«Cristianos» (adenda)

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Luego de que en el pasado mes de agosto publicara aquí las dos partes de una serie a la que di en llamar «Cristianos» y en la que tracé ciertos paralelismos y contrastes entre los días de los apóstoles y estos que hoy todos transitamos, tuve, por diversos motivos, la fuerte sensación de que en breve debería completarla con algunas aclaraciones de rigor. Hoy, a poco más de tres meses de publicada, cumplo con dicha tarea en la forma de una carta dirigida a un querido matrimonio de seguidores y discípulos de Jesucristo residente en la ciudad española de Bilbao.


 

Queridos Piedad y José,

Doy gracias a Dios el Padre y a nuestro Señor Jesucristo por las dudas y las observaciones que me han hecho llegar respecto de varias cosas que he puesto por escrito en los dos artículos que componen mi serie «Cristianos». Mi agradecimiento se debe al hecho de que, al girar la misma, mayormente, en torno a un tecnicismo lingüístico, sus conclusiones no son acaso todo lo claras que yo mismo habría deseado al momento de publicarla. Y aunque la serie en cuestión surgió como un mero aunque necesario prolegómeno a aquella que la sigue —me refiero a «El juicio comienza por la casa de Dios»—, yo mismo venía pensando en añadirle un apéndice o adenda en los días previos a trabar conocimiento con ustedes. Y ahora, las dudas y observaciones que me han transmitido me permiten hacerlo en la forma de esta carta que les dirijo.

Sinceramente, creo que no agregaré aquí nada nuevo acerca del apelativo «cristiano», es decir, de su origen y uso en el siglo primero y de su posterior transformación y adopción, en los siglos siguientes, por parte de quienes invocaban el nombre de Jesucristo en el imperio romano y, más tarde, por todo el mundo occidental. No lo haré, por lo pronto, porque ya me he explayado lo suficiente sobre el mismo en los dos artículos que componen la serie de la que aquí trato. Pienso, en todo caso, que al término «cristiano» se le puede achacar el mismo tipo de proceso de degradación que refleja aquel epigrama que tanto me ha gustado y que reproduzco tanto en el texto introductorio a mi traducción del Apocalipsis siríaco como en el primer artículo publicado en este blog, a mediados del pasado abril, bajo el título «La sal ha perdido su sabor». Tal vez sea conveniente que lo cite nuevamente. Helo aquí:

El cristianismo comenzó en Palestina como una hermandad de hombres y mujeres centrados en el Cristo viviente; luego se mudó a Grecia y se convirtió en una filosofía; después se mudó a Roma y se convirtió en una institución; más tarde se mudó a Europa y se convirtió en una cultura; finalmente, llegó a los Estados Unidos y se convirtió en un inmenso negocio.

Sé que ustedes han leído esta frase en el primer artículo que publiqué en el blog y que le han dado el valor que le corresponde. De ahí, entonces, que me cueste un poco entender cierto apego al apelativo «cristiano» que he notado en sus observaciones a la serie de la que aquí tratamos, ya que, como digo arriba, el proceso de degradación de lo que todos suelen entender por cristianismo ha ido de la mano del término del que esta última denominación se deriva. Y, de hecho, les pregunto a ustedes: ¿es que acaso no nos basta con saber que nuestros hermanos del siglo primero, incluidos nada menos que los propios apóstoles, no le daban a dicho apelativo valor alguno, si es que acaso siquiera lo han hecho propio en alguna circunstancia?

Ahora bien, debo decir, por otro lado, que yo no me encuentro abocado a una guerra a muerte contra el apelativo «cristiano» y su uso en nuestros días. De hecho, hasta no hace tanto tiempo, cuando el Señor aún no había dirigido mi atención a su origen y uso en los días de los apóstoles, yo mismo me identificaba con él sin mayor problema. Y aún ahora, pese a no aplicármelo más a mi mismo, tampoco me siento especialmente afectado si es que alguno que desconoce el evangelio de Jesucristo y del reino de Dios me toma por un cristiano. Y es que creo haber entendido bien lo que el apóstol Pedro dice en su primera carta a los hermanos del Asia Menor respecto de este asunto, lo cual ya he consignado en la segunda parte de esta serie. Con todo, les digo que me haría sumamente feliz el poder tener comunión con mis hermanos sin que tal apelativo salga a relucir entre nosotros. Creo, en definitiva, que respecto de la conveniencia o inconveniencia de palabras como cristiano se ha de aplicar lo dicho por nuestro querido apóstol Pablo, en el sentido de que, en definitiva, el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder (1 Corintios 4:20). Es por ello que me resulta un tanto desconcertante el apego de muchos a dicha palabra, como si al faltarles esta fuesen a perder el suelo debajo de sus pies...

