que se desea bajo el cielo: una ocasión para nacer y una ocasión para morir; una ocasión para plantar y una ocasión para arrancar lo plantado; una ocasión para matar y una ocasión para curar; una ocasión para derrumbar y una ocasión para construir; una ocasión para llorar y una ocasión para reír; una ocasión para endechar y una ocasión para bailar; una ocasión para desparramar piedras y una ocasión para juntar piedras; una ocasión para abrazar y una ocasión para alejarse del abrazo; una ocasión para buscar y una ocasión para perder; una ocasión para cuidar y una ocasión para desechar; una ocasión para rasgar y una ocasión para coser; una ocasión para callar y una ocasión para hablar; una ocasión para amar y una ocasión para odiar; una ocasión para la guerra y una ocasión para la paz.  (Eclesiastés 3:1-8)

Desde tiempos inmemoriales, los “sabios” del cristianismo han visto en estas palabras una suerte de enumeración caótica de las vicisitudes y actividades humanas y —tal como ha sido siempre su costumbre— han pasado por alto lo más importante, diría incluso lo vital de ellas. ¿Y qué es, entonces, lo más importante de estas palabras del Eclesiastés? Helo aquí: “Para todo hay un tiempo y una ocasión…”

Y es precisamente eso lo que el apóstol Pedro dice a los destinatarios originales de su carta y a todos nosotros, casi dos mil años después, a saber: que según el plan de Dios, este es el tiempo en el que el juicio comienza por su casa. ¿Y esto, por qué? Porque dentro del plan de Dios, hay un tiempo dispuesto para que el fuego purifique el oro, queme la paja y vuelva a salar aquella sal que ha perdido su sabor, para decirlo con las mismas imágenes de las que me valgo en la primera parte de esta entrega.

Ahora bien, cuando Pedro en su carta escribe ὁ καιρὸς (“el tiempo”), ¿acaso se refiere únicamente a algún momento de la década del 60 del siglo primero, ocasión en la que, más que probablemente, la compuso y la envió a aquellas congregaciones del Asia Menor? ¡Claro que no! Antes bien, se trata de un tiempo que antecede a la fecha de aquella carta y que se ha extendido grandemente hacia el futuro hasta llegar a nuestros propios días.

Véase, por ejemplo, estas palabras con las que Pablo y Bernabé, al volver a pasar por Listra, Iconio y Antioquía en su regreso de Derbe, daban ánimos a los flamantes discípulos que vivían en aquellas ciudades:

Es necesario que entremos en el reino de Dios a través de muchas tribulaciones… (Hechos 14:22)

Pregunto aquí: ¿por qué, en palabra de los apóstoles, es “necesario” atravesar muchas tribulaciones antes de entrar en el reino de Dios, el cual, desde luego, aún no ha aparecido visiblemente, tal como de él han profetizado los profetas y los mismos apóstoles, por no mencionar al mismo Señor Jesucristo? Nuevamente: ¡porque es una parte constitutiva del plan de Dios el que todos aquellos a los que él adopta como hijos reciban la debida disciplina a fin de ser purgados de diversas impurezas antes de heredar el reino de Dios juntamente con el Cristo! Tal como dice Pablo en su carta a los santos de Roma:

Porque todos cuantos son guiados por el espíritu de Dios, estos son hijos de Dios. Ya que no han recibido ustedes un espíritu de esclavitud para estar otra vez temerosos, sino el espíritu de adopción, por el cual clamamos “¡Abbá![3]¡Padre nuestro!”[4] El Espíritu mismo testifica juntamente con nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos con el Cristo, si es que padecemos con él a fin de ser glorificados con él. (Romanos 8:14-17)

