Los profetas del fin de la era (comentario y advertencia)

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En ambas de sus cartas, el apóstol Pedro nos advierte que los asuntos escritos en los libros de los profetas del Antiguo Testamento tienen por principales destinatarios a quienes estaríamos viviendo en el fin de la era, al tiempo que nos recuerda que ninguna de dichas declaraciones se interpreta a sí misma, separada de las demás, ya que es el mismo Espíritu que las ha inspirado el que interpreta y unifica su mensaje. ¿Serán estas las únicas advertencias que los que hoy profetizan deberían tener en cuenta? ¿O habrá acaso alguna otra destinada a certificar en nuestros días toda profecía?


 

El propósito de esta serie en la que he incluido mi traducción del capítulo 23 del libro de Jeremías y del capítulo 13 del profeta Ezequiel y que ahora completo con mi propio comentario sobre quienes por estos días profetizan, no se corresponde en lo absoluto con el espíritu de los títulos que la inmensa mayoría de las traducciones de la Biblia a las lenguas europeas modernas suplen al encabezar dichos pasajes, títulos del tipo de «Condenación de los falsos profetas». Por el contrario, lejos está de mi intención el condenar a quienes hoy dicen profetizar, pues la experiencia me dicta que cuando alguno es llamado "falso profeta" en los ámbitos cristianos, el tal es estigmatizado sin posibilidad de apelación alguna, lo cual puede conducir a un endurecimiento que —entonces sí— podría causar su condena o encierro permanente. Por otra parte, las declaraciones proféticas sobre este asunto que hallamos en Jeremías y en Ezequiel nos muestran cúan amplio sería el grupo de los que en el fin de la era estarían profetizando engañosamente y, por ende, cuán fácil sería hallarse dentro de dicho grupo en nuestros días.

En realidad, el propósito de esta serie es más bien el de hacer volver en sí a muchos que hoy encajan dentro de la caracterización que los profetas de antaño, inspirados por el espíritu de Dios, avizoraron acerca de los profetas de los días inmediatamente previos al establecimiento del reino de Dios sobre la tierra. Se trata, por lo tanto, de una advertencia inspirada por el amor antes que de una sentencia condenatoria. Que sea, en todo caso, la propia conciencia de cada lector la que lo ubique todo de un lado o del otro de la clara línea que las Escrituras han trazado sobre este asunto, línea hacia la cual el Espíritu dirige hoy la atención de quienes buscan su guía. Por lo demás, el apóstol Santiago ha puesto fin a su carta con unas palabras a cuyo espíritu adhiero firmemente al escribir las líneas que siguen a continuación. Dichas palabras dicen así:

Hermanos, si alguno de entre ustedes se ha desorientado respecto de la verdad y alguno lo hace regresar, sepa que el que haga regresar al pecador del yerro de su camino salvará una vida de la muerte y cubrirá un gran número de pecados. (Santiago 5:19,20)

Según yo entiendo este asunto, son muchos los que hoy yerran en las declaraciones que profieren atribuyéndolas a Dios. Sin embargo, aun es tiempo para que los tales se vuelvan de su error. Al decir que "aún es tiempo", me refiero a los tiempos del plan de Dios, el cual ciertamente ha determinado que al final, cuando todo haya sido dicho y hecho, los que han perseverado en tal error llevarán la culpa por su insensatez y su resistencia al espíritu de Dios, el cual los llama a profundizar en sus cosas en la debida forma, atendiendo, sobre todo, a la totalidad del plan de Dios y de su ejecución, sobre la cual diré algunas cosas mas abajo.

Las imprescindibles aclaraciones del apóstol Pedro

No es la primera vez que cito aquí, en este blog, las siguientes palabras del apóstol Pedro, el cual nos ha dejado, en ambas cartas de su autoría incluidas en el Nuevo Testamento, un testimonio valiosísimo sobre cómo hemos de relacionarnos con los copiosos dichos de los profetas del Antiguo Testamento:

Acerca de esta salvación han inquirido e investigado ansiosamente los profetas que profetizaron sobre esta gracia destinada a ustedes, indagando qué cosa en qué clase de tiempo señalaba en ellos el espíritu del Cristo, el cual de antemano testimoniaba acerca de las vicisitudes del Cristo y de la gloria que les seguiría. A ellos les fue revelado que no era para sí mismos, sino para nosotros que administraban las cosas que ahora les son declaradas a ustedes por los que anuncian las buenas nuevas mediante el espíritu santo enviado desde el cielo, cosas para mirar en las cuales los ángeles se asoman. (1 Pedro 1:10-12)

