Carta abierta al Papa Francisco

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Durante siglos, los cristianos ortodoxos y los protestantes han venido cuestionando la autoridad del Papa sobre la Iglesia universal en tanto que obispo de Roma y supuesto sucesor de Pedro, el apóstol al que el Señor renombrara así según se lee en un conocidísimo pasaje de los Evangelios. Hoy, cuando el edificio del cristianismo todo se encuentra tambaleante y a punto de desmoronarse debido a los embates de fuerzas externas e internas al mismo, en medio de mi confinamiento obligatorio por la actual cuarentena, me ha parecido oportuno dirigirme al Papa Francisco en esta carta abierta que publico a continuación.


 

Estimado Francisco,

Le estoy escribiendo estas líneas desde mi confinamiento obligatorio en Buenos Aires, ciudad en la que —al igual que usted— nací y en la que, por así decirlo, me parece haber estado confinado casi toda una vida. Usted no sabe ni tendría por qué saber nada de mí. Sin embargo, por razones de espacio, no creo que venga a cuento que haga aquí una semblanza de mi persona. En todo caso, de leer usted esta carta, estimo que lo único que podría interesarle sobre mí en relación con ella se encuentra ya publicado en la página sobre mí en este mismo sitio…

Ahora bien, en lo que a mí respecta, como bien podrá imaginar debido a su investidura, estoy bastante al tanto de su vida pública. Hasta cierto punto, ya lo estaba cuando era usted Arzobispo de Buenos Aires; pero podría decir que mi auténtico interés por su figura surgió en el momento en que fue elegido como Papa, hace ya siete años. Recuerdo muy bien, por ejemplo, de aquellos primeros tiempos de su pontificado, su visita a la isla de Lampedusa a poco de ocupar su oficio. Pero lo que en realidad no puedo ni podría olvidar de aquellos días es, muy especialmente, aquella visita suya a los niños y niñas, muchachos y muchachas de los campos de refugiados de Deisheh y Beit Jibrin, reunidos para la ocasión en la ciudad en la que nació el Señor, en Belén. Allí les dedicó usted unas palabras que tal vez no habrían desentonado tanto de haber sido dichas frente al alumnado de algún colegio industrial del Bajo Flores o de La Matanza, pero que pronunciadas frente a aquella nobilísima y sufridísima congregación de jóvenes, nacida y criada en medio del expolio y del sojuzgamiento de décadas —jóvenes que, por otra parte, bien podrían portar la sangre de los antiguos profetas e incluso estar emparentados con el linaje humano del Señor—, sonaron a todas luces desnaturalizadas; y esto, por decir aquí lo mínimo… Creo que la mejor síntesis de todo este incidente la brindó aquel muchacho que se dirigió a usted en árabe en nombre de todos los demás y que proféticamente vino a citarle a usted (¡al Papa, imagínese!) aquellas palabras que encontramos en el libro de Jeremías:

Curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo "paz, paz", ¡y no hay paz! (Jeremías 6:13)

Le confieso que a partir de aquel encuentro —es decir: de aquel desencuentro—, su actividad como Papa fue perdiendo para mí el interés que acompaña siempre a la expectativa de algo que pudiera salirse del guión de una película que uno ya ha visto muchas veces. De ahí que, hasta cierto punto, su derrotero desde entonces tenga hoy en mi recuerdo una forma un tanto difusa, caótica, casi caleidoscópica. Y en cuanto a sus enseñanzas dirigidas a la Iglesia durante estos años, le confieso también que aún no he salido del todo de mi asombro de que haya usted escrito, desde una posición de autoridad como la suya, un texto como el de la encíclica Laudato si', de cuya publicación hoy se cumplen, precisamente, cinco años…

Creo que esta última alusión a su magisterio me permite entrar en el asunto que propiamente me ha llevado a escribirle estas líneas.

¿Sabe usted que siempre me han causado curiosidad aquellas palabras referidas a los escribas y a los fariseos que el Señor dirigiera a la gente y a sus propios discípulos poco antes de lanzar a aquellos el más duro reproche que jamás alguien les haya lanzado a la cara? Helas aquí:

En la cátedra de Moisés están sentados los escribas y los fariseos. Por lo tanto, todo aquello que les digan a ustedes de observar, obsérvenlo y háganlo. Pero no hagan según sus actos, porque ellos dicen, pero no hacen… (Mateo 23:2,3)

