¿Quién es Yahweh? (continuación)

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De los muchos pasajes que en el Nuevo Testamento vinculan inequívocamente al hombre Jesús con el nombre de Yahweh, acaso ninguno sea tan contundente —ni tan esclarecedor— como uno del apóstol Pablo en su carta a los filipenses. En dicho pasaje, Pablo brinda un testimonio absolutamente glorioso acerca de la identidad y del carácter del Dios del que nos hablan los libros de Moisés, los Profetas y los demás escritos del Antiguo Testamento. Sin embargo, extrañamente, como ya se ha visto en la primera entrega de esta serie, los cristianos parecen haber desestimado dicho testimonio hasta el día de hoy.


 

En la primera entrega de esta serie hago una breve e informal introducción a la cuestión del nombre de Dios —Yahweh— y al hecho de que durante siglos y siglos, en una forma más bien misteriosa, el mundo cristiano se ha comportado como si dicho nombre no estuviese por ninguna parte en los textos del Nuevo Testamento. Dicha anomalía implica, en efecto, un cierto misterio. Y es que si bien el nombre de Yahweh en la forma del tetragramaton que presenta en el Antiguo Testamento no se halla, en efecto, registrado de manera totalmente explícita en los libros neotestamentarios, en cambio, su presencia —diría, incluso, su virtual omnipresencia— no sería tan difícil de rastrear para aquel que tuviese siquiera un mínimo interés en hacerlo.

Todo este asunto se vincula, sin dudas, al uso que los textos del Nuevo Testamento hacen del término griego κύριος, el cual significa «señor» o «dueño» y cuya proliferación en los mismos resulta—en este caso, sí— evidente para cualquiera. Ahora bien, dicho término, ¿no es acaso el mismo con el que los traductores de la versión griega Septuaginta reemplazaron en sus días al nombre de Yahweh presente en el texto original hebreo del Antiguo Testamento? En efecto, lo es. ¿Y por qué, entonces, quienes se dedican a estudiar estos asuntos —muy particularmente, los teólogos y los traductores, los cuales suelen hallarse bajo el influjo de los primeros— nunca han señalado algo tan evidente como esto? Es cierto, por otra parte, que nadie puede decir con certeza si tal reemplazo tuvo lugar desde un comienzo, esto es, desde los textos originales de los evangelistas y de los apóstoles. Pero entonces, si tal no fuese el caso, ¿cuándo y por qué se habría efectuado dicho cambio, el cual ha sido tan radical que ha cegado los ojos de los cristianos durante siglos y siglos?

Veamos, por ejemplo, lo que nos dicen sobre esto los autores de una copiosa obra dedicada, precisamente, al nombre de Yahweh [1], obra que, por otra parte, se encuentra todo lo bien documentada que uno espera en casos como el que nos ocupa aquí. Dicen sus autores:

La doctrina del “nombre inefable” fue adoptada de la filosofía judaica por parte de algunos de los grupos cristianos durante la primera mitad del siglo segundo d. C. [2] Fue introducida por muchos de los numerosos judíos conversos que no pudieron sacudirse su prolongado adoctrinamiento dentro de la tradición judaica y las leyes talmúdicas, Durante dicho periodo el nombre sagrado comenzó a ser arrancado de los documentos de la Septuaginta y del Nuevo Testamento, en conformidad con dicha interpretación. Hacia el siglo cuarto, y en completa contradicción con lo que Yahushua [3] el mesías y sus primeros discípulos habían enseñado, esta falsa doctrina había sido ya reconocida como un dogma establecido de la Iglesia. [4]

Este pasaje, tan interesante de suyo, cuenta al final con una nota al pie que no le va en saga. Omitiré aquí las referencias que la misma contiene, ya que se encuentran escritas en forma abreviada; sin embargo, doy fe de que las mismas son fieles, ya que todas ellas se encuentran al final de la obra, en un índice debidamente confeccionado. Dicha nota al pie dice:

“En los ejemplares correctos” de la LXX [5] griega  hasta mediados del siglo tercero d. C. [6], tal como lo informa el antiguo teólogo cristiano Orígenes, “el nombre (sagrado) está escrito en caracteres hebreos, no del presente, sino de tiempos muy antiguos”. Su dicho es luego sustentado por Jerónimo al comienzo del siglo quinto d. C. [7] Tales dichos muestran que era sólo en ediciones menores del texto griego que se podía encontrar el nombre sagrado ausente. Y aún así, aquellas mejores copias provenían de una era más temprana, cuando el nombre sagrado era aún usado entre las primeras asambleas que seguían al Mesías. Hacia finales del siglo cuarto d. C. [8], el abandono de la pronunciación del nombre sagrado era tan general que, según Jerónimo (384 d. C. [9]), debido a la similitud de las letras hebreo-arameas יהוה con las letras griegas ΠΙΠΙ, muchos cristianos asumían que se trataba de una palabra griega. “No sólo”, escribe él, “era el tetragramaton considerado ‘inefable’”, sino que “algunos ignorantes, debido a la similitud de los caracteres, cuando los hallaban en los libros griegos, estaban acostumbrados a pronunciarlo Pí-Pí. [10]

Esta última declaración de Jerónimo —es decir, de nadie más ni nadie menos que del traductor al latín de los textos hebreos, arameos y griegos del Antiguo y del Nuevo Testamento que componen la Vulgata— resulta, por decir aquí lo mínimo, muy esclarecedora. ¿Por qué, entonces, un hecho tan importante como este para el cristianismo occidental en su conjunto llegaría a ser algo virtualmente desconocido para todos? Sin duda, son varias y muy interesantes las cosas que podría decirse sobre esto. Sin embargo, tanto por una cuestión de espacio como, sobre todo, temática, las pasaré por alto. Esto último, tanto más cuanto que, independientemente de todo cómo, de todo por qué y de todo para qué, ha sido Dios mismo quien ha propiciado este misterio en torno a su nombre. Y es que si nada —es decir: absolutamente nada— escapa ni podría escaparse de su mano y dirección, ¿cuánto menos lo haría precisamente un asunto crucial como es su propio nombre?

El apóstol Pablo y el nombre de Jesús

En la entrega anterior mencionaba yo tres pasajes del Nuevo Testamento que nos ha legado el apóstol Pablo al tiempo que citaba y comentaba dos de ellos. Los mismos son un testimonio irrefutable acerca de quién era el Señor Jesucristo para Pablo. Sin embargo, de todos estos pasajes —presentes en su carta a los romanos, su primera carta a los corintios y su carta a los filipenses—, el más importante, tanto por su contundente carácter de evidencia como por la luz casi enceguecedora de su mensaje, es éste último que menciono aquí. De ahí que lo haya reservado para abordarlo más extendidamente y aparte respecto de los dos primeros.

Vale aclarar aquí que la declaración de Pablo en este último pasaje en su carta a los filipenses tiene todas las características de ser algo dicho como al pasar a hombres y mujeres que ya habían depositado su fe en el Dios y padre del Señor Jesucristo y en el propio Señor Jesucristo y a los que, por ende, el apóstol no está anunciando el evangelio. No; se trata, más bien, de unas palabras que, en medio de una serie de recomendaciones de actitud y de conducta dirigidas a los destinatarios de su carta, el apóstol, en todo caso, expresa a manera de ejemplo. Y aún así, no dudaría yo aquí en señalar al pasaje en cuestión como una declaración absolutamente central que no solo contiene poderosamente el mensaje completo del evangelio, sino que también provee un auténtico puente de entendimiento entre los diversos libros que componen el Antiguo Testamento y aquellos que se encuentran en el Nuevo Testamento.

A fin de que el lector comprenda a qué me refiero al decir que el apóstol ha dicho algo tan importante y trascendente casi como al pasar, citaré el pasaje en cuestión desde antes de la parte a la que propiamente me refiero aquí. Comienza, entonces, Pablo diciendo a los filipenses:

Si […] hay alguna consolación en Cristo, si algún reconforto de amor, si alguna comunión de espíritu, si algún sentir misericordioso y compasivo, colmen mi alegría sintiendo lo mismo mutuamente, teniendo un mutuo amor, dispuestos unánimemente a una misma cosa, no según la contienda ni la vanagloria, sino con humildad, teniendo cada cual al otro como superior a sí mismo, no centrado cada cual en lo que le es propio, sino cada cual también en lo que es de los otros… (Filipenses 2:1-4)

Como el lector puede ver, se trata esta de una recomendación más o menos general que el apóstol hace a aquellos a los que dirige su carta (y, desde luego, al resto de sus lectores a lo largo de los siglos). Pero es entonces que continúa y dice lo siguiente:

Haya, por lo tanto, en ustedes esta disposición, la cual hubo también en Cristo Jesús, quien, siendo en la forma de Dios —y no considerando una rapiña [11] el ser igual [12] a Dios—, no obstante se despojó de sí mismo tomando la forma de un siervo, viniendo a ser en la semejanza humana; y siendo percibido en apariencia humana, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, una muerte de cruz. Por lo tanto, Dios también lo exalta hasta lo más alto y le asigna con sumo beneplácito un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de lo que está en el cielo y en la tierra y bajo la tierra, y toda lengua reconozca abiertamente y con alegría que el Señor [κύριος] es Jesús Cristo para la gloria de Dios el padre. (Filipenses 2:5-11)

¿Comprende el lector lo que dice aquí el apóstol Pablo? ¿Y entiende también, ahora, a qué me refería yo más arriba al utilizar la expresión “como al pasar”? ¡Lo que Pablo ha dicho aquí “como al pasar”, a manera de comparación para aquellos a los que se dirigía, constituye uno de los pasajes más importantes de todas las Escrituras! En el mismo, el apóstol establece sin sombra de duda quién es verdaderamente Jesús, el hombre Jesús que hace casi dos mil años caminó por Galilea y por Judea, que anduvo por los desiertos y en las aldeas y las ciudades de aquel rincón del imperio romano. He aquí, de hecho, cómo se traduce inequívocamente este mismo pasaje de la carta de Pablo a los filipenses desde el siríaco de la Peshitta, la cual se constituye aquí en un testimonio invaluable acerca de la identidad de Jesucristo en relación con el nombre Yawheh:

…para que en el nombre de Jesús toda rodilla se incline —de lo que está en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra— y toda lengua confiese agradecida [ܢܘܕܐ] que el Señor Yah es Jesucristo [ܡܪܝܐ ܗܘ ܝܫܘܥ] para la gloria de Dios su padre! (Filipenses 2:9-11; versión siríaca de la Peshitta)

Indudablemente, el apóstol Pablo tenía en mente aquí el siguiente pasaje en el libro del profeta Isaías, el cual—creo yo— jamás ha ofrecido mayor dificultad a nadie a la hora de identificar al que en él habla en primera persona:

¡Vuelvan sus rostros hacia mí y sean salvos, todos los términos de la tierra! ¡Porque yo soy Dios y no hay otro! ¡Por mí mismo he jurado, de mi boca justiciera ha salido una palabra y no se volverá atrás: que a mí se doblará toda rodilla y jurará toda lengua, diciendo: “Sólo en Yahweh hay para mí justicia y fuerza; a Él acudirá cada uno, y todos los que se hayan enfurecido contra él estarán avergonzados...” (Isaías 45:22-24)

En la siguiente y última entrega de esta serie, exploraré algunas de las consecuencias que deparan las palabras dichas por el apóstol Pablo en su carta a los filipenses en torno al nombre de Jesucristo a la hora de comprender cabalmente quién es Yahweh y cuál ha sido su máximo propósito desde el comienzo respecto de la humanidad a la que ha creado y que hasta el dia de hoy, en su conjunto, lo desconoce casi por completo...

 

Notas

[1] The Sacred Name Yahweh, Garden Grove (CA), Qadesh La Yahweh Press, 2002 (3ra. ed.). Para consultar u obtener una copia en pdf de la obra, cliquear aquí.

[2] C. E. en el original.

[3] Por motivos que no vienen aquí a cuento, los autores de The Sacred Name Yahweh utilizan la forma extendida del nombre hebreo de Jesús.

[4] The Sacred Name Yahweh, p. 216.

[5] Se refieren, desde luego, a la versión Septuaginta o De los setenta, por tratarse, según la tradición, de una traducción al griego de los textos del Antiguo Testamento realizada por setenta escribas del templo de Jerusalén que fueron convocados para dicha tarea por Ptolomeo, quien deseaba tener una copia del mismo en la biblioteca de Alejandría.

[6] Ver la nota 2.

[7] Ver la nota 2.

[8] Ver la nota 2.

[9] Ver la nota 2.

[10] The Sacred Name Yahweh, p. 216, nota 8.

[11] ἁρπαγμός. Un robo, un saqueo o un pillaje, esto es, algo tomado por violencia, ilegítimamente.

[12] ἴσος. El siríaco de la Peshitta es aquí, creo yo, aun más elocuente que el texto griego, ya que dice, en efecto, ܦܚܡܐ, lo cual no sólo se traduce como «igual», sino también como «copia» y como «réplica apropiada».

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