Y también:

Tenemos la palabra profética más confirmada, a la cual ustedes hacen bien en prestar atención como a una lámpara que alumbra en un lugar oscuro hasta que el día esclarezca y el lucero del alba asome en sus corazones, sabiendo primeramente esto: que ninguna profecía de las Escrituras se interpreta a sí misma, porque la profecía en ningún tiempo fue traída por la voluntad humana, sino que fue declarada por hombres de Dios movidos por el espíritu santo. (2 Pedro 1:19-21)

Estos son, sin duda, días muy oscuros. Y Pedro nos dice, precisamente, que es en estos días que debemos prestar especial atención a la palabra profética más confirmada —esto es, la que los profetas de antaño dejaron registrada en sus libros—, ya que es esta la que, como si se tratase de una lámpara, se encarga de alumbrar entre tanta oscuridad. Los profetas vieron nuestros días y dejaron un registro escrito de lo que en ellos sucedería. Y fue el propio espíritu del Cristo —el espíritu santo— el que les inspiró tales visiones. Y es así como los profetas vieron en qué irían a parar diversos grupos humanos en este fin de la era. Ciertamente, los profetas han visto tanto la postrimería de las naciones (desde las más poderosas hasta las más débiles) como la del pueblo de Dios (desde el remanente fiel del pueblo hasta una gran mayoría que daría la espalda a la verdad). ¿Cómo, entonces, iría uno a sorprenderse de que también hayan vislumbrado la conducta de los profetas de este tiempo? Ahora bien, como ya he mostrado en las dos publicaciones anteriores de esta serie, lo que vieron estos profetas de Yahweh hace miles de años no es ni muy halagador ni muy alentador respecto de aquellos que por estos días están profetizando entre nosotros...

Los profetas del fin de la era: hablan los profetas de antaño

Es posible —e incluso probable— que al culminar la lectura de estas reflexiones algún lector de esta serie crea que exagero en mi evaluación de quienes hoy se llaman a sí mismos profetas y que no les hago justicia. Puede que dicho lector se quede con la impresión de que, tomando tan sólo dos pasajes de los profetas del Antiguo Testamento, he magnificado todo el asunto y he incurrido en la falacia de tomar la parte por el todo. ¿Qué diré yo al tal lector? Sólo puedo ofrecerle aquí algunos otros dichos del resto de los libros de los profetas a fin de que él mismo saque sus conclusiones.

He aquí, por ejemplo, lo que leemos en el libro de Oseas:

Vinieron los días del castigo, vinieron los días de la retribución, e Israel los reconocerá. El profeta es un inútil, el varón del espíritu se vuelve loco por tu mucha iniquidad y tu mucha hostilidad. El vigía de Efraín está con mi Dios: el profeta es una trampa para pájaros en todas sus maneras de conducirse, hostilidad en la casa de su Dios. (Oseas 9:7,8)

Y en el libro del profeta Miqueas:

Así ha dicho Yahweh sobre los profetas que desorientan a mi pueblo, que cuando tienen algo qué morder con sus dientes pronuncian bienestar, pero a aquel que no les pone nada en la boca se dedican a combatirlo. Por ello, de una visión se les hará la noche y del adivinar se les hará oscuridad; y el sol se pondrá sobre los profetas y el día se hará oscuro sobre ellos. Y se avergonzarán los videntes y se confundirán los adivinos, y todos ellos se cubrirán los labios ya que no habrá respuesta de Dios… Los profetas [de aquellos que edifican a Sión con sangre y a Jerusalén con iniquidad] adivinan por dinero y se recuestan sobre Yahweh, diciendo: “¿Acaso Yahweh no está entre nosotros? No vendrá mal contra nosotros”… (Miqueas 3:5-7, 11)

Y, finalmente, en el libro de Zacarías:

En aquel día […] haré obsoletos en la tierra a los profetas y al espíritu de la inmundicia. Y sucederá que cuando aún profetice algún varón, su padre y su madre que lo han engendrado [1] le dirán: “¡No vivirás, porque has hablado engaño en el nombre de Yahweh!” Y su padre y su madre que lo han engendrado lo traspasarán [2] en cuanto se ponga a profetizar. Y sucederá en aquel día que se avergonzarán los profetas —cada cual de su propia visión con que profetizaba— y ya no vestirán más el manto velludo para decepcionar. Y dirá: “Yo no soy un profeta; yo soy un hombre que trabaja el suelo, ya que ese es mi oficio desde mi juventud”. Y le dirán: “¿Qué son las heridas estas que tienes en tus manos?” Y dirá: “Son con las que fui herido en casa de aquellos a los que estaba apegado”. (Zacarías 13:3-6)