En otras palabras: los escribas y los fariseos ocupaban el lugar de magisterio que en su momento tuviera Moisés, pero no eran como Moisés. ¿Y acaso no ocurre otro tanto con usted? Desde hace siglos, la Iglesia Católica en su conjunto sostiene y enseña que ustedes, los obispos de Roma, ocupan el trono de Pedro y que, debido a que Pedro fue el primer obispo de Roma, ustedes, sus legítimos sucesores, son, por ende, jefes de la Iglesia Universal y padres —Papas— de la misma. Sin embargo, ¿hablan acaso ustedes cosas siquiera parecidas a las que Pedro decía en sus cartas? ¿Cumplen acaso con el encargo que el Señor diera a Pedro al momento de restaurarlo plenamente con su amor y con su perdón? Veamos lo que dice sobre dicho encargo Juan en su evangelio:

Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón hijo de Jonás, ¿me amas más que estos?” Le respondió: “Sí, Señor; tú sabes que te quiero”. Él le dijo: “Alimenta a mis corderitos”. Volvió a decirle la segunda vez: “Simón hijo de Jonás, ¿me amas?” Le respondió: “Sí, Señor; tú sabes que te quiero”. Él le dijo: “Apacienta mis ovejas”. Y le dijo por tercera vez: “Simón hijo de Jonás, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que le dijera por tercera vez ‘¿me quieres?’ y le respondió: “¡Señor, tú lo sabes todo! ¡Tú sabes que te quiero!” Jesús le dijo: “Alimenta a mis ovejas”... (Juan 21:15-17)

Yo, por mi parte, no pienso entrar aquí en una disquisición sobre la legitimidad o la ilegitimidad de la pretensión papal respecto de estar cumpliendo con la línea sucesoria iniciada en Pedro y de estar sentados, por ende, en su cátedra. No cuento para ello con el tiempo ni, sobre todo, con el conocimiento suficiente de las tradiciones que a lo largo de los siglos han hecho posible tal creencia. Le aseguro, en tal sentido, que no tendrá que leer, en lo que resta de esta carta, ni una sola palabra en contra de dicha pretensión. Más aun: a los efectos de lo que debo decirle, estoy incluso dispuesto a darla por válida —bien que con ciertas reservas—, ya que, de hecho, creo que la misma tiene una clara significación dentro del perfecto plan del Señor.

Le diré, en todo caso, que mis objeciones al papado no son las mismas que suelen elevar las demás denominaciones cristianas, en especial las protestantes. Según discierno yo esta cuestión, los últimos diecinueve siglos debían transcurrir tal como transcurrieron. ¿Y podía acaso todo esto ocurrir de otra manera cuando, tal como acabo decirle, el plan del Señor es perfecto desde un principio? Si tuviese que expresar mi parecer mediante una analogía, diría que la idolatría, las herejías, los cismas y la decadencia moral que ha plagado desde entonces a la Iglesia no son sino un reflejo de lo que oportunamente ocurriera con el pueblo antiguo, en los tiempos en que las diez tribus del norte fueron arrancadas de las dos tribus del sur. Y tal como ha culminado todo en aquellos días para las unas y para las otras, así también culmina todo en nuestros días, en el final mismo de la era, para todas las iglesias.

Sé que es usted un admirador de la obra de Dostoievski. Es por ello que querría citarle aquí, a manera de prueba de mi aceptación a priori de la figura papal, unas palabras que en su momento publicara el recordado escritor ruso en su Diario de un escritor. Se trata de una frase con la que este diera cierre a su crítica de Ana Karenina, la monumental novela de aquel otro gran escritor ruso que fue Tolstoi. En aquella crítica, escrita con evidente disgusto por algo que ahora no viene a cuento, Dostoievski terminaba diciendo: “Hombres como el autor de Ana Karenina son nuestros maestros, y nosotros somos sus discípulos. ¿Pero qué es lo que nos enseñan?”

No pienso, desde luego, extender aquí esta pregunta a sus antecesores, los cuales, en todo caso, deberán responderla en su momento frente al tribunal del Cristo. Ni siquiera la dirigiré al Papa emérito en cuyo lugar se sienta hoy usted y que aún reside en Roma. Creo, sin embargo, que hacerle esta pregunta a usted no está en lo absoluto fuera de lugar. Es así que le pregunto sin más dilación: ¿qué es lo que usted, Francisco, ha estado enseñando a su pueblo? ¿Han estado acaso sus enseñanzas en consonancia con lo que el Señor mandó transmitir a sus apóstoles —incluido entre ellos, claro está, el propio Pedro— al comisionarlos como tales?

