Los últimos días del infierno

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Es harto conocida aquella leyenda que, hace ya unos siete siglos, el Dante colocara sobre el portal de entrada a su «Infierno»: “Abandonen toda esperanza, ustedes, los que entran…” La misma viene a delatar la magnitud del mito que, durante muchos siglos, hombres con una conciencia cauterizada y ávidos del control de las masas adosaron al glorioso nombre de Jesucristo en el mundo occidental. Hoy, cuando el cristianismo mismo se está desmoronando ante la verdad que él mismo opacó durante tanto tiempo, ¿no será hora de terminar de una vez con el más repugnante y blasfemo de sus subproductos?


 

Este artículo responde a una deuda contraída con el lector de este blog, ya que en algunas publicaciones previas he mencionado como al pasar el asunto del infierno, prometiendo dedicarme a su refutación en una oportunidad futura. Sin embargo, por otra parte, debo aclarar que no publicaré aquí una refutación formal ni, mucho menos, exhaustiva del infierno, tanto en términos de su justicia (es decir, de su injusticia) como de su existencia misma. Y es que en verdad no me gusta abordar los asuntos de Dios como lo han hecho tantísimos homini religiosi del cristianismo occidental durante siglos y siglos, recurriendo a interminables tratados acerca de esto o de aquello y perdiendo generalmente de vista lo principal de todo asunto.

Por otra parte, podemos decir con confianza que Dios en verdad desprecia todo ejercicio de elocuencia humana que, con tono de gran autoridad, trate sobre cosas que nadie ha visto ni oído y que, por ende, en última instancia, son grandemente ignoradas. Como suele suceder, ha sido el apóstol Pablo quien dio el tono justo sobre esta última cuestión al citar al profeta Isaías:

Está escrito: “¡Arruinaré la sabiduría de los sabios y reduciré a nada el entendimiento de los entendidos!” (1 Corintios 1:19)

A lo cual agrega:

¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el escritor? ¿Dónde el disertante de esta era? ¿Acaso Dios no ha vuelto estúpida a la sabiduría de este orden de cosas presente? […] ¡Porque lo estúpido de Dios es más sabio que los seres humanos y lo débil de Dios es más fuerte que los seres humanos! Miren, de hecho, su propio llamamiento, hermanos, pues no son muchos de entre ustedes sabios según la carne, ni son muchos de entre ustedes poderosos ni muchos de buena familia, sino que lo estúpido del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios, y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte, y lo que es bajo y menospreciado escogió Dios, y aquello que no es para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Pero es por él que están ustedes en Cristo Jesús, el cual nos fue hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención, para que, tal como está escrito: “El que se jacta, que se jacte en el Señor”. (1 Corintios 1:20,25-31)

Estas últimas palabras de Pablo son la glosa de un pasaje del libro del profeta Jeremías que sería bueno citar aquí, ya que resulta ser un excelente punto de partida (y diría que también de llegada) a la hora de auscultar la abominable, repugnante y blasfema doctrina del infierno sobre la que he escuchado a tantos hombres hablar con tanta jactancia humana, brotada directamente de su mente carnal. Dice, en efecto, el Señor por medio del profeta Jeremías:

No se jacte el sabio de su sabiduría, ni se jacte el vigoroso de su fuerza, ni se jacte el rico de su riqueza, sino que de estas cosas se jactará el que se jacte: de entenderme y de conocerme a mí. Pues yo soy Yahweh, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra, ya que es en estas cosas que yo me deleito… (Jeremías 9:23,24)

¿Comprende acaso el lector que es Dios mismo quien nos dice aquí, sin ninguna sombra de duda ni nada que se le parezca, que su deleite consiste en hacer misericordia, juicio y justicia en la tierra? ¿Comprende el lector, asimismo, que Dios no cambia, que Jesucristo es el mismo “ayer, hoy y por las eras” (Hebreos 13:8)? Todo esto quiere decir que Jesucristo siempre se deleitó y siempre se deleitará en hacer misericordia, juicio y justicia en la tierra.