Lo cierto es que, lo sepan o no, la mayoría de quienes hoy se aferran con uñas y dientes a este apelativo de cara al resto de los incrédulos revitalizan, en su apego al mismo, en no poca medida, aquel antiguo significado del mote que le dio origen ("santurrón" o "mosquita muerta"). En tal sentido, pese a ser cierto que el creador de Los Simpson ha creado el personaje de Ned Flanders, el vecino cristiano del patético protagonista de la serie, con fines claramente estigmatizadores, es no menos cierto que este mismo Ned Flanders ha venido a convertirse en alguien muchas veces celebrado por los integrantes de la comunidad evangélica norteamericana —e incluso, aún más increíblemente, de la hispanoamericana— casi como si dijesen "este es uno de los nuestros", como si todos viesen en él a un fiel representante del evangelio dentro del mundo de las series animadas.

Hasta cierto punto, es harto comprensible que los cristianos evangélicos se apeguen a este tipo de detalles, a cierta jeringoza y a ciertos atuendos, a fin de ser identificados por aquellos que viven en el mundo. Y es que, de no ser por todo esto, ¿a quién se le ocurriría relacionarlos con Jesucristo? Sin embargo, ¿no deberíamos tener muy presente, en relación con todo esto, lo dicho por el apóstol Pablo a Timoteo respecto de los últimos días de la era? Estos, según el Espíritu había mostrado al apóstol, serían "días peligrosos", ya que, entre otras cosas, los "cristianos" tendrían "apego a sus propios placeres antes que a Dios, al cual venerarán en las formas mientras hacen caso omiso de su poder…" (2 Timoteo 3:4,5)

Y de hecho, pregunto yo: desde el punto de vista de las enseñanzas y directivas que, en los días en que caminó entre los hombres, el Señor impartió a sus discípulos y seguidores: ¿podría acaso haber algo que fuese aún más desagradable que aquello que establece un nexo de identificación entre Ned Flanders y el mundo cristiano? Sí: un mundo cristiano que, tal como ha ocurrido con el personaje de la serie animada en algunos de sus capítulos, se tornase en un ser tan odioso como aquellos que lo hostigan desde el secularismo, devolviendo insulto por insulto y golpe por golpe, pagando el mal con el mal.

Pienso que este tipo de identificaciones estúpidas e incluso, en no pocos casos del presente, redondamente impías —en cualquier caso, completamente indignas de la santidad de nuestro Señor y Dios Jesucristo— han contribuido lo suyo a que hoy estas masas occidentales completamente secularizadas y arrastradas por el inconmensurable aparato con que cuentan los enemigos de nuestro Dios, consideren a los cristianos que se oponen a la imposición legal de cuestiones como la perspectiva de género y el aborto en los países hispanoamericanos como seres teñidos de irrealidad, casi salidos de una serie animada de la TV. Más aún: estas masas —gracias al crónico estado de disonancia cognitiva mediante el cual el dios de esta era las tiene en cautiverio, jugando con ellas a su antojo— han sido persuadidas de que los cristianos sólo desean imponer al resto de la sociedad una vida de irrealidad a costas del sufrimiento real de los grupos minoritarios que las élites pretenden defender (¡como si a los integrantes de estas en verdad les importara un rábano sobre alguien que no es de los suyos!).

