“Mi carne es verdadera comida…”

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Históricamente, el capítulo seis del evangelio de Juan ha sido uno de los pasajes menos comprendidos —y, por ende, más controversiales— de todas las Escrituras. Tal como ya lo hiciera hace casi dos mil años con los judíos que escucharon los dichos de Jesús de su propia boca, su interpretación viene también dividiendo desde hace siglos a católicos y protestantes en Occidente. En el texto que presento a continuación, Stephen E. Jones, un experimentado e inspirado expositor de las Escrituras, desgrana este controversial pasaje y repone en toda su magnitud el maravilloso sentido que el Espíritu revela sobre el mismo.


 

Avocado como estoy en estos días a la preparación de una página en Palabra & Testimonio especialmente dedicada a la transmisión de las buenas nuevas del reino de Dios despojadas de las doctrinas y tradiciones humanas que durante siglos las han empañado y oscurecido a fin de que a los hombres no les resplandezca su luz maravillosa, me topé con dos breves textos publicados por el Dr. Stephen E. Jones el 22 y el 23 de noviembre pasados en el blog de su sitio web[*] como parte de una serie que viene publicando desde hace algunas semanas a propósito de las señales de Jesús registradas en el evangelio de Juan. El Dr. Jones es un gran expositor de las Escrituras del cual he aprendido mucho desde que diera con sus enseñanzas, allá por el año 2007.

Lo cierto es que los textos a los que aquí aludo me han resultado, por un lado, tan excepcionalmente reveladores acerca de los controversiales dichos de Jesús en el capítulo seis del mencionado evangelio y, por el otro, tan vinculados con las auténticas buenas nuevas que, Dios mediante, pronto compartiré pormenorizadamente con todos los lectores de Palabra & Testimonio, que el traducirlos y publicarlos en forma conjunta me ha parecido una forma inmejorable de cerrar este primer ciclo de poco más de siete meses desde que comencé a publicar en este blog y de anticipar, al mismo tiempo, el giro que de aquí en más tomará el mismo junto al resto del sitio que lo aloja.

Creo que estos dos escritos del Dr. Jones que hoy presento aquí hablan por sí solos. Sin embargo, haré aquí algunas aclaraciones, de orden mayormente editorial. Ante todo, además de traducirlos al español, he combinado los textos en una sola y única entrega. Esto no ha sido mayor problema, ya que el uno y el otro se complementan naturalmente. Sin embargo, he debido realizar, a tales fines, algunas modificaciones respecto del lugar que alguno de los títulos separadores ocupan en los originales. Otro tanto ha ocurrido con el título que les he asignado en este blog, el cual ha sido de mi sola y exclusiva elección. Por último, he agregado aquí y allí algunas notas al texto traducido cuando lo he creído conveniente para su mejor comprensión.

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Según el capítulo seis del evangelio de Juan, hallándose en Capernaúm[1], Jesús comparó el maná en el desierto con su propia carne, diciendo a la gente —en Juan 6:51 [2]— que el nuevo maná era su carne. Definitivamente, este no era el tipo de maná que la gente estaba esperando del Mesías que vendría, y todos quedaron horrorizados. Juan 6:52 dice:

Los judíos entonces contendían entre sí, diciendo: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”

El hecho de que se suscitase una contienda nos dice que había diferencias de opinión. Sin embargo, la opinión prevalente fue aquella que no daba crédito a lo dicho por Jesús, ya que eso es lo que nos muestra el versículo arriba citado. Juan 6:53-55 dice, por lo tanto:

Entonces Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.”

Aparentemente, mucha de la gente no comprendió lo que él decía debido a su manera carnal de pensar. Jesús nunca tuvo la intención de que alguno comiese literalmente su carne y bebiese su sangre. En realidad, estaba usando la palabra hebrea basar [3], con su doble sentido, para expresar la verdad según la cual la gente debía escuchar, aceptar y asimilar su palabra.

Su carne es una buena noticia

Basar es generalmente traducido como «carne» en el Antiguo Testamento[4]. La primera vez que se utiliza el término es en Génesis 2:21-24, cuando Eva fue tomada de Adán:

Entonces el Señor Dios hizo caer un sueño profundo sobre el hombre, y este se durmió; y Dios tomó una de sus costillas, y cerró la carne [basar] en ese lugar. Y de la costilla que el Señor Dios había tomado del hombre, formó una mujer y la trajo al hombre. Y el hombre dijo: “Esta es ahora hueso de mis huesos, y carne [basar] de mi carne [basar]; ella será llamada mujer, porque del hombre fue tomada”. Por tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne [basar].