Sin embargo, no ha sido ni es así con todos los campeones y defensores del infierno de la historia del cristianismo, desde el cartaginés Tertuliano hasta el texano John Hagee, pasando, claro está, por todos los papas, por todos los patriarcas de las diversas iglesias ortodoxas, por Lutero y por Calvino; pasando, también, por artistas y poetas europeos tan disimiles como el Dante, El Bosco y Milton. Se diría que todos ellos, lejos de complacerse en aquellas cosas que Aquel al que han llamado y llaman su Dios señala claramente como su deleite, se han entusiasmado más bien con lo contrario: no con la misericordia, sino con la crueldad; no con el juicio, sino con la arbitrariedad; no con la justicia, sino con la iniquidad…

¿Dónde, en efecto, se iría a encontrar la misericordia en el infierno, del cual es una parte constitutiva la tortura eterna, infinita? ¿No sería el infierno, más bien, en este sentido, el final de toda misericordia? Es esto, sin dudas, lo que ha dictado aquellas palabras que el Dante pusiera a la entrada de su «Inferno»: Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate (abandonen toda esperanza, ustedes, los que entran)...

¿Y qué diremos de su justicia? ¿Puede acaso hablarse de la justicia del infierno? Cuando Dios habla de la justicia, se refiere a su propia justicia según se la encuentra en las leyes, ordenanzas y estatutos que integran su instrucción; y esto, además, según un entendimiento espiritual de dicha instrucción. Sin embargo, aun si se considerase sola y exclusivamente el sentido literal de la ley de Dios según se lo encuentra en algunos de los libros de Moisés, no resulta muy complicado notar que la pena impuesta por una transgresión a la ley siempre encaja con dicha transgresión, la cual, de hecho, es siempre considerada como una deuda [1] ante la ley. Veamos, por ejemplo, qué dice la ley de Dios acerca del falso testimonio:

No se levantará un único testigo contra un hombre respecto de cualquier iniquidad o pecado. Respecto de cualquier pecado que este hubiese cometido, es por boca de dos testigos o por boca de tres testigos que se establecerá todo caso. Cuando se levantase un testigo falso contra un hombre para informar que este ha violado la ley, se presentarán aquellos dos hombres que mantienen la controversia ante Yahweh, ante los sacerdotes y ante los jueces que hubiese en aquellos días. Y los jueces inquirirán cuidadosamente; y si ocurriese que el testigo es falso y ha acusado falsamente a su hermano, harás con él exactamente como él había tramado hacer con su hermano, quitando así el mal de en medio de ti. Y aquellos que queden oirán y sentirán temor; y no volverán a hacer un mal semejante en medio de ti. Y tu ojo no se apiadará: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie. (Deuteronomio 19:15-21)

El sentido de esta disposición en la ley de Yahweh es bastante claro. En ella, el hombre que se hubiese propuesto infligir un mal sobre otro hombre acusándolo falsamente de violar la ley con la intención de utilizar al sistema de justicia como involuntario brazo para hacerle daño, no sólo debía ser castigado con la pena correspondiente a la falta por la que imputó falsamente al inocente, sino que ello habría de servir de disuasión para el resto de los integrantes de la comunidad, de manera que a nadie se le ocurriese proceder en la misma forma. Si la pena que cabía a dicho crimen era la muerte, la misma debía ser aplicada al testigo mentiroso; si, en cambio, la pena correspondiente era la de hacer restitución doble o triple de algún bien sustraído, tal sería, también, la pena que cupiese al que había elevado la falsa acusación ante los jueces.

¿Qué es lo que ocurre, en cambio, con el infierno que la mente carnal de tantos cristianos ha imaginado y cuyas bocas han pregonado a lo largo de los siglos? En este, la eternidad hace tabula rasa y equipara al más grave de los crímenes con el más leve. No debemos olvidar, en efecto, que la eternidad forma parte inseparable de esta doctrina del infierno, debido, mayormente, a una muy mala lectura de algunas palabras hebreas, arameas y griegas que se encuentran en las Escrituras. En un malentendido semejante es que se sustenta, por ejemplo, el siguiente pasaje del Catecismo de la Iglesia Católica que pretende hacer de la creencia en el infierno una conditio sine qua non de la salvación de los hombres:

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno". La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.[2]

Si cotejamos este pasaje con los testimonios registrados en las Escrituras, todo él constituye un sinsentido tan grande, un absurdo tan manifiesto que, de no ser por la enorme maldad que demuestra, sólo podría provocar aquello que solemos llamar vergüenza ajena. El mismo contradice groseramente lo dicho en incontables pasajes de las Escrituras, en las cuales, sin embargo, la Iglesia Católica dice tener su fundamento último. ¿Pero será suficiente el declarar de palabra un estricto acuerdo con los testimonios de las Escrituras cuando en los hechos se los contradice tan flagrantemente?