Sobre estas masas secularizadas, aun aquellas que provienen de un trasfondo familiar "cristiano", dice Pablo a los corintios:

Ahora bien, si nuestro anuncio de buenas nuevas está encubierto, es para aquellos que se encaminan a la ruina que está encubierto, entre los cuales el dios de esta era ciega las mentes de los incrédulos a fin de que la luz de la buena nueva de la gloria del Cristo no les resplandezca… (2 Corintios 4:3,4)

¿No creen que esto es lo que hoy ocurre entre tantísimos millennials que provienen de hogares "cristianos", ya sean estos católicos o protestantes? ¿Acaso no pueden reconocer en su etapa terminal el proceso de siglos por el cual la sal perdería finalmente su sabor? ¿Creen acaso que, en sus días, el Señor hizo esta advertencia por si las moscas y no como una clara anticipación de lo que inexorablemente sucedería al cabo de dos mil años con una inmensa mayoría de entre aquellos que hoy aún se llaman a sí mismos "cristianos" con orgullo y arrogancia, no teniendo ni el menor entendimiento de qué tiempo es este?

Ya les he dicho más arriba que la serie «Cristianos» que nos ocupa no es sino una introducción a otra en la que abordo la cuestión del juicio de Dios y —lo que es importante de resaltar aquí— el hecho de que dicho juicio ha comenzado por su casa. Ahora bien, ya han pasado más de dos décadas desde mi paso, durante dos años, poco más o menos, por diversas congregaciones cristianas en cuyo seno he podido ver, de primera mano, tanto las doctrinas como las conductas que en ellas tienen lugar. Y lo cierto es que una vez que hube salido de en medio de todas ellas, sobre todo en estos últimos años, el Señor ha puesto frente a mis ojos, con bastante recurrencia, la siguiente admonición:

Libra a los que son llevados a la rastra hacia la muerte y a los que marchan a los tumbos hacia la matanza, si es que de ello te has resguardado a ti mismo. Pues si dijeres: “¡Mira, esto no lo sabíamos!”, ¿acaso el que pondera las mentes no lo discernirá? El que monta guardia por tu vida, él lo sabrá. Y retribuirá al hombre de acuerdo con su obrar. (Proverbios 24:11,12)

Todo esto es, por lo tanto, para mí, ante todo un asunto de conciencia. Y aunque yo no puedo, evidentemente, saber a ciencia cierta quiénes son todos los que, al tiempo de engrosar el número del variopinto mundo del cristianismo actual, han sido en verdad llamados, por la gracia de Dios, a integrar su reino en sus primeras manifestaciones, me consta, sin embargo, que muchos de ellos no son sino el fruto de una mera tradición cultural y familiar católica, ortodoxa o protestante combinada con el resultado de diversas técnicas de marketing que los líderes de ciertas iglesias tienden a implementar con total desvergüenza, con una desvergüenza que delata su extrañamiento total respecto del reino de Dios y —diría también— su plena descalificación para ser parte del mismo una vez que se haya manifestado. Es, si se quiere, a todos estos "cristianos" que no aspiran a mucho más que a seguir "yendo a la iglesia" de por vida a quienes me refiero especialmente en el transcurso de esta serie y de la que le sigue. Y yo confío en que si las doctrinas y conductas que denosto en este blog no se corresponden con las de algún eventual lector del mismo, el tal comprenda entonces, muy sencillamente, que no me estoy refiriendo a él.

Con esto último quiero decir que mis escritos en este blog van dirigidos, por así decirlo, a todos y a nadie, y que, si bien me tomo muy a pecho el sentido del proverbio que vengo de citar, sé que es, en definitiva, el Señor mismo quien dirige todas las cosas, quien mantiene mis escritos invisibles o les da alguna visibilidad. Pero créanme que desde aquí me tomo muy en serio la tarea de advertir a todos aquellos que, entre tantos "cristianos", pudiesen ser verdaderamente mis hermanos y hermanas en el Cristo acerca de los muchos peligros que hoy se ciernen sobre su cuerpo. Tal cosa es —diría yo— la que más procuro hacer en consonancia con la misión principal de este sitio, que es la de anunciar las buenas nuevas del reino de Dios a todo aquel que quiera recibirlas, y anunciarlas, además, prescindiendo de toda aquella levadura que tantos siglos de cristianismo les han añadido.

