¿Tiene Dios un plan B?

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Hace poco más de medio siglo, Jacques Ellul afirmó que todo lo que el hombre hace está incluido dentro del plan de Dios. Sin embargo, frente al llamado «libre albedrío» que el mundo occidental en su conjunto ha glorificado desde siempre y al que los propios cristianos consideran como el don más preciado que Dios ha dado a los seres humanos al momento de crearlos, dicha noción resulta, como mínimo, una paradoja, pues sugiere que Dios se ve obligado a revisar su plan en forma permanente a fin de acomodarlo a la siempre cambiante iniciativa de todas sus criaturas humanas.


 

A sabiendas o no, voluntaria o involuntariamente, al afirmar en una obra suya, publicada en 1966[1], que el plan de Dios abarca absolutamente todo lo hecho por los seres humanos, Jacques Ellul colocó el listón travesaño a una altura para superar la cual nunca llegó a tener la garrocha adecuada. ¿Por qué digo esto en un tono tan terminante? Sencillamente, porque el recordado sociólogo y tecnólogo francés nunca llegó a desprenderse de aquello a lo que podríamos llamar aquí la auténtica piedra basal del pensamiento occidental desde tiempos inmemoriales, a saber: la noción de un «libre albedrío» humano y todo aquello que de esta se deriva.

En realidad, si hemos de juzgar por el título mismo de otra obra publicada por Ellul dos años antes de aquella, en 1964, bajo el título Le vouloir et le faire, veremos que ya en dicho título había ido con las palabras tan lejos como nadie podía ir en la década de los sesenta del siglo pasado. Este título, en efecto, está inspirado en las siguientes palabras del apóstol Pablo en su carta a los filipenses, a los cuales dice sin atenuante alguno:

Es Dios el que opera en ustedes tanto el querer como el hacer aquello que lo deleita… (Filipenses 2:13)

¿Se ve, entonces, hasta qué punto Ellul había puesto la vara demasiado alta, no menos para él que para nuestra civilización, la cual no puede separar su creencia en el libre albedrío humano de su creencia en Dios? Y es que, si es Dios quien propicia tanto la voluntad de actuar como el mismo actuar en sus criaturas humanas, ¿dónde queda el llamado «libre albedrío» humano? Y también: si Dios cuenta con semejante prerrogativa sobre la voluntad y las acciones humanas, ¿no sería Él, también, quien operase en los seres humanos el “no querer y el no hacer aquello que lo deleita”? Pero nuevamente, de ser esto así, ¿dónde quedaría, entonces, aquel libre albedrío que, al decir tanto de creyentes como de escépticos, desde el más encumbrado de los filósofos hasta el más modesto de los carboneros, es la joya más preciada de los seres humanos?

Ültimamente se ha hecho muy popular en el habla de Buenos Aires la expresión “retroceder en chancletas”, la cual pinta el caso de alguien que ha tenido que desdecirse de algo que no le es posible seguir avalando con los hechos o con las palabras. Esta expresión es aquí, creo yo, perfectamente aplicable a Ellul, ya que, en efecto, en 1974 parece haberse visto obligado —¿obligado por qué?— a razonar de la siguiente manera en otra de sus obras: “Si Dios mismo es libre […], de seguro que no puede soportar el ser obedecido por esclavos. De seguro, Él quiere que la obediencia sea libre y voluntaria y no surgida del temor y la humillación. El amor presupone la libertad.”[2]

Ahora bien: yo, por mi parte, no estoy aquí ni para negar el amor de Dios por la humanidad a la que ha creado ni —mucho menos aún— para anunciar que dicho amor es en realidad un subterfugio divino cuyo objetivo último es humillar y esclavizar a su creación. Muy por el contrario, haciendo honor al epígrafe del sitio en el que publico este blog, mi tarea consiste en anunciar aquí las buenas nuevas del reino de Dios y en advertir que nos hallamos en los días previos al comienzo visible de dicho reino entre los hombres. De hecho, en caso de que alguno desease tener un vislumbre de lo que yo anuncio aquí y de la manera en que lo anuncio, podría dar un vistazo a un artículo publicado aquí mismo hace ya unos meses bajo el título «Dios, el salvador de todos los hombres». Lo que sí me interesa poner aquí de relieve es la imposibilidad que se abate sobre todo ser humano —aún si se tratase el más inteligente y el más sensible— al momento en que éste se dispone a escudriñar las cosas de Dios muñido de categorías puramente carnales, emanadas de la mente humana.

