¿Quién es Yahweh? (final)

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De principio a fin —desde el Génesis hasta el Apocalipsis—, las Escrituras nos muestran hasta qué punto la vida de toda la humanidad se encuentra ligada a Yahweh, quien ciertamente la ha creado con un propósito sumamente amoroso que constituye la materia misma del evangelio —es decir, de las buenas nuevas— de Jesucristo. Dentro de dichos testimonios textuales se incluyen, ciertamente, los mismísimos cuatro evangelios que dan inicio al Nuevo Testamento y que se han constituido en verdaderos pilares de la vida religiosa en Occidente. ¿Pero será acaso posible comprender el evangelio sin barruntar la verdadera identidad de Yahweh?


 

En la primera y segunda entrega de esta serie, me he dedicado a repasar algunos pasajes del Nuevo Testamento que establecen, sin ningún lugar a dudas, cuál era la identidad de Yahweh en lo que respecta a los discípulos y seguidores de Jesucristo hacia mediados del siglo primero de nuestra era. Aunque tales pasajes pertenecen al apóstol Pablo, no hay duda de que todos ellos compartían por entonces una misma convicción acerca de este asunto. Y es que, de hecho, todos ellos contaban con un mismo Espíritu —el espíritu de Dios o del Cristo (Romanos 8:9)—, de manera que, tal como dijera Pablo a los corintios [1], era gracias a aquel mismo espíritu que todos ellos podían reconocer a Yahweh en Jesucristo.

Ahora bien, ¿es posible rastrear hasta dónde llega esta identificación de Jesús con Yahweh en los cuatro Evangelios? Aunque someramente, sobre ello trataré en ésta, la última entrega de esta serie. No se trata, desde luego, de que no haya una sobrada cantidad de testimonios de dicha identificación en otros libros del Nuevo Testamento y de que tales testimonios no sean relevantes. Sin embargo, siguiendo aquí la regla según la cual todo asunto se decidirá en base a dos o tres testigos (tal como leemos Deuteronomio 17:6 y 19:15, Mateo 18:16 y 1 Corintios 13:1), me ha parecido que buscar dicho número de testimonios en los Evangelios —es decir, en los textos del Nuevo Testamento que narran la vida y los hechos de Jesucristo— sería aquí más que suficiente para cualquiera que se acercase a esta cuestión con buena voluntad y honestidad.

El testimonio de los evangelios sinópticos

En las entregas pasadas me he ocupado exclusivamente de los testimonios que sobre la identidad de Yahweh encontramos en las cartas del apóstol Pablo. Lo he hecho así debido, precisamente, al carácter asertivo que los mismos presentan sobre el asunto, lo cual me ayudó a plantear toda esta cuestión ya desde un comienzo, en la primera parte de esta serie. No hay duda alguna de que, al menos para Pablo, Yahweh es Jesús (Romanos 10:9 y 1 Corintios 12:3) o bien Jesucristo (Filipenses 2:11).

¿Y cuál es entonces, en este último sentido, el testimonio de los cuatro evangelios, tanto el de los así llamados sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) como el posterior —y muy distinto de estos— Evangelio de Juan?

Al seguir el orden canónico del Nuevo Testamento y comenzar por los evangelios sinópticos, es posible dar con pasajes como estos:

Viniendo [Jesús] a su propio terruño, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de manera que, atónitos, decían: “¿De dónde obtiene este semejante sabiduría y tales hechos portentosos? ¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Jacob, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas ellos entre nosotros? ¿De dónde, entonces, obtiene este todas estas cosas?” (Mateo 13:54-56)

Y partiendo de ahí, [Jesús] se fue a su propio terruño, y los discípulos fueron tras él. Y a la llegada del sábado, comenzó a enseñarles en la sinagoga. Y la mayoría de los que escuchaban estaban atónitos y decían: “¿De dónde obtiene este hombre todas estas cosas? ¡Qué sabiduría la que se da a este hombre! ¡Y qué portentos que ocurren por medio de sus manos! ¿No es este el carpintero, el hijo de María y el hermano de Jacob, de José, de Judas y de Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí, entre nosotros? Y se enredaban a propósito de él… (Marcos 6:1-3)

Por su parte, el evangelio de Lucas registra este mismo asunto en una forma más detallada. Leemos en él:

Y [Jesús] vino a Nazaret, donde se había criado, y —según su costumbre en el día del sábado— entró en la sinagoga y se paró para leer. Y se le dio el rollo del profeta Isaías. Y abriendo el rollo, encontró el lugar donde estaba escrito: “El espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para traer buenas nuevas a los afligidos, me ha comisionado para sanar a los de corazón destrozado, a anunciar libertad a los cautivos y vista a los ciegos y a liberar a los oprimidos, a anunciar un año aceptable del Señor”. Y enrollando el libro y dándolo al asistente, tomó asiento. Y los ojos de todos en la sinagoga estaban posados fijamente sobre él. Entonces, comenzó a decirles: “Hoy esta escritura se cumple en sus oídos”. Y todos daban un buen testimonio de él y se maravillaban del gracejo que había en las palabras que salían de su boca. Y decían: “¿No es este el hijo de José?” (Lucas 4:16-22)

Vemos, entonces, claramente, en estos testimonios, que Jesús era percibido por quienes fueran sus vecinos de toda la vida en Nazaret como un mero hombre, como uno más de entre ellos, a cuya familia conocían bien porque, de hecho, vivía entre todos ellos...

Ahora bien, ¿cuál era el caso de los discípulos de Jesús en los comienzos de su ministerio? ¿Cuál era, en otras palabras, la percepción que ellos mismos, sus propios discípulos, tenían de su persona? Son estos mismos evangelios sinópticos los que más adelante nos ofrecen un importantísimo indicio en tal sentido; es, más concretamente, en el evangelio de Mateo donde damos con el mismo.

Veamos primero lo que se lee en Marcos y en Lucas tocante a este asunto. En ambos evangelios podemos leer lo siguiente:

Jesús y sus discípulos salieron a recorrer las aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino, él preguntó a sus discípulos: “¿Quién están diciendo los hombres que soy yo?” Entonces le dijeron: “Juan el bautista; y otros, Elías; y otros que alguno de los profetas”. Y él les preguntó: “¿Y quién están diciendo ustedes que soy yo?” Y respondiendo, Pedro le dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”… (Marcos 8:27-29)

Y sucedió que, al estar [Jesús] orando aparte, sus discípulos estaban con él. Y Jesús les preguntó: “¿Quién están diciendo las multitudes que soy yo?” Ellos, entonces, respondiendo, le dijeron: “Juan el bautista; y otros, Elías; y otros que alguno de los antiguos profetas, que resucitó”. Y les dijo a ellos: “Ahora, ustedes, ¿quién están diciendo ustedes que soy yo? Entonces Pedro, respondiendo, dijo: “El Cristo de Dios”… (Lucas 9:18-20)

Esto, desde luego, ya no se parece a lo ocurrido entre los viejos vecinos de Jesús cuando lo escucharon en la sinagoga de Nazaret. Vemos que las multitudes, en general, lo percibían ya como un profeta, incluso como un gran profeta (ya que Elías era, para gran parte de los adherentes a la religión judaica, el epítome de todos los profetas).

La confesión de Pedro según el evangelio de Mateo

Estos dos pasajes que vengo de citar de los evangelios de Marcos y de Lucas nos muestran, entonces, que la gente común, aquella gente que no caminaba a diario con Jesús tal como lo hacían sus discípulos, no tenía ya duda alguna de que éste era un gran profeta como Juan o como alguno de los que poblaban la tradición sustentada en las Escrituras. Y vemos también en ellos que cuando Jesús preguntó a sus propios discípulos quién creían ellos que era él, quien le respondió fue Simón, conocido como Pedro. Sin embargo, se tiene la sensación de que al responderle Pedro, no lo estaba haciendo como vocero del resto de sus condiscípulos. Y, en efecto, cuando se lee atentamente el pasaje análogo en el relato de Mateo, resulta difícil no concluir que todos sus discípulos no diferían hasta entonces, hasta el momento de su pregunta dirigida a ellos, del resto de la gente en su percepción de la identidad de Jesús. He aquí el pasaje en cuestión:

Entonces Jesús, viniendo a las inmediaciones de Cesarea de Filipo, inquirió de sus discípulos, diciéndoles: “¿Quién están diciendo los hombres que es el Hijo del Hombre?” Entonces le dijeron: “Algunos, de hecho, Juan el bautista; aunque otros, Elías; y otros, Jeremías o aquel profeta” [2]. Él les dijo: “Y ustedes, ¿quién están diciendo que soy yo?” Entonces Simón Pedro, respondiendo, dijo: “Tú eres el Cristo, el hijo del Dios vivo”. Entonces Jesús, respondiéndole, le dijo: “Dichoso tú, Simón Bar Yona [3], ya que [esto] no te lo revela carne y sangre, sino mi Padre que está en el cielo… (Mateo 16:13-17)

O mucho me equivoco o lo que esta escena relatada por Mateo nos muestra es que Pedro tuvo una revelación en aquel preciso momento acerca de quién era Jesús, mientras que acaso hasta entonces compartía con sus condiscípulos —¡y con el resto de la gente!— cierta noción imprecisa sobre la identidad de su maestro. Uno se pregunta, de hecho, cuál otra podría ser la significación de las palabras que Jesús dirige a Pedro luego de la declaración de este según lo narrado por Mateo, quien, por otra parte, estuvo presente en aquella ocasión.

¿No habrá sido, de hecho, el Espíritu mismo el inspirador de esta y de otras diferencias en los testimonios de los evangelios acerca de este y de otros momentos de la vida de Jesús? Y es que, al hacerlo, con este sólo recurso, no solamente alienta el crecimiento de los escogidos al azuzarlos para estudiar y profundizar en las Escrituras, sino que se asegura también que los incrédulos y los inconstantes concluyan en lo único en lo que quienes se guían por la carne podrían concluir y, de hecho, han concluido a través de los siglos, a saber: que los evangelios no son confiables, ya que las diferencias de testimonio entre ellos son demasiadas y, en algunos casos, demasiado evidentes…

Nadie, por ende, a quien el Padre mismo no revelara mediante su espíritu la filiación de Jesús, su verdadera y gloriosa identidad, podría haber dado la respuesta que en aquella ocasión dio Pedro. Y esto, aunque con otras palabras y con un conocimiento aún más profundo sobre la verdadera identidad de Jesús dado por sus experiencias personales con él y por el tiempo transcurrido desde los días en que Jesús caminó entre los hombres, ¿no es precisamente lo que nos dice el apóstol Pablo en su primera carta a los corintios, cuando dice a estos que “nadie puede decir que Yahweh es Jesús [4] si no es por el espíritu santo” (1 Corintios 12:3b)?

El testimonio en el evangelio de Juan

A estas alturas, resulta ya un lugar común, dentro del mundo académico, señalar las notables diferencias existentes entre los llamados evangelios sinópticos —es decir, Mateo, Marcos y Lucas— y el evangelio de Juan. Yo, por mi parte, no tengo absolutamente ninguna intención de ahondar aquí en cuestiones académicas que a nadie en verdad han aprovechado jamás para acceder a la verdad de Dios. No en vano ha dicho Pablo a los corintios en una oportunidad:

Está escrito: “Destruiré la sabiduría de los sabios y repudiaré el entendimiento de los inteligentes”. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escritor? ¿Dónde está el disertante sobre esta era? ¿Acaso Dios no ha hecho estúpida a la sabiduría de este mundo? (1 Corintios 1:19,20)

Y también, un poco más adelante:

Que ninguno de ustedes se engañe a sí mismo: si alguno de ustedes anda presumiendo de ser sabio en esta era, que el tal se vuelva estúpido para llegar a ser sabio. Pues la sabiduría de este mundo es una estupidez para Dios, de ahí que esté escrito: “Él confina a los sabios en la propia astucia de ellos…” Y también: “El Señor conoce los razonamientos del sabio, que son fútiles…” (1 Corintios 3:18-20)

Esto, desde luego, nunca lo han entendido los incontables eruditos que han tenido como objeto de estudio a las Escrituras a través de los siglos y que las han examinado de principio a fin con una mente carnal, humana, es decir, en palabras de Pablo, apelando a la “sabiduría de este mundo”. Los tales nunca parecen haber comprendido —es decir, en realidad, creído— aquello que han leído decenas, acaso cientos de veces, a saber: que no es la estupidez de este mundo lo que resulta estúpido a los ojos de Dios, sino su sabiduría.