Por mi parte, no me dedicaré aquí a a analizar este pasaje por completo. Sin embargo, a fin de sustanciar lo que aquí sostengo respecto de la insalvable contradicción que estas palabras guardan respecto de los testimonios de las Escrituras, simplemente citaré unas palabras que el apóstol Pablo dirigió a los atenienses que en una ocasión se habían reunido en el Areópago a escuchar su anuncio del evangelio de Jesucristo. Dijo a estos Pablo:

Los tiempos de [la] ignorancia, Dios los ha pasado por alto. Pero ahora manda a todos los seres humanos que se arrepientan, pues ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia por medio de aquel varón al que ha designado, de lo cual ha dado fe resucitándolo de entre los muertos. (Hechos 17:30,31)

"Pero ahora ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia..." Dicho día referido por Pablo, en el que Jesucristo juzgará al mundo entero con justicia, se encuentra intrínsecamente vinculado con la resurrección de todo ser humano que alguna vez haya habitado sobre la tierra. Se trata, por lo tanto, de algo que aún no ha ocurrido, ya que, de hecho, tampoco han dejado de nacer seres humanos sobre la tierra. ¿Cómo es, entonces, que la Iglesia Católica enseña que los supuestos condenados a este también supuesto infierno “descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno”? ¿Cómo puede cualquier pena anteceder en el tiempo al juicio en que la misma ha de imponerse? ¿Es que los católicos no creen en las palabras dichas por Pablo, quien habló inspirado por el espíritu de Dios? ¿O es que acaso creen que el juicio del que Pablo nos habla es más bien la parodia de un juicio, no mucho más que una burla del Creador, quien —pese a lo dicho por el apóstol— en realidad hace efectivas las penas de aquellos a los que condena antes de que tenga lugar cualquier juicio, sin esperar en lo absoluto el debido proceso que exige todo juicio conducido en justicia?

En definitiva, la cuestión del infierno delata como ninguna otra que, pese al halo de prestigio histórico dado por la antigüedad de la institución que lo sustenta, el catecismo de la Iglesia Católica no ve problema alguno en contradecir los testimonios del propio espíritu de Dios registrados en las Escrituras. Y como puede verse, al hacerlo incurre en una gran blasfemia, pues sugiere que Dios es un mentiroso y un hipócrita que sencillamente no se atiene a sus propias palabras y a su propia regla. Pregunto yo: ¿será posible incurrir en una falta contra Dios más grave que esta? Creo que no. Esto es algo en lo que todos los campeones y defensores de la doctrina del infierno deberían pensar muy seriamente. ¿No serán ellos, en efecto, los primeros beneficiados de la inexistencia de dicho grotesco sitio y de todas sus torturas? ¿O creerán acaso que algunos cuentan con algún tipo de permiso especial para esparcir sus blasfemias entre los hombres?

La idea que los defensores del infierno tienen de Dios me recuerda a aquella parábola sobre el joven que se fue lejos a recibir un reino y que, antes de partir, dejó a diez de sus siervos a cargo de diez minas para que las administrasen. Al regresar luego de ser coronado rey, aquel hombre convocó a sus siervos para que le rindiesen cuenta de su administración. ¿Qué ocurrió con el último de ellos? He aquí lo que nos dicen las Escrituras al respecto:

Y vino otro, diciendo: “Señor, aquí está tu mina, la cual he tenido guardada en un paño, ya que tuve miedo de ti, por cuanto eres un hombre duro que toma lo que no ha puesto y cosecha lo que no ha sembrado. Entonces él le dijo: “¡Mal siervo! ¡Te juzgaré por tus propios dichos! Sabías que yo soy un hombre duro, que tomo lo que no puse y que cosecho lo que no sembré, ¿por qué, entonces, no pusiste mi dinero en el banco, de manera que, al regresar yo, lo recibiera con los intereses?” (Lucas 19:20-23)