Pero basar significa también «buenas nuevas, buenas noticias, evangelio»[5], tal como lo vemos en 1 Crónicas 16:23,24, donde un salmo de David dice:

Cantad al Señor, toda la tierra; proclamad de día en día las buenas nuevas [basar] de su salvación [yeshuáh]. Contad su gloria entre las naciones, sus maravillas entre todos los pueblos.

Aquí, David muestra que las “buenas nuevas” se refieren a las “maravillas” de Yeshúa (Jesús) [6]. Nuevamente, leemos en Isaías 52:7:

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas [basar], del que anuncia la paz, del que trae las buenas nuevas de gozo, del que anuncia la salvación [yeshuáh], y dice a Sión: “Tu Dios reina”!

El profeta continúa diciéndonos en Isaías 61:1:

El Espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque me ha ungido el Señor para traer buenas nuevas [basar] a los afligidos; me ha enviado para vendar a los quebrantados de corazón, para proclamar libertad a los cautivos y liberación a los prisioneros…

Jesús citó esto respecto de sí mismo en Nazaret, su propia aldea, al comienzo de su ministerio (Lucas 4:18), diciendo en el versículo 21: “Hoy, esta escritura se ha cumplido en sus oídos”. Se trataba del clímax lógico del mensaje que el ángel diera a los pastores cuando Jesús nació en Belén. Lucas 2:10,11 dice:

Mas el ángel les dijo: “No temáis, porque he aquí, os traigo buenas nuevas de gran gozo que serán para todo el pueblo; porque os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor”.

Si bien estos versículos nos llegan en griego, debemos retener la mentalidad hebrea para ver que estas “buenas noticias” fueron profetizadas con muchos años de antelación utilizando la palabra hebrea basar. Eran las “buenas noticias” de que la palabra se había hecho carne (basar) en su encarnación. Siendo él la palabra viva, Jesús les ofreció entonces su carne para que “comiesen”, la cual era comparable al maná que había venido del cielo para alimentar a los israelitas en el desierto.

“Comer” su carne, entonces, era creer en su mensaje, absorberlo y hacerlo parte de su propia carne. De esta manera, podrían convertirse en hijos de Dios y en miembros del cuerpo del Cristo. Al hacerlo así, el Último Adán venía a ser como el primero, cuya esposa fue tomada de él. Adán dijo que su esposa era “carne de mi carne”, y esto podía también leerse con un doble sentido: “buenas noticias de mi carne”.

En otras palabras, la novia del Cristo [7] se encuentra en unidad y en acuerdo con el Cristo, teniendo la misma palabra y el mismo mensaje, proclamando las mismas buenas noticias, no por compulsión, sino desde su propia naturaleza.

Esto es lo que Jesús estaba ofreciendo a la gente en la cuarta señal en el evangelio de Juan, la cual manifestó la gloria de Dios sobre la tierra. Aún así, la mayoría de la gente no pudo entender o aprehender estas buenas noticias, debido a que no disfrutaban de una genuina unidad y un genuino acuerdo con Dios. Al estar bajo el Antiguo Pacto, ellos aún tenían que esforzarse en observar la ley a fin de cumplir con el voto que sus padres habían hecho en el monte Horeb. Su carne reacia vivía aún en la esclavitud de la compulsión, esperando lograr la salvación de Dios por el poder de su propia voluntad y de su propia carne.

La vida del Nuevo Pacto

Con una mentalidad propia del Antiguo Pacto, los hombres podían vivir con el Dador de la Vida, pero nunca podrían volverse una carne con él. La relación amo-esclavo resulta ser insuficiente. Se hace necesaria una mejora, y la tal fue prometida desde un comienzo mediante el Nuevo Pacto, donde Dios mismo hizo promesas, votos y juramentos para asegurar el éxito del plan divino. Por lo tanto, comer su carne y beber su sangre es posible solamente bajo el Nuevo Pacto, pues Jesús es su Mediador.

Jesús concluye su enseñanza sobre el maná en Juan 6:56-58, diciendo:

El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre que vive me envió, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí. Este es el pan que descendió del cielo; no como el que vuestros padres comieron, y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.

“Comer” su carne es escuchar sus palabras; “beber” su sangre es ver a Dios. Juan 1:18 dice:

Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer.