Jeremías y Ezequiel hablan de los profetas del fin de la era

Lo dicho por el apóstol Pedro en sus dos cartas respecto de los profetas de antaño y respecto de la unicidad de sentido que el Espíritu que los inspirara da a la totalidad de su mensaje se cumple estrictamente en los pasajes de Jeremías y de Ezequiel que he publicado previamente en esta serie. Esto es, de hecho, muy sencillo de corroborar cuando se toma debida cuenta de algunas expresiones. Así, Dios dice por medio del profeta Jeremías a los receptores de su mensaje:

No presten atención a las palabras de los profetas que les profetizan y les dan a ustedes vanas esperanzas: hablan una visión de su propia imaginación, no de la boca de Yahweh. Dicen a los que me rechazan con desprecio “Yahweh dijo que tendrán bienestar” y a todos los que se conducen en la obstinación de su mente dicen “No vendrá sobre ustedes el mal”. ¿Porque quién estará firmemente plantado en el secreto de Yahweh y verá y escuchará su palabra? ¿Quién prestará atención a mis asuntos y obedecerá? He aquí que el torbellino de Yahweh saldrá con furor y el torbellino girará con ímpetu sobre la cabeza de los culpables. No se apartará la ira de Yahweh hasta que lo haya hecho y hasta que haya realizado los propósitos de su mente. En los últimos días, ustedes entenderán esto cabalmente. (Jeremías 23:16-20)

Resulta evidente que aquellos a los que se dirigen estas palabras estarían presentes en los últimos días, por lo cual no solamente verían cumplirse el castigo sobre la cabeza de aquellos que dieron esperanzas vanas al pueblo sino que también entenderían muy bien todo este asunto. Y lo mismo puede decirse a propósito de esta otra declaración de Dios por medio del profeta Ezequiel:

Ustedes no se pondrán por encima de las grietas ni levantarán una cerca en rededor de la casa de Israel a fin de que se afirme en la batalla, en el día de Yahweh. (Ezequiel 13:5)

“En la batalla, en el día de Yahweh” es, nuevamente, una expresión inconfundible para cualquiera que se encuentre mínimamente familiarizado con los asuntos de Dios. Se trata, ni más ni menos, del tiempo en que él mismo actuará de manera poderosa y pondrá, por así decirlo, cada cosa en su lugar. Aunque hoy no sea tan frecuente como hace algunos años el uso de la expresión “día de Yahweh” para referirse a esta poderosa intervención de Dios en los asuntos humanos, el asunto en sí mismo suele ser muy recurrente en las declaraciones de muchos de los que en nuestros días dicen hablar de parte de Dios. Y es así, entonces, que leemos en el libro del profeta Amós:

¡Ay de los que ansían el día de Yahweh! ¿Por qué ansían esto para ustedes, el día de Yahweh? ¡Éste será oscuridad y no luz! (Amos 5:18)

Se trata de la misma oscuridad de la que habla Miqueas en el pasaje que he citado más arriba y en la que, según Jeremías, los profetas serán empujados, resbalarán y caerán cuando Dios traiga sobre ellos el “mal del año de su castigo” (Jeremías 23:12).

Confieso que me sorprendió grandemente la siguiente expresión con la que me encontré al traducir del texto hebreo de Ezequiel 13:5, expresión que Dios dirige a los profetas del fin de la era: “Ustedes no se pondrán por encima de las grietas…” Así es, claro, como yo mismo traduje este pasaje, aunque he reproducido, en su lugar correspondiente, en una nota al pie, la traducción del mismo al griego de la Septuaginta. Pero mi elección en este caso ha estado condicionada por el hecho de visualizar grietas literales en una edificación igualmente literal. Si, en cambio, fues a entender uno que las grietas son metafóricas (y hay todas las razones para entenderlo así), debería haberlo traducido más bien en esta otra forma: “Ustedes no se sobrepondrán a las grietas”. Y yo pregunto: ¿qué grietas, qué divisiones serán estas a las que, según este mensaje en el libro de Ezequiel, los profetas no se sobrepondrían en el fin de la era? ¿Serán las divisiones existentes entre tantísimas denominaciones de quienes dicen seguir a Jesucristo? ¿Serán, en cambio, las diversas orientaciones ideológicas y políticas que dividen, más aún, a tales denominaciones? ¿Irá acaso un auténtico profeta de Dios a tomar bando por este o por aquel lado de cualquiera de todas estas orientaciones, fruto de una naturaleza carnal en rebelión contra Dios? ¿Podrá desde allí ser de alguna utilidad al pueblo de Dios?