Pongamos esto en claro: tomar lo que uno no puso y cosechar donde uno no sembró lo convierte a uno en un ladrón. Y cuando el rey dice a su siervo "sabías que soy un hombre duro..., etc.", no está dando a este la razón, sino, antes bien, confrontándolo con su propia percepción y con su propia conciencia. En otras palabras, si aquel siervo creía que su señor era un hombre duro y que era un ladrón, ¿por qué, entonces, no actuó en consecuencia y dio también su dinero a los cambistas para que este le rindiese un cierto interés en el tiempo de su ausencia? Desde luego, el préstamo a interés estaba prohibido al pueblo de Dios por la propia ley de Dios. De manera que cuando Jesús atribuye a aquel rey de su parábola con el que se representa a sí mismo aquellas palabras dirigidas a su siervo, lo que en verdad está diciendo es que nuestra boca habla de lo que abunda en nuestra mente (Lucas 6:45) y que, en el caso de algunos de sus siervos, lo que abunda en su mente respecto del carácter de Dios es algo muy parecido a un insulto.

“¡Te juzgaré por tus propios dichos!” Esto es lo que el Señor Jesucristo dirá a muchos que aun van por ahí enseñando sobre Él aquello que es contrario tanto a su carácter como a los testimonios que sobre este y sobre su maravilloso plan de salvación y regeneración de toda la humanidad encontramos en las Escrituras. Y como la gente común cree en verdad que tales hombres les transmiten fielmente el mensaje de Dios, es a ellos que se aplica muy especialmente lo dicho por Pablo en su carta a los romanos, glosando unas palabras del libro del profeta Isaías:

Tal como está escrito: “¡Por causa de ustedes, el nombre de Dios es blasfemado en las naciones!” (Romanos 2:24)

Muchos cristianos ignoran hasta qué punto se han cumplido y aun se cumplen en ellos estas palabras del profeta. En tal sentido, un fogoso expositor de las Escrituras en la Web, en una carta dirigida hace unos años a John Hagee[3], el influyente pastor texano de la cadena evangélica TBN que por entonces predicara un estúpido sermón, pomposamente transmitido desde Jerusalén, decía a este lo siguiente:

Charles Darwin es el “padre de la evolución”. Son pocas las mejoras o cambios que se han hecho a sus premisas originales acerca de la supervivencia de los más aptos o del origen de las especies. Darwin es el hombre más prominente cuando se trata sobre la evolución. Ahora bien, ¿por qué Charles Darwin rechazó a Dios y comenzó esta rebelión global contra Dios y su Palabra que hasta hoy mismo no ha mermado? ¿Era realmente “Dios” aquel contra el cual Darwin se estaba rebelando o eran más bien las “doctrinas impías” de hombres depravados?

 Dice la biografía de Darwin de Gertrude Himmelfarb: “Uno de los pasajes que fue eliminado de la autobiografía explicaba por qué Charles no sólo no podía creer en el cristianismo sino que tampoco quería creer en él. Citando la “detestable doctrina” que condenaba a todos los incrédulos a un castigo eterno, se quejaba de que “esto incluiría a mi padre, a mi hermano y a casi todos mis mejores amigos”, lo cual lo hacía una idea impensable, por no decir que también completamente inmoral. Puede haber razones más sofisticadas para la incredulidad, pero difícilmente podría haber una emocional que fuese más persuasiva.” [4]

Con la gente común ocurre más o menos lo mismo. La sola idea de que sus familiares y amigos queridos pudiesen terminar por toda la eternidad en un lugar tan cruel como este infierno predicado por muchos les resulta imposible de concebir o de sopesar más o menos sostenidamente en su mente debido a lo grotesco de que un Dios que se presenta como el amor personificado pudiese estar detrás de su concepción y de su implementación. De ahí, claro, que la imaginería popular pusiese a administrar aquel lugar al propio diablo. Sin embargo, en su ignorancia, la gente suele razonar más o menos así: "¡Cuánto mejor sería si Dios no hubiera dispuesto las cosas de esta forma! Pero ya que así lo hizo, ¡habrá que aceptarlas o terminar uno mismo en aquel mismo horrendo lugar!" Y bien, ¡hoy vengo a decir a quien sea que lea estas líneas que de ninguna manera Dios ha "dispuesto las cosas de esta forma"! O bien, para decirlo en forma mucho más clara: el infierno no existe.