La única forma de ver a Dios es verlo a través del Agente de Dios, Jesucristo. Se nos dará más revelación sobre esto más adelante, en Juan 14:8-11, donde Felipe pidió a Jesús: “Muéstranos al Padre”. Jesús le dijo: “Aquel que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Aparentemente, hasta ese momento, Felipe no había comprendido el significado de beber la sangre del Cristo.

Sin embargo, esta cuestión surgió durante la Última Cena en la víspera de su crucifixión, en la que Jesús instituyó la “comunión”[8] en memoria de la obra que él estaba a punto de llevar a cabo. Pablo habló sobre esta cena de amistad[9] más tarde en 1 Corintios 11:23-25:

Porque yo recibí del Señor lo mismo que os he enseñado: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo que es para vosotros; haced esto en memoria de mí”. De la misma manera tomó también la copa después de haber cenado, diciendo: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto cuantas veces la bebáis en memoria de mí”.

Vemos aquí que la sangre de Jesús, la cual él nos instruyó a “beber”, es el Nuevo Pacto. De ahí que sea sólo mediante el Nuevo Pacto que podemos nosotros “ver” a Dios verdaderamente. Aquellos que retienen una mentalidad propia del Antiguo Pacto —aún si profesasen hallarse bajo el Nuevo Pacto— no están bebiendo realmente la sangre de Jesús, ni están tampoco asimilando las buenas nuevas que él trae.

La «buena noticia» es la palabra de verdad según la cual “de tal manera amó Dios al mundo” (Juan 3:16) que se dispuso a morir por sus enemigos (Romanos 5:7-10). Aquellos que comprenden dicho mensaje y están de acuerdo con él han sido llamados como embajadores del Reino para transmitir el mensaje de que “Dios estaba en el Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones” (2 Corintios 5:19).

Aquellos que están en desacuerdo con esto, aquellos que están horrorizados ante la idea de comer esta basar, sólo pueden dar un mensaje de malas noticias, diciendo al mundo que todos se irán al infierno a menos que dejen de luchar contra Dios. “¡Arrepiéntanse o ardan!”, dicen, no dándose cuenta de que dicho mensaje se funda sobre una falta de entendimiento combinada con una mentalidad propia del Antiguo Pacto.

La basar de Jesús es su carne, y comer su carne es asimilar las buenas noticias del Dios de Amor. Cuando estas buenas noticias se vuelven parte de nosotros, también nosotros nos volvemos la palabra hecha carne, y cuando el mundo nos ve, ve al Cristo, debido a que también nosotros manifestamos la gloria de Dios sobre la tierra.

Juan 6:59 concluye:

Esto dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Capernaúm.

La sinagoga en Capernaúm era amigable con Jesús, y a menudo se le pedía que enseñe allí. Sin embargo, muchos en ella no pudieron comprender la verdad de lo que enseñaba, de modo que Jesús siguió siendo una figura controversial incluso en la misma Capernaúm. Según parece, Jairo, el principal de la sinagoga, continuó en buenos tratos con Jesús debido a que éste había resucitado a su única hija de entre los muertos (Marcos 5:22,23, 41,42; Lucas 8:41,42). Jairo nunca olvidó este acto de amor divino. Pese a haberse encontrado, probablemente, bajo cierta presión para que echase o excomulgase a Jesús por sus enseñanzas controversiales, él se rehusó a hacerlo. De manera que, en cierto sentido, la sinagoga en Capernaúm era la “iglesia doméstica”[10] de Jesús.

Los discípulos refunfuñan

A todos parece haberles faltado el entendimiento frente a la insistencia de Jesús en que debían comer su carne y beber su sangre a fin de tener vida eónia [11]. Esto incluía también a los discípulos de Jesús, ya que en Juan 6:60 leemos:

Por eso muchos de sus discípulos, cuando oyeron esto, dijeron: “Dura es esta declaración; ¿quién puede escucharla [akúo, «oír, escuchar»,]?”

La palabra griega akúo debería ser interpretada según su equivalente hebreo shamá, que significa tanto «oír, escuchar» como «obedecer». La palabra shamá indica que uno no “escucha” verdaderamente a menos que haya una respuesta positiva a aquello que escucha. Aún los propios discípulos de Jesús estaban indigestándose con esta palabra suya y eran incapaces de asimilarla o de actuar en base a ella.

