El juicio comienza por la casa de Dios (adenda)

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Tal como ocurre con aquello que en el ámbito del derecho se conoce como la doctrina del fruto del árbol envenenado, la fusión del mundo occidental con las Escrituras bajo las formas del imperio romano y de sus sucedáneos, a través de los siglos y a ambos lados del Atlántico, parece haber viciado de raíz su legitimidad a la hora de considerarse un fiel transmisor de las enseñanzas de Jesucristo y el heredero natural del reino de Dios. ¿Qué es lo que en verdad decide sobre este asunto? ¿Y en qué irá a parar el mismo en estos últimos días?


 

Contrariamente a mi costumbre de citar de la Wikipedia, debido, principalmente, al hecho de que la manipulación de la que es objeto en referencia a ciertos temas no la hace una fuente fiable, en el caso presente haré una excepción y citaré aquí el siguiente fragmento del párrafo introductorio de la entrada correspondiente a la así llamada «doctrina del fruto del árbol envenenado»:

La doctrina del fruto del árbol envenenado o fruto del árbol venenoso hace referencia a una metáfora legal empleada en algunos países (al menos en Argentina, Colombia, España,Estados Unidos, México y Venezuela) relacionado con la valoración de la prueba en un proceso penal, que consiste en desestimar cualquier medio probatorio obtenido por vías ilegítimas. La lógica de la frase es que si la fuente de la prueba (el «árbol») se corrompe, entonces cualquier cosa que se gana de él (el «fruto») también lo está, es decir, si a través de medios ilegales se obtiene una prueba y, a su vez, esta conduce a obtener otras, todas ellas resultan contaminadas por la ilegalidad de la primera.

Creo que la metáfora que ha dado nombre a esta doctrina del fruto del árbol envenenado es ideal para ilustrar aquí qué es lo que en verdad ha ocurrido con las enseñanzas de Jesucristo y con las buenas nuevas del reino de Dios en el mundo occidental a lo largo de estos últimos dieciséis o diecisiete siglos, si es que tomamos como punto de inicio la promulgación del Edicto de Milán por parte del emperador Constantino en el año 313 de nuestra era, el cual dio por finalizada la proscripción del cristianismo en el ámbito del imperio. Por mi parte, creo que si me fuese lícito comenzar por el final, debería decir que todo el proceso del cristianismo en el mundo occidental —desde este hito que acabo de mencionar hasta el último engaño del último predicador de la trasnoche de la TV— puede resumirse en las siguientes palabras del profeta Habacuc:

¡Ay del que construye una ciudad con sangre y del que funda una ciudad sobre la iniquidad! Vean: ¿no procede acaso esto de Yahweh de los ejércitos? Por lo tanto, los pueblos se esforzarán para el fuego y las naciones se fatigarán en vano... (Habacuc 2:12,13)

El libro de la visión del profeta Habacuc habla de un misterioso grupo que estaría entre nosotros al final de la era y al que Dios llama, sencillamente, los caldeos. Sin embargo, no es a estos a los que se refieren las palabras que acabo de citar, sino, antes bien, al propio pueblo de Dios, el cual —también— está simbolizado aquí por su antiguo pueblo de Israel. Precisamente, la carga profética de Habacuc nos dice de manera muy clara que el cúmulo de iniquidades dentro del pueblo de Dios traería sobre éste, al final de la era, a este misterioso pueblo de los caldeos, el cual haría burla de los reyes y convertiría a las naciones en lugares donde reinaría el caos. Y así, sería por mano de ellos que Dios volvería a la humanidad, siquiera por un tiempo, como una parte de su juicio, "como peces del mar, como reptiles que no tienen gobernante" (Hab. 1:14).

