¿Quién es Yahweh?

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Desde tiempos tempranos de la presente era, el nombre de Dios ha sido objeto de un misterioso ocultamiento que, comenzando por los rabinos que legaron al Talmud su núcleo doctrinal, continuaría vigente durante los siglos en los que el cristianismo se esparció por todo el imperio romano. Dicho ocultamiento ha sido tan bien pergeñado que, en la actualidad, muchos de los cristianos que tímidamente comenzaron a rescatar del olvido el nombre de Yahweh no han llegado aún a vislumbrar que el Nuevo Testamento se funda por completo sobre este, al tiempo que identifica inequívocamente a su único y legítimo portador.


 

Hace apenas unos días, el escritor, investigador e historiador norteamericano Michael Hoffman publicó un tuit con el siguiente texto:

Sr. Hoffman: si Yahweh (YHWH) es tan importante, ¿por qué no está en el Nuevo Testamento?

Ignoro si es esta una pregunta que le remitiera algún lector desafiante o si simplemente el propio Hoffman le dio esta forma para rebatir la noción, bastante común, de que el nombre de Yahweh no está presente en el Nuevo Testamento. Su respuesta, en todo caso, fue la siguiente:

Está en el Nuevo Testamento, aunque los guías ciegos del Iglesianismo [Churchianity] apenas señalan al mismo debido a sus obligaciones tanaíticas.

Hoffman alude aquí a los tanaím, es decir, a los rabinos que vivieron durante el período que se extiende entre los comienzos del siglo primero de nuestra era hasta aproximadamente el 220 d. C. y cuyos dichos están registrados en la sección talmúdica llamada Mishná. Dicha sección —auténtico núcleo del Talmud— no es sino un compendio de las tradiciones humanas acumulada desde hacía algunos siglos a las que Jesús se refiriera en una ocasión, al responder a algunos fariseos y escribas que censuraron fuertemente a algunos de sus discípulos por comer sin antes haberse lavado las manos, la cual es, precisamente, una de tales tradiciones. Por lo demás, el pasaje neotestamentario que registra este incidente y la respuesta que Jesús dio a los fariseos y a los escribas se encuentra en Marcos 7:1-13.

Por mi parte, no voy a referirme hoy a cuestiones judaicas, sencillamente porque no creo que sean del caso en lo que diré en estas líneas. Sin embargo, sí diré —ya que se vincula en gran manera con el tema de las mismas— que la costumbre de eludir toda mención del nombre de Dios según se encuentra en los libros veterotestamentarios está claramente vinculada con el judaísmo posterior a la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 d. C., el cual refleja, hasta hoy, las creencias, las tradiciones y las enseñanzas de aquellos mismos fariseos a los que Jesús reprendió en su tiempo y que desde temprano buscaron su muerte por considerarlo un insubordinado a los rabinos y un blasfemo.

¿Cuál es, en todo caso, la importancia que reviste todo esto en nuestros días? Yo mismo he avanzado esta cuestión en un comentario al tuit de Michael Hoffman que cito más arriba. En virtud de ello, no estará mal que cite aquí dicho tuit, en el que digo:

El nombre y la identidad de Yahweh pueden ser hallados en Romanos 10:8-15, en 1 Corintios 12:3 y en Filipenses 2:5-11, entre otros pasajes. Y si alguno no puede ver esto, nadie sobre la tierra podrá hacérselo ver, salvo el espíritu de Dios. Es inútil siquiera hablar de ello sin dicha asistencia.

Esto último fue lo que se puso de manifiesto en aquella entrevista entre Jesús y Nicodemo, un miembro del Sanedrín que, intrigado por los dichos y por los actos de Jesús, fue a visitarlo de noche, muy probablemente para no atraerse la furia y el reproche de sus correligionarios. De ahí también que a mi tuit anterior agregase yo este otro, con algunas de las palabras que Jesús dijera a Nicodemo en aquel encuentro:

En verdad, en verdad te digo que hablamos sólo de aquello que sabemos y damos testimonio de aquello que hemos visto, y aún así ustedes rechazan nuestra evidencia. Si no me creen cuando hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo me van a creer cuando hable de las cosas del cielo? (Juan 3:11,12)