El libro sellado

Ya he tenido ocasión de citar en otra publicación de este blog un pasaje que se encuentra en el libro de Isaías y que dice lo siguiente:

¡Deténganse y queden estupefactos! ¡Ciéguense y frótense los ojos! ¡Emborráchense y no de vino! ¡Tambaléense y no por el licor! Porque Yahweh ha derramado sobre ustedes un espíritu de sueño profundo y ha cerrado sus ojos —los profetas— y a sus líderes —los videntes— los ha cubierto como con un velo! Y les será a ustedes la visión de la totalidad como los asuntos del libro sellado, el cual darán al que conoce el libro diciéndole “léenos esto, por favor”, y él dirá “no puedo, porque está sellado”. Y darán el libro a aquel que no sabe leer diciéndole “léenos esto, por favor”, y él dirá “no puedo, porque no sé leer”. Entonces dirá el Señor: “Dado que este pueblo se me acerca con sus bocas y me honra con sus labios pero sus mentes están lejos de mí y su reverencia de mí no es más que un mandamiento de hombres que les fue enseñado, por ello, mírenme: nuevamente voy a hacer con este pueblo una obra maravillosa, el prodigio de un prodigio, y se desvanecerá la sabiduría de sus sabios y no se encontrará el entendimiento de sus entendidos.” (Isaías 29:9-14)

Ante todo, una aclaración respecto del par compuesto por el vino y el licor. Dicho par es, en efecto, mencionado a menudo en los libros de los profetas, casi siempre en relación con la incapacidad para entender los mensajes proféticos, o bien en alusión a la ligereza de reemplazar el sentido de los mismos con cuanto asunto viniese a la mano de los que se empeñan en profetizar en base a su propio ánimo, ya sea que se encuentre influido por sus propios deseos, por sus propios temores, por sus propios prejuicios o, como suele suceder, por todo ello junto. Es así, por ejemplo, que encontramos estas palabras en el capítulo anterior del libro de Isaías a este que vengo de citar:

También estos se desorientarán con el vino y errarán con el licor: el sacerdote y el profeta errarán con el licor y serán absorbidos por el vino, errarán por el licor y se desorientarán con una visión, tropezarán ante un juicio… (Isaías 28:7)

O bien estas otras, en el ya citado libro de Miqueas:

Si alguno que anda en su propio temperamento y en el fraude mintiese, diciendo “Te profetizaré para el vino y para el licor”, ¡el tal será profeta de este pueblo! (Miqueas 2:11)

Pero retornando al pasaje de Isaías que ya he citado aquí en otra oportunidad, en él se lee una expresión que, hasta donde sé, a pocos ha llamado la atención y a la que nadie parece haberle resultado digna de algún comentario. El profeta habla allí de “la visión de la totalidad”, vinculando a esta con un libro sellado al que se refiere específicamente como “el libro sellado” (הספר החתום). Dice, más concretamente: “les será a ustedes la visión de la totalidad como los asuntos del libro sellado…” Ahora bien, como ya he consignado en una nota al pie a mi traducción del capítulo 13 del libro de Ezequiel, la expresión que encontramos en el texto griego de la versión Septuaginta en el versículo tres y que difiere del texto hebreo del mismo es idéntica en sentido con esta del texto hebreo del libro de Isaías. Véase, en efecto, lo que dice el texto griego de Ezequiel 13:3:

Así dijo el Señor: “¡Ay de los que profetizan de su propia imaginación y no han visto la totalidad!” (Versión Septuaginta)

¿Ve el lector a lo que me refiero? Hay, según los dichos del Señor, una totalidad que los que profetizan de su propia imaginación (de su propio ánimo, según su propio criterio y de acuerdo a sus propios impulsos) no contemplan. Y si unimos a esto lo dicho por el profeta Isaías, los tales no contemplan dicha totalidad por lo mismo por lo que no pueden discernir los asuntos de un específico libro sellado. ¿Cuál podría ser este libro? Entre los libros que integran el Antiguo Testamento hay, en efecto, un libro sellado: aquel que un mensajero de Dios revela al profeta Daniel en el final del libro homónimo, al cual llama el escrito de la verdad o escrito verdadero (Daniel 10:21). Leemos, en efecto, hacia el final del libro de Daniel, las palabras que dirige a este aquel mismo mensajero que le ha revelado los acontecimientos del tiempo del fin según constan en dicho misterioso escrito de la verdad:

Y tú, Daniel, mantén cerrados los asuntos [estos] y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos lo examinarán a fondo [3] y se acrecentará el conocimiento. [4] (Daniel 12:4)

Ahora bien, si hemos de tomar también en cuenta a los libros que componen el Nuevo Testamento —y resulta más que claro que, en efecto, hemos de tomarlos en cuenta—, ¿cómo no pensar de inmediato en el libro de Apocalipsis, cuyo título auténtico no es otro que La revelación de Jesucristo? [5]

Desde luego, hacia el final del libro de Apocalipsis, podemos leer que el mensajero que comunicó esta revelación de Jesucristo a Juan dice a este lo siguiente:

No selles los asuntos de la profecía de este libro, ya que el tiempo está cerca. (Apocalipsis 22:10)

Sin embargo, en el capítulo quinto de Apocalipsis vemos que hay otro libro, un rollo que se encuentra, en efecto, sellado con siete sellos. Reproduzco aquí mi traducción de la versión siríaca del pasaje en cuestión:

Y vi en la mano derecha de aquel sentado en el trono un rollo escrito por dentro y por fuera y sellado con siete sellos. Y vi luego a un ángel poderoso proclamando a gran voz: “¿Quién es digno de abrir el rollo y de romper sus sellos?” Y no había ninguno en el cielo, ni en la tierra ni debajo de la tierra capaz de abrir el rollo, romper sus sellos y leerlo. Y yo lloraba mucho, porque a ninguno se había encontrado digno de abrir el rollo y de romper sus sellos. Y uno de los ancianos me dijo: “No llores; he aquí que ha vencido el León de la Tribu de Judá, la Raíz de David: él abrirá el rollo y sus siete sellos”. Y vi en medio del trono, de los cuatro seres vivientes y de los ancianos a un cordero en pie como sacrificado y que tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios enviados a toda la tierra. Y vino y tomó el libro de la mano de aquel que se sienta en el trono. […]Y vi cuando el Cordero abrió uno de los siete sellos; y oí a uno de los cuatro seres vivientes decir como con voz de trueno: “¡Ven y ve!” (Apocalipsis 5:1-7, 6:1; versión siríaca)

Lo que sigue es la rotura, uno por uno, por parte del Cordero, del resto de los siete sellos que sellan al rollo en cuestión. Sin embargo, dicha rotura paulatina da lugar a una serie de imágenes simbólicas que han venido a ser, ellas mismas, como nuevos sellos que velan aquel libro a los ojos de los hombres. Y en efecto, ¿quiénes, entre los más conspicuos doctores del cristianismo y aún entre los cristianos más rasos, no se han puesto a interpretar, a lo largo de casi dos milenios, los símbolos que siguen a la rotura de cada uno de los sellos de este libro? ¡Todos o casi todos lo han hecho! Bien, ¿pero cuántos lo han hecho con éxito? ¡Ninguno! Esto ha sido así por diversas razones en las que no es posible ahondar aquí ahora mismo. Sin embargo, el sólo hecho de que existan tantas así llamadas escuelas de interpretación del libro de Apocalipsis da testimonio de lo que aquí digo. ¿Y qué decir de quienes han adherido y adhieren a tales escuelas? Muchos de ellos son hombres de no poca sabiduría y de gran entendimiento. Y sin embargo, tal como lo ha predicho Isaías, toda su sabiduría y todo su entendimiento han quedado deshechos no bien se han puesto a interpretrar este libro.

Todo este estado de cosas en relación con el libro de Apocalipsis, el cual ha durado siglos, nos ha traído a la situación presente, en la cual es posible percibir un cierto escepticismo no confesado respecto de que alguien pueda interpretar correcta y verdaderamente el libro de Apocalipsis. ¿Pero acaso por ello han dejado, algunos de nuestros profetas del fin de la era, de recurrir a este libro a fin de dar sustancia a las predicciones más disímiles y, en algunos casos, más salvajes que puedan escucharse? Yo diría, de hecho, que aquel escepticismo acerca del contenido del libro —es decir, sobre todo, acerca de la seriedad de su contenido y del respeto debido al mismo— y la recurrencia chapucera a alguna que otra expresión escrita en él con la intención de dar sustancia a no importa qué declaración profética engañosa van, hoy más que nunca, de la mano.