Tales dichos siguen siendo hoy tan vigentes como el resto de la Palabra de Dios. En otras palabras: hoy, no menos que hace casi dos mil años, es el tiempo en que el juicio se cumple en la casa de Dios. Más aún: este tiempo que hoy estamos viviendo en Occidente, en el otrora mundo “occidental y cristiano” es, en tal sentido, por así decirlo, el grand finale, el broche de oro de tantos siglos de espera del establecimiento del reino de Dios. Y sin embargo, ¿cuántos son los que aún esperan en verdad, con todo lo que ello implica, este acontecimiento único en la historia de la humanidad? El mismo Pablo, en su carta a los filipenses, se lamentaba de la siguiente manera:

Hay muchos caminando por ahí —sobre los cuales les he comentado a menudo y sobre los que ahora mismo, mientras se los digo, me lamento— que son enemigos de la cruz del Cristo, cuyo final es la ruina, cuyo dios es el bajo vientre, cuya gloria está en su vergüenza, que sólo van en pos de lo terrenal… (Filipenses 3:18,19)

O bien, ¿qué tal estas otras palabras de Pablo, dirigidas, esta vez, a su discípulo Timoteo?:

Nos es suficiente con tener comida y cobertura, porque los que aspiran a enriquecerse caen en la prueba y en una trampa, en muchos deseos estúpidos y dañinos que hunden a los hombres en la destrucción y en la ruina. Pues el amor al dinero es raíz de todos los males, por lo que algunos, en su afición a este, se desviaron de la fe y se infligieron a sí mismos muchos dolores… (1 Timoteo 6:8-10)

Todo lo cual, por otra parte, encaja como una mano en su guante con estas otras palabras del apóstol Santiago:

¿De dónde provienen las discusiones y las peleas entre ustedes? ¿No provienen de sus apetencias de placeres, que pujan en sus miembros? Ustedes codician y no obtienen, matan y se queman de envidia, y no llegan a nada. Se pelean y discuten, pero no obtienen porque no piden. Piden y no reciben porque piden mal, para gastar en sus placeres. ¡Adúlteros y adúlteras! ¿Acaso no saben que la amistad con el mundo es enemistad contra Dios? Por lo tanto, cualquiera que aspire a ser amigo del mundo, se constituye en enemigo de Dios… (Santiago 4:1-4)

Y para que no queden fuera aquellos que detentarían cierta autoridad sobre el pueblo de Dios, veamos también lo que en su segunda carta ha dicho el apóstol Pedro:

Hubo falsos profetas entre el pueblo[5], tal como entre ustedes habrá también falsos maestros que introducirán desviaciones destructivas, dando la espalda incluso al Señor que los compró y atrayendo sobre sí mismos una destrucción repentina. Y muchos se irán detrás de la perversidad de estos, por causa de los cuales la gloria de la verdad será calumniada, que con avaricia y con suaves palabras traficarán con ustedes como si fuesen una mercancía, cuyo juicio desde temprano no se tarda y cuya ruina no se adormece. (2 Pedro 2:1-5)

¿Se parece algo de todo esto a lo que hoy tenemos ante nuestros ojos? Y si la respuesta a esto es afirmativa, ¿creerá acaso alguno que todo este estado de cosas dentro de la casa de Dios ha sido alguna vez diferente durante los últimos dos milenios? ¿Hay acaso alguna disposición especial o alguna cláusula secreta en alguna parte de las Escrituras que nos aliente a creer que la iglesia de Jesucristo se corrompería durante el siglo primero para luego volver a ser pura durante siglos y, finalmente, volver a corromperse antes del advenimiento del reino de Dios? ¿No resulta claro, por el contrario, que este estado de corrupción que ya comenzaba a manifestarse en los días de los apóstoles sólo seguiría creciendo hasta alcanzar el final mismo de la era —es decir, nuestros propios días— con el mayor grado de corrupción imaginable?

“Muchos son los llamados, y pocos los escogidos…”

Leemos, en el libro de Apocalipsis, que aquellos que estarán junto al Señor al momento de su victoria sobre los gobernantes que le harán la guerra son “llamados, escogidos y fieles” (Ap. 17:14). Estas palabras no hacen, por otra parte, sino confirmar lo que Jesús ya había dicho al menos en dos ocasiones durante su ministerio terreno y que ha quedado registrado en el evangelio de Mateo[6]. Sin embargo, quien consulte hoy las estadísticas del mundo cristiano, verá que el mismo está integrado, poco más o menos, por un tercio del total de la población mundial, es decir, por unos dos mil quinientos millones de personas.

