¿Tiene Dios un plan B? (continuación)

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En el ámbito de la planificación de no importa qué área de la vida humana, solemos llamar «plan B» a un plan alternativo diseñado para reemplazar al plan original en caso en que durante su desarrollo surgiese algún imprevisto que atentara contra el cumplimiento del objetivo deseado. La implementación de tales planes de contingencia ha sido siempre, de hecho, una de las condiciones fundamentales del progreso material de las civilizaciones humanas. ¿Pero ocurrirá lo mismo con Dios? ¿Obligará a Dios la existencia del mal y de Satanás a recurrir a sucesivos planes alternativos para llevar a buen puerto su propósito?


 

En la entrega anterior de esta serie traje a cuento los escritos de Jacques Ellul acerca de Dios y de su plan. Según parece, el sociólogo y tecnólogo francés —el cual, voy a reiterarlo, se definía como un cristiano marxista y anarquista, una auténtica contradicción en los términos— ha insistido una y otra vez en tratar sobre este asunto sin haber podido jamás darle un tratamiento claro y satisfactorio. En realidad, lo que ha ocurrido a Ellul a este respecto es que se ha dado de narices contra un alto muro. Tal como lo sugiero allí, este ha de ser el destino inevitable de quien se asoma a los propósitos de Dios con el férreo deseo —o mejor aún: con la necesidad— de salvaguardar el “sacrosanto” principio del libre albedrío humano y de integrarlo armónicamente dentro de dichos propósitos.

Ahora bien, que nadie crea, siquiera por un momento, que Ellul ha estado solo en este intento fallido. Muy por el contrario: es el mundo occidental todo, en tanto que cristiano, el que ha chocado siempre contra el muro que el propio Occidente —tanto el pre-cristiano, como el cristiano y el que podríamos llamar pos-cristiano, en el que hoy vivimos— ha levantado en torno a la cuestión del plan de Dios, un muro cuyo material de construcción está integrado por todas las entelequias que componen el inefable universo del libre albedrío humano.

El Diccionario de la Lengua de la RAE define al albedrío como la “voluntad no gobernada por la razón, sino por el apetito, antojo o capricho”. Y es el mismo Diccionario el que nos dice que el libre albedrío es la “potestad de obrar por reflexión y elección”. ¿Acaso me propongo negar aquí que los seres humanos poseen albedrío? ¡Ni en un millón de años! Estrictamente hablando, ni siquiera estoy negando aquí que los seres humanos cuenten con la potestad de obrar por reflexión y elección. ¿Pero es que acaso se limita a estos enunciados de la Real Academia Española aquello que los sabios y los filósofos occidentales, tanto paganos como cristianos, han construido en base a este concepto del libre albedrío durante más de dos mil años?

El supuesto «problema del mal»

O mucho me equivoco o la así llamada «paradoja de Epicuro» —a la cual se ha llamado mucho más tarde, hasta nuestros propios días, el problema del mal— es el fruto más conspicuo del concepto del libre albedrío, del cual Epicuro ha sido acaso el primer campeón en su tiempo, hacia el siglo III a. C. Dicha paradoja ha sido formulada de varias maneras. He aquí una de ellas:

O bien Dios quiere abolir el mal y no puede; o puede, pero no quiere. Si quiere hacerlo pero no puede, es impotente; si puede hacerlo, pero no quiere, es malvado. Si Dios puede abolir el mal y realmente quiere hacerlo, ¿por qué hay mal en el mundo? Y si Dios no quiere ni puede hacerlo, ¿por qué llamarlo Dios?

Creo que no será necesario aclarar aquí que una inmensa mayoría de la gente que ha poblado y que puebla el mundo occidental jamás ha tenido un conocimiento cabal de esta «paradoja». La gente, cuando se encuentra en situaciones más o menos normales, suele guiarse por una cierta combinación de los impulsos más básicos de su naturaleza humana y de vagas intuiciones arrastradas desde la misma infancia. Son, relativamente, unos pocos los que conocen enunciados de la sabiduría o de la filosofía como este de Epicuro, y son menos aún los que han dedicado tiempo a sopesarlos en su propia mente. ¿Por qué no, entonces, hacerlo aquí muñidos de los testimonios que han quedado registrados en las Escrituras?