Pero vuelvo al evangelio de Juan. Resulta evidente que el Espíritu guió a Juan, el hijo de Zebedeo, a componer su evangelio —esto es, su relato de las buenas nuevas de Jesucristo— en forma bastante diferente a la que presentan los evangelios de Mateo, de Marcos y de Lucas. Y esto, ¿por qué? ¿A qué podría deberse semejante diferencia en sus características? Sin ahondar en todas estas características en sí —ya que excederían tanto el tema que presento en estas líneas como la extensión conveniente a las mismas—, podría decirse que lo que hace tan diferente al evangelio de Juan del resto de los evangelios es su presentación y su descripción del Señor Jesucristo ya desde sus palabras introductorias. Veamos, en efecto, las declaraciones que dan inicio a su evangelio. El mismo comienza diciendo:

En el comienzo era el Verbo [5], y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Éste estaba en el principio junto a Dios. Todas las cosas comenzaron a ser por él; y sin él, ni tan siquiera una sola de las cosas de las que comenzaron a ser llegó a ser. En él estaba la vida; y la vida era la luz de los seres humanos… (Juan 1:1-3)

Como cualquier lector mínimamente familiarizado con las Escrituras podrá notar, la introducción que el espíritu de Dios sugirió a Juan para dar inicio a su evangelio se halla formulada de manera muy similar a las primeras palabras del libro del Génesis, en el que leemos:

En el comienzo creó Dios [אלהים] los cielos y la tierra…[6] (Génesis 1:1)

Esta similitud no es, desde luego, en lo absoluto casual, ya que lo que aborda el evangelio de Juan desde su mismo comienzo es ni más ni menos que la identidad primera y última del Señor Jesucristo. ¿Cómo lo hace? Produciendo en el lector una evocación irresistiblemente del capítulo 1 del Génesis mediante el uso de sus mismísimas primeras palabras: “En el principio…”. Ahora bien, lejos de continuar con el esquema detallado de la creación que presentan a continuación aquellas primeras palabras del Génesis, Juan produce de inmediato, en el mismísimo primer versículo de su relato —así como también en el que le sigue—, una suerte de salto temático que apunta directamente a Génesis 1:26, en el cual leemos:

Entonces dijo Dios [אלהים]: “Haremos a la humanidad a nuestra imagen, según nuestra semejanza... (Génesis 1:26a)

Mucho es lo que se ha dicho y especulado acerca del término אלהים (elohím), el cual no es sino la forma plural de אלוה (elohá). La misma parece contradecir redondamente lo dicho por Moisés en el libro del Deuteronomio acerca del carácter único de Dios:

Escucha, Israel: Yahweh nuestro Dios, Yahweh es uno [אחד] (Deuteronomio 6:4)

¿Pero habrá aquí en verdad una contradicción? ¡Absolutamente no! Sencillamente, el uso de la palabra que presenta el texto hebreo de Deuteronomio 6:4 y que suele traducirse como «uno» —esto es, אחד (ejad)— admite la pluralidad dentro de una unidad. En verdad, dentro del vasto universo textual del Antiguo Testamento, no es siquiera necesario ir demasiado lejos para dar con un caso semejante. Es, en efecto, en el segundo capítulo del mismísimo libro del Génesis donde daremos con este mismo término, אחד, en el siguiente contexto:

Y con la costilla que tomó del hombre construyó Yahweh Dios una mujer y la presentó al hombre. Dijo entonces el hombre: “Esta es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne…” Por esto, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá con su mujer y serán una sola carne [לבסר אחד]… (Génesis 2:22a-24)

Es en este mismo sentido que, según leemos en el evangelio de Juan, el Señor Jesús se expresó frente a los religiosos judíos de Jerusalén en los siguientes términos:

Yo y el Padre somos uno. (Juan 10:30)

De ahí, también, que Juan —quien fuera un testigo presencial de todo lo dicho por Jesús la noche en la que sería entregado para ser juzgado por el Sanedrín y entregado a las autoridades romanas, las cuales lo crucificarían a pedido del cuerpo gubernamental de los judíos de Jerusalén—, de ahí también, digo, que Juan registrara estas otras palabras del Señor dirigidas al Padre:

Yo te he glorificado en la tierra, terminando la obra que me has encomendado que hiciese. Y ahora, Padre, glorifícame junto a tí con aquella gloria que tuve junto a tí antes de que el mundo fuese... (Juan 17:4,5)

Y también:

Yo oro por ellos [esto es, por los discípulos allí presentes junto a él]. No oro por el mundo, sino por los que me diste, puesto que son tuyos. Y todo lo mío es tuyo; y lo tuyo es mío, y he sido glorificado en ellos... (Juan 17:10,11)

Así pues, podría decirse que tal como ocurre con los padres y los hijos humanos, los cuales, en el mejor de los casos, componen una unidad armoniosa y amorosa a la que solemos llamar «familia», la unidad del Padre con el Hijo y del Hijo con el Padre es absoluta. Un poco más adelante de los primeros tres versículos de su evangelio, los cuales ya he citado más arriba, Juan nos aporta un detalle importantísimo para comprender aun mejor el carácter divino de Jesús, el cual, como acabamos de ver, era preexistente a la mera forma humana en la que se presentó entre los hombres hace casi dos mil años. Dice allí, en efecto, el evangelista:

A Dios nadie nunca lo ha visto; el Dios unigénito [7], el cual está en el seno del Padre, nos lo ha explicado… (Juan 1:18)

Tal como he dicho, esta última declaración resulta crucial para comprender la identidad primigenia del Señor Jesucristo, de aquel que, hecho un hombre durante el primer tercio del siglo primero de nuestra era, en Nazaret fuera conocido como Jesús hijo de José, o bien en Judea como Jesús el nazareno, nombre con el cual, de hecho, fuera crucificado en Jerusalén en el año 33 d. C. Como cualquiera podrá apreciar, tales palabras se encuentran en plena correspondencia con las dichas por el apóstol Pablo en el pasaje de su carta a los filipenses que ya he citado en la segunda parte de esta misma serie. Helo aquí, nuevamente formulado:

Cristo Jesús […], siendo en la forma de Dios —y no considerando como un arrebato ilegítimo [8] el ser igual a Dios—, no obstante se despojó de sí mismo tomando la forma de un siervo, viniendo a ser en la semejanza humana; y siendo percibido en apariencia humana, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, una muerte de cruz. Por lo tanto, Dios también lo exalta hasta lo más alto y le asigna con sumo beneplácito un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de lo que está en el cielo y en la tierra y bajo la tierra, y toda lengua reconozca abiertamente y con alegría que Yahweh es Jesucristo para la gloria de Dios el Padre. (Filipenses 2:5-11)

¿Acaso hay algo de todo esto dicho hasta aquí que pueda escapar del entendimiento de alguien? ¿Acaso han sido todos estos textos que componen el Antiguo Testamento escritos en algún rincón oscuro? ¿Por qué, entonces, hay tanta gente que, considerándose «cristiana», no parece tener siquiera idea de quién es en verdad el Señor Jesucristo? Muy sencillamente, porque tienen sus ojos cerrados frente al evangelio; quiero decir: frente al verdadero evangelio, el cual nada tiene que ver con el sustituto que los religiosos han presentado a las masas de Occidente durante siglos.

Yahweh/Jesucristo y el auténtico sentido de la palabra evangelio

Hace ya casi dos mil años que las noticias sobre Jesucristo salieron desde Judea —más concretamente, desde Jerusalén— y que , tal como puede leerse en los Hechos de los apóstoles, comenzaron a esparcirse por aquella misma Judea, por Samaria y hasta lo último de la tierra. Todos nosotros estamos, por ende, harto familiarizados con la palabra evangelio y con todos sus derivados: evangelizar, evangelista, evangélico; etc. Sabemos, igualmente, que el significado del término griego εὐαγγέλιον (evangelion) es mayormente el de «buenas nuevas». Y sin embargo, ¿quién es el que ha escuchado estas buenas nuevas durante los muchos, muchísimos siglos de cristianismo que pesan sobre el mundo occidental? Tal como leemos en el libro del profeta Isaías:

¿Quién ha creído lo que nos es anunciado? [9] (Isaías 53:1a)

Y es que aquello que las propias Escrituras testimonian por todas partes —desde el Génesis hasta el Apocalipsis— y lo que los propios primeros apóstoles, discípulos y seguidores del Señor Jesucristo llegaron a comprender muy bien es aquello mismo que compone el tema central de esta serie. Para decirlo en los mismos términos en que se expresó el apóstol Pablo: ¡Yahweh es Jesús!

