Mientras Moloc nos mira desde Roma

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En el marco de una muestra a la que se ha dado en llamar «Carthago, il mito immortale», desde el pasado 27 de septiembre y hasta el 29 de marzo del año entrante, se encuentra exhibida en la entrada principal del Coliseo romano la réplica de una enorme estatua de Moloc, la abominable representación de Baal cuyo antiguo culto, desde Canaán hasta Cartago, se centraba en el sacrificio de niños y niñas. ¿Cuál es el mensaje que la rehabilitación de dicho símbolo en pleno epicentro del cristianismo mundial envía al pueblo de Dios en estos últimos días de la era?


 

El pasado 27 de septiembre fue inaugurada en la ciudad de Roma la muestra «Carthago, il mito immortale» (Carthago, el mito inmortal), una suerte de reivindicación de la ciudad de la costa del norte de África fundada por los fenicios y arrasada hasta los cimientos por las fuerzas romanas en el año 146 a. C. La muestra durará hasta el 29 de marzo de 2020.

Este sólo hecho no nos dice demasiado en sí mismo, excepto, quizá, que en el siglo veintiuno ya nadie parece compartir en Roma el espíritu de uno de sus dilectos hijos de la antigüedad, Catón el Viejo, quien antes de la destrucción de Cartago solía terminar sus intervenciones en el Senado con aquella frase que se haría celebre a lo largo y a lo ancho del mundo occidental, fundado, en gran medida, sobre las ruinas del antiguo imperio romano: Carthago esse delendam, es decir, “Cartago debe ser destruida”. Lo que sí nos dice —y mucho— es el hecho de que, en el marco de esta muestra sobre la vida y la cultura cartaginesa, se haya instalado, en la entrada principal del Coliseo, una réplica del abominable ídolo Moloc. Sobre esto, la gacetilla de prensa de los organizadores de la muestra dice lo siguiente:

Para recibir al visitante en la entrada del Coliseo habrá una reconstrucción del Moloc de Cabiria—dirigida por Giovanni Pastrone y escrita por Gabriele D’Annunzio— la terrible deidad ligada a los cultos fenicios y cartagineses.

El mencionado film mudo de Pastrone con guión de D’Annunzio, estrenado en 1914, no es aquí de mucho interés, excepto, tal vez, por el hecho de que contiene escenas que, con toda la crudeza del caso, reponen no solamente la estatua de Moloc erigida en Cartago sino, sobre todo, el sacrificio de niños, niñas y bebés que periódicamente se llevaba a cabo en su honor. Por cierto que dichas escenas se encuentran en Youtube a disposición de cualquiera. Por mi parte, confío en que el lector de estas líneas tendrá la imaginación y la sensibilidad suficientes como para entender de qué estoy hablando en ellas sin tener que someterse a una constatación visual de cómo pudieron ser aquellos sacrificios de infantes.

No: lo que me ha llevado a escribir estas líneas —y, más específicamente, a publicarlas hoy— es, antes bien, una cierta necesidad de interrogar a nuestras sociedades cristianas precisamente en un día como este, en que se conmemora la matanza de los niños de Belén por orden de Herodes el Grande, el rey idumeo que gobernaba sobre todo Judea al momento de nacer Jesús en aquella misma ciudad. Desde luego, existe más de un punto en común entre aquel rey que ordenó el asesinato de niños a fin de perpetuarse en un trono que por derecho no le correspondía y la horrenda adoración de Moloc que, importada desde la propia  tierra de Canaán, tuvo lugar en la ciudad de Cartago, fundada por los comerciantes navegantes de Tiro hacia finales del siglo IX a. de C.

Y yo pregunto, en tal sentido: ¿podría ser una mera casualidad el hecho de que el preciso punto medio del período de seis meses durante el cual estará erigida aquella abominable estatua de Moloc en el Coliseo de Roma, a unos tres quilómetros y medio del Vaticano, coincida exactamente con el día de hoy, en que se conmemora aquel horrendo derramamiento de sangre inocente en Belén? ¿O bien que este despliegue de idolatría hardcore coincidiese en el tiempo con la realización, en el mismo Vaticano, de un sínodo durante el cual ha sido posible ver hombres y mujeres literalmente postrados en adoración del ídolo amazónico Pachamama frente al mismísimo Papa?