Ahora bien, indudablemente, el Occidente cristiano ha sido el encargado de llevar al resto de los pueblos del mundo las buenas noticias acerca del Dios que lo ha creado todo y que no ha escatimado ni tan siquiera a su Hijo unigénito para reconciliarse con toda la humanidad. Sin embargo, cabe plantear aquí dos preguntas fundamentales: el mensaje transmitido por el mundo occidental, ¿ha sido en verdad fiel al evangelio de Jesucristo?; y también, algo no menos importante: ¿ha sido llevado, dicho mensaje, con la debida santidad que el mismo exige y que, de hecho, le es implícita? Pienso que en ambos casos la respuesta es NO. Nótese, en tal sentido, de qué manera ha expresado el propio Señor Jesucristo su mandato a los discípulos para que llevasen las buenas nuevas a las naciones:

Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y sobre la tierra. Vayan, por lo tanto, y hagan discípulos a todas las naciones […] enseñándoles a observar todo lo que yo les he mandado a ustedes. Y he aquí que yo estoy con ustedes hasta el fin de la era… (Mateo 28:18-20)

Pregunto yo: "todo lo que yo les he mandado a ustedes", ¿no incluye, también, enseñanzas como la de "no resistan al que es malo" (Mateo 5:38)? Y así, a lo largo de los siglos, los imperios occidentales —desde el imperio romano hasta el norteamericano—, y las diversas formas del cristianismo que les han sido propias —desde el catolicismo con sede en Roma hasta el evangelismo del llamado cinturón bíblico del sudeste de los Estados Unidos— han creído cumplir a pie juntillas con aquella comisión del Señor a sus discípulos. Pero este ha sido y es un malentendido, pues nunca lo han hecho observando "todo lo que yo les he mandado a ustedes", ¿o sí? Es, creo yo, debido a la ceguera que este mismo malentendido ha provocado que nadie parece entender hoy advertencias como la que encontramos en el libro de Habacuc.

Digamos, a manera de atenuante de la historia de sangre e iniquidad y de iniquidad y sangre del Occidente cristiano, que todo ello ha sido previsto en el plan de Dios. A tal punto es esto así, que hace unos tres mil quinientos años Dios ordenó a Moisés componer un cántico que serviría de testimonio a su pueblo en los últimos días. Y fue el propio Moisés quien, antes de entonar este cántico profético ante el pueblo dijo sin más a este:

Congréguenme a todos los ancianos de sus tribus y a sus oficiales y hablaré en sus oídos estas cosas, llamando por testigos al cielo y a la tierra. Porque sé que después de mi muerte ustedes se corromperán y se apartarán del camino que les he mandado y que atraerán el mal sobre ustedes en los últimos días por haber hecho el mal ante los ojos de Yahweh, provocando su ira con la obra de sus manos… (Deuteronomio 31:28,29)

Sería, por lo tanto, recién en los últimos días que el mal vendría sobre el pueblo de Dios. Quien desee tener alguna idea de los términos en los que dicho mal se desataría sobre su pueblo desobediente, contradictor e inclinado a las cosas malas, sólo deberá echar un vistazo al pasaje que, en aquel mismo libro, antecede a estas palabras de Moisés que acabo de citar. Dicho pasaje se encuentra en Deuteronomio 28:15-68: quien esté demasiado habituado a guiarse por los títulos que los editores modernos de la Biblia han agregado al texto, podrán encontrarlo, de hecho, bajo el título “Consecuencias de la desobediencia”…

Ahora bien, pregunto yo: puesto que todo este mal vendría sobre el pueblo de Dios en los últimos días —es decir, en los últimos días de la era presente, es decir, en los nuestros—, ¿cómo es que hoy algunos de los que dicen conocer el plan de Dios y comprender bien hasta qué punto dicho plan refleja toda su sabiduría, cómo es, digo, que los tales ven para el mundo occidental una suerte de transición hacia el reino de Dios en la que gran parte de los testimonios de sus siervos, a lo largo de todas las Escrituras, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, han previsto para nuestros días? Menciono especialmente a estos últimos, ya que, el resto de los cristianos de hoy suele sentarse confiado sobre un engaño que muchos de sus líderes les han inoculado en la forma de la doctrina que lleva el nombre del «arrebatamiento de la iglesia» —doctrina que ha cristalizado hace más o menos un siglo en ese pozo envenenado al que se conoce como la Biblia de Referencia Scofield—, o bien, como en el caso de los católicos, parece ignorar voluntariamente que no solamente habrá un final para esta era, sino que el mismo ya se encuentra visible en el horizonte.