En este último sentido, no estaría nada mal cotejar aquí estos dichos de Ellul que vengo de citar con lo que la misma Palabra de Dios nos dice desde sus registros escritos. Veamos, por ejemplo, el siguiente pasaje en el libro del profeta Ezequiel, en el que Dios se dirige a éste en los siguientes términos:

Y tú, hijo de hombre, toma para ti una tableta de adobe, ponla delante de ti y graba en ella el plano de la ciudad de Jerusalén. Y pondrás sobre ella sitio y pondrás junto a ella una torre de vigía y harás hacia ella una rampa y pondrás frente a ella un campamento y ubicarás en torno a ella arietes. Toma también para ti una plancha de hierro y ponla por muro de hierro entre ti y la ciudad. Y afirmarás tu rostro contra ella y serás por asedio y la asediarás. Esta es una señal para la casa de Israel. Y tú te recostarás sobre tu lado izquierdo y pondrás sobre él la iniquidad de la casa de Israel. El número de los días que te recuestes sobre él cargarás con la iniquidad de ellos. Y yo te he dado los años de su iniquidad en número de días: trescientos noventa días, en los que cargarás con la iniquidad de la casa de Israel. Y al cumplir con estos, te recostarás una segunda vez sobre tu lado derecho y cargarás con la iniquidad de la casa de Judá cuarenta días; día por año, día por año te lo he dado. Y al asedio de Jerusalén afirmarás tu rostro, y con tu brazo descubierto, profetizarás contra ella. (Ezequiel 4:1-7)

Podría continuar con la cita, pero creo que estas líneas son más que suficientes para que el lector pueda sopesar, a la luz de las mismas, las reflexiones de Ellul sobre el amor, la libertad, la obediencia y la esclavitud en la relación de Dios con los hombres. Téngase en cuenta que mi interrupción de la cita del pasaje de Ezequiel  es, de hecho, en favor de tales reflexiones, ya que, de haber prolongado la misma en un par de versículos más, habríamos llegado al momento en el que Dios ordena a Ezequiel cocer la comida que lo sustentaría durante su asedio simbólico de Jerusalén con excremento humano, el cual, ante la queja del profeta, es cambiado, a manera de concesión, por excremento de bueyes. .

Yo no sé qué opinará el lector, pero a mi modo de ver las cosas, son demasiados los detalles que habría que pasar por alto para conciliar pasajes como este en el libro de Ezequiel —verdaderamente abundantes en las Escrituras, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento— con todo aquello que Ellul nos dice en sus obras sobre la libertad divina y la "libertad" humana, en especial en lo tocante al plan de Dios. De hecho, tal como ya he demostrado en otro de mis artículos publicados aquí[3], el propio Ellul no ha podido sobrellevar el peso de algunas de sus afirmaciones acerca de este plan; a tal punto, digo, no ha podido hacerlo que, en aquella misma obra en la que afirmaba que todo lo que el hombre hace se encuentra dentro del plan de Dios, casi a renglón seguido agregaba que “no existe ningún plan preconcebido, discernible o revelado”. ¿Podría haber acaso dos afirmaciones más absurdamente contradictorias?

Y bien, ¿qué dirá, entonces, el lector? ¿En quién hemos de depositar nuestra confianza a la hora de sopesar el carácter de Dios y la naturaleza de su plan? ¿En lo que nos dicen las Escrituras que registran de primera mano dicho carácter o en las reflexiones que, en base a su lectura de estas mismas Escrituras, ha publicado un sociólogo francés en medio de una serie de graves contradicciones? Tal parece que Ellul, educado originalmente en el marxismo, llegó luego a definirse a sí mismo como un "cristiano anarquista", increíble oximoron que, ciertamente, tampoco juega a su favor en este asunto. Vayamos, por lo tanto, a las fuentes del mismo y veamos lo que nos dicen las mismas Escrituras acerca de todo esto.

