¿Tiene Dios un plan B? (final)

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Durante milenios, la humanidad ha sobrellevado una larga serie de vicisitudes cuyo origen no es otro que el árbol del conocimiento del bien y del mal del que nos habla en sus primeros capítulos el libro del Génesis. Es también de dicho árbol que se desprende toda planificación humana, cuyo imposible objetivo —tanto consciente como inconsciente— es el de dejar atrás la decadencia y la muerte inscritas en la propia humanidad. No son pocos los cristianos que han llegado a considerar a Jesucristo como el «plan B» de Dios para remediar tan aciaga situación. ¿Pero es esto último realmente así?


 

En la primera entrega de esta serie y a manera de introducción al tema que aquí me ocupa, me he encargado de repasar muy breve y esquemáticamente las vacilaciones que en torno al plan de Dios ha tenido el francés Jacques Ellul, vacilaciones que han quedado de manifiesto en todas o en casi todas sus obras, publicadas durante la segunda mitad del siglo pasado. Se diría que, pese a haber sido Ellul un confeso marxista, su parte liberal había conservado en algún lugar de su conciencia el apego a la noción de libre albedrío cuya raíz, a mi entender, ha de buscarse en el gnosticismo de corte neoplatónico y a la que ciertamente repugna la sola idea de que Dios tenga un poder absoluto sobre nuestro destino. En esta primera parte me he ocupado también de la diferencia sustancial y perfectamente verificable a lo largo de todas las Escrituras —tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento— existente entre la voluntad de Dios, por un lado, y el plan de Dios, por el otro. Se trata, en realidad, de una diferencia de variable temporal, pues una vez que el plan haya llegado a su exitosa conclusión, el mismo será en un todo coincidente con la voluntad de Aquel que lo diseñó y lo ejecutó de acuerdo al consejo de… esta misma voluntad suya.

Luego, en la segunda parte, traje a cuento el así llamado «problema del mal» que Epicuro legó a la filosofía del mundo occidental bajo la forma de una paradoja que aún circula entre nosotros y que, como si se tratase de la célebre esfinge de Tebas, parece haber devorado por completo la sabiduría de los campeones del cristianismo de todos los tiempos. Estos, en efecto, al no saber qué hacer con la existencia del mal dentro del universo que Dios ha creado, lo han atribuido sin más a Satanás, pese a que en el libro de Isaías es el mismísimo Dios quien se atribuye —en primera persona y sin ambigüedad alguna— la creación del mal, algo en lo que el resto de las Escrituras coinciden y de lo que aportan una serie de testimonios.

“Dios es un caballero”

Como ya he dicho en las dos entregas pasadas, la inmensa mayoría de los cristianos ilustrados se ha creído siempre en la obligación de exonerar a Dios de dos cosas: de toda coerción sobre la voluntad humana y de toda relación directa con el mal. Yo mismo he escuchado demasiadas veces, de boca de muchos cristianos de toda proveniencia, la frase “Dios es un caballero”. Con ella sugieren que Dios respeta siempre y hasta las últimas consecuencias el llamado «libre albedrío humano» y que, por ende, jamás obliga a nadie a hacer o tan siquiera a pensar algo que vaya contra su voluntad. ¿Pero es esto verdad? Leemos en el libro del profeta Jeremías:

Así ha dicho Yahweh: “Maldito el varón que pone su certeza en lo humano, que pone la carne por brazo suyo y aparta de Yahweh su mente: será como la vacuidad de un yermo y no verá cuando venga el bien, sino que morará en las sequedades del desierto, en una tierra estéril e inhabitada. Bendito el varón que pone su certeza en Yahweh y cuya certidumbre es Yahweh: será como un árbol plantado junto a las aguas, junto a la corriente echará sus raíces y no verá cuando venga el calor, sino que su hoja estará fresca y en el año de sequía no estará preocupado ni dejará de dar fruto. Engañosa es la mente más que todas las cosas, e incurable: ¿quién la conocerá? Yo, Yahweh, que escudriño la mente y pruebo las emociones para dar a cada cual según su conducta, según el fruto de sus actos.” (Jeremías 17:5-10)

¿Se puede acaso hablar de libertad ante la perspectiva que nos pinta aquí la Palabra de Dios a través de Jeremías? Ya que es Dios mismo quien nos dice aquí que la mente humana es más engañosa que todas las cosas y que se encuentra en un estado de enfermedad o debilidad incurable. ¿cómo, entonces, iría Dios a esperar, siquiera por un momento, que los seres humanos se encaminen hacia él y hacia su salvación por su propia voluntad? Y así, por más que esto irrite y humille a los campeones del «libre albedrío humano» dentro de las filas cristianas, ¿acaso no son evidentes las respuestas a tales preguntas? ¿Acaso no es evidente que ni la voluntad humana es libre ni, por ende, Dios espera que sea en base a esta que los seres humanos se acerquen a él en busca de su bien?