Yo diría, sin temor a equivocarme, que esta cifra suena más bien a los “muchos llamados” antes que a los “pocos escogidos”. ¿Qué piensa el lector? ¿Estará acaso dispuesto a considerar a un tercio de la población mundial como a los escogidos que coheredarán el reino de Dios juntamente con el Cristo?

Ironías aparte y con una mano en el corazón: ¿cree en verdad el lector que cientos de millones de cristianos en el mundo occidental están realmente calificados para que se cumpla en ellos el destino que aguarda a los escogidos?¿No resulta, por el contrario, evidente a todo aquel que ve las cosas con honestidad y con la guía del espíritu de Dios que todos los errores —¡y los horrores!— de siglos y siglos de religión muerta vienen hoy a caer sobre las cabezas de todos estos cristianos en el momento más aciago de la historia de Occidente? Los profetas del Antiguo Testamento y los apóstoles del Nuevo Testamento casi no han hablado de otra cosa, pero sólo unos pocos han entendido el mensaje. Y sin embargo —lo repito—, el mensaje está allí, a disposición de cualquiera…

Parte constitutiva de dicho mensaje es, precisamente, que el fuego de Dios comenzaría su obra por la propia casa de Dios, purificando aquello que debe ser purificado y arruinando, también, aquello que deba encaminarse a su ruina. Ya que, para decirlo tan breve y contundentemente como lo dijera el propio Señor Jesucristo refiriéndose a los fariseos que en una ocasión se habían ofendido con sus dichos:

Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial será arrancada de raíz. (Mateo 15:13)

Resulta claro que nada de este proceso es ni podría ser, tal como suele decirse, un “paseo por el parque”. De hecho, tal como está escrito: “toda disciplina no parece ser, al presente, motivo de alegría, sino de pena…” (Hebreos 12:11). Y es por eso que hoy son muchos —demasiados, acaso una mayoría de quienes se identifican a sí mismos como “cristianos”— quienes, despreciando la disciplina, hacen todo lo que está humanamente a su alcance por pasarle de junto. Quieren, así, evitarse la pena, ignorando por completo que al no participar de esta disciplina se colocan a sí mismos en el lugar de los hijos ilegítimos —de los bastardos— o, para decirlo con la misma expresión de Jesús, de las “plantas que el Padre no ha plantado”.

El trigo y la cizaña no estarán mucho más tiempo juntos

En la primera parte de este artículo he dicho que la paja que es separada del trigo mediante un aventador representa, en aquella parábola que Juan dirigió a los que estaba bautizando en el Jordán, a las imperfecciones de los que están destinados a coheredar el reino de Dios, imperfecciones que el propio fuego de Dios quemaría hasta consumir por completo. Sin embargo, el Señor Jesucristo refirió en otra ocasión otra parábola cuyo tema central, al igual que en la de Juan, es también el trigo, pero cuyo sentido es, sin embargo, muy diferente al de la del bautista. Dijo Jesús a quienes lo escuchaban:

El reino del cielo se asemeja a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entremezclada con el trigo y se fue.  Y cuando asomó la hierba y dio fruto, apareció también la cizaña. Vinieron entonces los siervos del amo de la casa y le dijeron: “Señor, ¿acaso no sembraste buena semilla en el campo? ¿De dónde es, entonces, que tiene cizaña?” Él les dijo: “Un enemigo hizo esto”. Y sus siervos le dijeron: “¿Quieres, entonces, que vayamos y la arranquemos?” Él les respondió: “No; no sea que, al arrancar la cizaña, arranquen el trigo con ella. Dejen crecer la una junto al otro hasta la cosecha. Y en el tiempo de la cosecha, yo diré a los cosecheros: Junten primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, pero recojan el trigo en mi granero.” (Mateo 13:24-30)