Y así, regresando al proverbio citado, ¿quiénes vendría a ser los que hoy arrastran a la muerte espiritual a aquellos cristianos que, habiendo sido verdaderamente llamados por Dios, se encuentran desorientados debido a la propaganda que los rodea? Bastaría con ver la imagen que los enemigos de Dios y del Cristo han puesto hace ya tres años en la portada de uno de sus órganos de prensa más influyentes —una publicación tan influyente, digo, que algunos la llaman, sin más, “el oráculo”, debido a su casi infalible anticipación de los acontecimientos que las élites planean traer sobre las masas del mundo—, bastaría, digo, con ver dicha imagen, para tener una noción bastante clara sobre este asunto. Me refiero a la portada del anuario 2017 de The Economist, la cual presenta una serie de cartas del tarot entre la que destaca la que puede verse aquí.

A mi entender, tanto por su procedencia como por su correspondencia con lo que hoy vemos en muchas naciones iberoamericanas, la imagen de esta sola carta nos dice casi todo lo que deberíamos saber. Creo que cualquiera, a poco de sopesar los detalles de la misma, podrá ver que este enfrentamiento al que hoy asistimos entre los adherentes a lo que llamaré aquí un marxismo cultural, por un lado, y aquellos que adhieren a lo que podríamos llamar una cultura cristiana, por el otro, es cualquier cosa menos espontáneo. Para decirlo con mayor claridad: dicho enfrentamiento ha venido siendo preparado desde hace ya muchas décadas y es hoy, en nuestros días, que está siendo implementado mediante el manejo adecuado de todos los medios con los que estas élites cuentan, a saber: la totalidad de los medios políticos, jurídicos y mediáticos en todo el ámbito mundial.

Por si aún no se entendiese de qué estoy hablando aquí, lo diré en forma aún más directa: lo que en nuestros días se está desarrollando frente a nuestros ojos y a los ojos de todo el mundo en lo referente a este enfrentamiento por la perspectiva de género, el aborto, el cambio climático y otros asuntos de diversa índole, no es otra cosa que una celada pergeñada por un grupo relativamente pequeño en número que cuenta, sin embargo, con la totalidad de los poderes fácticos de este mundo. Son quienes integran este grupo quienes, de hecho, han venido dando alas a esta dualidad de paradigmas ideológicos (la izquierda y la derecha) desde tiempos de la Revolución Francesa y los que, desde entonces, vienen moviendo todos los hilos muy por arriba de dicha dualidad, cual titiriteros. Así, desde este su anonimato, han logrado conducir al mundo exactamente hacia donde ellos han querido conducirlo desde un principio. Tal es, de hecho, el mundo que hoy tenemos frente a nuestros ojos. Recuérdenlo: desde las alturas del mundo de las finanzas, estas élites controlan por completo ambos lados del espectro ideológico que hoy enfrenta a la gente común.

Yo confío, hermanos, en que no será necesario que les manifieste aquí cuál es mi apreciación de los diversos gobiernos que comulgan, en mayor o en menor medida, con la izquierda y el llamado “progresismo” a ambos lados del Atlántico. Pero, por otra parte, ¿es que acaso puede alguien guiado por el espíritu de Dios ver en los gobiernos supuestamente "cristianos" que últimamente han surgido en Iberoamérica en oposición a los tales la guía de ese mismo Espíritu? Tengan en cuenta que no me estoy refiriendo aquí al hecho cierto de que nadie puede escapar al rol que soberanamente Dios le ha asignado en su plan. Esto cabe por igual a Trump y a Bolsonaro como a Soros y a Sánchez. Mi pregunta, en cambio, apunta más bien a lo siguiente: ¿creen ustedes que todos estos gobiernos supuestamente volcados a defender los "valores cristianos" en contra de los anti-valores del neomarxismo lo hacen guiados por el conocimiento de la mente de Dios, especialmente en lo tocante a asuntos de misericordia, de juicio y de justicia en la tierra?