Las Escrituras, por su parte, abundan en ejemplos que señalan esta carencia de libertad de los seres humanos al momento de decidir qué es lo mejor para sí mismos. Bastará, sin embargo, con recordar aquí el caso del apóstol Pablo, campeón del judaísmo de su tiempo y, por ende, aborrecedor y perseguidor a muerte de todos aquellos que habían creído que Jesús era el mesías esperado por los judíos de sus días, por todo Israel y, de hecho, por todas las naciones que hay sobre la tierra. ¿Cómo y en qué circunstancias fue, en efecto, que Pablo se convirtió por completo a Jesucristo? El lector podrá leer sobre esto por sí mismo en el libro de los Hechos de los apóstoles, donde hay tres narraciones del encuentro de Pablo con el Señor Jesucristo, dos de las cuales proceden del propio testimonio paulino en primera persona[1]. No dudo que al hacerlo podrá entonces el lector ver por sí mismo, con toda claridad, cuán cierto es este dicho de que Dios es un “caballero” que lo deja todo —aún las cosas más importantes— librado a la consideración del “libre” albedrío humano…

El árbol del conocimiento del bien y del mal, el pecado y la muerte

Por cuestiones de espacio, no es este el lugar para desarrollar un tema tan central como lo es el del pecado, al que tengo la intención de dedicar un artículo más adelante en este blog. Sin embargo, sería conveniente tratar aquí, siquiera someramente, acerca del pecado y su relación con la muerte, así como la relación de ésta con el árbol del conocimiento del bien y del mal.

Sin sombra de duda, las Escrituras establecen una estrecha relación entre el pecado y la muerte. Sobre esto, nos dice taxativamente el apóstol Pablo, entre otras cosas:

Porque el salario del pecado es la muerte… (Romanos 6:23)

Ya que el aguijón de la muerte es el pecado… (1 Corintios 15:56)

Ahora bien, cuando dirigimos nuestra mirada al relato presente en los primeros capítulos del Génesis, vemos que, antes que con el pecado, la muerte es mencionada por primera vez en relación con el árbol del conocimiento del bien y del mal. Leemos, en efecto, allí:

Y plantó Yahweh Dios un huerto en Edén desde el oriente, y puso allí al hombre al que formó. Y Yahweh Dios hizo brotar del suelo todo árbol deseable a la vista y bueno como alimento; y [también] el árbol de la vida en medio del huerto y el árbol del conocimiento del bien y del mal. […] Y dio Yahweh Dios un mandato al hombre, diciéndole: “De todo árbol del huerto ciertamente comerás; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal, de él no comerás, pues el día en que comas de él, por cierto que morirás”… [2] (Génesis 2:8,9,16,17)

Pero entonces, ¿qué es, exactamente, el pecado? ¿Se trata, en y por sí mismo, del conocimiento del bien y del mal? ¿O se tratará, en cambio, de alguna otra cosa?

Antes de acercarnos a esta cuestión, deberíamos tomar debida nota de algunas cosas. En primer lugar, el relato bíblico resalta la existencia de dos árboles: el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal. En segundo lugar, además del árbol de la vida, no hay cosa tal como un árbol del conocimiento del bien, por un lado, y un árbol del conocimiento del mal, por el otro. Los árboles en cuestión son, entonces, dos y no tres. Y es que, en realidad, resulta sencillamente imposible conocer el bien sin conocer el mal y viceversa. Por conocer quiero decir aquí experimentar con los sentidos. Nosotros sabemos qué es el día porque podemos contrastarlo con la noche; sabemos qué es la salud en la medida en que hemos llegado a experimentar la enfermedad; podemos distinguir lo dulce porque lo contrastamos con lo amargo; etc. Podría extenderme con estos ejemplos al infinito, pero creo que el lector no requerirá más ejemplos para aceptar que todo conocimiento es siempre contrastivo.

¿Qué es, entonces, el pecado? Como suele suceder, una buena manera de llegar a una respuesta cierta sobre esto es la de la exploración lingüística. La palabra hebrea que en nuestras biblias se traduce como «pecado» es el sustantivo חטאת (jataát), cuya raíz חטא significa ante todo “errar”, tal como cuando se erra al lanzar algo hacia un blanco específico. Es así que leemos en el libro de los Jueces:

De toda esta gente [de la tribu de Benjamín], setecientos hombres selectos estaban impedidos de la mano derecha; cada uno de estos lanzaba una piedra a un cabello y no erraba (לא יחטא) (Jueces 20:16)

