A propósito de la floración del almendro

      Comentarios desactivados en A propósito de la floración del almendro
compartir

Aquí y allí, las Escrituras dan testimonio de que, al momento de transmitir los asuntos que hacen a su plan para el final de la era presente, el espíritu de Dios ha propuesto diversos indicios para señalar los jalones temporales del mismo y los acontecimientos que lo rodean. Tal es el caso del almendro y su floración, de cuya figura el Espíritu se ha valido con especial énfasis a fin de activar, en estos últimos días de la era, el discernimiento de sus siervos y su correspondiente preparación en pos de aquello que su Palabra hará irremisiblemente en la tierra.


 

Pese a encontrarse en plena estación invernal, el hemisferio boreal ha entrado hoy en la temporada en la que anualmente se produce la floración del almendro. Aquí, en el sur, la misma se producirá entre finales de julio y más allá de la mitad de septiembre. Se trata, desde luego, de un fenómeno natural que tiene lugar, año tras año, desde tiempos inmemoriales. Algunos, especialmente aquellos que cuenten con algún conocimiento de botánica, podrán decirme aquí: “¿Acaso no sabemos que el almendro es un árbol de floración temprana? ¿Y quién, además, necesita que se le aclare que la floración de los árboles se cumple invariablemente, año tras año, en el mismo tiempo que es propio de cada especie?”

Entiendo que algunos podrían impacientarse un poco frente a estas aclaraciones mías, ya que seguramente verán en ellas lo que solemos llamar una verdad de Perogrullo. Pero yo rogaría a los tales que conserven su paciencia en todo lo que les sea posible, porque lo que debo decir hoy aquí es vital para los días que vienen sobre el llamado mundo occidental y aún más esencialmente sobre quienes se consideran parte del pueblo de Dios y dicen reconocer a Jesucristo como su Señor.

Por otra parte, ¿será en verdad necesario que aclare aquí que al Señor le agrada a veces dar comienzo a un asunto serio y urgente apelando a alguna afirmación cuyos destinatarios seguramente tomarán como una obviedad? Veamos, de hecho, lo que en una ocasión encargó el Señor al profeta Jeremías:

Les dirás esta palabra: “Así ha dicho Yahweh, el Dios de Israel: ‘Todo cántaro se llenará con vino’ Y ellos te dirán: ‘¿Acaso no sabemos que todo cántaro se llenará con vino?’…” (Jeremías 13:12)

Lejos de ser fortuita, esta mención del profeta Jeremías me permite ir directo al asunto que me propuse tratar en estas líneas. Leemos, en efecto, en el comienzo mismo del libro de Jeremías, lo que el Señor dijo a este como primerísima cosa, anterior a cualquiera de los copiosos mensajes que por su boca transmitiría a los gobernantes, a los sacerdotes, al pueblo todo de Jerusalén y de las ciudades de Judá, a todo Israel y aún al resto de las naciones. He aquí lo que leemos allí:

Y vino a mí una palabra de Yahweh, diciendo: “¿Qué ves tú, Jeremías?” Y dije: “Una vara de almendro [1] es lo que veo”. Y me dijo Yahweh: “Bien lo ves, porque estoy pendiente [2] de mi palabra para llevarla a cabo”… (Jeremías 1:12)

Ahora bien, nadie hoy parece estar consciente de lo que suelo decir aquí, en este espacio, y que repetiré toda vez que sea necesario como lo es ahora. Se trata, en realidad, de unas palabras del apóstol Pedro acerca de las cosas registradas por escrito en los libros de los profetas. Dijo, en efecto, el apóstol, respecto de la salvación que tendría lugar en los últimos días de esta era, es decir, en nuestros propios días:

Acerca de esta salvación han inquirido e investigado ansiosamente los profetas que profetizaron sobre esta gracia destinada a ustedes, indagando qué cosa en qué clase de tiempo señalaba en ellos el espíritu del Cristo, el cual de antemano testimoniaba acerca de las vicisitudes del Cristo y de la gloria que les seguiría. A ellos les fue revelado que no era para sí mismos, sino para nosotros, que administraban las cosas que ahora les son declaradas a ustedes por los que anuncian las buenas nuevas mediante el espíritu santo enviado desde el cielo, cosas para mirar en las cuales los ángeles se asoman. (1 Pedro 1:10-12)

Palabras a las que complementan estas otras, del mismo Pedro:

Tenemos la palabra profética más confirmada, a la cual ustedes hacen bien en prestar atención como a una lámpara que alumbra en un lugar oscuro hasta que el día esclarezca y el lucero del alba asome en sus corazones, sabiendo primeramente esto: que ninguna profecía de las Escrituras se interpreta a sí misma, porque la profecía en ningún tiempo fue traída por la voluntad humana, sino que fue declarada por hombres de Dios movidos por el espíritu santo. (2 Pedro 1:19-21)

Y por su parte, el libro del profeta Oseas nos trae a cuento estas palabras del mismísimo Señor, las cuales, desde luego, se refieren exactamente al mismo asunto al que se refiere Pedro en sus cartas:

Hablaré a los profetas y acrecentaré la visión; y por medio de los profetas compondré símiles. (Oseas 12:10)

En breve: los profetas no han dejado el registro escrito de la palabra de Yahweh para sus contemporáneos, sino —dice Pedro— para “nosotros”, esto es, para todos aquellos que estaríamos viviendo en el tiempo en el que tendría lugar aquello que el mismísimo espíritu del Cristo los llevó a indagar y a investigar con ansia. Es por ello, entre otras cosas, que todos los mensajes de los profetas están registrados a manera de símiles que establecen un vínculo entre sus días y los nuestros, entre la realidad social y política que los rodeaba y la que hoy nos rodea a nosotros. De ahí, entonces, también, que ninguna profecía de las Escrituras porta su pleno sentido en sí misma, y que sólo el Espíritu que la inspiró a alguno de los profetas (y de los apóstoles, agregaría yo) puede restablecer su pleno sentido.