La voluntad y el plan de Dios

Si hay algo que la Iglesia Católica y el resto de las iglesias que se han desprendido de ella y que hoy componen lo que se entiende por el universo cristiano no han enseñado nunca —Dios sabrá si por ignorancia o por malicioso encubrimiento o por ambos— es la diferencia que las Escrituras demarcan con toda claridad entre la voluntad de Dios, por un lado, y su plan, por el otro. De hecho, esta diferencia se encuentra tan presente en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, que el incomprensible silencio sobre ella a lo largo de tantos siglos —independientemente de que este tuviese un origen en la ignorancia o en la malicia de los religiosos— sólo podría atribuirse al poder inmenso, inconmensurable, con el que Dios ejecuta su plan, ocultando a veces detalles importantes a la vista de todos.

Es en la carta de Pablo a los romanos —sin duda, uno de los textos más frecuentados por todos los eruditos cristianos de no importa qué rama o denominación durante al menos los últimos mil quinientos años— donde podemos, en efecto, contemplar esta diferencia importantísima entre la voluntad y el plan de Dios. Dice allí Pablo:

[Dios] dijo a Moisés: “Tendré misericordia de quien tenga misericordia y me compadeceré de quien me compadezca”. Así que no se trata del que quiere o del que corre, sino de que Dios tiene misericordia. Porque la Escritura dice al Faraón: “Es para esto que te he levantado: para mostrar mi poder en ti y para que mi fama sea anunciada por toda la tierra”. Por lo tanto, Él tiene misericordia de quien quiere y endurece a quien quiere. Tú, entonces, me dirás: “¿Pero por qué, entonces, inculpa? ¿Porque quién se ha resistido a su plan [βούλημα]?” Pero ante todo, ¿quién eres tú, hombre, para cuestionar a Dios? ¿Dirá acaso la vasija de barro al que la formó: “por qué me hiciste así”? (Romanos 9:15-20)

Como puede verse aquí con toda claridad, el apóstol Pablo no tiene demasiado cuidado de herir el tipo de sensibilidad que hoy reina en el mundo occidental gracias a lo que solemos llamar lo políticamente correcto. Podría decirse, incluso, que a Pablo lo entusiasma la perplejidad y la queja del hipotético personaje al que se dirige, al cual él mismo ha dado voz a manera de mero recurso retórico. Se trata, en realidad, de la perplejidad y de la queja que anida en el alma de todo ser humano frente a lo que considera una injusticia evidente. Es el propio Pablo, entonces, quien retóricamente lleva las cosas hasta ese punto desde una perspectiva humana; y es también Pablo quien, adoptando la perspectiva del Espíritu de Dios, responde con otra pregunta ("pero ante todo, ¿quien eres tú hombre...?; etc.")

Ahora bien, de todo lo dicho aquí por Pablo —de gran interés para todo aquel que comience a explorar la forma en la que Dios lleva adelante sus propósitos—, lo que por el momento más nos interesa es la siguiente pregunta: “¿Quién se ha resistido a su plan?”. Se trata, claro, de una pregunta igualmente retórica cuya respuesta es “NADIE”. El ejemplo que Pablo da aquí para sustanciar su argumento es el del Faraón de los tiempos en los que Dios libró a su pueblo por medio de Moisés. Pero da igual si aplicamos el mismo principio a Moisés, al propio Pablo o a nosotros mismos. Sencillamente nadie, nunca y en ninguna parte, ha resistido al plan de Dios.

Sin embargo, si preguntásemos lo mismo, no respecto del plan, sino de la voluntad de Dios, la respuesta sería harto diferente. En efecto, hecha la especialísima excepción de Jesucristo —el cual es Dios hijo hecho hombre—, todos los seres humanos alguna vez nacidos sobre la tierra nos hemos resistido cuando menos una vez a la voluntad de Dios. En realidad, lo raro es, más bien, que no nos resistamos a su voluntad, a aquello que le agrada, a su deseo, lo cual hacemos la mayor parte del tiempo. Todos nosotros, sin importar si somos hombres o mujeres, cristianos, judíos, musulmanes, budistas o "ateos", asiáticos, europeos, africanos o americanos, todos nosotros, digo, en tanto que seguimos nuestros propios impulsos y deseos, solemos ir contra de la voluntad de Dios. Sin embargo, nótese muy bien lo siguiente: al ir contra la voluntad de Dios, todos nosotros hemos cumplido y cumplimos siempre, al pie de la letra, con su plan.