El culto de Moloc fue estrictamente prohibido por Dios, quien se dirigió a Moisés en los siguientes términos:

Dirás a los hijos de Israel: “Cualquier hombre de los hijos de Israel y del extranjero que residiere entre Israel que ofreciese de su simiente a Moloc, morirá sin dilación; el pueblo de la tierra lo apedreará con piedra. Y yo pondré mi rostro contra aquel hombre y lo cortaré de en medio de su pueblo por haber ofrecido de su simiente a Moloc, contaminando así mi santuario y profanando mi santo nombre. Y si el pueblo de la tierra hiciese la vista gorda respecto del hecho de que aquel hombre ha ofrecido su simiente a Moloc a fin de no darle muerte, yo pondré entonces mi rostro contra aquel hombre y contra su familia y cortaré del pueblo, junto con él, a todos los que se prostituyen detrás de él, quien se había prostituido con Moloc. (Levítico 20:2-5)

Estas palabras dirigidas a Moisés reflejan toda la repugnancia que Dios sentía frente a este acto que implicaba una gran infidelidad hacia él y una crueldad inenarrable para con los propios hijos, los cuales, dicho sea de paso, son, al mismo tiempo, un precioso don de Dios. Increíblemente, no fueron pocas las veces que esta abominación tuvo lugar dentro del pueblo de Israel: hubo, de hecho, lugares de culto a Moloc en las ciudades de Israel, de Judá y en la propia Jerusalén, más concretamente en el Valle del Hijo de Hinóm, lugar que luego se haría célebre bajo el apócope arameo Gehena y en el que el fuego ardía permanentemente para quemar todos los desechos de aquella ciudad.

Por mi parte, he podido ver el disgusto, el revuelo y el escándalo que causó en el mundo cristiano, mayormente en el católico, todo el asunto de la Pachamama que tuvo lugar durante el llamado Sínodo Amazónico celebrado en el Vaticano, incluido su festejo del incidente en que unos anónimos y modernos iconoclastas se introdujeron en una de las iglesias en que dicho ídolo era exhibido sobre el altar, lo quitaron de allí y lo arrojaron al rio Tiber.[1] Y el caso del Moloc que hoy nos ocupa no es tan distinto, bien que, según creo, no ha sido tan difundido. En este último caso se trataría, claro, con mucha mayor razón que en el primero, del mismo disgusto, revuelo y escándalo que en la mayoría de los grupos cristianos se pone de manifiesto frente a la promoción que desde muchísimos estados nacionales de Europa y de América se está llevando a cabo por estos años respecto del aborto y de la ideología de género, por mencionar tan sólo las más candentes de tales cuestiones.

Ahora bien, yo deseo dejar constancia en estas líneas de que toda esta oposición —tanto la que es fruto de la organización como aquella otra, mucho más frecuente, incluso cotidiana, que los cristianos ejercen desde las redes sociales— es lo más parecido que podría haber, por parte de tantos cientos de miles e incluso millones de cristianos de todo el mundo occidental, a una ceguera que debe ser abordada urgentemente.

La acepción aplicada a las leyes de Dios

De hecho, todo este asunto me recuerda a dos tuits que el escritor e investigador católico norteamericano Michel Hoffman publicara durante el pasado mes de octubre. El primero de dichos tuits alude, precisamente, a aquel incidente del ídolo arrojado a las aguas del Tiber que acabo de mencionar. Dice así:

Los “conservadores” están regocijados por el lanzamiento del ídolo papal de la Pachamama al Tiber. Sin embargo, el “catolicismo” renacentista está lleno de ídolos. Sólo uno entre incontables ejemplos: el apartamento del Papa Alejandro VI adora la imagen de la diosa de la fertilidad Isis enseñando a Moisés.[2]

El segundo tuit de Hoffman es aún más oportuno en relación con todo lo que me propuse tratar aquí y dice lo siguiente:

Los medios están informando sobre un declive de la concurrencia a las iglesias. Son menos los norteamericanos que se identifican como cristianos. ¿Por qué no me sorprende? Las iglesias derechistas denuncian la homosexualidad como un crimen contra natura pero nada tienen para decir en contra de la ganancia derivada del alquiler del dinero (la usura), ¡el cual también es contra natura![3]

¡Indudablemente, Hoffman ha dado en el clavo! Para decirlo en los términos con que el apóstol Santiago se ha referido a la acepción de personas:

Si ustedes, conforme a la Escritura, cumplen la ley regia “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, hacen bien. Pero si hacen acepción de personas, cometen pecado y quedan bajo la ley como transgresores. Pues cualquiera que observa toda la ley pero falla en un punto, se hace culpable de todos, ya que el que dijo “No cometerás adulterio” también ha dicho “No asesinarás”. Ahora bien, si no cometes adulterio pero asesinas, ya te has hecho transgresor de la ley. Así hablen y así hagan, como los que han de ser juzgados por la ley de la libertad. (Santiago 2:8-12)