Lo mismo ocurre con la palabra griega ἁμαρτία (hamartía) que traduce al mencionado sustantivo hebreo y cuyo verbo correspondiente es ἁμαρτάνω, de frecuente uso en la versión griega del Antiguo Testamento así como también en el Nuevo Testamento. En todos estos casos, el sentido original es el de “errar” o “fallar”, ya sea tanto en el sentido de errar a un blanco como de desviarse de una senda por la que se supone que uno debe andar. Resulta claro, por lo tanto, que el pecado es un yerro o un fallo. Bien, ¿pero un yerro o un fallo respecto de qué? Para decirlo brevemente: respecto de la perfecta naturaleza de Dios, la cual se refleja en todos sus atributos y se encuentra inscrita en su instrucción dada a los hombres. Se trata, si se quiere, del estándar perfecto con el que Dios mide todas las cosas.

Si traemos todo esto a la escena del Génesis, veremos que la mujer que Dios había dado a Adán por compañía sucumbió a la mentira insidiosa de la serpiente —es decir, de Satanás—, quien valiéndose de esta indujo a la mujer a comer del fruto de aquél árbol. Dice el texto:

La serpiente era la más astuta de todas las bestias del campo que había hecho Yahweh Dios, y dijo a la mujer: “¿Conque Dios dijo que no coman de ningún árbol del huerto?” Y la mujer dijo a la serpiente: “Del fruto de los árboles del huerto comemos, pero del fruto del árbol que está en medio del huerto ha dicho Dios: ’No comerán de él ni lo tocarán, no sea que mueran’.” Y dijo la serpiente a la mujer: “No morirán de muerte, sino que Dios sabe que el día en que coman de él sus ojos se abrirán y serán como Dios, conocedor del bien y del mal”. Y viendo la mujer que el árbol era bueno para comida y placentero a la vista, y que era el árbol codiciable para adquirir entendimiento, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido, que estaba con ella, y él comió… (Génesis 3:1-6)

Vemos entonces aquí que el pecado de Adán y de su mujer fue, para decirlo brevemente —ya que es mucho lo que podría decirse con mayor detalle sobre todo esto—, el haber dado crédito a la serpiente en detrimento de su confianza en Dios. Dios había dicho a Adán: “El día en que comas de él, ciertamente morirás de muerte”; y la serpiente, por su parte, dijo a la mujer, a Eva, exactamente lo contrario. Éste ha sido, por lo tanto, el primer yerro de los primeros seres humanos sobre la tierra. Y tal como Dios se los había advertido, dicho yerro les trajo la muerte.

Sin embargo, es aquí —precisamente aquí— donde la traducción de los textos bíblicos a las lenguas vernáculas de Occidente ha sumido misteriosamente a los cristianos en la oscuridad a lo largo de los siglos. Todos, en efecto, creemos conocer bastante bien el relato bíblico que acabo de citar; todos, por ende, creemos que, según las Escrituras, nuestra mortalidad se encuentra vinculada con el hecho de que, tal como nuestros primeros padres en el huerto de Edén, nuestro alimento cotidiano es el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. En otras palabras, atribuimos nuestra propia mortalidad al hecho de no renunciar a comer del fruto de dicho árbol. Y así, de hecho, en la mayoría de las traducciones bíblicas a las lenguas vernáculas modernas, las palabras del apóstol Pablo en su carta a los romanos que tratan sobre este asunto suelen traducirse con el mismo sentido en que lo hace la versión Reina Valera, la cual dice:

Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron… (Rom. 5:12; Reina Valera, revisión de 1960)

Ahora bien, cualquiera que ponga atención podrá darse cuenta de que hay algo muy poco claro en este razonamiento de Pablo tal como lo traducen la Reina Valera y otras versiones de la Biblia. ¿Qué es lo que ocurre, por ejemplo, con los bebés recién nacidos que mueren sin haber llegado jamás a tener siquiera un atisbo de vida volitiva consciente? ¿En qué sentido podrían estos haber pecado, es decir, haber errado o haberse desviado de la voluntad de Dios, cuando, de hecho, jamás han llegado siquiera a discernir el rostro de su propia madre mientras esta los amamantaba?