Sin ningún lugar a dudas, serán muchos los que estén tentados a pensar que mi lectura de las Escrituras es un tanto extemporánea; y esto, acaso, en las dos acepciones de este término. ¿Qué diré a los tales? ¿Y cómo es que leen ellos, por su parte, a los profetas? Porque yo lo hago ciñéndome estrictamente a estas palabras dichas por el apóstol Pedro a los destinatarios de su primera carta:

Acerca de esta salvación han inquirido e investigado ansiosamente los profetas que profetizaron sobre esta gracia destinada a ustedes, indagando qué cosa en qué clase de tiempo señalaba en ellos el espíritu del Cristo, el cual de antemano testimoniaba acerca de las vicisitudes del Cristo y de la gloria que les seguiría. A ellos les fue revelado que no era para sí mismos, sino para nosotros que administraban las cosas que ahora les son declaradas a ustedes por los que anuncian las buenas nuevas mediante el espíritu santo enviado desde el cielo, cosas para mirar en las cuales los ángeles se asoman. (1 Pedro 1:10-12)

Y luego, también, a estas otras palabras del apóstol, consignadas, esta vez, en su segunda carta:

Tenemos la palabra profética más confirmada, a la cual ustedes hacen bien en prestar atención como a una lámpara que alumbra en un lugar oscuro hasta que el día esclarezca y el lucero del alba asome en sus corazones, sabiendo primeramente esto: que ninguna profecía de las Escrituras se interpreta a sí misma, porque la profecía en ningún tiempo fue traída por la voluntad humana, sino que fue declarada por hombres de Dios movidos por el espíritu santo. (2 Pedro 1:19-21)

No era, por lo tanto, ni para sí mismos ni para sus contemporáneos que los profetas dejaron registradas sus declaraciones por escrito, declaraciones que fueron, todas ellas, inspiradas por el mismísimo espíritu de Dios. ¿Para quiénes serían entonces? ¿Para los apóstoles y sus contemporáneos, hace casi dos mil años, cuando aún faltaban unos catorce siglos para el descubrimiento de América? ¿Deberé acaso recordar nuevamente que Moisés situó el momento en que el mal vendría sobre el pueblo de Dios en los últimos días de esta era? ¿Acaso no era él un profeta? Veamos, en todo caso, a fin de clarificar este asunto, lo que nos dicen las últimas palabras del Deuteronomio, palabras que han debido completar otros, ya que Moisés, su autor, ya había muerto sobre el monte Nebo, donde el propio Yahweh lo sepultó:

Y no volvió a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien Yahweh conociera cara a cara, con todas las señales y los portentos que Yahweh lo enviara a hacer en el país de Egipto, a Faraón, a todos sus siervos y a todo su país y con toda la mano fuerte y todas las cosas temibles y grandiosas que Moisés hiciera ante los ojos de todo Israel. (Deuteronomio 34:10-12)

Yo he visto y aún veo, con mis propios ojos, que pese a tantas indicaciones que nos han dado el Señor Jesucristo, sus profetas y sus apóstoles —desde Moisés hasta Juan, desde el Génesis hasta el Apocalipsis— muchísimos cristianos de hoy aún se recuestan sobre lo que podríamos llamar aquí el "legado occidental", un legado que poco tiene que ver con el espíritu de Dios, al punto que puede aplicarse aquí aquel refrán que surgió en tiempos del rey Saúl cuando este se puso a profetizar, despojado de sus ropas, entre una compañía de profetas: "¿También está Saúl entre los profetas?" (1 Samuel 10:11 y 19:24). Todos ellos son, a mi entender, los nuevos destinatarios de estas palabras que Pablo dirigió a los santos de Galacia que estaban sucumbiendo a las enseñanzas farisaicas y judaizantes de algunos que se habían infiltrado entre ellos para destruir su fe:

¡Gálatas estúpidos! ¿Quién los embrujó a ustedes, ante quienes Jesucristo había sido ya claramente presentado como crucificado, para no obedecer a la verdad? Sólo quiero saber de ustedes lo siguiente: ¿recibieron el Espíritu por las obras prescriptas por la ley o por el oír con fe? ¿Están ustedes a tal punto sin entendimiento que habiendo comenzado por el Espíritu van a terminar por la carne? (Gálatas 3:1-3)

La sal verdaderamente ha perdido su sabor

El primer artículo aparecido en este blog el pasado abril lleva por título «La sal ha perdido su sabor». En él me encargo de comentar un audio compartido en la Web por la española Pilar Baselga en el que esta se preguntaba por qué quieren destruir el cristianismo. Lo hacía, desde luego, con un interés más cultural y político que espiritual, mirando las cosas humanas en lugar de las cosas de Dios. No me sorprende, por lo tanto, que llegase a una conclusión errada sobre lo que hoy está ocurriendo en Occidente con el cristianismo ni, por lo tanto, que la esperanza que intentaba transmitir a sus oyentes estuviese fundada sobre arenas movedizas. Como digo al final de aquel primer artículo, la respuesta que nos da el espíritu de Dios sobre todo lo que hoy se padece en Occidente es muy diferente a la que ensaya la escritora española en el audio de marras. Dicha respuesta cabe en estas pocas palabras que Jesús dirigió a quienes lo escuchaban hace casi dos mil años:

Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada? Ya no sirve para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres. (Mateo 5:13)

Hoy nosotros utilizamos la sal principalmente para dar sabor a los alimentos; sin embargo, en los días de Jesús, su función era ante todo la de preservarlos de la descomposición. De hecho, el verbo griego que en la mayoría de las biblias suele traducirse aquí en base al concepto de “volverse insípido” tiene sólo secundariamente este sentido, siendo su acepción la de “ser o volverse loco o estúpido” o bien la de “actuar o hablar estúpidamente”. Esto es, de hecho, lo que a lo largo de los siglos ha ido ocurriendo con el mundo cristiano y con quienes lo integran.

Hoy, en efecto, son los propios cristianos los que comienzan a sentirse afectados por su propia corrupción, alimentada durante siglos por las falsas doctrinas con las que sus líderes han querido conducirlos “al cielo”, cuando en verdad no han hecho casi otra cosa que alejarlos cada vez más de la verdad. ¿Y cuál iba a ser el resultado último de todo este proceso de siglos sino la descomposición de las sociedades occidentales y, como resultas de esto, el pisoteo de los propios cristianos por parte de sus coetáneos? Es preciso comprender que las filas de quienes aborrecen al cristianismo suelen engrosarse precisamente con quienes han ido abandonando su propio legado cristiano, al que consideran a la vez incomprensible, cruel e hipócrita. Y aunque algo de todo esto bien podría ser —y, de hecho, es— el resultado de la difamación y de la manipulación de las masas por parte de quienes cuentan con los medios suficientes para orquestarlas, ¿vamos acaso a negar la parte de realidad que tal percepción posee?

No ignoro que ante el panorama actual del cristianismo en Occidente y de mis palabras en este escrito, alguno podrá preguntarse: ¿dónde está, en todo esto, la voluntad de Dios? ¿Es que acaso han sido en vano estos casi dos mil años transcurridos desde que el Señor Jesucristo derramó su sangre en la cruz y resucitó? ¿Es que el Señor Jesucristo ha derramado su preciosa sangre en vano, sabiendo de antemano que la inmensa mayoría, no digamos ya de todos los seres humanos, sino incluso de los cristianos, se corrompería hasta el punto de ser pisoteada por aquellos que, a sabiendas o no, se constituyen en enemigos de Dios? ¿Es que acaso Dios se complace en semejante mal?