Desde luego que las buenas nuevas de Jesucristo y del reino de Dios y las enseñanzas que los apóstoles han traído a las naciones no irían a tener el mismo efecto en todos por igual. Y es así que en el Nuevo Testamento —especialmente en el libro de los Hechos— vemos cómo era que todo esto funcionaba, puesto que sólo aquellos que por don de Dios creían en dichas buenas nuevas recibían, también por don de Dios, su propio Espíritu. Y eran sólo estos, entonces, los que recibían las enseñanzas de los apóstoles con algún provecho; el resto no se beneficiaba en lo absoluto de las mismas. Aquí, desde luego, se aplica en su forma más básica el principio que estableció el mismo Señor cuando dijo que muchos son los llamados y pocos los escogidos…

Es, entonces, exclusivamente a dichos escogidos —cuya elección queda sellada por el mismísimo espíritu de Dios al creer con fe en el evangelio— a quienes las enseñanzas de los apóstoles podrían en verdad edificar. A todo el resto, a todos aquellos que nacen sobre esta tierra a cada hora desde entonces, sólo podría estarles reservada la escucha de las buenas nuevas de Jesucristo y el reino de Dios, ya que este mismo proceso que acabo de delinear aquí estaba llamado a reiterarse una y otra vez, hasta el fin de la era. Y a propósito de esto último, ¿cuándo fue la última vez que usted anunció estas buenas nuevas a aquellos que aún no las conocen?

Ahora bien, por otra parte, ¿qué es lo que el apóstol Juan ha dicho a los destinatarios de su primera carta, los cuales eran, mayormente, hombres y mujeres sobre los que había venido el espíritu del Cristo? He aquí sus palabras:

Que aquello que ustedes han oído desde un principio permanezca en ustedes. Si lo que han oído desde un principio permanece en ustedes, también ustedes permanecerán en el Hijo y en el Padre […] Les escribo estas cosas respecto de aquellos que los están desorientando. Pero la unción que recibieron ustedes de Él permanece en ustedes y no tienen ninguna necesidad de que alguien les esté enseñando, sino que tal como su unción misma les está enseñando concerniente a todas las cosas y es verdadera, y no es mentira, según ella les enseña, permanezcan en Él…  (1 Juan 2:24,26,27)

Como ya se estará usted figurando, me tomo muy en serio las instrucciones del Señor. Y creo que lo que procedería aplicar tocante a la cuestión de aquello que usted enseña —y de cómo lo define ello a usted ante el Señor y ante su pueblo— es una instrucción que el Señor instituyera tempranamente por medio de Moisés y que luego él mismo —ya hecho hombre— y el apóstol Pablo validarían luego con palabras que constan en las Escrituras. Fue, de hecho, Pablo el que dio a dicha instrucción la forma que citaré aquí, al escribir lo siguiente a los santos en Corinto:

Por boca de dos o tres testigos se decidirá todo asunto... (2 Corintios 13:1)

Ahora bien, como usted bien comprenderá, una cuestión de extensión —es decir, de la extensión que conviene a toda carta— me impide abundar aquí en dos o en tres ejemplos que diesen testimonio de la naturaleza de su exposición del evangelio ante su pueblo y ante el mundo, urbi et orbi, tal como suele decirse. De ahí que haya escogido muy cuidadosamente el único caso que traeré a cuento para tratar acerca de sus enseñanzas y, sobre todo, de la fidelidad que las mismas guardan respecto de la verdad de Jesucristo. Después de todo, dicho caso es —diría yo— ideal para sopesar esto, ya que se funda en palabras que usted no solamente ha pronunciado frente a muchísimos más que tres testigos, sino que se encuentran debidamente documentadas en el propio sitio web del Vaticano.

Me refiero, más concretamente, a unas palabras suyas dirigidas a la multitud reunida en la Plaza de San Pedro con motivo del Ángelus el domingo 13 de julio de 2014. Allí, no bien comenzada su habitual alocución dominical, dijo usted lo siguiente, comentando el capítulo 13 del evangelio de Mateo:

[…] Cuando habla al pueblo, Jesús usa muchas parábolas: un lenguaje comprensible a todos, con imágenes tomadas de la naturaleza y de las situaciones de la vida cotidiana.

Jesús, en efecto, hablaba al pueblo valiéndose de muchas parábolas; y estas, asimismo, solían abundar en imágenes tomadas de la naturaleza y de las situaciones de la vida cotidiana. Todo esto es, desde luego, exacto. Sin embargo, ¿qué es lo que quiso usted decir con ello a la multitud reunida aquel domingo para escucharlo sino que Jesús se valía de muchas de tales parábolas para ser comprendido por todo el pueblo, ya que las mismas se fundaban en “un lenguaje comprensible a todos”? Ahora bien, basta con leer el pasaje que estaba usted comentando entonces para ver que esta inferencia hecha por usted no sólo difiere de la verdad —y, por ende, de la sana enseñanza— sino que la contradice plena y redondamente. ¿No me cree usted? ¿Considera que tal cosa es imposible? Veamos, entonces, el propio texto de las Escrituras que usted comentaba en aquel momento para dirimir este asunto. Le recuerdo que en el pasaje de marras Jesús acababa de referir al pueblo reunido frente a su barca en el mar de Galilea la parábola del sembrador, tal como todos la conocemos. ¿Pero qué le preguntaron sus discípulos no bien Jesús terminó de referir la parábola en cuestión a oídos de la gente? Veámoslo:

Y, acercándose [a Jesús], dijeron los discípulos: “¿Por qué les hablas en parábolas?” Y respondiendo, les dijo: “A ustedes les es concedido el conocer los secretos del reino de los cielos, pero a ellos no se les ha concedido. Pues a todo el que tenga le será dado, y tendrá más; pero al que no tenga, incluso lo que tiene le será quitado. Por eso les hablo yo en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no oigan, ni tampoco entiendan”… (Mateo 13:10-13)

La parábola del sembrador que en el pasaje en cuestión venía de referir Jesús al pueblo, exigía ser interpretada y, de hecho, así lo haría él, Jesús, en privado para sus discípulos, ¡ya que ni aún ellos la habían entendido! Sin embargo, ¿se da cuenta usted de que estas otras palabras que cito arriba no admitían ni admiten interpretación alguna? ¿Puede acaso reconocer que con ellas el Señor dijo de manera inequívoca, con expresión más clara que el desierto en pleno mediodía —aquí, sí, en un lenguaje verdaderamente “comprensible a todos”, es decir, a todos los lectores que presten un mínimo de atención a aquello que están leyendo—, que lejos de buscar el entendimiento del pueblo, ¡su propósito era exactamente el contrario? ¡De manera que aquí no ha vacilado usted en poner completamente de cabeza aquellas sencillas palabras del Señor que hasta un niño podría comprender!

Por lo tanto, permítame preguntarle lo siguiente: frente a ejemplos tan flagrantes como este que acabo de referirle, ¿no tendría, la grey católica, en su vasto conjunto, el pleno derecho de hablar como Dostoievski lo hiciera sobre Tolstoi y preguntarse qué es lo que usted —como cabeza visible de la Iglesia Católica, como siervo de los siervos de Dios y como sucesor de aquel mismo apóstol al que Señor encomendó en su momento la misión de alimentar a sus corderitos y sus ovejas—, no tendrían, digo, tantos cientos de millones de personas, no sólo el derecho, sino incluso la obligación, de preguntarse qué es, propiamente, lo que usted les enseña?

Y es que si usted no puede siquiera acertar a extraer el sentido de los dichos coloquiales de Jesús, ¿cómo podría hacer lo propio con sus parábolas, las cuales, para cualquiera que tuviese un entendimiento mínimo del arameo que usted mismo debería de tener, son en verdad acertijos? Vea cuáles fueron, de hecho, según el evangelio de Marcos, las palabras del Señor cuando sus propios discípulos le pidieron que les dijese el sentido pleno de aquel acertijo del sembrador:

¿Acaso no disciernen ustedes este acertijo? ¿Y cómo, entonces, van a discernir todos los acertijos? (Marcos 4:13)

De manera que aquí tiene usted, de la boca del propio Señor Jesucristo, la sugerencia de que todos sus acertijos tienen una misma clave y que quien discierne el sentido de uno solo de ellos va por buen camino en pos de conocer los secretos del reino de Dios. Y viceversa: quien no diese con el sentido de uno solo de sus acertijos, no podría entender ninguno de los tantos otros de los que el Señor se valió cuando caminó entre nosotros como un hombre. ¿Pero qué decir de usted, quien desde el mismísimo sillón petrino, ha dado una vuelta más de tuerca a todo este asunto, pues no conforme con dejar sin guía a sus vastas audiencias frente a los dichos oscuros del Señor, llega incluso a oscurecer sus declaraciones más diáfanas? ¿Es acaso usted un improvisado? ¿O es acaso alguien que carece del espíritu de Dios? Como verá ninguna de estas dos opciones lo deja bien parado. Y el caso es que a mí no se me ocurre una tercera…