Tal como acabo de sugerir más arriba, la solución a esta aparente aberración en los dichos del apóstol Pablo se la encontrará al traducir correctamente sus palabras. Una traducción aceptable de las mismas sería esta que ofrezco a continuación:

Así como por medio de un hombre entró el pecado en el orden del mundo —y por medio del pecado, la muerte—, de la misma forma la muerte se traspasó a todos los hombres, por lo cual [ἐφ᾽ ᾧ] todos pecaron… (Romanos 5:12; mi traducción del texto griego)

En otras palabras: contrariamente a lo que los maestros del cristianismo han enseñado durante siglos, el apóstol Pablo no afirma aquí que los seres humanos morimos porque pecamos, sino, antes bien, que pecamos porque somos mortales. Y somos mortales porque, tal como claramente lo sugieren sus palabras, la pena de la desobediencia de nuestros primeros padres —que fue, tal como Dios se los advirtiera de antemano, la muerte— nos fue traspasada de generación en generación hasta hoy. Así, pues, es esta condición mortal que todos nosotros portamos en nuestro propio cuerpo desde el momento mismo en que nacemos la que nos incapacita de raíz para estar a la altura de todos los estándares de Dios o, para decirlo más claramente, la que nos lleva inevitable y fatalmente a pecar. En los términos que encontramos en los dichos de Dios mediante el profeta Jeremías, nuestra mente no sólo es engañosa, sino que lo es de manera incurable. Nuevamente, es el apóstol Pablo quien, más adelante, en aquella misma carta a los romanos, en uno de los pasajes más profundos de todas las Escrituras, pone las cosas en claro respecto de esto, al decir:

Sabemos que la ley [de Dios] es espiritual; pero yo soy carnal, vendido al pecado. Porque aquello que hago, no lo comprendo; pues no actúo como quiero, sino que aquello que aborrezco, eso hago. Por lo tanto, ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que habita en mí. Pues yo percibo que en mí —es decir, en mi carne— no habita lo bueno; porque el quererlo está en mí, pero no hallo la forma de llevarlo a cabo. Porque no hago lo bueno que quiero sino lo malo que no quiero, eso efectúo. Y si hago lo que no quiero, ya no soy quien lo hace, sino el pecado que habita en mí. Encuentro, entonces, la ley de que, al querer hacer lo bueno, lo malo está presente en mí. Pues yo me deleito en la ley de Dios de acuerdo con mi hombre interior, pero veo otra ley en mis miembros que combate contra la ley de mi mente y que me cautiva en pos de la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable hombre que soy! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Doy gracias a Dios mediante Jesucristo nuestro Señor. Por lo tanto, siendo esto así, por cierto que con la mente sirvo yo a la ley de Dios, pero con la carne a la ley del pecado. (Romanos 7:14-25)

Estas palabras de Pablo dirigidas a los santos de Roma me recuerdan aquella tremenda exclamación del poeta y clérigo John Donne, uno de los principales exponentes del barroco inglés de finales del siglo XVI: "¡Yo mismo soy la Babilonia de la que debo huir!" Las mismas constituyen, sin duda, como he dicho, uno de los pasajes más profundos de todas las Escrituras en lo que respecta a la inexorable ley del pecado en la que la muerte de nuestros primeros padres nos ha sumido a todos los seres humanos.

Desde aquella primera transgresión de Adán y Eva, la muerte se ha hecho el amo absoluto del ser entre nosotros los hombres. Y esta extrema fragilidad de la que nos reviste la muerte nos vuelve radicalmente incapaces de estar a la altura de la santidad, de la misericordia y de la justicia de nuestro Creador, la cual se encuentra inscrita en su ley o, para decirlo a la manera hebrea, en su instrucción (torá). Para decir lo mismo de otra forma, la muerte y su reinado sobre nuestras vidas nos ha vuelto máquinas de pecar. Y es así, pecando —esto es, errando al blanco aún cuando nuestras intenciones sean buenas—, como transcurrimos nuestros días sobre la tierra hasta el mismísimo día en que la muerte nos reclama por completo.

La ley de Dios

Pablo nos dice que la ley de Dios es espiritual. Esto tiene varias implicancias. Ante todo, digamos que son muchos los que confunden las cosas a este respecto, debido, nuevamente, a una cuestión de traducción. Lo cierto es que cuando Pablo habla de la “ley" de Dios, lo hace teniendo en mente la terminología que hallamos en las Escrituras hebreas, aquella colección de libros a la que hoy llamamos el Antiguo Testamento. La palabra que la versión griega Septuaginta del Antiguo Testamento griego suele utilizar aquí es, en efecto, νόμος (nómos)[3], la cual traduce invariablemente el hebreo תורה (torá). Sin embargo, el sentido de este último término se encuentra en su raíz, ירה (iará), la cual significa, en relación con este asunto, “enseñar” o “instruir”. Se puede, entonces, decir con seguridad que la torá de Dios es la instrucción de Dios para todo asunto, incluidas, claro está, las leyes, los estatutos y las ordenanzas dadas a Israel en el monte Sinaí por medio de Moisés. Y así, en efecto, la entendían Pablo y el resto de los autores de los libros del Nuevo Testamento.