Es en esto último, por cierto, donde mejor se puede apreciar cuál es, en verdad, aquel específico libro sellado del que nos habla el pasaje en el libro de Isaías que he citado más arriba, el cual —recordémoslo— está íntimamente vinculado con la visión de la totalidad de la que hablan el propio Isaías y Ezequiel, visión que, tal como dicen los profetas de antaño, ninguno de los profetas del fin de la era tendría. En efecto, hacia el final de Apocalipsis es posible leer la siguiente advertencia, cuya solemnidad no creo que sea posible exagerar:

Yo testifico [6] a todo el que escucha los asuntos de las profecías de este libro: si alguno añadiere a estas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro; y si alguno quitare de los asuntos del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la ciudad santa y de las cosas escritas en este libro. (Apocalipsis 22:18,19)

¿Acaso ha visto el lector últimamente a alguno de todos estos profetas de hoy debidamente atento a tales advertencias del autor del libro de Apocalipsis? Yo no. Y es así, entonces, que en las declaraciones de Dios por medio de Ezequiel encontramos lo siguiente:

¡Estará mi mano contra los profetas que ven vanidad y contra los que adivinan mentira! ¡No estarán en el secreto de mi pueblo y no estarán inscritos en el listado de la casa de Israel!… (Ezequiel 13:9)

Ahora bien, esto es exactamente lo mismo que le fue declarado a Daniel por el mensajero que Dios envió para que le revelase las cosas escritas en el libro de la verdad:

En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran príncipe que está a favor de los hijos de tu pueblo, y será un tiempo de tribulación tal como no lo ha sido desde que existe una nación hasta entonces. Y en aquel tiempo será librado tu pueblo, todos aquellos que se encuentran inscritos en el libro. Y muchos de los que duermen en el piso de polvo serán despertados, [7] unos para la vida de la era y otros para vergüenzas, para el desprecio de la era… (Daniel 12:1,2)

No cuesta demasiado, por lo tanto, comprender que los profetas de hoy, en su uso de palabras y expresiones que se encuentran en el libro de Apocalipsis —un uso a la vez deficiente y negligente, esto es, con una pasmosa falta de reverencia y con la sola finalidad de legitimar aquello que profetizan de su propia imaginación— integrarán el grupo de aquellos que despertarán, no para la vida gloriosa de la era que viene, sino para la vergüenza y el desprecio de la misma. ¿Y no es, de hecho, a esta suerte a la que el Señor se ha referido a menudo al utilizar la expresión “allí estarán el llanto y el crujir de dientes”? [8]

Por otra parte, tal como ya lo he señalado en una nota al pie a mi traducción del capítulo 23 de Jeremías que da inicio a esta serie, las últimas palabras presentes en Daniel 12:2 y las últimas del capítulo de Jeremías en cuestión son claramente coincidentes. En ambos casos, se trata de gente del pueblo de Dios no inscrita en el libro y cuyo destino será, por ende, «la vergüenza de una era y la mortificación de una era». Pregunto, entonces, aquí: ¿puede acaso ser más clara la unicidad de sentido de los dichos en los libros de Jeremías, de Ezequiel, de Daniel y de Apocalipsis respecto de quienes en el fin de la era profetizarían de su propia imaginación, sin cuidarse del efecto que sus declaraciones pudiesen tener sobre el pueblo de Dios?

¿Qué es lo que se espera de un profeta auténtico en nuestros días?

Ciertamente, la respuesta a semejante pregunta podría ocupar un copioso volumen; sin embargo, es no menos cierto que la misma puede ser formulada en unos términos más bien breves. Si atendemos a lo dicho en los pasajes de Jeremías y Ezequiel publicados ya en esta serie, notaremos que en ellos se encuentra una conditio sine qua non, un requisito indispensable para considerar a no importa quién un auténtico profeta de Dios. Es así que leemos en Jeremías:

“Yo no he enviado a los profetas, pero ellos salen corriendo; no les he hablado, pero ellos profetizan. Pero si estuviesen en mi secreto, harían a mi pueblo obedecer a mis asuntos y los harían arrepentirse de su mala conducta y de la maldad de sus actos. […] Por ello, ¡heme aquí contra los profetas —declara Yahweh— que se roban mis palabras el uno del otro! ¡Heme aquí contra los profetas —declara Yahweh— que valiéndose de sus propias lenguas dicen ‘Él declara’! ¡Heme aquí en contra de los que profetizan sueños engañosos —declara Yahweh— y los cuentan y hacen que mi pueblo se desoriente con sus engaños y con sus frivolidades! ¡Y yo ni los envié ni les di orden alguna, ni tampoco han sido de ningún provecho para este pueblo!” (Jeremías 23:32)

En otras palabras, los profetas del fin de la era cuentan sueños engañosos y frívolos y, al hacerlo, desorientan al pueblo de Dios, por lo cual no le son de ningún provecho. Más aún: con tales procederes, lo que hacen en realidad es alejar al pueblo de aquello que Dios verdaderamente desea que este haga en nuestros días como preparación para entrar en su reino, a saber: arrepentirse de su mal proceder y de sus actos de maldad. Es a esto, de hecho, a lo que se refiere Dios por medio de Ezequiel cuando dice lo que ya he citado más arriba en este escrito: “Ustedes no […] levantarán una cerca en rededor de la casa de Israel a fin de que se afirme en la batalla, en el día de Yahweh.” (Ezequiel 13:5)

¿Y quién, de hecho, de entre todos estos profetas, está diciendo hoy al pueblo que el día de Yahweh traerá consigo una cierta batalla, con todo lo que una batalla implica? Por el contrario, muchos por estos días pregonan que no hay batalla alguna a librarse, puesto que, de hecho, Dios ya ha transferido toda la autoridad del reino de Dios a aquellos que la ejercerán como reyes y sacerdotes de Dios y de su Cristo en la era por venir. Dicen esto, desde luego,  apoyándose, por ejemplo, en lo que puede leerse en el libro de Daniel.

Y el juicio ocupará su asiento y [...] el reino y la autoridad y la majestad de los reinos de debajo del cielo será dada al pueblo de los santos del Altísimo... (Daniel 7:26,27)

Lo cual, por otra parte, se encuentra certificado en el libro de Apocalipsis, el cual citaré aquí mayormente en mi traducción de la versión siríaca:

Y el séptimo ángel tocó y hubo grandes voces en el cielo que decían: “¡Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Dios y de su Mesías! ¡Y ellos reinarán por la era de las eras!” Y los veinticuatro ancianos que estaban delante de Dios sentados en sus tronos se postraron sobre sus rostros y adoraron a Dios, diciendo: “¡Te reconocemos Señor Yahweh, Dios Todopoderoso, que eres y que eras, porque has tomado tu gran fuerza y has ejercido el dominio! ¡Y las naciones se enfurecieron; pero vino tu furor y el tiempo para que los muertos sean juzgados y para dar la recompensa a tus siervos los profetas, a los santos y a los que temen tu nombre, a los pequeños juntamente con los grandes, y de arruinar a los que arruinan la tierra!” (Apocalipsis 11:15-18)

Y también:

Y vi asientos y a los que estaban sentados en ellos (ya que les fue dado juzgar) y a las almas de los que habían sido cortados por causa del testimonio de Jesús y por causa de la palabra de Dios y a aquellos que no habían adorado a la bestia ni a su imagen y no habían recibido su marca sobre sus frentes o sobre sus manos, los cuales vivieron y reinaron con el Mesías mil años: esta es la primera resurrección. (Apocalipsis 20:4,5; versión siríaca)

Ahora bien, ¿no hemos leído ya en Isaías que quienes no comprendan el libro de Apocalipsis no podrán tener una visión de la totalidad y que, según el mismo profeta, ninguno comprendería realmente dicho libro? De ahí, entonces, que a todos aquellos que hoy pregonan esto les quepan estas palabras que en sus días el apóstol Pablo dirigiera a los corintios:

Ustedes ya están llenos, ya son ricos, ya están reinando sin nosotros... ¡Y ojalá ya reinaran, pues así también nosotros estaríamos reinando con ustedes! (1 Corintios 4:8)

A manera de conclusión

No es mucho más lo que creo poder decir sobre este asunto en estas líneas. Lo cierto es que, a pesar de que el tiempo de la gloria para el remanente fiel del pueblo de Dios está cada vez más cerca, la casa de Dios aún está en ruinas. Lo está, incluso, más que nunca, pese a lo que hoy se escucha y se lee de parte de tantos que nunca llegan a la unificación plena del sentido de lo previsto para nuestros días por el espíritu de Dios, es decir, a aquello que hoy "el Espíritu dice a las congregaciones", según la conocida frase que se repite en el libro de Apocalipsis. Es, de hecho, este mismo libro de Apocalipsis el que ninguno de tales profetas parece comprender, pese a que sus impresiones personales pudiesen asegurarles otra cosa. Es, por lo tanto, mi ferviente deseo y mi oración que en los decisivos días que se avecinan —y en los que, de hecho, ya hemos ingresado—, muchos de tales profetas se vuelvan hacia dicho libro como hacia la última y definitiva certificación de toda profecía y de toda visión.