El «infierno» y el libro de Apocalipsis

El libro de Apocalipsis —último del Nuevo Testamento y, por ende, de la Biblia misma— contiene un mensaje que, por medio de símbolos e indicios, compendia el cumplimiento de todas las cosas declaradas en el resto de los libros que componen las Escrituras, un cumplimiento que, comenzando en los últimos días de la presente era, alcanza su consumación durante el resto de las eras que le siguen. Se trata, por ello mismo, del lugar definitivo donde todas las doctrinas religiosas de los hombres deberían ser medidas y sopesadas, incluyendo, claro está, esta de la ruina eterna de la mayoría de los seres humanos en un lugar fabuloso al que los religiosos cristianos llaman «infierno».

Es en el libro de Apocalipsis donde, de hecho, podemos asistir, en términos simbólicos, a aquel juicio del que el apóstol Pablo hablara a los atenienses y que yo menciono un poco más arriba. Se trata, como tal, de otro testimonio del Espíritu que el catecismo de la Iglesia Católica ha pisoteado sin miramientos en sus dichos sobre el supuesto «infierno». He aquí los términos en los que Juan, el vidente y autor del libro en cuestión, presenta dicho juicio:

Y vi un gran trono blanco y al que se sentaba en él, delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y no se halló lugar para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, frente al trono. Y se abrieron libros; y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida. Y los muertos fueron juzgados por lo que se encuentra escrito en dichos libros de acuerdo con sus acciones. Y el mar entregó a los muertos que estaban en él, y la muerte y el hades entregaron a los muertos que estaban en ellos. Y fueron juzgados cada uno según sus acciones. Y la muerte y el hades fueron echados en el lago de fuego. Esta es la segunda muerte. Y si alguno no era hallado inscripto en el libro de la vida, era echado en el lago de fuego. (Apocalipsis 20:11-15)

No es mi intención referirme aquí al sentido profundo de este o de algún otro pasaje del libro de Apocalipsis, algo que, Dios mediante, haré cuando fuere oportuno. En cambio, si lo traigo a cuento en el contexto de estas líneas, ha sido para mostrar hasta qué punto los traductores de las Escrituras a las lenguas vernáculas europeas a partir del siglo dieciséis —tiempo en el que se suscitara el movimiento de la así llamada Reforma Protestante encabezado por Lutero— y hasta nuestros propios días, han sido parte necesaria de este embuste de siglos llamado «infierno».

Para ello consignaré aquí la traducción de los versículos 14 y 15 del pasaje que acabo de citar tal como se encuentra en la primera edición de la versión española de la Biblia del protestante español Casiodoro de Reina, publicada en 1569 y conocida popularmente hasta hoy como la “Biblia del Oso”. He aquí dicha traducción, de la que sólo he modificado su ortografía original a fin de hacerla más comprensible al lector contemporáneo:

Y la mar dio los muertos que estaban en ella: y la muerte y el infierno dieron los muertos que estaban en ellos: y fue hecho juicio de cada uno según sus obras. Y el infierno y la muerte fueron lanzados en el lago de fuego. Esa es la segunda muerte. (Apocalipsis 20:14,15; Biblia del Oso)

Veamos, en cambio, cómo traduce este mismo pasaje la Reina Valera en su revisión de 1960:

Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. (Apocalipsis 20:14,15; Reina Valera 1960)

Como el lector podrá notar, en esta primera traducción protestante de la Biblia en lengua hispana, no es el hades [5] el que, junto a la muerte, entrega sus muertos y es luego arrojado al lago de fuego, sino el infierno. Sin embargo, luego de siglos y de muchas revisiones de aquella primera edición, el comité revisor de la Reina Valera decidió sencillamente transliterar la palabra original del texto griego ᾅδης (hades) y eliminar la palabra «infierno». Y esto, ¿por qué? Muy probablemente porque alguien, en algún momento del siglo pasado, se dio cuenta de que la traducción publicada en 1569 echaría por la borda —más tarde o más temprano— el mito del infierno al afirmar que su destino no era el de durar por toda la eternidad, sino el de ser echado en este lago de fuego del que nos habla Apocalipsis y que es llamado, tambíén, la "muerte segunda". De manera que al sustituir la palabra «infierno» por «hades», creyeron asegurarse que los lectores del Apocalipsis traspondrían el concepto de «infierno» al mencionado lago de fuego, el cual, en la imaginación de los tales, haría muy bien las veces de nuevo sitio de tormento debido a sus características ígneas. Estas trapisondas sólo podrían explicarse como un intento por prolongar todo lo que fuera posible, dentro del mundo moderno, el influjo de esta doctrina maldita cuya finalidad durante siglos ha sido mayormente la de amedrentar y controlar a las masas.[6]