El caso es que cuando en el pasaje que acabo de citar Pablo hace mención específica de la ley o instrucción de Dios, ofrece como ejemplo el décimo mandamiento. Dice el apóstol:

De no mediar la ley, yo no habría conocido el pecado, pues tampoco percibiría la codicia si la ley no dijese: “No codiciarás”… (Romanos 7:7)

De hecho, podríamos decir que no es imposible obedecer los diez mandamientos apelando a nuestra capacidad humana. ¿No es, en efecto, cuando menos posible abstenerse de hacer imágenes para adorar, no jurar en falso por el nombre de Dios, santificar el día de descanso, honrar al padre y a la madre, no asesinar, no cometer adulterio, no hurtar y no dar un falso testimonio contra alguien? Sin embargo, nadie, nunca, en toda la historia de la humanidad, ha podido dar cumplimiento al décimo mandamiento. Nadie, en efecto, ha logrado jamás esquivar la presencia de la codicia, la avidez, el deseo por todo tipo de cosas, en su alma. Más aún: lo que Pablo nos dice en verdad es que nuestra mente está tan habituada a este deseo de objeto siempre variable que, de no ser por el mandamiento, ni siquiera lo percibiría. Y ya hemos visto que es de esta codicia, de hecho, que se valió la serpiente al momento de inducir a Eva a comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal.

En la primera carta del apóstol Juan encontramos la siguiente exhortación, la cual apunta directamente a aquello mismo que alejó a Eva del amor supremo a Dios, inclinando su corazón hacia el fruto de aquel árbol:

No amen al mundo ni las cosas que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo —los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la fanfarronería de la vida— no procede del Padre, sino del mundo. (1 Juan 2:15,16)

¿A qué se refiere Juan con el término que traduzco aquí como "fanfarronería"? La palabra griega en cuestión es ἀλαζονεία. He aquí la definición traducida al español que de ἀλαζονεία nos da el clásico Greek Lexicon de Thayer: 1. Habla vacua, fanfarrona. 2. Una seguridad insolente y vacua que confía en su propio poder y recursos y que desprecia y viola desvergonzadamente las leyes divinas y los derechos humanos. 3. Una presunción impía y vacua que confía en la estabilidad de las cosas terrenas.

Dejando a un lado el caso extremo de los que "desprecian y violan desvergonzadamente las leyes divinas y los derechos humanos", en esta "seguridad insolente y vacua que confía en su propio poder y recursos", ¿reconocerá aquí el lector, tal como lo hago yo, todas las marcas, no sólo del liberalismo occidental cristiano y no cristiano de los últimos siglos, sino incluso del espíritu heroico medieval que algunos echan de menos como si sus días hubiesen representado el comienzo del reino de Dios sobre la tierra? Así, exactamente así, insolente y vacua, es a los ojos de Dios la confianza de los hombres en su así llamado «libre albedrío». Y es exactamente acerca de esta vacuidad insolente y estúpida que percibió en sí mismo luego de su encuentro con el Señor Jesucristo que nos habla Pablo en el capítulo 7 de su carta a los romanos.

Pero entonces, si, tal como nos lo dice Pablo, ningún ser humano puede dar cabal cumplimiento a todos y cada uno de los mandamientos de Dios, los cuales se corresponden mayormente con su justicia, si tal es la condición humana por antonomasia, ¿cuál pudo haber sido el propósito de Dios —conocedor, sin duda, de esta falta, de esta carencia insuperable por la sola fuerza humana— al hacer entrega de su ley a los hijos de Israel por intermedio de Moisés? Es precisamente en esto que radica otro de los aspectos que, pese a su deficiente aplicación entre el antiguo pueblo de Israel, hace de dicha instrucción de Dios algo eminentemente espiritual que revela los aspectos principales de su plan, no sólo para su antiguo pueblo, sino para la humanidad por entero.

Jesucristo, el redentor

Todos nosotros, creo, hemos escuchado llamar “redentor” a Jesucristo. En realidad, lo hemos escuchado tantas veces a lo largo de nuestras vidas —y  a veces en un contexto de tanto desprecio por la Palabra de Dios— que difícilmente tengamos una idea cabal de lo que tal apelativo verdaderamente significa.

Lo cierto es que cuando Pablo nos dice: “Sabemos que la ley es espiritual; pero yo soy carnal, vendido al pecado”, podemos estar seguros de que utiliza el término “vendido” con pleno conocimiento de aquello que está diciendo. Después de todo, no es en vano que el llamado "apóstol a las naciones" había pasado toda su vida —tanto dentro del judaísmo como fuera de él— estudiando las Escrituras en general y los cinco libros de Moisés en particular. Es allí, en el libro del Levítico, que leemos el siguiente estatuto:

Si se enriqueciere el extranjero que reside contigo y tu hermano que está con él se empobreciere y se vendiere al extranjero que reside contigo o a un miembro de la familia del extranjero, luego de haberse vendido habrá para él redención: uno de sus hermanos lo redimirá. O lo redimirá su tío o su primo; o un pariente cercano [4] de su familia lo redimirá o, si fuese capaz, él mismo se redimirá. [Cualquiera de estos] hará cuentas con el comprador desde el año en que [tu hermano] se vendió a él hasta el año del jubileo; y será el precio de su venta en número de años; como los días de un asalariado será con él… [Y en cuanto al que lo redimiere,] como un asalariado, año a año, [el redimido] estará con él; y [quien lo redimiere] no se enseñoreará sobre él con crueldad a vista tuya… (Levitico 25:47-50, 53)

El pasaje completo de este estatuto es riquísimo en detalles de lo más provechosos para comenzar a comprender la maravillosa sabiduría de Dios y los rudimentos de su plan. Sin embargo, tratar de dichos detalles aquí excedería con mucho el espacio asignado para estas líneas. Dios mediante, ya diré algo más sobre todo esto en este mismo sitio.

Por lo pronto, podría glosar esta disposición legal de la instrucción de Dios en los siguientes términos: aquel que se hubiese vendido a sí mismo a otro por no poder afrontar sus deudas, sólo podía ser redimido por un pariente cercano. En tal caso, el redentor se hacía cargo, con su propio dinero, de todo lo adeudado a aquel a quien su pariente se había vendido como siervo y adquiría los derechos sobre éste en lugar de aquel. Tal ha sido, indudablemente, el caso que Pablo tenía en mente al momento de describir su situación —y el del resto de los seres humanos— como el de quien está “vendido” al pecado. Por su parte, Jesucristo cumple el rol del pariente cercano que redime al hombre de aquella servidumbre cuya paga final es la muerte. Y de la misma forma, tal como quien redimía a su pariente cercano adquiría sobre este los derechos que antes había tenido sobre él su anterior acreedor, así ocurre también con aquellos que han sido redimidos por Jesucristo, cuya misma sangre ha sido el precio a pagar por el rescate de la potestad legal que el pecado poseía sobre la humanidad en su conjunto. Dice Pablo en el comienzo de su carta a los efesios:

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestes en el Cristo, según nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo para que fuésemos apartados y sin mancha delante de él en amor, habiéndonos predestinado para la adopción como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos ha hecho aceptos en el amado, en quien tenemos redención del pecado según las riquezas de su gracia… (Efesios 1:3-7)

Y un poco más específicamente, dice a los colosenses:

Dando las gracias al Padre, el cual nos hace aptos para ser partícipes de la herencia de los santos en luz, quien nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su hijo amado, en el cual tenemos redención por medio de su sangre, el perdón de los pecados. (Colosenses 1:12-14)

Ahora bien, pese a que Pablo se refiere aquí a aquellos que constituían las iglesias del Cristo en todo lugar donde el evangelio de Dios había sido anunciado en sus días, sus palabras tienen un alcance plenamente universal. Esto queda de manifiesto en las siguientes palabras de Jesús a Nicodemo:

Pues no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo a través de él... (Juan 3:17)

Y ha sido el mismo Juan, quien registró estas palabras de Jesús, el que dijo también en su primera carta, dirigida a todos los seguidores de Jesucristo:

Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no estén pecando. Y si alguno pecare, tenemos un abogado con el Padre, a Jesucristo, el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados. Y no solamente por los nuestros, sino por los de todo el mundo... (1 Juan 2:1,2)

Continúo. Tal como nuestros primeros padres nos han pasado su mortalidad luego de haberla recibido ellos como retribución por su primer pecado, y tal como todos nosotros, en virtud de esta misma mortalidad, estamos “vendidos” al pecado desde el momento mismo de nuestro nacimiento, desde mucho antes de contar con la capacidad de tomar decisiones racionales, de la misma manera, la sangre del Señor Jesucristo redimirá a todos y cada uno de nosotros, bien que con cada uno lo hará a su debido tiempo. Esto es, ciertamente, una parte constitutiva —diría, incluso, central— del plan de Dios para toda su creación. Y es que, tal como dice Pablo un poco más adelante en aquella misma carta a los romanos:

La expectativa ansiosa de la creación aguarda la revelación de los hijos de Dios. Porque la creación [5] fue puesta en sujeción a la fragilidad [6] no voluntariamente, sino por causa de Aquél que la sujetó a la esperanza. Porque también la propia creación será liberada de la esclavitud de la corrupción [7] a la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Pues sabemos que toda la creación gime al unísono y que en forma unánime está con dolores de parto hasta ahora. Y no sólo ella, sino que nosotros mismos, los que tenemos las primicias del Espíritu, también nosotros gemimos en nuestro interior mientras esperamos la adopción, la redención de nuestro cuerpo. (Romanos 8:19-23)

¿Se podría, acaso, ser más claro que lo que aquí ha sido Pablo? ¡Dios mismo ha sujetado a la humanidad a la servidumbre de la muerte y del pecado como parte constitutiva de su propósito —de su plan— para ella! ¡Y lo ha hecho, además, sin consultar en lo absoluto a esta misma humanidad si acaso deseaba ella participar de todo este largo proceso que aún no ha llegado a su fin!