¿Se ve aquí aquello a lo que me refiero? Hacer acepción de personas es como hacer acepción de porciones de la ley de Dios. Y ambas cosas —acepción de personas y acepción de porciones de la ley de Dios— es lo que hoy hacen todos los cristianos en el mundo occidental que protestan por algunas transgresiones y hacen por completo la vista gorda respecto de otras, incluso cuando estas últimas son mucho más antiguas en nuestras sociedades y están, por ende, completamente arraigadas y generalizadas. Se denosta, por lo tanto, la promoción del aborto y de la ideología de género así como también el despliegue de ídolos como Moloc y la Pachamama en el corazón del cristianismo —cosas que claramente transgreden la ley de Dios—, ¡pero nada se dice del sistema usurario de creación de dinero de la nada en base al cual todas nuestras naciones funcionan desde el siglo pasado, pese a que la usura también transgrede la ley de Dios!

¿Será necesario que cite aquí algunas de las cosas que las Escrituras dicen a este respecto? En tal caso, veamos, por ejemplo, estas palabras en el Éxodo:

Cuando prestares dinero a mi pueblo, al pobre que está contigo, no serás con él un usurero ni le impondrás interés. (Éxodo 22:25)

O bien este otro pasaje en el Deuteronomio:

No extraerás de tu hermano interés de dinero, interés de alimento o de alguna cosa sobre la cual se suele extraer un interés. (Deuteronomio 23:19)

No es nada casual que Michael Hoffman tuiteara mensajes como estos que cito arriba, especialmente el último de ellos. No lo es, ya que, en efecto, no hace tanto tiempo —apenas siete años— que publicó también una obra sustancial sobre el asunto de la usura bajo un título que en español se traduciría como Usura en la cristiandad: el pecado mortal que era y que ahora no es”[4]. Dice allí el autor, refiriéndose al tema mismo de su libro:

La batalla que examinaremos consiste, en parte, en una teología económica que aborda un gran conflicto moral: el surgimiento de una clase mercantil y su obligación de involucrarse en el comercio y en el ejercicio de los derechos de propiedad de acuerdo con Dios, quien es el dueño supremo de toda propiedad, sobre la cual la humanidad sólo tiene una mayordomía. Es aquí que encontramos la batalla de las filosofías humanas de la avaricia, tales como el libertarianismo y el capitalismo de “libre mercado”, que afirman un derecho absoluto a usar y a disponer de la propiedad como mejor parezca a sus dueños. Históricamente, la Iglesia falló en el sentido de que nadie tenía un derecho absoluto a retener un excedente de riqueza. Consiguientemente, todas las formas del comercio y de la adquisición de riqueza debían ser conducidas con la debida consideración de las mutuas necesidades de los prójimos. Dichas necesidades tenían una demanda moral sobre la propiedad, los bienes y otros recursos materiales en propiedad del dueño y comerciante. Esto es grandemente incomprensible para los cristianos de hoy, para quienes el derecho a perseguir la riqueza es un axioma fundamental de su existencia: “En tanto que prospere yo honestamente, ¿cuál es el problema?”, preguntan. El problema es que, en asuntos de dinero, el “cristianismo” contemporáneo representa un drástico alejamiento del espíritu del fundamento bíblico, patrístico y eclesiástico desde el cual creció la cristiandad y la civilización de Europa. Llamen a su búsqueda de riqueza como a ustedes les plazca, pero no degraden la moral y la ética de Jesucristo llamándola “cristiana”.

El ídolo de los cristianos

¿Acaso exagera Michael Hoffman con estas palabras suyas? ¡Claro que no! Son palabras que reflejan fielmente el estado y la disposición interna de muchos, muchísimos así llamados “cristianos” en el mundo occidental. Vemos, entonces, en tales palabras, que todos estos se encuentran lejos de hallarse sin culpa respecto de la adoración de ídolos. Es cierto que los tales podrán considerar una abominación la estatua de Moloc actualmente erigida en la entrada del Coliseo, pero en cambio codician la riqueza como nada en este mundo; por lo tanto, encomian a todo aquel que la posee, muchas veces, incluso, sin importarles demasiado si la ha obtenido “honestamente” o de alguna forma un tanto más difícil de explicar.