Creo que ha sido Stephen Jones —a quien el Señor ha utilizado como involuntario nexo para ponernos en contacto— quien dijo que aquel que se resiste a la revelación de Dios respecto de algún punto de no importa qué área determinada, el tal queda ipso facto ciego frente al resto de la revelación atinente a dicha área. Esto, que puede aplicarse a diversas cuestiones proféticas, es especialmente válido cuando se observa en qué ha ido a parar el tratamiento general dado al libro de Apocalipsis a lo largo de los siglos. Esto es, en gran medida, lo que me ha guiado a traducir este libro del siríaco y a publicar dicho texto junto a una serie de notas que no sólo se ocupan de aspectos lingüísticos sino, también, proféticos. Y no juzgo como algo meramente casual el que entre los muchos hallazgos que el Señor puso delante de mis ojos durante el desarrollo de mi tarea estuviese el del sentido preciso, concreto de este tan conocido pasaje del libro de Isaías:

¡Deténganse y queden estupefactos! ¡Ciéguense y frótense los ojos! ¡Emborráchense y no de vino! ¡Tambaléense y no por el licor! Porque Yahweh ha derramado sobre ustedes un espíritu de sueño profundo y ha cerrado sus ojos —los profetas— y a sus líderes —los videntes— los ha cubierto como con un velo! Y les será a ustedes la visión del todo como los asuntos del libro sellado, el cual darán al que conoce el libro diciéndole “léenos esto, por favor”, y él dirá “no puedo, porque está sellado”. Y darán el libro a aquel que no sabe leer diciéndole “léenos esto, por favor”, y él dirá “no puedo, porque no sé leer”. Entonces dirá el Señor: “Dado que este pueblo se me acerca con sus bocas y me honra con sus labios pero sus mentes están lejos de mí y su reverencia de mí no es más que un mandamiento de hombres que les fue enseñado, por ello, mírenme: nuevamente voy a hacer con este pueblo una obra maravillosa, el prodigio de un prodigio, y se desvanecerá la sabiduría de sus sabios y no se encontrará el entendimiento de sus entendidos.” (Isaías 29:9-14)

Créanme que no soy yo quien ha sacado de la galera expresiones como “la visión del todo” (jazút hacol) y “los asuntos del libro sellado” (divréi hasefer hejatúm). Simplemente las traduzco aquí tal como se leen perfectamente en el texto hebreo. ¿Y cuál podrá ser este libro sellado al que el testimonio de Isaías señala específicamente anteponiéndole un artículo? Que yo sepa, hay sólo dos libros en todas las Escrituras de los que se nos dice que han sido sellados, a saber: el libro de Daniel y aquel otro cuyos sellos, que son siete, el Cordero quiebra, uno por uno, a la vista de Juan en el libro de Apocalipsis. Ciertamente, el libro de Apocalipsis contiene y completa la visión de Daniel. ¿Cuál será, entonces, pregunto yo, el libro que todos creen conocer pero que ya nadie puede leer? ¿Y cuáles serán las consecuencias de la ceguera para aquellos que se niegan a considerar in toto los asuntos y los tiempos de los que nos habla dicho libro por no coincidir con su particular "escuela de interpretación"?

No será aquí, por cierto, donde vaya a profundizar acerca de la importancia vital que reviste la correcta comprensión de la revelación de Jesucristo en nuestros días, asunto sobre el que ya he dicho algo en el texto introductorio a mi traducción de la misma desde el siríaco, de la cual ya hice mención más arriba. Sí es este, en cambio, el lugar para traer a cuento lo dicho por el Eclesiastés a todos aquellos santos a los que hoy, en virtud de su ceguera respecto de la revelación de Jesucristo, su carne bien podría estarles jugando una mala pasada. Leemos en el Eclesiastés:

No digas: “¿Por qué será que los días pasados fueron mejores que estos?”, porque no es desde la sabiduría que preguntas esto… (Eclesiastés 7:10)