¿De dónde, entonces, pegunto yo, han extraído tantísimos cristianos la estúpida (¡ay, tan estúpida y tan torpe!) noción de que la venida de Jesucristo para derramar su sangre en la cruz ha sido el «plan B» de Dios el Padre para redimir a la humanidad o, más precisamente, según ellos mismos creen y enseñan, para redimir tan sólo a unos pocos hombres y mujeres de entre toda esa humanidad, es decir, a aquellos que por su propio «libre albedrío» han decidido creer en la sangre redentora del Hijo de Dios (ya que, como también enseñan, “Dios es un caballero” que no obliga a nadie a creer o a hacer nada)? ¿Y cómo podría ser Jesucristo un plan alternativo, cuando Pablo, en efecto, habla de predestinación —predestinación, en principio, de sí mismo y de aquellos a quienes se dirigía en su carta—desde antes de la fundación del mundo? Y esto, exactamente esto, es lo mismo que el apóstol Pedro dice a los destinatarios de su primera carta:

Ustedes saben que han sido redimidos de su vana forma de vida, la cual recibieron de sus padres, no con cosas perecederas como el oro o la plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, como un cordero puro y sin mancha, el cual fue destinado desde antes de la fundación del mundo, pero fue manifestado en estos últimos tiempos a cuenta de ustedes… (1 Pedro 1:18-20)

¿Acaso la fanfarronería del «libre albedrío» ha cegado a tal punto a los cristianos que ven en Jesús el «plan B» de Dios luego del episodio de nuestros primeros padres en el huerto del Edén como para no poder razonar siquiera las cosas más básicas con una mente clara y limpia? Ya que si, tal como dan a entender con sus razonamientos, lo sucedido con todos nosotros en la figura de nuestros primeros padres tomó a Dios, por así decirlo, de sorpresa, ¿cómo es, entonces, que el sacrificio redentor de Jesucristo ha estado previsto desde antes de la fundación del mundo?

A manera de conclusión

En las Escrituras en general y en el Nuevo Testamento en particular encontramos expresiones que nos sugieren a las claras que todo lo que ha sido, lo que es y lo que será responde al plan de Dios con una minuciosidad cuya permanencia en el tiempo sólo podría estar garantizada por un ser que es todopoderoso y que, por ende, a diferencia de los seres humanos, no necesita de ningún «plan B», es decir, de ningún plan alternativo al cual pudiesen obligarlo a recurrir las contingencias que se van presentando a su paso. Por lo demás, no se trata aquí de que Dios sea un muy hábil pronosticador del futuro. Dios, de hecho, es “algo más” que eso: ¡él crea el futuro! ¿Y quién podría ser tan mentecato como para creer que Dios sólo cuenta con una buena prognosis de índole especulativa?

Por increíble que pueda sonar, este último es el caso de parte de los cristianos occidentales de todos los tiempos. Sin embargo, como para todos ellos era necesario, no se sabe muy bien por qué, separar a Dios de toda ocurrencia del mal sobre la tierra, no han ahorrado ningún esfuerzo ni incongruencia alguna a fin de operar tal separación. Esto, por cierto, no ha hecho más que derivar en un sinfín de “misterios”, tal como el ya mencionado «problema del mal» que ha dejado mudos a todos los cristianos durante siglos. Incluso los llamados "Doctores de la Iglesia" han estado dispuestos a dar crédito a un pagano como Epicuro antes que a los testimonios registrados en las Escrituras. Y así, el propio Agustín de Hipona —mejor conocido como San Agustín—, al tiempo que ironizaba acerca de los paganos (“las virtudes de los paganos —decía— son vicios espléndidos”), se arrodillaba ante el ídolo del «libre albedrío» y sugería que Satanás, los ángeles caídos y los hombres, de alguna manera, se habían rebelado contra Dios y, al hacerlo, lo habían tomado por sorpresa. ¿En serio? ¿Y habrá en toda la Escritura algo, algún pasaje, siquiera alguna palabra en el contexto que le es propio, que sustancie esto último?

Lo que ha sucedido con todos estos campeones del cristianismo es que, prendados del mito blasfemo según el cual Dios, en lugar de salvar a todos los hombres durante los tiempos y las ocasiones que él mismo ha dispuesto para ello, torturará por toda la eternidad en un sitio ardiente llamado infierno a todos aquellos que no hayan creído en el sacrificio de Jesucristo en esta era presente, han intentado por todos los medios —medios ajenos a las Escrituras e incluso, llegado el caso, contrarios a las mismas— “exonerar” al Creador de todas las cosas respecto de toda relación con el mal que tiene lugar en su creación.