Digamos, entonces, con toda la claridad de la que somos capaces, que la riqueza es un ídolo. Así lo manifiesta Pablo a los colosenses:

Hagan morir, por lo tanto, lo terrenal en ustedes: la inmoralidad sexual, la impureza, las pasiones desordenadas, los malos deseos y la avaricia, que es idolatría, cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia… (Colosenses 3:5)

Si la avaricia es idolatría, ¿no resulta claro, entonces, que el ídolo en cuestión, el  objeto de adoración, es aquí la misma riqueza? Pablo, de hecho, elabora un poco más sobre este asunto en una de sus cartas a Timoteo:

Nos es suficiente con tener comida y cobertura, porque los que aspiran a enriquecerse caen en la prueba y en una trampa, en muchos deseos estúpidos y dañinos que hunden a los hombres en la destrucción y en la ruina. Pues el amor al dinero es raíz de todos los males, por lo que algunos, en su afición a este, se desviaron de la fe y se infligieron a sí mismos muchos dolores… (1 Timoteo 6:8-10)

Aquí es, de hecho, donde todo se pone de lo más interesante. En efecto, el Señor Jesucristo ya había dicho, refiriéndose a esta misma cuestión de la que habla Pablo: “No se puede servir a Dios y a mamón” (Mateo 6:24). «Mamón» es, desde luego, una palabra aramea para referirse a las riquezas. ¿Pero cuál es, exactamente, su etimología? Pese a que no hay un consenso general sobre ella, algunos eruditos creen que la misma se encuentra en la expresión fenicia «momón», cuyo significado en dicha lengua sería, precisamente, el de «beneficio» o «utilidad».

En otras palabras, si tal etimología fuese la correcta, se debería comenzar a ver con claridad que los fenicios no solamente han traído hacia Occidente el abominable, detestable culto de Moloc, sino también el de Mamón. Sin embargo, los cristianos se indignan por el primero y callan ante el segundo. En realidad, decir que los cristianos “callan” acerca del culto de Mamón es de una gran imprecisión: ¡los cristianos, incluso los de condición más baja, celebran la adoración de la riqueza y aprenden a recubrir hipócritamente dicha adoración con toda suerte de cláusulas y casuísticas, tal como los fariseos de antaño hacían con toda suerte de cuestiones!

¿Cómo llegamos hasta aquí?

En un artículo anterior ya he tenido oportunidad de referirme al pasar a las maldiciones que, según Dios dijo por medio de Moisés, aguardaban al pueblo cuando se alejasen de cumplir con todas las prescripciones de su instrucción. Dentro de la verdaderamente abrumadora lista de tales maldiciones, encontramos estas, de gran interés para nosotros en el contexto de estas líneas:

Yahweh te herirá con locura, con ceguera y con desconcierto mental; y palparás a mediodía tal como palpa el ciego en la penumbra. No tendrás éxito en tus emprendimientos; y no serás sino oprimido y despojado todos los días, sin nadie que te salve. (Deuteronomio 28:29)

Locura, ceguera, desconcierto mental, opresión y despojo diarios: tal es el destino que, según la Palabra de Dios, aguardaba al propio pueblo de Dios una vez que este se hubiese entregado a la desobediencia y a la desidia respecto de los asuntos que estaba llamado a observar muy cuidadosamente. Esto, por otra parte, ocurriría “en los últimos días” (Deuteronomio 31:29), esto es, en los últimos días de la era.

Tal es, ni más ni menos, la situación que hoy tenemos ante nosotros. La inmensa mayoría de quienes habitan hoy en las naciones occidentales —descendientes, todos ellos, de una cultura cristiana— han abandonado ya todo temor de Dios y parecen tomados por una corriente imparable de locura y de rabia contra sus preceptos. Todos ellos dan la impresión de hallarse en medio de una epidemia similar a la así llamada Peste Negra que asoló y diezmó a Europa en el Medioevo. Luego tenemos a aquellos que aún rinden un cierto tributo a sus raíces cristianas, pero que padecen, en términos espirituales, de una ceguera pasmosa que les impide ver toda la abominable maldad que las elites que los gobiernan despliegan frente a sus propios ojos. Finalmente, están aquellos que se complacen en llamarse “cristianos” y que, ante el desconcierto mental que les causa la traición del liderazgo occidental a lo que ellos consideran ser sus tradiciones milenarias, responden exponiendo y denunciando dicha traición por las redes sociales, algo que hacen tan implacable como infructuosamente…

Por cierto que todo este estado de cosas ha quedado excelentemente plasmado en estas otras palabras del ya citado Michael Hoffman, palabras que el autor ha puesto por escrito hace ya mucho —casi tres décadas— y que sólo han llamado la atención de algunos pocos:

Lo que los administradores alquímicos han criado por más de un milenio es una raza humana presa de una estupidez e ignorancia miserables, sin parangón durante miles de años. A estos ciegos esclavos se les dice que son “libres” y “altamente educados”, aun cuando marchan entre signos que haría que un campesino medieval se alejase de ellos corriendo y gritando con un terror pánico. Los símbolos que el hombre moderno abraza con la ingenua confianza de un niño serían, para el entendimiento de un campesino tradicional de la antigüedad, el equivalente a un gran cartel que dijese: “Siga por aquí hacia su muerte y esclavización”. [5]