Y es que, en efecto, yo entiendo que a nadie le será posible prepararse adecuadamente para la pronta venida del reino de Dios en tanto no comprenda el libro de Apocalipsis y en tanto se haga preguntas como esta. Pues son preguntas como esta las que disponen a la gente a poner su carne por brazo a fin de restaurar aquellos “mejores” días pasados, sin entender que el plan de Dios no contempla, para nuestros días, ningún retorno a los "buenos viejos tiempos". Por lo tanto, si se tratase más bien de formularnos preguntas acerca de la situación en la que nos encontramos hoy, preguntas acordes a la auténtica sabiduría del Espíritu, más nos valdría dirigir nuestra mirada a esta otra serie de preguntas que encontramos en el libro de Amós:

¿Andarán dos juntos, a menos que estuviesen de acuerdo? (Amós 3:3)

La respuesta, claro está, es NO. ¿Y acaso no pueden ver ustedes que la izquierda y la derecha marchan juntas y que su desacuerdo es tan sólo aparente? Pensemos, siquiera por un instante: ¿por qué el Señor, quien declara el final desde el principio, ha enfatizado tantas veces en su instrucción que no debíamos desviarnos de ella “ni a la derecha ni a la izquierda”?

Sigue diciendo el profeta:

¿Caerá un ave en la trampa sobre la tierra sin que haya un cazador? (Amós 3:4a)

La respuesta, también en este caso,  es un rotundo NO. Y si lo que acabo de decir acerca de las derechas y de las izquierdas tiene siquiera un viso de realidad (y si ustedes en verdad ignoran esto, créanme que lo tiene), ¿no podrán ver entonces, tan clara como yo la veo, la trampa que oculta todo este enfrentamiento de las masas de uno y de otro lado? Es a mí, a ustedes y a cada uno de nuestros hermanos y hermanas en el Cristo que, con la ayuda de Dios, cabe la tarea de discernir al cazador. Pero sepamos con toda certeza que quienes se propongan dicha tarea sin seguir el consejo pleno del Señor corren el riesgo de convertirse en esa misma ave que, finalmente, cuando todo se haya dicho y hecho, caerá entrampada sobre la tierra. Supongo que una vez que esto ocurriese, sería ya posible verle la cara al cazador. Sin embargo, ¿no sería entonces ya demasiado tarde?

Continúa Amós:

¿Se levantará la trampa del suelo sin que se haya atrapado presa? (Amós 3:4b)

Al igual que en las preguntas anteriores, la respuesta sigue siendo NO. Y en el caso que nos ocupa, con esta trampa que los poderes mundiales han puesto para cazar a las gentes comunes, ocurrirá lo mismo. Mientras tanto, todo este cuadro de sediciones y de enfrentamientos de bandos, de noticias falsas y de incitaciones a actuar en base a las mismas, sólo tenderá a escalar. Y luego, una vez que el cazador haya atrapado la presa que deseaba atrapar —¿y quién podría decir aquí, con pleno conocimiento, en qué cazuela y a qué temperatura será cocinada dicha presa?—, una vez, digo, que dicho objetivo se haya cumplido, sencillamente pondrá fin a todas estas agitaciones con tanta facilidad como aquella con que las inició.

Ahora bien, con todo lo relevantes que resultan las preguntas que nos dirige el Espíritu mediante el profeta Amós, creo que las dos últimas vienen a ser hoy las más acuciantes para todos aquellos que buscamos la perfecta voluntad de Dios para nuestras vidas:

¿Se tocará trompeta en una ciudad y un pueblo no temblará? (Amós 3:5a)

La respuesta a esta pregunta es, nuevamente, NO. Sin embargo, preguntémonos aquí: ¿de qué índole ha de ser la trompeta que hará temblar al pueblo en una ciudad? ¿Tendrá el sonido de la carne o el del Espíritu? ¿Nos reunirá para emprender el retorno a Egipto, para restaurar con medios políticos y aun partidarios los “buenos viejos tiempos”? ¿O lo hará, más bien, para reunirnos con el fin de entrar en Canaán, esto es, de participar de la gloriosa llegada del reino de Dios?