Nada diré sobre esto a quienes pudiesen formular estas preguntas desde el cinismo y la burla. Pero si alguno se hace estas preguntas sinceramente, con buena voluntad, sepa el tal que Dios no se complace en el mal, pero que el desarrollo de su propósito —su plan— indudablemente lo contempla. Los cristianos, sin embargo, para su propia vergüenza y confusión, ignoran esto por completo. Y lo ignoran porque sus propios líderes los han estado alimentando demasiado tiempo con leche. Esto, claro, en el mejor de los casos, pues no son pocos los que hoy son alimentados con diversos venenos destilados en los laboratorios de religión de las élites.

Ahora bien, ¿acaso podrá desarrollarse plenamente un ser humano que pasase toda una vida alimentándose únicamente a base de leche? ¿Qué nos dicen sobre esto las Escrituras? Veamos lo que escribiera el apóstol Pedro aquellos santos del Asia Menor que eran nuevos en la fe del Cristo:

Como bebés recién nacidos, aspiren a la leche espiritual no adulterada, de manera de que crezcan por ella… (1 Pedro 2:2)

La leche espiritual no adulterada es, por lo tanto, aquello a lo que deben aspirar los recién nacidos en el Cristo. Y sin embargo, he aquí lo que Pablo dice sobre este mismo asunto a los santos de Corinto:

Yo, hermanos, no he podido hablarles a ustedes como a espirituales, sino como a carnales, como a bebés en Cristo. Les di leche y no carne, porque no eran capaces de digerirla. Ni aun ahora son capaces, porque todavía son carnales. Porque al haber entre ustedes celos, contiendas y disensiones, ¿no son carnales y se comportan humanamente? (1 Corintios 3:1-3)

La leche, entonces, es buena siempre y cuando sean bebés aquellos a los que se les suministra. Sin embargo, es esperable que, a medida que transcurre el tiempo y se produce un crecimiento, la leche sea reemplazada por alimento sólido. ¿Cuál es, sin embargo, el caso general que nos presenta el autor de uno de los libros más profundos de todo el Nuevo Testamento, el cual se refiere al misterio del reino de Dios?

Sobre esto tenemos muchas cosas para decir que son difíciles de expresar, viendo que ustedes son lentos de oído. Ya que después de tanto tiempo, cuando deberían ser ya maestros, necesitan ustedes que se les vuelva a enseñar las cosas elementales, primarias de los asuntos de Dios, y han llegado a ser tales que tienen necesidad de leche y no de alimento sólido. Y todo el que participa de leche es inexperto en materia de justicia, ya que es un niño; pero el alimento sólido es para los maduros, para aquellos que por el hábito tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y el mal… (Hebreos 5:11-14)

El resultado general de todo esto es, entonces, en el presente, según yo lo veo, el descripto por estas palabras del profeta Jeremías:

Yo dije: “Evidentemente, estos son los de abajo, se han vuelto estúpidos por no haber reconocido la conducta de Yahweh, el juicio de su Dios. Me dirigiré a los que son importantes y les hablaré a ellos, porque ellos sí conocen la conducta de Yahweh, el juicio de su Dios”. Sin embargo, ¡también estos habían quebrado al unísono el yugo y roto las ligaduras! (Jeremías 5:4,5)

Y así, los cristianos de nuestros días no conocen la manera de conducirse de Jesucristo ni el juicio de su Dios. En muchos casos, ni siquiera se trata de que ignoren los esbozos del plan perfecto que su Dios ha trazado para toda la creación, ¡sino que ignoran que este tenga un plan en lo absoluto!

