“¿A dónde huiré de tu presencia?” (Salmo 139)

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Pese a haber sido compuesto hace milenios, el salmo 139 es uno de los más actuales de todos los que componen la colección de salmos atribuidos a David. Hoy, en medio de unos días en los que los enemigos de Dios en las naciones occidentales levantan cabeza e instilan su odio a las masas desde todos los estamentos del poder —tanto aquellos que son manifiestos como los que están en las sombras—, su mensaje constituye tanto un llamamiento a la más íntima introspección como una sutil invitación a desistir de un ciego encono temporal que simplemente no tiene futuro.


 

Al director. [1] De David. Salmo.

Yahweh, tú me has examinado y me conoces. Conociste mi sentarme y mi levantarme. Comprendiste desde lejos mis propósitos. Abarcaste mi camino y mi reclinarme y estás al tanto de todos mis procederes. Y es que sin haber aún palabra en mi boca, he aquí que tú, Yahweh, ya la conocías por completo. Me has encerrado por detrás y por delante y sobre mí pones la palma de tu mano. [2] Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí: está tan alto que no puedo acceder a él.

¿A dónde iré para alejarme de tu espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si asciendo al cielo, estás ahí; y tiendo mi cama en el Seol y descubro que ahí, también, estás tú. Levanto las extremidades del alba, me instalo en el confín del mar: incluso allí me guía tu mano y me sujeta fuerte tu diestra. Y digo “De seguro la oscuridad me encubrirá”, y la noche se vuelve luz en derredor mío; pero ni aún la oscuridad esconde de ti, y la noche ilumina como el día: según es su oscuridad, así es también su luz.

Y es que tú creaste mis vísceras mientras me entretejías en el vientre de mi madre. ¡Te alabo por haber sido tratado de manera tan admirablemente distinguida! ¡Tus hechos son maravillosos [3], y mi alma lo percibía en gran manera! Mi esqueleto no te fue ocultado a pesar de que fui hecho en lo secreto y fui bordado en las profundidades de la tierra. Tus ojos vieron mi embrión; y en tu libro los días —todos ellos— fueron formados sin faltar ni uno. Y en cuanto a mí, ¡cuán queridos me son tus propósitos, Dios! ¡Cuán vasta es la suma de ellos! Si me pongo a enumerarlos, son más cuantiosos que la arena: despertaré y aún estaré contigo.

Si tú, Dios, eliminarás al maligno, ¡apártense entonces de mí los hombres sanguinarios que hablan de ti para implementar planes malvados, que exaltan tus ciudades para la vacuidad! ¿Acaso no aborrezco yo, Yahweh, a los que te odian? ¿Y acaso no detesto a los que se levantan contra ti? Los aborreceré con un aborrecimiento completo, por lo cual se me volverán enemigos.

Examíname, Dios, y conoce mi corazón; pruébame, y conoce mis preocupaciones. Ve si hay en mí algún proceder áspero y guíame por el camino perenne.

En memoria de mi padre, Mario Franco (1940-1997)

 

Notas

[1] למנצח. Acerca de mi elección del término «director» para traducir מנצח (menatzeaj), ver la nota 11 a mi traducción del libro de Habacuc.

[2] כפכה. Literalmente, “tu palma”.

[3] נוראות. Otra traducción posible es «temibles».

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