Tal era la situación hace casi dos mil años entre los judíos, especialmente en el ámbito del Sanedrín, en Jerusalén. Y esto mismo es lo que ocurre hoy con los hombres que dicen representar al Señor Jesucristo desde el cristianismo institucional, especialmente desde el Vaticano. En la carta abierta al Papa Francisco que publiqué aquí hace unos días he incluido un ejemplo de esto mismo que Jesús dijera a Nicodemo. No se trata, en este caso, de hombres que no creen cuando se les habla de las cosas de la tierra, sino que no creen aquello que leen en las propias Escrituras, en esas mismas Escrituras a las que recurren cuando deben explicar al resto de los cristianos de donde se deriva su autoridad sobre ellos. Es así que mientras que los evangelios registran claramente cuál era el motivo que llevaba a Jesús a dirigirse al pueblo exclusivamente mediante acertijos, hace unos años el Papa ha llegado a desmentir, frente a miles de personas, a estos mismos evangelios, diciendo, a la gente que se había reunido en la Plaza de San Pedro para escucharlo, exactamente lo opuesto que estos declaran sin ambages de ningún tipo…

Esto último nos lleva a hacernos esta pregunta: si alguno no cree en lo que el Espíritu nos dice abierta y directamente a través de las Escrituras, ¿cómo creerá en aquello que el mismo Espíritu nos dice en forma no tan abierta y directa? Tal es, de hecho, el caso que se cumple con el nombre y con la identidad de Yahweh en el Nuevo Testamento.

Los testimonios escritos del apóstol Pablo

En mi primer tuit citado más arriba menciono tres pasajes del Nuevo Testamento que nos ha legado el apóstol Pablo en tres diferentes cartas de su autoría. Y resulta interesante el que haya sido el propio Pablo quien dijera en una oportunidad que la letra escrita mata, pero el Espíritu da vida [1], ya que son estas mismas palabras las que se han de tener en cuenta a la hora de escrutar dichos pasajes.

Veamos aquí, en primer término, lo que Pablo dice a los santos en la ciudad de Corinto:

Acerca de los dones espirituales, hermanos, no quiero que estén en la ignorancia. Ustedes saben que cuando estaban entre las naciones, tal como eran ustedes guiados, eran arrastrados hacia los ídolos mudos. Por lo tanto, les hago saber que nadie que hable por el espíritu de Dios dice “Jesús es anatema”, ni nadie puede tampoco decir “Señor Jesús” [Κύριον Ἰησοῦν] si no es por el espíritu santo. (1 Corintios 12:3)

Este pasaje, que en el griego del que aquí traduzco es, ya de suyo, harto sugerente para cualquiera que se tome en serio las Escrituras, resulta transparente cuando se toma en cuenta el texto siríaco del mismo según lo registra la Peshitta. ¿Por qué? Porque en este último el griego Κύριος es reemplazado por la forma siríaca ܡܪܝܐ, la cual ha de leerse con el acento en la última «a» y que está conformada por los términos ܡܪ (mar = «señor») y ܝܐ (), siendo éste, a su vez, una transliteración al siríaco de la forma hebrea יה (Yah), una forma abreviada del nombre יהוה (Yahweh) que se encuentra en varios lugares del Antiguo Testamento. Ahora bien, si se toma en cuenta que en el texto griego del Antiguo Testamento, al que conocemos como la versión Septuaginta, el término Κύριος es el que comúnmente reemplaza al nombre Yahweh (registrado en el texto hebreo al que traduce), el sentido de lo dicho por Pablo en 1 Corintios 12:3 se torna más que evidente.

En el pasaje citado, Pablo hace aún más claras las cosas al establecer aquel contraste en torno al espíritu de Dios, es decir, al espíritu santo o, para el caso, tal como lo encontramos en la Peshitta, el “espíritu de santidad” (ܪܘܚܐ ܕܩܕܫܐ). En efecto, el apóstol comienza diciendo que nadie que hable por dicho espíritu puede llamar anatema a Jesús. ¿Y qué es un anatema? Técnicamente, en el marco de la instrucción mosaica, un anatema era un objeto cualquiera que era consagrado —es decir, puesto aparte— y destinado a una destrucción total. Y así, cuando este término era utilizado en ciertos otros contextos, era más o menos equivalente a “maldito”. Tal es el sentido que el propio Pablo le diera en el siguiente pasaje con el que comienza su carta a los santos en Galacia. Allí, en un fuerte tono de reproche frente a la tolerancia que los tales mostraban ante los judaizantes, Pablo dice a estos:

¡Estoy maravillado de que así, tan rápidamente, se hayan desviado de aquel que los llamó en la gracia del Cristo en pos de un evangelio diferente! ¡No es que haya otro, sino que algunos que los están perturbando a ustedes quieren, también, pervertir el evangelio del Cristo! Pero si incluso alguno de nosotros o un mensajero del cielo les anunciare un evangelio aparte del que ya les hemos anunciado, ¡que el tal sea anatema! Tal como se lo acabamos de decir, se los digo nuevamente: si alguno les anuncia un evangelio diferente del que ya han recibido, ¡que el tal sea anatema! (Gálatas 1:6-9)