Más tarde, en privado, Jesús explicó la parábola a sus discípulos, los cuales no la habían comprendido, de la siguiente manera:

El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo. La buena semilla son los hijos del reino y la cizaña son los hijos del malo. El enemigo que la sembró es el diablo. La cosecha es el fin de la era y los cosecheros son los ángeles. De manera que así como se arranca la cizaña y se quema en el fuego, así ocurrirá en el fin de la era. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, los cuales recogerán de su reino a todos los que traen tropiezo y practican la iniquidad y los echarán en el horno de fuego: allí será el llanto y el crujir de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. Quien tenga oídos para oír, oiga. (Mateo 13:37-43)

Tal como en la parábola de Juan, el trigo son los hijos del reino. ¿Y a quiénes representa la cizaña? A aquellos que, siendo prohijados por Satanás, “traen tropiezo y practican la iniquidad”. ¿Quiénes son estos y dónde están? ¡Dentro del mundo cristiano! ¿Dónde más, si no? ¿O ignora acaso el lector que la cizaña es una mala hierba que crece en los trigales y que, en su aspecto exterior, se parece muchísimo a las espigas de trigo? ¿O ignora, también, que Satanás y su trono se encuentran hoy, de una manera muy especial, entre las simbólicas congregaciones a cuyos encargados se dirige el Señor en los capítulos 2 y 3 del libro de Apocalipsis?

Que todos sepan, sin embargo, que Dios no puede ser burlado. Por cierto que tampoco pueden serlo sus siervos, pues es el mismo Espíritu el que guía sus pasos mientras caminan entre la cizaña. Es en este mismo sentido que el apóstol Pablo fue avisado por el Espíritu en qué se convertiría nuestro mundo cristiano de hoy. Así lo transmitió a su discípulo Timoteo:

Sabe también que en los últimos días vendrán tiempos peligrosos, pues los hombres serán amadores de sí mismos, apegados al dinero, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, desagradecidos, malignos, sin afecto natural, implacables, difamadores, incontinentes, brutales, aborrecedores de lo bueno, traidores, impulsivos, vanidosos, con apego a sus propios placeres antes que a Dios, al cual venerarán en las formas mientras hacen caso omiso de su poder. A estos, evítalos. Porque de los tales son los que se cuelan en las casas y cautivan a las mujercitas que están cargadas de pecados, las cuales son arrastradas por diversos deseos. Estos siempre están aprendiendo, y aún así nunca son capaces de llegar a comprender la verdad. De hecho, de la misma manera en que Janes y Jambres opusieron resistencia a Moisés, así también estos resisten a la verdad: son hombres de mente depravada, descalificados en cuanto a la fe. Pero no irán más allá, ya que su estupidez se hará evidente a todos. (2 Timoteo 3:1-9)

Y es también refiriéndose a nuestros días que concluye Pablo a renglón seguido:

Todos los que quieran llevar una vida de veneración en Cristo Jesús padecerán hostigamiento; pero los hombres malignos y los impostores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados. (2 Timoteo 3:12,13)

“El Juez está a la puerta…”

Tal como ya he citado en la primera parte, al final del mensaje al encargado de la iglesia en Laodicea, el Señor dice a este: “Mira: yo estoy a la puerta y llamo…” Se trata de una expresión que se corresponde notablemente con estas otras que hallamos en la carta del apóstol Santiago:

Hermanos, no estén rezongando el uno sobre el otro, no vaya a ser cosa de que reciban una sentencia adversa. ¡Vean! El juez está a la puerta… (Santiago 5:9)

Ahora bien, un poco antes en aquella misma carta, Santiago dice algo a sus destinatarios que complementa y clarifica en gran medida la cuestión del juicio que, según el apóstol Pedro, comenzaría por la propia casa de Dios. Dice allí Santiago:

No se hagan maestros muchos de entre ustedes, mis hermanos, sabiendo que nos atraeremos un mayor escrutinio de juicio, pues todos nosotros erramos muchas veces… (Santiago 3:1)