Juan 6:61-64 presenta la respuesta de Jesús a sus dudas:

Pero Jesús, sabiendo en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: “¿Esto os escandaliza? ¿Pues qué si vierais al Hijo del Hombre ascender adonde antes estaba? El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Pero hay algunos de vosotros que no creéis.” Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién era el que le iba a traicionar.

Si los discípulos no podían entender las cosas espirituales, era debido a que aún eran carnales. Pablo pasó por el mismo problema de la carnalidad en la iglesia de Corinto. Cuando habla de las diversas facciones y divisiones en aquella iglesia en 1 Corintios 3:2,3, este dice:

Os di a beber leche, no alimento sólido, porque todavía no podíais recibirlo. En verdad, ni aun ahora podéis, porque todavía sois carnales. Pues habiendo celos y contiendas entre vosotros, ¿no sois carnales y andáis como hombres?

Las diferencias de opinión e incluso las revelaciones diferentes siempre estarán entre nosotros de este lado de nuestro propio ascenso. La cuestión es cómo lidiamos con tales diferencias. ¿Apelamos a los hombres carnales para que tomen partido por un bando y condenen al otro? ¿O apelamos más bien a la corte divina para que nos dé un fallo de Dios, tal como a menudo hizo Moisés?

Cuando hacemos dicha apelación, ¿tenemos la paciencia de esperar “hasta que el Señor venga” para sacar la verdad a la luz (1 Corintios 4:5)? En la mayoría de las ocasiones, los hombres carecen de dicha paciencia y son incapaces de mantener la unidad durante el ínterin en el que Dios permanece en silencio. En otras palabras, los hombres carnales tienden a tomar su caso nuevamente en sus propias manos y a tomar su propia decisión.

Jesús se preguntaba si sus discípulos serían capaces de lidiar con la verdad acerca de su ascensión. Recuérdese Juan 3:13, donde Jesús había dicho:

Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, es decir, el Hijo del Hombre que está en el cielo.

En Juan 6, Jesús afirmó ser el maná que había descendido del cielo. Si ellos tenían un problema para entender cómo es que descendió, ¿cómo serían capaces de entender su ascensión? Cuando menos, con el maná tenían un ejemplo de descenso. Pero el maná no ascendió nuevamente; y sin una señal semejante, esto sería para ellos aún más difícil de entender.

Carne y Espíritu

En Juan 6:63 —anteriormente citado— Jesús hizo una distinción entre la carne y el espíritu. Sus palabras eran espíritu y no debían ser tomadas de manera carnal. Aunque él había alimentado a la multitud con “carne”[12], el sentido de dicho milagro (en tanto que señal) era espiritual. Las cosas carnales profetizan sobre verdades espirituales, pero si somos incapaces de interpretar estas cosas, es debido a que aún somos asnos cuando deberíamos ser ovejas.

Un animal limpio[13] mastica su comida (Levítico 11:3); come, asimismo, hierba (“toda carne es hierba”, Isaías 40:6). Y para nosotros, como ovejas, cuando leemos la Biblia o escuchamos una prédica, se trata solamente de hierba hasta que meditamos sobre ella (“masticamos la comida”) y la convertimos en alimento espiritual. De la misma forma, tal como un animal limpio tiene una pezuña hendida, las personas afines se afirman sobre un testimonio doble que establece la verdad. Antes de aceptar la palabra de un hombre, meditan y esperan que el Espíritu Santo les confirme dicha palabra. De allí que sean enseñadas por Dios mismo, siendo el hombre que entregó aquella palabra un mero agente. En tal caso, aún si su palabra fuese la verdad proveniente del mismísimo trono de Dios, no tiene —el tal— el derecho de imponerla sobre ninguno por medio de la fuerza o las amenazas. Si así lo hiciere, estaría creando siervos y esclavos, y los tales son hijos de la sierva, “nacidos según la carne” (Gálatas 4:29). Ellos podrán ser creyentes, desde luego, pero su fe ha sido impuesta sobre ellos desde el exterior mediante el poder de la carne en vez de provenir desde el interior mediante el poder del Espíritu.

Pero, tal como dice Pablo en Gálatas 4:28:

Y vosotros, hermanos, como Isaac, sois hijos de la promesa.