Es posible —e incluso probable— que estas últimas palabras mías vayan a irritarlo y puede que hasta a enfurecerlo. Entonces, para lidiar con tales emociones, quizá opte por tomarme por un lego, por un heterodoxo, por uno de aquellos personajes a los que los capangas de las iglesias pentecostales a los que sus súbditos tienen por pastores llaman —casi siempre debido a su propia falta de argumentos— un llanero solitario. Pero créame si le digo que tal cosa me tiene sin cuidado. De hecho, el decirle esto no hace más que recordarme un chiste que, a mi entender, refleja con humor —con un tipo de humor bastante porteño, que sin duda usted comprenderá muy bien— el trágico proceder suyo frente a los cristianos, especialmente frente a los católicos, y más especialmente aún frente a aquellos católicos que, en buena conciencia, se apegan a la tradición de la Iglesia Católica por considerarla depositaria y portadora de la única verdad respecto del evangelio de Jesucristo. Según este chiste del que le hablo, el Llanero Solitario y su compañero, el indio Toro, se encuentran acampando en el centro de una hondonada circular. De pronto, decenas y acaso centenares de indios dejan ver sus siluetas sobre los acantilados. Sobresaltado, el Llanero exclama: “¡Toro, estamos rodeados!” Pero el indio, con toda parsimonia, le contesta: “Tú estar rodeado..."

Le he dicho al comienzo de esta carta que su figura suscitó mi interés no bien fue electo Papa. Y no crea que luego de ser testigo de aquella bochornosa, indigna visita suya a los jóvenes palestinos, mi interés por su trayectoria —a partir de entonces, ya mucho más previsible— ha mermado por completo. De hecho, debo reconocer que, hasta este mismo momento en que le estoy escribiendo estas líneas, nunca ha dejado usted de hacer méritos para sorprenderme con sus dichos y con sus actos: desde la presentación, hecha con bombos y platillos, de su inverosímil, inefable, inasible e incomible encíclica Laudato si' que ya he mencionado, hasta el evento en pos de la supuesta reconstrucción de un imaginario pacto educativo global —cuya realización anunciara oportunamente usted para este mes de mayo y que debió posponerse debido a la cuarentena que hoy afecta a gran parte del mundo—, pasando por sus tan impropios como insustanciales «videos del Papa», su pública complacencia con toda clase de ídolos e imágenes abominables —entre los que no sólo se incluyen ridículas muñecas Barbie, sino también la Pachamama y ¡hasta un Baal fenicio en su forma cartaginesa de Moloc, en cuyo honor los antiguos ofrecían a sus hijos e hijas en sacrificio y a cuyo despliegue en pleno Coliseo usted no parece haber hecho objeción alguna!—, sus espectáculos circenses en el Vaticano y —no por último menos importante— su insólita afirmación de que toda la cristiandad debería obedecer, sin más, cuanta orden emanase de organizaciones internacionales tales como las Naciones Unidas, a cuyas autoridades y burócratas los ciudadanos de las naciones no votan ni han votado jamás y cuyas iniciativas suelen ser virulentamente hostiles contra los mandamientos de Dios y contra las enseñanzas de Jesucristo…

Los hitos que acabo de mencionarle —apenas una pálida muestra de sus dichos y de sus actos como Papa— me han llevado a buscar en las Escrituras alguna guía, alguna clave que me ayudase a vislumbrar en qué podría ir a parar todo esto. Por lo pronto, le diré que su actitud y la de las máximas autoridades que lo secundan (incluido, desde luego, aquel cardenal que tan cruda y descaradamente lo definiera a usted nada menos que como un Flautista de Hamelin), trae a mi memoria unas palabras del Señor en el libro de Sofonías que siempre me han impresionado:

Sucederá en aquel tiempo que escudriñaré a Jerusalén con las lámparas y castigaré a los hombres que descansan como vino sobre sus sedimentos, los cuales se dicen a sí mismos: “Yahweh no hará bien ni hará mal…” (Sofonías 1:12)

Tal cosa sería, desde luego, muy humana. Me refiero a que nosotros, los seres humanos, tendemos por naturaleza a tomar la sujeción que el Señor guarda respecto de los tiempos de su plan como una tardanza, cuando no como una mera negligencia de su parte a la hora de la acción. Esto, claro, en el caso en que creamos verdaderamente en nuestro fuero interno que hay un Dios. Los necios, en cambio, suelen tomar estas mismas cosas como la prueba irrefutable de su inexistencia. Tal como dice el salmo:

Dice el estúpido en su corazón: “No hay Dios…” (Salmo 14:1)

¿Pero cómo olvidar aquí, por otra parte, las siguientes palabras, escritas por Pablo a su discípulo Timoteo acerca de los últimos días de la era, es decir, de los nuestros?:

Sabe también que en los últimos días vendrán tiempos peligrosos, pues los hombres serán amadores de sí mismos, apegados al dinero, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, desagradecidos, malignos, sin afecto natural, implacables, difamadores, incontinentes, brutales, aborrecedores de lo bueno, traidores, impulsivos, vanidosos, con apego a sus propios placeres antes que a Dios, al cual venerarán en las formas mientras hacen caso omiso de su poder… (2 Timoteo 3:1-5)

“Al cual venerarán en las formas, mientras hacen caso omiso de su poder…” ¿No se parece esto, acaso más que nunca en toda la historia de la Iglesia Católica, a lo que ocurre hoy en el Vaticano y, por ende, en todas las naciones eminentemente católicas en las que este tiene su influjo?