 

Notas

[1] No se trata aquí, más que probablemente, del padre y la madre que engendraron literalmente al tal hombre, sino de quienes lo introdujeron a las cosas de Dios, y más concretamente a la instrucción de Dios. El uso de dicha expresión en este último sentido no era extraño dentro del mundo judaico de tiempos del segundo templo. De ahí que en el Talmud se lea: “Si uno enseña al hijo de su prójimo la instrucción, la Escritura considera a esto lo mismo que si lo hubiese engendrado” (Sanhedrin 19b). Y así, el mismo apóstol Pablo, quien se expresaba a veces con la jerga de los tiempos en que había pertenecido a la secta de los fariseos, valiéndose de esta expresión en este mismo sentido, la utiliza en 1 Corintios 4:15 y en Filemón 1:10.

[2] Así en el texto hebreo. El texto griego de la versión Septuaginta dice, en cambio:  «lo atarán de pies y manos» (συμποδιοῦσιν αὐτὸν). El Targum de Zacarías convalida esta última lectura, ya que dice «lo prenderán» (ייחדון ביה). Por su parte, el texto de la Peshitta parece dar el sentido preciso de la expresión, ya que dice «le prohibirán» (ܢܐܣܪܘܢܗ), es decir que le prohibirán hablar engaño en el nombre de Dios.

[3] ישטטו רבים. Literalmente «muchos lo recorrerán». En mi traducción, suscribo a la observación hecha por Gesenius respecto de esta ocurrencia en Daniel 12:4. Véasela en la entrada correspondiente a la raíz verbal שוט en su Hebrew-Chaldee Lexicon.

[4] Se entiende, claro está, que es específicamente el conocimiento del libro en cuestión el que se acrecentaría.

[5] Reproduzco aquí la nota al pie que incluyo en mi traducción de la versión siríaca del libro de Apocalipsis (Buenos Aires, Dalat, 2018): «La revelación de Jesús el Mesías es el auténtico título de éste, el último libro del NT. Se trata de un incipit, es decir, de un título conformado por las primeras palabras del texto al que da inicio, tal como ocurre, por ejemplo, con muchos libros del AT en su versión hebrea. Así, el título hebreo del libro del Génesis es בראשית (“En el comienzo”), el del Éxodo es שמות (“Nombres”), el del Levítico, ויקרא (“Y llamó”), el de Números, במדבר (“En el desierto”); etc.»

[6] El verbo que utiliza aquí el autor no es meramente μαρτυρέω (marturéoo) sino συμμαρτυρέω (sunmarturéoo), con lo cual quiere expresar que su testimonio no es único, sino que acompaña al de otro u otros.

[7] Muchos han tomado esta expresión en el libro de Daniel como una incontestable alusión a la resurrección. Sin embargo, ninguno de estos ha podido explicar cómo es que los que resucitan para la vergüenza y el desprecio lo harán junto a aquellos que vivirán dichosamente en la era que viene, puesto que el libro de Apocalipsis dice muy expresamente que entre unos y otros se interpone un tiempo de mil años (véase el texto griego de Apocalipsis 20:5). En cambio, han pasado por alto la siguiente expresión del apóstol Pablo en su carta a los efesios, la cual claramente no se refiere a una resurrección literal de entre los muertos: “Por lo cual dice: ‘Despiértate, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te alumbrará el Cristo’” (Efesios 5:14). O mucho me equivoco o esta expresión está inspirada en las palabras de Daniel 12:2.

[8] Puesto que no me es posible realizar un relevamiento de todas las ocasiones en las que Jesús hizo uso de esta expresión, invito al lector a hacerlo por sí mismo y a tomar debida cuenta del contexto en que el Señor la ha utilizado en Mateo 8:12; 13:42,50; 22:13; 24:51; 25:30 y Lucas 13:28.

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