Esto último queda absolutamente de manifiesto en la propia historia del éxodo a la que alude Pablo en el pasaje arriba citado. ¿Cuál era, en efecto, la voluntad de Dios respecto de su pueblo al momento de visitarlo en Egipto, donde vivía sometido a una dura esclavitud por parte del Faraón de turno desde hacía ya tiempo? Dicha voluntad se manifiesta en estas palabras que Dios dijo al Faraón por boca de Moisés y de su hermano Aarón: “Deja ir a mi pueblo”. Sin embargo, como ya hemos visto en la cita de Pablo, era parte constitutiva del plan de Dios el engrandecer su fama en toda la tierra. Veamos lo que dice al respecto el libro del Éxodo, del que Pablo glosa en su carta a los romanos:

Endureció Yahweh el corazón del Faraón y [este] no los obedeció [a Moisés y a Aarón], tal como Yahweh le había dicho a Moisés. Y dijo Yahweh a Moisés: “Te levantarás por la mañana y te apostarás delante del Faraón y le dirás: ’Yahweh, el Dios de los hebreos, dice así: Deja ir a mi pueblo para que me sirva. Porque esta vez enviaré todos mis azotes a tu corazón, sobre tus siervos y sobre tu pueblo para que reconozcas que no hay otro como yo en toda la tierra. Porque ahora enviaré mi mano para herirte a ti y a tu pueblo con una plaga y tú serás cortado de la tierra. Pues, de hecho, para esto te he levantado: para hacerte ver mi fuerza y para que se cuente acerca de mi fama en toda la tierra‘”… (Éxodo 9:12-16)

La Escritura nos da muy claramente a entender que, de haber dependido solamente del deseo del Faraón, éste habría dejado ir a los hebreos ante esta última solicitud de Moisés y de Aarón, tanto más cuanto que Egipto ya había soportado seis plagas enviadas por Yahweh y se encontraba muy diezmado. Es precisamente por ello —nos señala la Escritura— que Yahweh endureció su corazón para lograr su propósito manifiesto de dar fama a su nombre por toda la tierra. ¿Qué quiere decir todo esto? Que lo que hizo Dios con el Faraón fue darle las agallas para sobrellevar la grave situación en la que ya se encontraba Egipto. Para decirlo de otra forma: Dios se comportó aquí con Faraón como un boxeador que pone de pie a su rival grogui, solamente para derribarlo definitivamente y en una forma espectacular.

Recapitulo. Al decir que todo lo que hace el hombre se encuentra incluido en el plan de Dios, Jacques Ellul estaba en lo cierto. Fue el propio Dios quien endureció al Faraón con el solo propósito de que, luego de sacar a su pueblo con mano fuerte y alzada de la esclavitud en Egipto, su fama se extendiese por toda la tierra. Fue también el propio Dios quien ordenó a Ezequiel cargar con la iniquidad de Israel y de Judá durante cuatrocientos treinta días y de hacerlo, además, de la manera más extraña y más repugnante, comiendo su comida cocida al calor de un fuego producto de excremento humano. Y aunque por ahora resulte al lector difícil de comprender y de aceptar, Ellul también estaba en lo cierto cuando afirmaba que Dios desea que los seres humanos lo obedezcan de manera libre y voluntaria.

Nadie podrá, creo yo, comprender cabalmente este acuerdo de cosas aparentemente tan contradictorias hasta que sus ojos humanos, naturales, le sean reemplazados por las miras del espíritu de Dios. Sin embargo, creo no equivocarme si pienso que todos podrán entender con lo dicho hasta aquí que el plan que Dios está llevando a cabo desde el comienzo de su creación no se corresponde con su voluntad última, con su deseo más profundo o, para decirlo como Pablo a los filipenses, con aquello que verdaderamente lo deleita.

Por lo demás, este que aquí concluyo ha sido más bien un primer planteamiento de la cuestión que me propuse tratar en torno a la pregunta que le da título a estas líneas. En la próxima entrega profundizaré en la exploración de algunos aspectos cruciales que hacen al plan de Dios y que desde siempre pocos —de hecho, muy pocos— han tenido en consideración a la hora de escudriñarlo.

 

Notas

[1] Politique de Dieu, politiques de l’homme.

[2] Éthique de la liberté, 1973-4.

[3] Véase «El plan de Dios en la era de lo poshumano».

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