En este último caso traduje el sustantivo griego κρίμα como “escrutinio de juicio”, mientras que en el caso anterior traduje un verbo derivado de la misma raíz —a saber, κατακρίνω— como “recibir una sentencia adversa”, el cual, a su vez, se corresponde con el sustantivo κατάκριμα, derivado del primero. Para decirlo muy sencillamente, lo que queda a la vista al conjugarse ambos conceptos es un proceso, tal como cuando se habla de un proceso judicial. En efecto, en todo proceso judicial, el juez debe ante todo llevar a cabo un relevamiento, un escrutinio de todo lo vinculado al caso que tiene ante sí. Y es sólo después de que todos los elementos pertinentes han sido considerados por el juez que este llega a emitir una sentencia, la cual puede ser propicia o adversa, absolutoria o condenatoria.

Tal es, también, el caso del juicio que, según Pedro, viene teniendo lugar en la casa de Dios desde los días en los que escribiera e hiciera llegar su carta a los santos del Asia Menor hasta este mismo momento en el que yo escribo estas líneas. Y así, todos aquellos que hoy se consideran parte de la casa de Dios, ¿no deberían acaso ser prudentes y comportarse como ante un juez que está considerando sus casos, sabiendo que aquello que está aquí en juego para ellos es, ni más ni menos, que el llegar a ser coherederos del reino de Dios juntamente con el Cristo?

¿Cómo es, entonces, que podremos purgarnos a nosotros mismos de todas las impurezas y las imperfecciones de nuestra naturaleza humana, carnal, tal como Pablo decía que debían hacer aquellos que querían ser un utensilio honroso y útil al Señor? ¿Y cómo es que la sal que ha perdido su esencia podría recuperarla? El consejo pleno de la Palabra de Dios nos dice que esto sólo podrá lograrlo la acción del fuego de la prueba sobre nosotros, un fuego al que debemos someternos con confianza y paciencia, sabiendo que el final de dicho proceso será bueno, porque buena será la sentencia que acerca de nosotros dicte el Juez.

Es aquí donde concluiré estas líneas. Creo, en efecto, que la idea que me animó a escribirlas y a publicarlas ha quedado, en general, bastante clara. Sólo agregaré, a manera de cierre y de recapitulación de las mismas, las siguientes palabras, las cuales hace unos años expresara, también en la Web, un vehemente expositor de la Palabra de Dios ya fallecido:

¡A menos que mediante el poder purgativo de su ardiente espíritu, el Dios todopoderoso esté quemando los deseos y las pasiones y la vanidad y la altivez y la avaricia y el fariseísmo y la pereza y la laxitud y la hipocresía y la malignidad y el orgullo y el materialismo y el cinismo y la depravación y la carnalidad en sus vidas, Jesucristo no los está escogiendo para reinar con él como hijos de Dios en el reino de Dios a fin de conducir cielo y tierra al arrepentimiento y a la salvación![7]

Pese a lo extrañas y extravagantes que tales palabras puedan sonar a los que ignoran los testimonios de las Escrituras, quienes han llegado a experimentar directamente la disciplina de Dios en sus vidas no podrán decir, ante ellas, otra cosa que "amén".

 

Notas

[1] Véanse la primera y la segunda parte de «Cristianos».

[2] Pedro glosa aquí una porción del libro de los Proverbios: “He aquí que al justo en la tierra se le pagará: más aún al malvado y pecador.” (Pr. 11:31)

[3] Esto es, en arameo, el equivalente a “papá”.

[4] Reproduzco aquí la expresión tal como se encuentra en la versión siríaca o Peshitta. En la versión griega —de la cual, de hecho, traduzco el resto del pasaje— dice Αββα ὁ πατήρ (¡Abba, el padre!).

[5] Desde luego, Pedro se refiere aquí al antiguo pueblo de Israel.

[6] Véase Mateo 20:16 y 22:14.

[7] L. Ray Smith, The Lake of Fire, part III.

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