No cabe duda de que si se reduce a su mínima expresión y se le da una forma interrogativa, el enunciado de Epicuro bien podría ser formulado con la siguiente pregunta: si Dios lo ha creado todo y es, al mismo tiempo, bueno y todopoderoso, ¿de dónde procede el mal y por qué no desaparece del mundo? Ahora bien, increíblemente, los campeones del cristianismo de todos los tiempos nunca han podido dar a esta pregunta una respuesta satisfactoria que estuviese, al mismo tiempo, fundada en las Escrituras. Tal cosa es, como digo, increíble, pues dicha respuesta se encuentra en el libro de Isaías en toda su contundencia. He aquí lo que nos dice el propio Dios en un pasaje de dicho libro:

[Yo soy] el que da forma a la luz y el que crea la oscuridad, el que hace la bonanza y el que crea el mal; yo, Yahweh, soy quien hace todas estas cosas… (Isaías 45:7)

Y es así que en el libro de Amos encontramos esta otra declaración, formulada retóricamente y cuya respuesta es claramente negativa:

¿Habrá un mal en la ciudad que no haya hecho Yahweh? (Amos 3:6b)

O bien, siguiendo con las preguntas retóricas, tenemos estas otras palabras en el libro de las Lamentaciones:

¿No es acaso de la boca del Altísimo que salen los bienes y los males? (Lamentaciones 3:38)

¿Puede algo ser más claro que lo que en estos y en tantos otros pasajes nos dicen las Escrituras? Y sin embargo, en vez de responder honesta y bíblicamente a quienes les proponían la así llamada «paradoja de Epicuro» —o bien, si se prefiere su nombre moderno, el así llamado «problema del mal»—, los sabios y los filósofos del cristianismo se han dedicado desde siempre a proteger el “honor” de Dios frente a los incrédulos, ¡como si el Todopoderoso estuviese necesitado de tales defensas! ¡Como si jamás hubiese dicho, dirigiéndose a su propio pueblo: “Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti, pues mío es el mundo entero y su plenitud”![1]

¿Y cuáles han sido los medios de los que todos estos “sabios” se han valido a fin de realizar esta defensa del honor de Dios sino el de desviar toda mirada de los hombres hacia Satanás y hacia los propios hombres cuando se trataba de hallar un origen para el mal? Uno de tales medios ha sido el de oscurecer, todo lo que les fue posible, declaraciones como la del libro de Isaías que acabo de citar, la cual proviene del mismísimo Creador en primera persona. Su argumento predilecto para ello ha girado en torno al término hebreo רע (ra), el cual, según dicen, ha de traducirse como “calamidad”. Y a manera de ejemplo de esto suelen señalar el caso de Job, quien, como es sabido, sufrió grandes calamidades de parte de Satanás, el cual acabó con sus hijos y con sus bienes y, finalmente, le envió una pústula maligna que cubría su cuerpo de pies a cabeza.

Ahora bien, no estoy diciendo aquí que la palabra hebrea רע no pueda (e incluso, en no pocos casos, deba) traducirse como "calamidad". Pero puesto que la misma está presente en la expresión que nombra al árbol del conocimiento del bien y del mal (רע), ¿por qué no hablar, entonces, siguiendo esta misma lógica, del "árbol del conocimiento del bien y de la calamidad"? En realidad, por absurda que esta observación mía pudiese parecer, lo cierto es que la misma viene a contribuir sustancialmente a la hora de explicar a un mundo acostumbrado a entender el mal en un sentido eminentemente moral —lo cual lo une casi indisolublemente a la idea de pecado— cuál es el lugar que al mismo le asignan las Escrituras y por qué uno y otro —el mal y el pecado— no necesariamente van de la mano. Sobre esto mismo diré algo más adelante, en la última entrega de esta serie.