Y, finalmente, aquella que en el marco de esta serie «Cristianos» y de esta carta a ustedes con la que me propuse completarla considero ser, por lejos, la pregunta más importante de todas:

¿Habrá algún mal en una ciudad que no haya hecho Yahweh? (Amós 3:5b)

Me consta, hermanos, que ustedes poseen no poco conocimiento de las cosas del Señor. No dudo, por lo tanto, que ustedes mismos sabrán responder muy bien a esta última pregunta. En otras palabras, ustedes no pueden de ninguna manera ignorar que todo este mal que hoy vemos en nuestras ciudades —aun cuando el mismo sea, de hecho, implementado por el diablo y sus acólitos— proviene, en última instancia, del propio Yahweh, es decir, del propio Señor Jesucristo, es decir, de aquel que al momento de comisionar a sus discípulos como apóstoles les dijo, en términos nada ambiguos: "toda autoridad me es dada en el cielo y sobre la tierra" (Mateo 28:18). Nunca perdamos de vista, antes de dar algún paso, la verdadera implicancia y el verdadero alcance de estas palabras suyas...

Tengamos cuidado, por lo tanto, de no hacer causa común con aquellos que se recuestan sobre el apelativo “cristiano” —un mero mote religioso— sin conocer, en muchos casos, en lo absoluto al Señor. No se confundan; los tales sólo sueñan con hacer de Egipto un lugar nuevamente habitable a fin de prolongar su estadía en él lo más que les sea posible. Estos no sabrían muy bien qué hacer al momento de tener que administrar justicia en el reino de Dios y de su Cristo, pues no han sabido ni saben ir mucho más allá de cierta habilidad para asar la carne en sus parrillas domingueras, a su regreso de las reuniones donde creen rendir culto a Dios. Es por el apego de los tales a llamarse y a ser llamados "cristianos" que en la primera parte de esta serie he aplicado al ídolo que esconde dicho apego aquellas palabras que, a manera de bravuconada, el rey de Asiria dirige por boca de su vocero al rey Ezequías:

He aquí que te confías en este bastón de caña astillada, en Egipto, sobre el cual, si se apoyase alguno, se le adentrará en la mano y la perforará: así es Faraón, rey de Egipto, y todos los que confían en él. (2 Reyes 18:21; Isaías 36:6)

Finalmente, les recuerdo con toda la solemnidad de la que soy capaz que nadie podrá entrar en el reino de Dios sin seguir a pie juntillas esta directiva del Señor, a la cual todos estos "cristianos" verdaderamente detestan y a la que, por lo tanto, le buscan alguna cláusula atenuante que ciertamente no posee:

Ustedes oyeron que fue dicho “amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pero yo les digo: amen a sus enemigos, bendigan a los que los maldicen, hagan bien a los que los odian y oren por los que se abusan de ustedes y los acosan, para que sean ustedes hijos de su Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y que hace llover sobre justos e inicuos. Porque si aman a aquellos que los aman a ustedes, ¿qué recompensa tendrán? ¿No hacen también lo mismo los recaudadores de impuestos? Y si desean el bienestar solamente a sus hermanos, ¿qué es lo que están haciendo de más? ¿No hacen también así los paganos? Por lo tanto, sean ustedes perfectos tal como su Padre en el cielo es perfecto. (Mateo 5:43-48)

Creo sinceramente que si seguimos el consejo que el Señor nos da aquí amorosamente, y si lo hacemos con sencillez y con confianza plena en su poder para guardarnos en medio de los muchos peligros y las muchas tribulaciones que hoy nos aquejan, tendremos una amplia entrada en el reino de Dios, el cual nuestro Señor Jesucristo ha obtenido con su propia sangre —tan preciosa como irreemplazable, tan única— y cuya manifestación se encuentra, como bien sabemos nosotros, verdaderamente a las puertas.

Es mucho, en verdad, lo que podría seguir diciendo sobre todo este asunto que motivó esta adenda en forma de carta. Sin embargo, no me parece mal terminarla aquí, no sin antes desearles que el Señor acreciente día a día su entendimiento sobre todas las cosas que hoy nos es vital comprender y entre las cuales, creo yo, se encuentran las que, aunque en forma bastante esquemática, he abordado en esta carta.

Que la gracia de Dios el Padre y del Señor Jesucristo esté con ustedes.

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