Esto último se ha debido a la confusión que ha tenido y que aún tiene lugar dentro del cristianismo en su inmensa mayoría, según la cual afirmar que Dios es el creador del mal equivaldría a acusarlo de pecado. Sin embargo, como ya he explicado más arriba, el pecado consiste en un yerro, un desvío inevitable de los hombres respecto de la perfecta voluntad de Dios. En el caso de los hombres, desde luego, todo pecado es un mal. Sin embargo, cuando se trata de Dios, todo mal —o bien, para el que así lo prefiera, toda calamidad— es mera parte de un plan mediante el cual un día todos los hombres compartiremos su gloria en una creación renovada. Tal es, por otra parte, la meta suprema del plan de Dios.

¿Responderán todas estas apreciaciones a mi mera imaginación? ¿Estaré entendiendo mal los testimonios que Dios ha revelado a sus siervos y de los cuales ha quedado un copioso registro en las propias Escrituras? Pero si, en cambio, son los popes del cristianismo quienes han mezclado y aún mezclan la revelación de Dios con sus propias especulaciones humanas o con las especulaciones humanas de la filosofía de todos los tiempos, ¿no les correspondería más bien a ellos el explicar en nombre de qué lo hacen?

Finalmente, entonces, la “paradoja de Epicuro” que cito en la entrega anterior de esta serie tiene, de principio a fin, una respuesta precisa para cada uno de sus interrogantes, el más importante de los cuales es, desde luego, aquel que dice:

Si Dios puede abolir el mal y realmente quiere hacerlo, ¿por qué hay mal en el mundo?

La respuesta a esta pregunta, aquella que nadie dentro del cristianismo parece estar dispuesto a asumir, es tan simple de entender que hasta un niño podría hacerlo. Dios se ha valido del mal de una manera contingente, temporal, según el plan que desde un comienzo ha diseñado de acuerdo al consejo de su propia voluntad. En tal sentido, si la creación fuese comparable con un edificio en construcción, el mal vendría a ser parte de la estructura de andamiaje instalada en torno a dicho edificio. Mientras dicha construcción se encuentre en desarrollo, ciertamente el andamiaje permanecerá en su lugar. Sin embargo, una vez que la obra haya terminado, el andamiaje será retirado para no volver a aparecer. ¿Acaso el lector sabe de algún edificio que, una vez concluido, continúe teniendo el andamiaje a su alrededor, a la vista de todos los que pasan junto a él? Por mi parte, diré que nada podría haber tan indeseable como un edificio en tales condiciones. ¡Gracias doy al Señor Dios por no haberse propuesto prolongar el mal a perpetuidad en su creación una vez alcanzada la meta de su único y perfecto plan para la misma! No otra cosa es lo que entendemos al leer, hacia el final del libro de Apocalipsis, estas palabras de Juan, su autor, con las que pongo fin a este tema:

Y oí una gran voz del cielo que dijo: “He aquí el tabernáculo de Dios con los seres humanos. Y él habitará con ellos y ellos serán su pueblo. Y el mismo Dios estará con ellos como su Dios. Y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte ni habrá más llanto, ni clamor ni dolor, pues las primeras cosas habrán pasado..." (Apocalipsis 21:3,4)

 

Notas

[1] Véase Hechos 9:1-19, 22:1-22 y 26:1-26

[2] El texto hebreo dice תמות מות, lo cual se traduce literalmente como “de muerte morirás”.

[3] Si bien el sentido de νόμος que los traductores de las Escrituras en griego de todos los tiempos han escogido más recurrentemente es el de “ley”, cualquiera que consulte el Diccionario Manual Griego de Vox podrá ver que la misma era antiguamente utilizada para significar una amplia variedad de sentidos, a saber: uso, costumbre, manera, orden, derecho, fundamento, regla, norma (sinónimos, estos dos últimos, de “ley”), prescripción, estatuto y ordenanza (estos dos últimos, términos legales específicos), entre otras. Si yo tuviese que inclinarme por alguno de estos términos a fin de traducir la mencionada palabra, escogería “prescripción” en virtud de su amplio rango semántico.

[4] בשר בשרו. Literalmente, “carne de su carne”.

[5] O bien, “la criatura” (ἡ κτίσις).

[6] Es decir, en este caso, a una falta de vigor radical. Ματαιότης (mataiótes) podría también traducirse, entre otros términos, como vanidad o vacuidad.

[7] La palabra φθορά alude tanto a una corrupción de orden físico —es decir, a la decadencia inherente a la mortalidad que reina en nuestros cuerpos— como a una corrupción de orden moral.

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