Digamos entonces, por lo pronto, que el argumento según el cual el creador del mal es Satanás resulta ser increíblemente débil, por no decir que es también harto blasfemo, ya que lesiona gravemente la soberanía de Dios a la vista de los hombres. Sin embargo, esto mismo es lo que suelen sugerir, sin falta, quienes señalan al libro de Job a la hora de dirimir este asunto. Ninguno de ellos parece querer ir un paso más allá y preguntarse: ¿pero quién, entonces, creó a Satanás, al que el autor del libro de Apocalipsis, llama “el gran dragón, la serpiente primigenia”[2]? Pienso que ninguno de ellos ignora que el libro del Génesis es muy claro a este respecto cuando nos dice:

La serpiente era la más astuta de todas las bestias del campo que había hecho Yahweh Dios… (Génesis 3:1)

Desde luego, ante tanta claridad en estas palabras del Génesis que nos dicen sin ambages que es Dios quien ha creado a la serpiente (¿y quién otro podría ser, siendo Él el creador de todas las cosas?), los “sabios” del cristianismo se han creído en el deber de recurrir también al mito del ángel caído. Según dicho mito, Satanás fue una vez el más hermoso de todos los ángeles de Dios, por lo cual se llenó finalmente de soberbia y aspiró nada menos que a destronar al Creador y a reinar sobre toda su creación. No es esta la ocasión para desarrollar este asunto en todos sus detalles, pero no estará de más si traigo aquí a cuento aquellas palabras que el propio Señor Jesucristo dijo en una ocasión:

[El diablo] ha sido un homicida desde el principio; y no se ha plantado en la verdad porque no hay verdad en él: cuando habla mentira habla de lo que es suyo, porque es un mentiroso y es el padre de ella. (Juan 8:44)

Vemos aquí, entonces, en palabras del mismísimo Jesús, que Satanás ha sido desde el comienzo un ser espiritual con características de serpiente y que es él quien introdujo en la creación de Dios la mentira, al punto de que el Señor lo define como el padre de la misma. En otras palabras, fue Dios quien creó a Satanás tal como es hasta nuestros días. Detrás de todo esto hay, de hecho, un propósito, incluso uno maravilloso y digno de toda alabanza. Y me cuesta, en verdad, creer que los maestros del cristianismo hayan podido pasar por alto este asunto durante tantos siglos, dejando así a las masas con aquella torpe e inútil imagen de Satanás como un ser con cuernos, vestido de rojo y con un tridente en su mano. Sin embargo, ¿querrá creer el lector que aún esto, lejos de ser algo fortuito, ha sido parte del plan de Dios? Tal como lo ha dicho el apóstol Pablo en su segunda carta a los corintios:

Si nuestro anuncio de buenas nuevas está encubierto, es para aquellos que se encaminan a la ruina que está encubierto, entre los cuales el dios [3] de esta era ciega las mentes de los incrédulos a fin de que la luz de la buena nueva de la gloria del Cristo no les resplandezca… (2 Corintios 4:3,4)

¿Qué nos dice esto último? Nos dice —ni más ni menos— que aquellos que descreen del evangelio de Jesucristo no lo hacen libremente, de acuerdo con su imaginado «libre albedrío», sino debido a un influjo espiritual que ejerce sobre sus mentes Satanás, al cual el apóstol llama aquí el "dios de esta era". Es en este sentido, también, que leemos en el libro de Apocalipsis que es él, Satanás, quien “hace errar al mundo entero” (Ap. 12:9). Y yo pregunto aquí: ¿acaso es Satanás independiente de la autoridad de Dios para obrar según le place? ¡Desde luego que no! Tal como puede verse en el libro de Job [4], Satanás no puede hacer absolutamente nada para lo cual Dios no le haya delegado autoridad. Y, por otra parte, ¿qué es lo que leemos en los evangelios acerca de este adversario? ¿Cuál será el rol que Dios le ha asignado dentro de su plan? Veamos lo que narra Mateo a continuación del relato del bautismo de Jesús en el río Jordán:

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto a fin de ser puesto a prueba por el diablo… (Mateo 4:1)

¿Nota el lector aquí las claras marcas del plan de Dios? ¿Comprende que fue el propio Espíritu el que impulsó a Jesús al desierto para sobrellevar aquella prueba por parte de Satanás? ¿Y creerá acaso el lector que el espíritu de Dios hizo esto porque sí, por puro antojo, sin propósito alguno?