Lo cierto es que Dios el Padre y Dios el Hijo nos han dado la muestra más gloriosa de amor. El Padre y el Hijo han determinado que la humanidad toda estuviese separada y alejada de aquella vida verdadera de la que sus ancestros gozaron por poco tiempo en el huerto del Edén. En efecto, ambos —Padre e Hijo— han planeado que esto fuese así. Han sido igualmente ellos quienes han determinado que en un momento de la historia de la humanidad, el propio Hijo naciese de una mujer de carne y sangre y se hiciese un mero hombre en todo excepto en el pecado, de manera de derramar su propia preciosa y única sangre en expiación por todos los seres humanos, es decir, por todos nosotros; ya que, como ya he dicho en otra parte en este mismo blog, Dios es el salvador de todos los hombres. Tal como leemos en el testimonio escrito que nos ha legado Juan:

Pues a tal punto Dios ama al mundo que ofrece a su Hijo unigénito para que todo aquel que confía en él no perezca, sino que tenga una vida perenne [10]; ya que  no envía a su Hijo al mundo para que condene al mundo, sino para que el mundo sea salvo a través de él. (Juan 3:16,17)

Y entonces, una vez terminada esta obra suya para realizar la cual era insustituible, luego de morir y de resucitar de entre los muertos al tercer día, Yahweh el Hijo, el Señor Jesucristo, ha vuelto nuevamente junto a su Padre, dejando a los hombres una tumba vacía como testimonio de lo que finalmente ocurriría con la muerte, el más cruel de todos los enemigos de la humanidad.

Sobre muchas de estas cosas y sobre el lugar que las mismas ocupan dentro del plan de Dios ya me expresado en la tercera y última entrega de la serie «¿Tiene Dios un plan B?», publicada aquí durante el pasado año y cuya lectura recomiendo al lector a fin de que éste adquiera una noción más precisa de todo lo que he dicho hasta aquí en estas serie y en el resto de las cosas publicadas en este blog. Pero ahora, poniendo fin a estas líneas, querría reproducir las siguientes palabras del libro del profeta Isaías que un día, luego de cumplidas en primer lugar entre el pueblo de Yahweh —es decir, el pueblo y la familia de Jesucristo—, tendrán su cumplimiento pleno en todos los hombres y mujeres alguna vez nacidos sobre la tierra:

[Yahweh] destruirá a la muerte para siempre; y enjugará, el Señor Yahweh, las lágrimas de todos los rostros. Y quitará la afrenta de su pueblo de sobre toda la tierra, pues Yahweh lo ha dicho. Y se dirá en aquel día: “¡Miren a nuestro Dios! ¡Es éste al que hemos esperado y el que nos salva! ¡Éste es Yahweh, por quien hemos esperado! ¡Nos gozamos y nos alegramos en su salvación!” (Isaías 25:8,9)

Y yo, desde aquí, no puedo menos que unirme, por anticipado, a tan absolutamente merecida alabanza. Digo, por lo tanto: ¡bendito sea desde siempre y por siempre mi Dios, mi Señor y mi Padre Yahweh, que es Jesucristo! ¡Amén!

 

Notas

[1] En 1 Corintios 12:3, especialmente en la versión siríaca de la Peshitta. Ver más adelante la nota 4.

[2] ἢ ἕνα τῶν προφητῶν. Se refieren aquí, desde luego, a aquel profeta cuya venida futura Moisés anunció al pueblo en Deuteronomio 18:15-19. Se trata, por otra parte, del mismo personaje aludido por los enviados de los fariseos de Jerusalén para interrogar a Juan el bautista acerca de su identidad (ver Juan 1:19-21).

[3] Así en el original griego. Se trata de una transliteración al griego del patronímico arameo בר יונה, el cual se traduce como "hijo de Jonás".

[4] ܡܪܝܐ ܗܘ ܝܫܘܥ. Sigo aquí la versión siríaca de la Peshitta de 1 Corintios 12:3. Por la fundamentación de esta elección mía, remito al lector a la primera entrega de esta serie.

[5] λόγος. Aunque suelo traducir este término griego como «palabra» —y muy especialmente en la recurrentísima expresión Palabra de Dios— me pareció adecuado seguir aquí la nomenclatura de la versión Reina Valera, ya que, además de ser igualmente correcta en su traducción del término en cuestión, porta el género masculino que tanto el griego λόγος, el hebreo דבר y el arameo מימר asignan a Dios, en este caso, en calidad de hablante. Por su parte, el siríaco ܡܠ es un sustantivo neutro.