Note, por favor, que no estoy haciendo aquí un caso contra la riqueza material en medio de la cual desenvuelve sus actividades la Santa Sede, riqueza de la que usted ha dado siempre señales de querer despegar su imagen con frases como aquella que aboga por una "iglesia pobre para los pobres” y otras por el estilo que delatan hasta qué punto confunde usted el glorioso evangelio de Jesucristo con un mero pobrismo, surgido de las malas (¿y también maliciosas?) lecturas bíblicas bajo una lente marxista. No: usted podría emular e incluso sobrepasar a Anthony Quinn en la recordada película Las sandalias del pescador, que en nada cambiaría mi apreciación —fundada en todo lo que le he dicho hasta aquí— sobre la vergonzosa forma en la que usted ha llegado a manejar los asuntos del reino de Dios en la actualidad. El Señor —se sabe—, cual si fuese su mayordomo, otorgó a su antecesor e iniciador de la estirpe papal, a Pedro, las llaves del reino a fin de que administrara sus cosas. ¿Y qué diremos, Francisco, acerca de su propia mayordomía? ¿Habrá anticipado el Señor en qué iría a parar la administración de su casa bajo el mando de usted, a casi dos mil años de aquel nombramiento? Y sobre todo, ¿qué opinaría al respecto?

Muy a propósito de todo esto, le confieso que nunca entendí la incapacidad general de los cristianos de todos los tiempos a la hora de vislumbrar las muchas claves que el Señor y sus apóstoles nos han legado para comprender los libros de los profetas del Antiguo Testamento. No quiero decir con esto que yo mismo las haya distinguido desde un primer momento. Sin embargo, ¿no sería de esperar que, en el transcurso del tiempo, el mismo Espíritu que Dios nos ha dado a los que lo amamos y confiamos en su sacrificio en la cruz, en el derramamiento de su sangre para la remisión de nuestros pecados, llegase a guiar nuestro entendimiento de estas cosas? ¿Y por qué, entonces, ha habido tanta incomprensión sobre la significación de tales libros?

Por mi parte, no creo que haya, en este último sentido, claves tan claras como las que ha aportado su propio antecesor, el apóstol Pedro, en sus dos cartas. La primera de ellas es la que nos ofrece en las siguientes palabras:

Acerca de esta salvación han inquirido e investigado ansiosamente los profetas que profetizaron sobre esta gracia destinada a ustedes, indagando qué cosa en qué clase de tiempo señalaba en ellos el espíritu del Cristo, el cual de antemano testimoniaba acerca de las vicisitudes del Cristo y de la gloria que les seguiría. A ellos les fue revelado que no era para sí mismos, sino para nosotros que administraban las cosas que ahora les son declaradas a ustedes por los que anuncian las buenas nuevas mediante el espíritu santo enviado desde el cielo, cosas para mirar en las cuales los ángeles se inclinan. (1 Pedro 1:10-12)

Y he aquí la segunda de dichas claves, la cual nos habla tan íntimamente en estos oscurísimos y terminales tiempos:

Tenemos la palabra profética más confirmada, a la cual ustedes hacen bien en prestar atención como a una lámpara que alumbra en un lugar oscuro hasta que el día esclarezca y el lucero del alba asome en sus corazones, sabiendo primeramente esto: que ninguna profecía de las Escrituras se interpreta a sí misma, porque la profecía en ningún tiempo fue traída por la voluntad humana, sino que fue declarada por hombres de Dios movidos por el espíritu santo. (2 Pedro 1:19-21)

¿Acaso me equivocaría si dijese aquí que Pedro afirmaba a los destinatarios de su carta que Isaías, Jeremías, Ezequiel y el resto de los profetas cuyos libros tenemos a disposición en el Antiguo Testamento no registraron sus visiones por escrito pensando en sí mismos o en sus contemporáneos, sino en nosotros, que viviríamos en el fin de la era? ¡Claro que no! Fue, de hecho, el propio Pedro quien en la segunda declaración suya que acabo de citar más arriba nos advierte que ninguna profecía se interpreta a sí misma, sino que, en tanto que todas ellas han sido inspiradas por el espíritu de Dios, han de ser vinculadas entre sí con la asistencia del mismo Espíritu en el que tuvieran su origen. De todo este proceso forma parte indudable lo dicho por el Señor a través del profeta Oseas:

Hablaré a los profetas y acrecentaré la visión; y por medio de los profetas compondré símiles… (Oseas 12:10)

Ahora bien, aunque vaya a sonarle extraño, ¿me creerá si le digo que hasta no hace tanto tiempo ni siquiera estaba al tanto de que los católicos señalan a un pasaje de Isaías referido a la casa real de David para sustanciar la línea sucesoria papal que supuestamente se iniciara con Pedro y que en el presente llega hasta usted mismo? De hecho, en un comienzo pensé que todo esto se trataba de la postura sostenida por meros apologetas laicos, hasta que di con la edición de la New American Bible —la cual se encuentra validada por el Vaticano, al punto de suplir el texto bíblico en inglés publicado en el propio sitio del mismo—, en la que, al comienzo de una nota al pie hecha a las palabras que Jesús dirige a Pedro en Mateo 16:19 (“Te daré las llaves del reino de los cielos”), se lee esto que aquí le refiero en español:

Las llaves del reino de los cielos: la imagen de las llaves está probablemente tomada de Isaías 22:15-25, donde a Eliaquím, quien sucede a Sebna como encargado del palacio, le es dada la “llave de la casa de David”, la cual “abre” y “cierra” con autoridad (Isaías 22:22) [...]

Así, entonces, permítame citar aquí, completa, mi propia traducción del pasaje del libro del profeta Isaías mencionado en dicha nota al pie:

Así dijo el Señor Yahweh de los ejércitos: “Ve y entra a lo del mayordomo este, a Sebna, el que está a cargo de la casa, y dile: ¿Qué tienes tú aquí y a quién tienes aquí, que te has labrado aquí una tumba, como quien labra su tumba en lo alto o esculpe su morada en una peña? ¡He aquí que Yahweh te envolverá, te enrollará como a una pelota y te lanzará con un lanzamiento de campeón hacia un país de latitud extensa! ¡Allí morirás y allí estarán las carrozas en tu honor, vergüenza de la casa de tu Señor! ¡Te quitaré de tu puesto y de tu función y te destituiré! Y sucederá en aquel día que llamaré a mi siervo Eliaquím hijo de Hilcías, lo vestiré con tu túnica, lo ceñiré con tu cinto, le daré tu gobierno y será por padre al habitante de Jerusalén y a la casa de Judá. Y pondré sobre su hombro la llave de la casa de David, y abrirá y no habrá quien cierre, y cerrará y no habrá quien abra. Lo clavaré como una estaca en lugar confirmado y será por trono de gloria para la casa de su Padre, y colgarán de él toda la gloria de la casa de su Padre, los descendientes y sus proles, todos los utensilios pequeños: desde los recipientes hasta la totalidad de los instrumentos de música. En aquel día —declara Yahweh de los ejércitos— quitarás la estaca clavada en un lugar confirmado y será talada y caerá; y será cortada la carga que está sobre ella, porque Yahweh habrá hablado.” (Isaías 22:15-25)

Pero, entonces, si se pone en consideración todo lo dicho por Pedro en sus cartas acerca de la significación de las declaraciones que encontramos en los libros de los profetas y se le agrega el detalle no menor de aquello que el Señor mismo, a través de su espíritu, comunicó mediante el profeta Oseas —a saber: que por medio de los profetas compondría símiles—, ¿no resulta cuando menos sugestivo este simbólico cambio de mayordomo en el palacio de la Casa Real de David?

Sin duda, cualquier católico apegado a la tradición del papado que pusiese su atención en este pasaje de Isaías querría ver en Eliaquím un tipo y figura de Pedro, al tiempo que no tendría más remedio que ver en Sebna a alguna autoridad de los días en que el templo de Jerusalén aun estaba en pie. ¿Pero es en verdad de esto de lo que nos habla dicho pasaje? ¿Tiene acaso dicha interpretación alguna relevancia en el final mismo de la era, que es el tiempo sobre el que ha profetizado Isaías? ¿No será, más bien, el mayordomo Sebna el contratipo y la contrafigura de aquel mayordomo fiel y prudente cuya tarea consistía, entre otras cosas, en proveer a cada uno de los de la casa su porción de alimento a tiempo, tal como leemos en aquel acertijo registrado en Lucas 12:42-48?

Y entonces, de ser esto ultimo así, ¿dónde es que podría encontrarse, al final de la era presente —a la cual ciertamente le resta tan poco para haber cumplido su curso—, este hombre representado por Sebna, sino en aquella casa real fundada por el Señor Jesucristo en su calidad de Hijo de David y cuyo mayordomo habría sido Pedro? ¿No sería, de hecho, en el propio Vaticano, donde residen aquellos cuyo escudo muestra, desde el siglo XIII, dos llaves cruzadas? Ya que además, después de todo, ¿qué otra cosa podría ser el encargo del Señor a Pedro para que alimentase a sus corderitos y a sus ovejas sino la clara e inconfundible alusión a una de las funciones principales de dicha mayordomía?