Recuérdese que estoy tratando aquí sobre aquello a lo que los sabios y los filósofos cristianos y no cristianos han llamado, con cierta ampulosidad, el «problema del mal». Y recuérdese, también, que este se resume en la así llamada «paradoja de Epicuro». Y yo diría que lo verdaderamente sorprendente de todo esto es el hecho de que los campeones del cristianismo de todos los tiempos nunca hayan podido responder a este pagano como es debido, al punto de que, precisamente, todo este asunto del mal se les ha vuelto un problema.

Ahora bien, es cierto que Dios se ha reservado y aun se reserva ciertos asuntos para sí. Esto, desde luego, no es ninguna novedad. Moisés ya lo ha dicho hace unos tres mil quinientos años cuando, poco antes de morir en la cima del monte Nebo, dijo al pueblo:

Las cosas ocultas son de Yahweh nuestro Dios, pero las cosas reveladas son nuestras y de nuestros hijos para siempre… (Deuteronomio 29:29)

Y leemos también en el libro de Eclesiastés:

Dediqué mi mente a buscar y a investigar todo lo que se hace bajo el cielo: es una experiencia del mal la que Dios ha asignado a los seres humanos a fin de humillarlos con ella. (Eclesiastés 1:13)

La frase “todo lo que se hace bajo el cielo” nos recuerda, por cierto, a otro pasaje en aquel mismo libro, el cual ya he tenido la oportunidad de citar en la segunda entrega de la serie que publicado en este mismo blog bajo el título de «El juicio comienza por la casa de Dios»:

Para todo hay un tiempo; y hay una ocasión para todo lo que se desea bajo el cielo… (Eclesiastés 3:1)

Y así, tal como hay un tiempo para que Dios enseñe humildad a los hombres sometiéndolos a una experiencia del mal, también habrá un tiempo para que Dios muestre su bien a todos los hombres. ¿Y de qué cosa nos hablan todos estos énfasis en los tiempos y en las ocasiones sino del plan de Dios? Lo repito: Epicuro no tenía la obligación de saber todo esto; podía, por lo tanto, proponer —siquiera a modo de argumentación— que un Dios omnipotente como el Dios de las Escrituras es malvado al poder poner fin al mal y no querer hacerlo. ¡Pero con los campeones del cristianismo las cosas son ciertamente diferentes! En efecto, ¿acaso hemos de asignar a estos, supuestos representantes de Jesucristo y de su glorioso evangelio, la misma responsabilidad que a un pagano del mundo helénico nacido con más de tres siglos de antelación a la llegada de toda noticia sobre Jesucristo a aquel mismo mundo?

En breve: tal como es Dios quien hace la bonanza, es Dios, también, quien crea el mal. Esto, para la mente humana, carnal, resulta a la vez incomprensible y escandaloso. La mente carnal, en efecto, asistida por sus pobres, limitados recursos, no puede ir más allá de preguntarse: ¿cómo es posible que Dios haya ordenado las cosas de semejante manera? Es, de hecho, de este escándalo supremo brotado de la mente carnal cuando es confrontada con la soberanía absoluta de Dios que ha surgido, entre otras cosas, aquel argumento filosófico de la negatividad ontológica del mal según el cual éste, el mal, no tiene en verdad existencia, sino que es meramente la ausencia del bien. ¿Pero es eso cierto? ¿Serán de esta idea los sobrevivientes del bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki, sólo por mencionar uno de los tantos gravísimos males que se han abatido sobre la humanidad a lo largo de su historia? ¡Pero que digo!: cualquiera, el lector mismo, siempre y cuando haya experimentado en su propia vida una acumulación de males más o menos copiosa, sabrá dar una respuesta a la pregunta: ¿tiene el mal alguna existencia o es solamente una ausencia del bien?.