De manera que Pablo, en sus palabras dirigidas a los corintios que cito más arriba, deja primeramente establecida, ante sus destinatarios, la imposibilidad de que alguien que estuviese hablando por el espíritu de Dios pudiese llamar anatema a Jesús.  tal como hacían, precisamente, los más estrictamente observantes de las reglas farisaicas que en otro tiempo había seguido el mismo Pablo y por las cuales había llegado a ser un feroz perseguidor de la iglesia, antes de que el propio Jesús se le apareciese en el camino, cuando se dirigía a Damasco [2]. Y luego, a continuación, en un claro contraste con tal afirmación, tenemos la afirmación paulina que aquí nos ocupa y nos interesa especialmente, ya que tenemos en ella un testimonio seguro acerca de la identidad que Pablo asigna a Yahweh al decir que nadie, a menos que se exprese por el espíritu de santidad, puede decir que Yahweh es Jesús.

El segundo de los tres claros testimonios que aporta el apóstol Pablo sobre esta cuestión es el que se encuentra en Romanos 10:9-10:

Si confesares con tu boca al Señor Jesús [κύριον Ἰησοῦν] y creyeres en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo, ya que con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación… (Romanos 10:9,10)

Es cierto, por otra parte, que en el caso presente no podría yo presentar el texto siríaco de la Peshitta como sustento a la hora de incluir este pasaje en la lista de testimonios que Pablo ha dejado por escrito acerca de la identidad entre aquel al que los israelitas llaman Yahweh en el Antiguo Testamento y aquel que en el siglo primero fue conocido como Jesús de Nazaret, quien murió en la cruz, resucitó al tercer día y ascendió para sentarse a la diestra de Dios, su Padre. En efecto, el texto siríaco dice aquí, a todas luces, “si confesases con tu boca a nuestro señor Jesús” (ܒܡܪܢ ܝܫܘܥ). Sin embargo, es el contexto mismo del pasaje el que aporta aquí la validez de este como testimonio, pues alude, con toda probabilidad, a aquellas conocidas palabras que se encuentran en el libro del profeta Joel y que en otra ocasión citara el apóstol Pedro bajo la unción del espíritu santo, cuando este hubo venido sobre todos los que estaban reunidos en Jerusalén en el día de la fiesta de Pentecostés [3]:

Y sucederá que todo aquel que invocare el nombre de Yahweh será librado, porque en el monte de Sión y en Jerusalén habrá liberación tal como lo dijera Yahweh— y entre el remanente al que Yahweh convocare… (Joel 2:32)

Es a esto, en efecto, a lo que Pablo se refiere al decir que con la boca se confiesa para salvación. Que se refiere a dicho pasaje en Joel y no a otro nos lo confirman sus propias palabras un poco más adelante en el texto, donde leemos que

[...] no hay diferencia entre judío y griego, pues es uno y el mismo el que es Señor de todos, siendo rico para con todos aquellos que lo invocan, ya que todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo… (Romanos 10:12,13)

El último de los testimonios de Pablo que mencionaba yo en mi tuit dirigido al Sr. Hoffman es, a mi entender, el más contundente —ya que no deja absolutamente ningún resquicio para la confusión o el error— y, al mismo tiempo, el más glorioso. En efecto, aunque en el pasaje en que se encuentra dicho testimonio, en la carta a los filipenses, la intención de Pablo no parece haber ido más allá que presentar un argumento de apoyatura, los dichos que contiene son de una luz tan brillante y a tal punto portan el mensaje central de las buenas nuevas de Dios, que bien podría considerárselo como una de las más profundas exposiciones del evangelio en todo el Nuevo Testamento.

Dios mediante, en la próxima entrega de esta serie abordaré en detalle este último asunto y me volveré a los libros de los profetas que integran el Antiguo Testamento, especialmente al libro de Isaías, a fin de seguir explorando las inconmensurables riquezas escondidas en el nombre y en la identidad de Yahweh.

 

Notas

[1] Ver 2 Corintios 3:6.

[2] La conversión de Pablo (Saúl o Saulo, según su nombre de nacimiento) se encuentra narrada en el capítulo 9 del libro de los Hechos de los Apóstoles por su discípulo y compañero Lucas y por sí mismo, en primera persona, en el capítulo 22 y el capítulo 26 del mismo libro.

[3] Ver Hechos 2:14-21.

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