Los discípulos que refunfuñaron tomaban el recaudo de comer alimento físico limpio, pero aún no entendían que la ley es espiritual (Romanos 7:14). Al no entender realmente el espíritu de la ley, carecían de la capacidad de comer alimento espiritual limpio. Estaban tratando a Jesús como si este hubiese sido simplemente otro rabino entre tantos, de cuyos discípulos se esperaba que memorizasen y se sometiesen a su “yugo” o doctrina particular. El método rabínico engendró muchos hijos de la carne, muchos Ismaeles, muchos hijos de la sierva (Agar-Jerusalén). Pero Jesús quería que masticasen su comida de manera que sus palabras pudiesen transformarse en espíritu dentro de ellos. De aquella forma, los discípulos ya no alimentarían la carne con hierba sino que alimentarían sus espíritus con verdadera comida espiritual.

Juan 6:64,65 continúa:

Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién era el que le iba a traicionar. Y decía: “Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo ha concedido el Padre”.

Al escribir Juan estas palabras, entendía que Jesús se refería principalmente a Judas, quien más tarde lo traicionaría. Nos muestra así que Judas era un discípulo inmundo, un asno espiritual que carecía de la capacidad de masticar su comida. Sin dudas, Judas pensaba que tenía fe; pero cuando su fe fue puesta a prueba, falló. Así ocurre con todos aquellos que no entienden cómo masticar la comida o qué cosa significa dividir la pezuña (esto es, atender a un doble testimonio).

Quienes son capaces de entender el principio de la comida espiritual limpia son los más capaces de escuchar Su voz, de comer Su carne y de beber Su sangre. Y aún así, dicha capacidad depende de la soberanía de Dios, ya que es Dios quien debe iniciar esta capacidad a fin de que los tales respondan a la palabra de fe (Romanos 10:17). Afortunadamente para nosotros, nuestro Dios Soberano ha decretado a través del Nuevo Pacto que él, de hecho, enseñará a todos los hombres y escribirá su ley en sus corazones. Juan 12:32,33 dice:

“Y yo, si soy levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo.” Pero Él decía esto para indicar de qué clase de muerte iba a morir.

De ahí que —parafraseando esto— Jesús dijera que, de hecho, si él era crucificado, levantado entre el cielo y la tierra como el gran Mediador entre Dios y los hombres, el resultado sería que “atraería a todos los hombres” hacia sí. Obviamente, no todos son atraídos hacia él durante su término de vida sobre la tierra, pero llegará el día en que toda rodilla se doblará y toda lengua profesará que Jesucristo es el Señor para la gloria de Dios el Padre (Filipenses 2:10,11).

La división

Juan 6:66 dice:

Como resultado de esto muchos de sus discípulos se apartaron y ya no andaban con Él.

¿Como resultado de qué? De que nadie puede venir al Cristo a menos que le haya sido concedido por y desde el Padre. Sí, es cierto que muchos discípulos se apartaron del Cristo debido a que no pudieron comer su carne y beber su sangre. Pero su incapacidad se debía a que Dios aún no les había concedido oídos para escuchar u ojos para ver.

Dice Juan 6:67-69:

Entonces Jesús dijo a los doce: “¿Acaso queréis vosotros iros también?” Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios.”

Juan sugiere que era Judas el que no creía verdaderamente; sin embargo, la respuesta que acabo de citar provino de Simón Pedro. Aún cuando su fe era inestable, el Padre había iniciado algo en su corazón, junto al de los demás discípulos (con la excepción de Judas). Su fe crecería hasta alcanzar un clímax en el día de Pentecostés, luego de la crucifixión de Jesús.

Así ocurre con todos los discípulos de Jesús, incluidos aquellos de nosotros que afirmamos seguirlo. Los discípulos están divididos según sea la causa de su fe. Aquellos que creen que su fe se inició en sus propios corazones y mentes, al final fallarán la prueba. Aquellos cuya fe es una respuesta a la acción de Dios en sus corazones, al final tendrán éxito, aún si —tal como le ocurriera al propio Pedro— fallan sobre la marcha. De manera que Jesús concluye, en Juan 6:70,71:

Jesús les respondió: “¿No os escogí yo a vosotros, los doce, y sin embargo uno de vosotros es un diablo?” Y Él se refería a Judas, hijo de Simón Iscariote, porque este, uno de los doce, le iba a entregar.

Un «diablo» es un acusador, tal como «Satán» es un adversario. Ambos términos reflejan una relación de adversidad. Judas terminó traicionando a Jesús poniéndose del lado de los adversarios de Jesús. Un conflicto similar es el que ha surgido hoy, cuando los discípulos de Jesús nuevamente lo traicionan poniéndose del lado de sus adversarios. Ambos lados están representados por Simón Pedro y por Simón Iscariote.