Lo cierto es que cuando la mente carnal ha intentado explicar el así llamado «problema del mal» desde una perspectiva cristiana, no le ha quedado más remedio que endilgar el surgimiento del mal a la libertad de arbitrio con la que supuestamente contarían tanto Satanás como los seres humanos a fin de defender el honor de Dios. De hecho, ¿no ha sido acaso este tipo de abordajes el que lenta pero inevitablemente, a lo largo de los siglos, ha ido cegando a los hombres respecto de la soberanía absoluta de Dios sobre todas las cosas y ha ido poniendo, a la par suya, la figura magnificada de Satanás, como si este no hubiese sido creado por Dios y no estuviese completamente subordinado a él y bajo su absoluto control, sino como si fuese un contrincante con poderes iguales a los suyos y que, por ende, sería virtualmente capaz de “torcerle el brazo" o de sorprenderlo con algún desaguisado infligido por él a los hombres?

Por mi parte, citaré aquí, a manera de testimonio totalmente contrario a tales torpezas de la mente carnal que ha imperado mayoritariamente entre los Doctores de la Iglesia de todos los tiempos, dos pasajes en los que Yahweh mismo se expresa en primera persona y en los que deja en claro este asunto de una vez por todas. El primero se encuentra en el llamado “cántico de Moisés”, casi al final del Pentateuco:

¡Vean ahora que yo, yo soy, y no hay dioses junto a mí! ¡Yo hago morir y hago vivir! ¡Yo herí y yo curaré! ¡Y no hay quien libre de mi mano! (Deuteronomio 32:39)

El segundo, del mismo libro de Isaías que ya he citado más arriba y que se dirige directamente a la conciencia de todos aquellos que en nuestros días tengan oídos para escuchar y una mente para comprender:

Recuerden las cosas primeras de antaño, pues yo soy Dios y no hay otros dioses ni nada que se me asemeje. [Soy] el que declara el final desde un comienzo y desde antaño lo que [aún] no había sido hecho, el que dice “mi plan permanecerá firme y haré todo lo que me place”, el que llama desde el oriente al ave procedente de una tierra lejana, el varón de mi plan. He hablado y lo haré venir; le he dado forma y lo realizaré... (Isaías 46:9-11)

Nosotros los seres humanos somos, indudablemente, tan falibles como la cantidad de veces que nos vemos obligados a recurrir a un plan B. Pero un Dios que se expresa de semejante manera, ¿estará en nuestra misma condición?

En la próxima entrega —la última de esta serie— abordaré algunas cuestiones que giran en torno al árbol del conocimiento del bien y del mal del que nos habla el libro del Génesis y daré conclusión a este asunto.

 

Notas

[1] Salmo 50:12.

[2] Apocalipsis 12:9

[3] Acaso alguno se sorprenderá de que Satanás sea llamado aquí ὁ θεὸς τοῦ αἰῶνος τούτου, es decir, “el dios de esta era”. Lo cierto es que tal concepto tiene su claro antecedente en las palabras del Señor Jesucristo, el cual llama a Satanás “el príncipe de este orden mundial” (ὁ ἄρχων τοῦ κόσμου τούτου; Juan 12:31, 14:31 y 16:11). Por otra parte, el propio Pablo ya había dicho a los corintios en su primera carta: “Pues aún si hay aquellos que son denominados «dioses», ya sea en el cielo o en la tierra —tal como hay muchos dioses y muchos señores—, sin embargo, para nosotros hay un Dios, el Padre, de quien proceden todas las cosas y al cual pertenecemos nosotros, y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros a través de él” (1 Cor. 8:5,6). En realidad, la palabra hebrea אל (el) y sus cognados en las demás lenguas semíticas habrían sido originalmente aplicada tanto a dioses como a hombres poderosos y de renombre; esto, sin mencionar que solía haber, en las sociedades antiguas, una identificación plena entre el soberano de una ciudad o imperio y la deidad principal de estos, tal como ocurría en el caso de los faraones en Egipto. Tal es, según creo, el sentido de estas palabras de Pablo.

[4] Véanse los primeros dos capítulos del libro de Job.

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