Si el lector reemplazase la expresión de Hoffman “administradores alquímicos” por la de “elites” que utilizo yo más arriba, podría comenzar a ver el cuadro que estas líneas le proponen. Y si además pudiese comprender que dichas elites que administran alquímicamente a las masas no sólo se ocupan hoy de erigir ídolos abominables como Moloc, sino, también, a inspirar muchas de las iniciativas “cristianas” a las que los cristianos adhieren hoy con entusiasmo, el cuadro quedaría ya casi completo ante sus ojos. ¿Pero podría acaso, por ello, llegar a tener una visión perfecta del mismo, una visión 20/20, tal como suele llamársele en optometría?

Desde luego, estas últimas palabras mías confrontarán, con toda probabilidad, a todos los profetas que predicen que el año que está por comenzar será el de la visión perfecta, asociando su número a dicha denominación optométrica. No querría, en tal sentido, que nadie me malentienda: no es que esté negando aquí rotundamente que Dios se vale a veces de signos e indicios como este que muchos asocian con el año 2020. Veremos, en todo caso, dónde irán a parar tales predicciones. Veremos, en otras palabras, si tales profetas hacen honor a su apelativo o si deberán ser rebajados a la categoría de falsos profetas. Y es que si Dios tiene una y sólo una salida feliz a todo este estado de cosas que aqueja al pueblo de Dios en el fin de la era (y créame el lector que tal es el caso), ¿Dónde quedarán finalmente todas las declaraciones —muchas de ellas, incluso, contradictorias entre sí— que muchos están ya soltando por ahí en nombre de la “visión perfecta” que Dios, supuestamente, concederá a su pueblo?

Mientras Moloc nos mira desde Roma

¿Por qué escogí este título para el presente artículo? ¿Por qué no, por ejemplo, algún otro como «Los que se indignan con un ojo tapado» o, incluso, «La adoración cristiana del ídolo Mamón»? Mi elección, creo, es bastante sencilla de explicar. El ídolo fenicio y cartaginés erigido por estos días en la entrada principal del Coliseo de Roma es, sin duda, una abominación que repone, en un solo símbolo, toda la corriente infanticida, ciertamente demoníaca, que bajo la forma del abortismo recorre las naciones de Occidente desde hace ya más de medio siglo. Y sin embargo, mientras esta espantosa representación del antiguo Baal fenicio mira desde su pedestal romano y despierta el desconcierto y la indignación de muchos cristianos, el culto de Mamón que ha dado forma a los últimos siglos de historia occidental no sólo sigue intacto, sino que es justificado, acariciado y besado por estos mismos cristianos que se indignan por la estatua de Moloc en el Coliseo o por la de la Pachamama en los altares de las iglesias romanas. Esto es —ni más ni menos— aquello que el apóstol Santiago señala como acepciones en la instrucción de Dios para su pueblo, acepciones que lo han hecho culpable por toda la ley y que por ello le han traído, precisamente, todo lo que hoy lo aqueja. Son, de hecho, su locura, su ceguera y su estupefacción las que les impiden ver que es el propio Dios quien lo ha puesto en esta situación verdaderamente terminal, vendiéndolos a sus enemigos, tal como lo había prometido en su palabra.[6]

Y si el año 2020 no trae, de manera poderosa y acorde al espíritu de Dios, esta y otras convicciones a todos aquellos que se consideran el remanente fiel de su pueblo, ¿quién se atrevería a atribuir una visión perfecta a quienes, finalmente, bien podrían encontrarse bailando como posesos al borde mismo del abismo?

 

Notas

[1] Por cierto que, una vez recuperado el ídolo del rio por parte de la policía romana, el Papa… ¡pidió perdón a los adoradores de la Pachamama por lo ofensivo del incidente!

[2] Tuit publicado el 22 de octubre de 2019. El original puede verse en su contexto cliqueando aquí.

[3] Tuit publicado el 18 de octubre de 2019. El original puede verse en su contexto cliqueando aquí.

[4] Usury in Christendom: The Mortal Sin that Was and Now is not. Coeur d'Alene (ID), Independent History and Research, 2012.

[5] Secret Societies and Psychological Warfare (1ra. ed.). Dresden (NY), Wiswell Ruffin, 1992.

[6] Véase, a este respecto, mi adenda a la serie «El juicio comienza por la casa de Dios», publicada hace un par de semanas.

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