Creo que ya va siendo tiempo de que ponga fin a estas líneas. Déjeme decirle entonces que, pese a lo que quienes se han separado de ella a lo largo de los siglos han pregonado y continúan pregonando, la Iglesia Católica de Roma sigue teniendo la representación del Señor Jesucristo en la tierra. ¿Y quién fue el que arrancó de su seno a los hombres que han dado nacimiento a las demás ramas y denominaciones a través del tiempo, hasta ser hoy estas más de trece mil? ¡El mismo que en los días de antaño hizo lo propio con las diez tribus de Israel que abandonaron la Casa de David en pos de la más absoluta idolatría! ¡El mismo que más tarde las condujo al exilio por mano de los asirios, el que también haría lo propio con dicha Casa de David en lo humano y con todo Judá una vez que hubieron colmado su propia copa de idolatría e iniquidad en Jerusalén, exiliándolos, esta vez, por mano de los babilonios! Por todo esto, diría yo que la posición que aún detenta la Iglesia de Roma en el mundo no es un motivo para vanagloriarse, sino más bien para conducirse con temor y temblor...

Sin embargo, es precisamente dicho temor —me refiero, desde luego, al temor de Dios— el que no aparece hoy por ninguna parte entre usted y sus colaboradores, ni en el Vaticano ni en las diversas diócesis con que el mismo cuenta en todas las naciones, especialmente en las naciones de Occidente. Con algunas y honrosas excepciones, el único temor que parecería cundir entre todos ustedes —desde el mayor hasta el menor— es el de ofender a los hombres poderosos, ricos e influyentes que odian y desprecian al Señor Jesucristo y a aquellos tantos otros que, por diversos motivos y con diversos medios, los tales logran ganar, cada vez en mayor número, para su causa. Es, creo yo, a este tipo de cuadro de fin de era al que se refiere el Señor cuando por medio del profeta Isaías reprocha:

¿De quién te asustaste y tuviste miedo como para fallarme a mí y no traerme al pensamiento ni pensar en esto? ¿No me he estado yo quieto desde siempre, por lo cual nunca me temiste? (Isaías 57:11)

Yo, por mi parte, querría que sepa usted que, pese a las cosas que aquí le he dicho, lo amo con el amor del Cristo y que desearía de todo corazón que usted —mi compatriota y conciudadano— pudiese evitar el destino general que aguarda a la Iglesia que preside. Tal deseo ha sido, parcialmente, el que me movió a escribirle estas líneas, siendo su necesario complemento mi deber de advertir al resto de mis hermanos en el mundo, tanto a los que integran la Iglesia Católica como a aquellos que no la integran,  acerca de los tiempos que se avecinan y que, de hecho, ya están sobre todos nosotros. Créame, en todo caso, que, en lo estrictamente personal, en nada me complacería llegar a ser un testigo en caso de que, debido al acercamiento de los tiempos y por el soberano designio del Señor, aquellas palabras dirigidas a Sebna en el libro de Isaías fuesen a tomar, de manera un tanto sorpresiva, un giro decididamente porteño, futbolero y canyengue que las hiciese sonar más o menos así: “El Señor te va a enrollar como a una pelota de trapo y te va dar un patadón de crack con el que te va mandar de vuelta a la Argentina…”

Creo que, de alguna u otra forma, pese a sus deficientes interpretaciones de las Escrituras, por el sólo puesto que ocupa, usted ha de saber —o cuando menos intuir— que el Señor no permitirá que la actual situación de sus siervos y sus siervas, de sus hijos y sus hijas en todo el mundo se dilate por mucho tiempo más y que pronto, mucho más temprano que tarde, tendremos grandes y portentosas novedades de Aquel que hace casi dos mil años nos legó, entre otras, estas seguras palabras:

Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; pero el asalariado, no siendo el pastor, del cual no son las ovejas, ve venir al lobo y abandona a las ovejas y huye. Y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa. De manera que el asalariado huye porque es asalariado y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor y conozco a mis ovejas; y las que son mías me conocen, tal como el Padre me conoce y yo conozco al Padre. Yo pongo mi vida por las ovejas. Y tengo otras ovejas que no son de este redil: también a estas debo traer; y oirán mi voz y habrá un rebaño y un pastor. (Juan 10:11-16)

Me despido de usted saludándolo en su Nombre.

Mariano Franco

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