La doctrina del infierno y su fruto abominable

Creo no exagerar si afirmo aquí que el mundo occidental ha sido en gran medida esculpido con el martillo y el cincel de esta abominable doctrina que aquí me encargo de pulverizar recurriendo a unos pocos de los tantísimos testimonios de la Palabra de Dios que la tornan algo a la vez mentiroso y blasfemo. Y es que, tal como dice el salmista:

Las declaraciones de Yahweh son declaraciones puras, plata refinada en horno de tierra, siete veces purificada… (Salmos 12:6)

Sin embargo, como se ha visto aquí, los dichos de los hombres adolecen por completo de esta pureza. Y nada ha puesto más de manifiesto esta impureza como la doctrina del infierno en el Occidente cristiano, perpetuada, las más de las veces, con fines inconfesables. En tal sentido, quien esté habituado a la lectura en inglés y desee tener un vislumbre de la historia de esta doctrina abominable desde sus antiquísimos orígenes paganos, absolutamente ajenos a la revelación de Dios, puede consultar la obra de Thomas Thayer The Origin and History of the Doctrine of Endless Punishment (Boston, 1856), la cual encontrará disponible en la Web. Unas pocas líneas de dicha obra servirán, creo yo, para brindar al lector una muestra de la ecuanimidad de su autor a la hora de denostar el fruto abominable de dicha doctrina. Dice allí Thayer:

Este influjo [7] no se halla confinado a las creencias católicas: se encuentra en todo lugar donde se encuentren las doctrinas de las que la misma desciende. La historia de Calvino y de Serveto muestra la misma fe salvaje, su mismo poder, el cual ha efectuado la misma obra infernal. Y la historia de los Puritanos de nuestra propia tierra, de los Disidentes de Inglaterra, de los Covenanters de Escocia, de los judíos en todas partes, pone al descubierto también la misma fe, sin duda despojada de su poder por el progreso de la sociedad y de las instituciones civiles, pero, con cualquier cambio de circunstancias, preparada en todo tiempo para tomar el cuchillo o la antorcha y esparcir la obra de la muerte. Por mucho que nos neguemos a admitirlo, no podemos cegarnos a tales hechos. Las crueles carnicerías del pasado, la mazmorra, el potro, el hierro candente, el azote sangriento que cae sobre las espaldas del mansamente sufriente cuáquero, el grito de agonía, la ignorada súplica por misericordia —todo ello en el pasado—, y la excesiva amargura, el fiero clamor y las cínicas falsedades controversiales en el presente, la negación de las cortesías comunes de la vida o el empedernido odio que a menudo se sale fuera de la civilidad, las malignas sonrisas burlescas frente a las labores de aquellos que buscan desplegar la verdad del amor de Dios que a todos salvará; la exultación a medias ante cualquier aparente prueba del triunfo final del mal y de los tormentos incesantes de los malvados, la dureza de corazón con la que todo este resultado es a veces contemplado y la indiferencia con la cual una secta encomienda a otra a esta espantosa ruina: todas estas cosas muestran claramente que el cristiano está sujeto a la misma ley que gobierna a otros hombres; muestran con una dolorosa nitidez que, hasta donde los influjos refinadores de la literatura y la civilización lo permiten, la creencia en un dios feroz y en un infierno infinito han hecho su legítimo trabajo sobre su corazón. Como el azteca de América y el antiguo escandinavo de Europa, él ha tomado parte del espíritu de su deidad y, suponiéndolo un deber y un servicio más que aceptable, comienza, hasta donde puede hacerlo en este mundo, la obra de tormento que él cree que su dios inmisericorde hará eterna e infinita en el mundo que viene.

 La reina María de Inglaterra tenía razón, entonces, cuando, tal como lo dice el obispo Burnet, defendía sus sangrientas persecuciones apelando al supuesto ejemplo de la Deidad: “Puesto que las almas de los herejes irán a ser más tarde quemadas eternamente en el infierno, no puede haber nada más apropiado para mí que imitar la venganza divina quemándolos aquí en la tierra”. Este es un razonamiento legítimo y lógico que exhibe los frutos naturales de esta doctrina.