¿Qué “Simón” eres tú? Simón significa «escuchar» [14]. Tal parece ser la cuestión de fondo. ¿”Escuchamos” nosotros espiritualmente, como Simón Pedro? ¿O sólo “escuchamos” carnalmente, como Judas, el hijo de Simón Iscariote? ¿Somos hijos de la carne, nacidos de Agar, la Jerusalén terrena? ¿O somos hijos del Espíritu, nacidos de Sarah, la Jerusalén celeste?

Esta es una declaración dura, ¿quién puede escucharla?

 

Notas

[*] Se trata del sitio web God’s Kingdom Ministries. Los textos en cuestión son, concretamente, «The Gospel of John: Jesus' fourth sign, part 6» y «The Gospel of John: Jesus' fourth sign, Final».

[1] Con la anuencia del Dr. Jones, he agregado esta frase, ausente en el original, con el fin de dar al texto una cierta autonomía en el marco de la presente publicación.

[2] Pese a que en este sitio y en este blog suelo citar las Escrituras traduciéndolas directamente del original hebreo, arameo o griego, en el caso presente, siendo el texto aquí publicado una traducción de otro en el que se utilizan referencias bíblicas estándar, me valgo —tanto en sus enlaces externos como en su cuerpo principal— de la versión en español de La Biblia de las Américas.

[3] Pese a que el hebreo registra un cognado cuyo sentido es virtualmente idéntico, la palabra utilizada aquí por Jesús a la que alude el Dr. Jones ha debido ser, con toda probabilidad, aramea en su dialecto galileo, pues tal era el habla de Jesús, el de la inmensa mayoría de sus discípulos e, incluso, el de su audiencia en Capernaúm.

[4] Véase la nota anterior.

[5] Véase la nota 3. Para corroborar el carácter sonoro casi idéntico de estos dos sustantivos arameos, el lector puede remitirse al Comprehensive Aramaic Lexicon.

[6] La voz hebrea Yeshúa —que constituye, con toda probabilidad, el nombre original de Jesús— no es sino la forma masculina de yeshuáh, que significa «salvación, liberación, rescate».

[7] Este es un apelativo de la iglesia, congregación o cuerpo del Cristo. Véase en Apocalipsis 19:6-8, donde son anunciadas las bodas en las que la novia o prometida finalmente se convierte en su esposa.

[8] Communion en el original.

[9] Fellowship en el original. En otro contexto, podría traducirse esto como «camaradería». Aquí, sin embargo, lo traduzco como «amistad». La idea principal es, no obstante, la de una camaradería de amor entre pares que se reúnen en el nombre de Jesucristo.

[10] Home church en el original. Se trata esta de una expresión procedente, mayormente, del mundo evangélico. Su sentido es el de una reunión de fieles que se lleva a cabo regularmente en el hogar de algún particular.

[11] El Dr. Jones utiliza este término de origen griego —el cual, pese a su poco uso, ciertamente ha pasado al inglés y al español— con la intención de significar la vida en la era que viene, esto es, en los mil años del reinado del Cristo junto con su iglesia o cuerpo de reyes y sacerdotes. Lo ha hecho así en virtud de que en las versiones estándar de la Biblia en lenguas vernáculas modernas, el adjetivo griego αἰώνιος (aíónios) suele traducirse erróneamente como «eterno», es decir, de duración infinita. La confusión se redobla cuando se tiene en cuenta que, de hecho, quienes vayan a reinar con el Cristo durante la era de mil años que viene recibirán dicha vida inmarcesible, imperecedera, por anticipado respecto del resto de la humanidad (véase Apocalipsis 20:4-6).

[12] El Dr. Jones se refiere a la alimentación de los cinco mil narrada en Juan 6:1-15, señal que, de hecho, suscitará luego todo este asunto del que aquí trata el autor.

[13] El autor alude aquí a los animales limpios e inmundos, es decir, aptos o inaptos para servir de alimento según la instrucción que se encuentra en Levítico 11.

[14] "Simón" es la forma castiza del nombre hebreo שמעון (Shimon), el cual se deriva a su vez de la raíz שמע (shamá) cuyo sentido, como ya se aclara más arriba en el texto, es el de «oír, escuchar, obedecer».

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