En verdad, Dios ha desplegado su plan en las Escrituras para que aquellos que tienen entendimiento eviten, mediante una conducta fiel y agradable a Su espíritu, las partes más ríspidas y amargas de dicho plan, reservadas, precisamente para los impíos, los burladores y aún los simplones de su pueblo. De ahí lo que nos dice el proverbio:

El avisado percibe el mal y se esconde, los simplones pasan y son castigados (Proverbios 27:12)

Esto es, entre otras cosas, lo que nos dice Moisés con el cántico que Yahweh le ordenó transmitir por adelantado a aquellos de su pueblo que se hallaban junto a él en aquel día, del lado oriental del Jordán. En él hay, de hecho, un pasaje que parece pasar completamente desapercibido para los cristianos de hoy en nuestras sociedades occidentales. De ahí que muchos de entre ellos consideren justo el hacer causa común a fin de “defender al Occidente y sus valores”; y de ahí, también, que lo hagan creyendo que Dios bendecirá su empresa. He aquí el pasaje al que me refiero, en el que Dios exclama lo siguiente respecto de su pueblo en el final de la era:

¡Ojalá se hicieran sabios y barruntaran estas cosas, pues entenderían así su final! ¿Cómo, de hecho, uno perseguiría a mil y dos pondrían en fuga a diez mil si no fuese que su Roca los ha vendido, que Yahweh los ha encerrado? (Deuteronomio 32:29,30)

E Isaías, unos ochocientos años después de Moisés, dice otro tanto a quienes por designio de Dios hemos venido a nacer en estos últimos días:

Así dice Yahweh: “¿Dónde está la escritura de divorcio de su madre, con la cual yo la repudié? ¿O a quién de entre mis acreedores los he vendido yo? Vean: ¡por sus iniquidades son ustedes vendidos, y por sus transgresiones ha sido repudiada su madre! ¿Por qué vine y no había nadie, llamé y nadie respondió? ¿Se ha acortado mi mano para redimir? ¿Acaso ya no tengo fuerza para librar? Vean: ¡con mi reprensión hago secar un mar y pongo ríos como un desierto, sus peces se pudren por falta de agua y mueren de sed; visto el cielo de negrura y le pongo cilicio de cobertura!” (Isaías 50:1-3)

Y más atrás en aquel mismo libro de Isaías tenemos esta otra declaración:

Porque así dice el Señor Yahweh, el Santo de Israel: “En arrepentimiento y en humildad serán ustedes rescatados; en la calma y en la confianza estará su fuerza”. Pero ustedes no lo quisieron así, de manera que dicen: ‘¡No, sino que huiremos a caballo!’ Por lo tanto, ustedes huirán. ‘¡Cabalgaremos sobre montura veloz!’ Por lo tanto, se harán veloces sus perseguidores: un millar huirá frente a la reprensión de uno! ¡Frente a la reprensión de cinco huirán ustedes hasta que queden como el mástil en la cima del monte y como la bandera sobre la colina. Por lo tanto, Yahweh esperará para tener misericordia de ustedes; y, por lo tanto, se exaltará al tener misericordia de ustedes. Porque Yahweh es un Dios de juicio justo. ¡Dichosos todos los que esperan en él!” (Isaías 30:15-18)

Tenemos, por lo tanto, aquí, tres testimonios ciertísimos del espíritu de Dios que nos dicen que en los días previos al final de esta era Yahweh habría de vender a su pueblo en mano de sus enemigos y que, al mismo tiempo, ofrecería una vía de salida fundada en el arrepentimiento y en la humilidad. Y sin embargo, ¿no nos dicen también estos testimonios que en lugar de optar por dicha vía de salida, la mayoría de su pueblo preferiría hacer las cosas a su modo? Esto es lo que, en definitiva, dicen las últimas palabras del capítulo cincuenta de Isaías, del que vengo de citar más arriba y en al que el Señor dice claramente haber vendido a su pueblo a causa de sus iniquidades. Es, desde luego, nuevamente Yahweh quien aquí se dirige a los que de entre su pueblo aún se siguen complaciendo en sus propias maneras de “seguirlo”:

¡Helos aquí a todos ustedes, los que encienden fuego, los que se rodean de fogatas! ¡Caminen, por lo tanto, a la luz de su propio fuego y de las fogatas que encendieron! Con ustedes sucederá esto: ¡yacerán en la aflicción! (Isaías 50:11)

El multiforme fuego de Dios hoy está sobre Occidente

En otro de los artículos aparecidos aquí, al cual quizás algún distraído podría acaso juzgar, debido a su título, como meramente coyuntural (me refiero a «La conflagración de Notre-Dame»), decía yo lo siguiente:

Como ejecutor todopoderoso de su propio plan perfecto, Dios cuenta con una gran economía de recursos. Su propia palabra nos dice en más de una ocasión que Dios es un “fuego consumidor”. Ahora bien, lejos de la grosera imagen del fuego infernal que los cristianos se han pintado primero a sí mismos y que han obligado luego a contemplar al resto de los mortales, el de Dios es un fuego multiforme que se ha vuelto a posar sobre las naciones y los gobiernos para dar cumplimiento cabal a la misión que antaño encargara al profeta Jeremías, a saber, la de “arrancar y destruir, arruinar y derribar, edificar y plantar…” (Jeremías 1:10)

“El multiforme fuego de Dios”: ¿cómo hemos de entender esta expresión un tanto sui generis que utilicé en los días posteriores al incendio de la catedral de Notre-Dame de París en el contexto de estas líneas que publico hoy aquí? Ya que, aunque es mucho lo que podría decirse acerca de todos estos siglos de cristianismo en Occidente, lo sustancial de este asunto hoy es que el fuego de Dios hoy se posa sobre su propio pueblo, el cual, ciertamente, ha dado a luz, en términos históricos, a la civilización occidental y ha sido, al mismo tiempo, formado por esta. Somos, entonces, nosotros los que deberíamos hacer nuestras estas palabras del libro de las Lamentaciones:

Nuestros ancestros pecaron y ya no están, y nosotros cargamos con sus iniquidades… (Lamentaciones 5:7)

¿Serán acaso estas palabras demasiado duras para algún oído? ¿Son una evaluación acaso demasiado dura del "glorioso" pasado del Occidente cristiano? Pero es aquí, precisamente, donde debe recordarse que nadie que mire hacia atrás luego de haber puesto la mano sobre el arado es apto para el reino de Dios (Lucas 9:62).

Hay, es cierto, otro grupo entre nosotros, un grupo que crece día a día gracias al titánico efecto que en quienes lo integran causa el aparato de propaganda de los sistemas de educación y de comunicación de masas que poseen los enemigos de Dios, aquellos mismos enemigos en mano de los cuales Dios, el Dios nuestro, nos ha vendido desde hace ya tiempo. ¿Quiénes son los que integran dicho grupo? A estos se ha referido, también, el apóstol Pedro, cuando dijo:

En los últimos días vendrán burladores que, comportándose de acuerdo a sus propios deseos, dirán: “¿Dónde está la promesa de su venida? Porque desde el día en que murieron nuestros ancestros todo permanece igual que en el día de la creación.” (2 Pedro 3:3,4)

¿No son estos nuestros propios padres y madres, nuestros propios hermanos y hermanas y nuestros propios hijos e hijas carnales? ¿Y no son, también, nuestros propios amigos de la infancia? ¡Nunca olvidemos esto! Ni aún en el caso en que nos hostigaran por no dar rienda suelta a los deseos carnales que compartimos, a veces, con ellos y a los que decidimos morir para tener una feliz entrada en el reino de Dios. Debemos ver este asunto con sabiduría y sobre todo con genuino amor, con la esperanza de que algunos de ellos vayan finalmente a entrar en el reposo que el reino de Dios traerá a su pueblo. Según yo lo entiendo, este y no otro es el sentido de aquella parábola que el Señor Jesucristo dirigió a los escribas y a los fariseos en los días previos a su crucifixión en Jerusalén:

Un hombre tenía dos hijos. Y acercándose al primero, le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña”. Pero éste le respondió: “No quiero”. Sin embargo luego, arrepintiéndose, fue. Ahora bien, acercándose al segundo, le dijo de igual manera. Y éste le dijo: “Sí, señor, iré”, pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre? (Mateo 21:28-31)

Y al responder los escribas y los fariseos que era el primero de aquellos hijos quien hizo en verdad la voluntad de su padre, ¿qué cosa les dijo Jesús? Veamos:

En verdad les digo que los recaudadores de impuestos y las prostitutas están entrando antes que ustedes en el reino de Dios. Porque Juan vino a ustedes por la senda de la justicia y ustedes no le creyeron. Pero los recaudadores de impuestos y las prostitutas le creyeron. Y ustedes, incluso percibiendo esto, ni tan siquiera se han arrepentido luego para creerle. (Mateo 21:31,32)

¿Y qué cosa es esta parábola del Señor sino la forma didáctica que escogió para transmitir este mensaje que en sus días dictara al profeta Ezequiel?:

Al arrepentirse el justo de su justicia y al cometer iniquidad, morirá por ella; por la iniquidad que cometió, morirá. Y al arrepentirse el transgresor de la transgresión que cometió, haciendo juicio y justicia, hará vivir su alma; puesto que vio y se arrepintió de todas las transgresiones que había cometido, ciertamente vivirá y no morirá. Y dirá la casa de Israel: “No es recto el proceder del Señor”. ¿Mi proceder no es recto? ¿No es el proceder de ustedes el que no es recto? Por lo tanto, casa de Israel, yo juzgaré a cada uno de ustedes según su proceder, casa de Israel… (Ezequiel 18:26-30)

Creo que no será necesario que agregue nada más a este respecto...

En definitiva, para ir concluyendo: a estas alturas deberíamos saber, con plena certidumbre, que toda la histórica pompa hecha de filosofía, de instituciones, de cultura y de prosperidad económica —y pese a haber conservado el cristianismo siempre en su seno las enseñanzas de Jesucristo— el mundo occidental no es el reino de Dios al que "simplemente" ha invadido una horda moderna (o posmoderna) de bárbaros; no bastará, por ende, con que todos estos “bárbaros” sean repelidos por algún medio político humano para que la actual civilización occidental pueda cumplir, ya libre de todo "indeseable", con su supuesto glorioso destino en este final de la era.

Y es que, como he dado a entender en esta serie y especialmente en la presente adenda, a lo largo de su historia, las naciones occidentales han creído dar muchos frutos para Dios, pero todos estos no han sino frutos de un árbol envenenado. Y quienes sucumban a la tentación de creer que el reino de Dios no será más que un continuum en relación con el mundo occidental, ¿no se expondrán acaso al peligro de medirse a sí mismos erróneamente y de mirarse en un espejo que les devolverá una imagen engañosa? ¿No es, de hecho, el propio Señor Jesucristo la regla con la cual deberíamos medirnos? ¿No es acaso él mismo nuestro fiel estándar para medir todo asunto, especialmente en estos peligrosos y angustiantes días que vivimos? ¿Y no fue él quien nos dijo: “sean perfectos como su Padre en el cielo es perfecto”? Ya que, pese a quien pese, es el Señor quien, en definitiva, hoy trae este fuego sobre nuestro mundo a fin de juzgar —esto es, de pesar, de sopesar y de decidir, o sea, de emitir sentencia— quiénes son, exactamente, los que verán, con sus propios ojos y con sus bocas llenas de júbilo, el establecimiento de su reino en nuestros días.

Recibamos, entonces, la acción de este fuego con sabiduría, con humildad y con paciencia.

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