No hay, sin embargo, a mi entender, una refutación más perfecta y aniquiladora de la doctrina del infierno que este pasaje salido de la pluma del apóstol Pablo que ya he citado hacia el final de mi artículo «Dios, el salvador de todos los hombres» (cuya lectura, de hecho, recomendaría a quien quisiese tener un vislumbre del auténtico carácter de Dios). He aquí dicho pasaje:

Ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos, la primicia de aquellos que duermen. Puesto que, así como por un hombre vino la muerte, así también por un hombre viene la resurrección de entre los muertos. Pues así como en Adán todos mueren, así también en el Cristo todos recibirán vida. Pero todos en el orden que les es propio: la primicia, Cristo; luego los que le pertenecen, en su manifestación. Y luego la consumación, cuando entregue el reino a su Dios y padre, cuando anule toda soberanía y toda autoridad y todo poder. Pues él debe reinar hasta haber puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies, siendo el último de dichos enemigos a ser abolido la muerte. Pues todo será sujeto bajo sus pies; ahora bien, al decir que todo será sujeto bajo sus pies, es evidente que queda excluido Aquel que le sujetará todo. Entonces, cuando todo le haya sido sujeto, el hijo mismo se sujetará a Aquel que sujetó todo a él, de manera tal que Dios será todo en todos. (1 Corintios 15:20-28)

¿Ve acaso el lector, en estas palabras de Pablo sobre la meta suprema del plan de Dios, siquiera el más mínimo vestigio de un lugar de tormento infinito como el que los cristianos han promocionado en Occidente durante siglos bajo el nombre de infierno? ¡Claro que no! Y si a la ausencia absoluta de esta repugnante doctrina en la Palabra de Dios sumamos el hecho de que la manifestación de su reino sobre la tierra se encuentra ya a las puertas, ¿no podemos afirmar entonces, con toda confianza, que estos que transitamos son, muy felizmente, los últimos días del infierno?

 

Notas

[1] De allí, claro, que el mismísimo Señor Jesucristo haya enseñado a sus discípulos a orar al Padre diciendo: “Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores…”, algo que, evidentemente, no ha sido comprendido por aquellos dentro de la Iglesia Católica que hace ya algunas décadas han sustituido “deudas” por “ofensas” en el texto del así llamado “Padrenuestro”.

[2] Parte I, sección 1ra., capítulo 3ro., artículo 12do., inciso 3035.

[3] Para acercar al lector una semblanza sobre el tipo de grotesca y fácilmente refutable mentira que este auténtico “campeón del infierno” del evangelismo texano ha desplegado en su defensa a ultranza del actual Estado de Israel, bastará con recordar aquí que en el párrafo de promoción incluido en la contracubierta de su libro In Defense of Israel (2008), el mismo sostenía que, en sus días sobre la tierra, Jesús se había negado de palabra y de hecho a afirmar que él era el Mesías. Este sólo dicho acaso hace de Hagee el líder principal, dentro del ala evangélica, de la corriente de apostasía imparable que hoy carcome al cristianismo en el mundo occidental.

[4] L. Ray Smith, «Critique to “The Seven Wonders of Hell”, a sermon by John Hagee».

[5] Transliteración del original griego ᾅδης (hades), nombre que en el mundo helénico designaba a la región de los muertos y que significa “imperceptible”.

[6] A mi entender, esto y sólo esto es lo que podría explicar el que los editores de las Sociedades Bíblicas Unidas hayan mantenido la palabra «infierno» para traducir otro término del Nuevo Testamento griego como es γέεννα (gueéna) en Mateo 5:22, 29 y 30, 10:28, 18:9, 23:15 y 33, en Marcos 9:43, 45 y 47, en Lucas 12:5 y en Santiago 3:6. Dicho término no es más que una transliteración helénica del arameo גהנא o גיהנא (guihana), el cual designaba lo que en tiempos de Jesús constituía el basural ardiente de la ciudad de Jerusalén y que, por cierto, nada tenía que ver con el שאול (sheol) o ᾅδης (hades), es decir, con la región de los muertos según sus respectivos nombres hebreo/arameo y griego.

[7] El autor se refiere, claro está, al influjo de la doctrina del tormento infinito en el infierno.

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