[6] En una nota al pie a mi traducción del libro de Apocalipsis en su versión siríaca (La revelación de Jesús el Mesías, Buenos Aires, 2018) decía yo lo siguiente acerca de este primer versículo de las Escrituras: “[…] El descubrimiento del llamado Targum Palestinense del Pentateuco (Neophyti I) en la Biblioteca Vaticana por parte del hebraísta y aramaísta español Alejandro Diez Macho ha echado mucha luz sobre la identificación de Jesús tanto con el Hijo de Dios como con la Sabiduría que se manifiesta en primera persona en el libro de los Proverbios (véase Pr. 1:20-33, 8:12-36). La misma tiene base en el texto de Génesis 1:1 tal como se encuentra en dicho targúm, cuya lectura sería: בחכמה ברא דייי שכלל ית שמיא וית ארעא (“Con su sabiduría, el hijo de Yahweh completó los cielos y la tierra”). […]”

[7] μονογενὴς θεὸς. Así se lee en el texto del New Testament in the Original Greek de Westcott-Hort (1881) combinado con las variantes consignadas en el Novum Testamentum Graece (27a. ed.) de Nestle-Aland. Así se lee también en el texto siríaco de la Peshitta (ܝܚܝܕܝܐ ܐܠܗܐ). En el resto de los manuscritos griegos se lee μονογενὴς υἱός («hijo unigénito»). Esta diferencia ha propiciado diversas discusiones en los primeros siglos de nuestra era entre los eruditos cristianos. Sin embargo, ¿cuál sería el problema en considerar que el Señor Jesucristo es el único Dios que ha sido engendrado por el Padre, por lo cual, desde luego, es también su Hijo? Y puesto que Juan nos dice que nadie jamás ha visto a Dios, ¿no resulta, entonces, evidente que aquel al que los hombres vieron y al que identificaron claramente como a Yahweh (tal, por ejemplo, el caso del profeta Isaías, como puede leerse en Isaías 6:1-4) no es otro que el Hijo, el cual luego, en su forma de hombre, sería conocido como Jesús hijo de José por el resto de sus coetáneos? Sin dudas, los interminables debates eruditos en torno a esta cuestión no son aquí sino un ejemplo de lo que las Escrituras dicen respecto de la sabiduría de los sabios y los entendidos.

[8] Ver la nota 11 en la entrega anterior.

[9] שמעתנו. En español, estas primeras palabras en Isaías 53:1 suelen traducirse así: “¿Quién ha creído a nuestro anuncio?”. Esto da al lector la falsa impresión de que quienes formulan esta pregunta son los mismos que anuncian, cuando en realidad se trata de los receptores de lo anunciado. Ello puede inferirse, hasta cierto punto, en el hecho de que la palabra aquí en cuestión tiene como raíz שמע, la cual significa «oír» o «escuchar». Sin embargo, podría decirse que lo mismo queda confirmado al remitirse el lector al último versículo del capítulo anterior, en el cual se lee: “…a propósito de él, los reyes cerrarán sus bocas, pues verán aquello que nunca les había sido contado y barruntarán aquello que nunca habían oído…” (Isaías 52:15)

[10] ζωὴν αἰώνιον. Esta expresión, que mejor se traduciría aquí como “vida de una era” en alusión a la era que viene —es decir, a la era del Cristo o era mesiánica—, tiene también, por la íntima vinculación del adjetivo αἰώνιος con la expresión siríaca ܠܥܠܡ que se encuentra en la Peshitta de Juan 3:16 (la cual es a su vez cognado de la hebrea לעולם) el sentido de vida perenne, duradera por un período indeterminado que, cuando se refiere a la vida del propio Dios, es, desde luego, eterno o infinito. Aunque no todos los hombres harán efectivo este maravilloso regalo de Dios al mismo tiempo, lo cierto es que, según esta y otras declaraciones que encontramos en las Escrituras, tal es, en última instancia, el destino de todos los que alguna vez han nacido en el mundo. He aquí, en su mayor alcance, el sentido pleno de las buenas nuevas de Jesucristo y del reinado de Dios, el cual un día incluirá a todos los seres humanos.

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