¿Por qué traigo a cuento todas estas cosas? ¿Y qué tienen que ver con la floración del almendro?

Para responder a esta pregunta me bastará con traer a cuento el último capítulo del libro del Eclesiastés, al cual desde siempre han descuidado todos o casi todos los que cuentan con una biblia en su biblioteca. En dicho capítulo se encuentra un pasaje que bastaría, por sí solo, para incluir al libro que lo alberga dentro de la categoría profética a la que se refieren los dichos del apóstol Pedro que vengo de citar. Esto queda de manifiesto cuando se reduce el pasaje en cuestión a la siguiente frase:

Ten en cuenta a tu Creador en los días de tu juventud, en tanto que aún no hayan venido los días de la calamidad ni llegado los días sobre los cuales dirás “Ya no los deseo más”; […] en tanto que aún no haya florecido el almendro… (Eclesiastés 12:1,5)

La floración del almendro de la que habla el autor del Eclesiastés se encuentra por completo vinculada con la atención que el Señor ha comenzado a poner sobre su palabra, a fin de realizarla. Quiero decir: a fin de realizarla pronto. En otras palabras, son muchas y abrumadoras las señales por las cuales puede decirse con plena confianza que hemos ingresado en una etapa en la que el Señor ha activado en forma muy especial su plan con el fin de dar por terminada la era presente e instaurar el reino de su Hijo sobre la tierra, tal como leemos en el Salmo 2, del cual hace unos días publiqué aquí mismo mi traducción anotada.

Ahora bien, el Espíritu me muestra con supina claridad que la obra y la operación del Señor resultarán, para cualquier ojo meramente humano, tan extrañas como críptica es la descripción de la misma que encontramos en el capítulo final del Eclesiastés que vengo de citar. Esto no debería sorprender a nadie, pues leemos en el libro de Isaías que el propio espíritu de Dios ha definido en tales términos aquello que hará en nuestros días. Tal como dice allí:

Porque como en el monte Perazím se afirmará Yahweh, como en el valle de Gabaón se enojará para hacer su obra (extraña es su obra), y para efectuar su operación (extraña es su operación)… (Isaías 28:21)

¿De qué nos hablan, entonces, las palabras del Eclesiastés que he citado? ¿Cuáles son los acontecimientos que rodean el tiempo de la floración del almendro? Citaré por completo el pasaje en cuestión, omitiendo esta vez la mención de dicha floración, ya que el resto de los aconteceres que se mencionan allí representan aquello que la palabra de Yahweh estableció desde un comienzo para nuestros días y que tendrá, por ende, su pleno cumplimiento en los días, en los meses y en los años por venir.

Ten en cuenta a tu Creador en los días de tu juventud, en tanto que aún no hayan venido los días de la calamidad ni llegado los días sobre los cuales dirás “Ya no los deseo más”, en tanto que aún no se hayan oscurecido el sol, la luz, la luna y las estrellas y no se hayan retirado las nubes tras la lluvia, en el día en que aún no hayan temblado los vigías de la casa y no se hayan encorvado aún los hombres prósperos [3] y no hayan cesado aún las moledoras por haber disminuido y no se hayan oscurecido aún las que miran por las ventanas y no se hayan cerrado aún las dobles puertas del mercado por la depresión del ruido del molino, y no haya surgido aún la voz del ave y no se hayan postrado aún todas las hijas del canto (temiendo, incluso, de lo que es encumbrado y de los terrores en el camino) […] y la langosta no se haya tornado aún una carga pesada, y no se haya frustrado aún el deseo sexual porque la humanidad se dirige a su casa permanente, y no caminen aún en torno al mercado los que se lamentan golpeándose el pecho; antes de que se haya soltado el cordón de la plata y se haya resquebrajado el tazón del oro, y se haya roto el cántaro junto a la fuente, y se haya quebrado la roldana sobre la cisterna, y se haya asentado el polvo sobre la tierra, tal como había sido, y haya regresado el espíritu al Dios que lo había dado… (Eclesiastés 12:1-7)

Este pasaje, desde luego, sólo será significativo para aquellos que tengan ojos para ver, oídos para percibir y una mente para comprender. ¿Pero es este en verdad el caso de una inmensa mayoría de los hijos del cristianismo que habitan en el mundo occidental, tanto de aquellos que han sido enseñados durante siglos a mirar al Señor Jesucristo cada vez más como a un extraño como de aquellos otros que creen aún en él y aguardan su reino con ansias? No, no lo es. De ahí, entonces, que traeré aquí a cuento unas palabras del libro del profeta Isaías que se corresponden por completo con esta oscura advertencia en el Eclesiastés. Por cierto que ya las he recordado aquí mismo en un artículo publicado en abril del 2019 bajo el título «La conflagración de Notre Dame», título que —estoy seguro— se explicará por sí solo. He aquí, entonces, lo que aquellas oscuras palabras del final del Eclesiastés dirán en un lenguaje comprensible para todos:

Busquen a Yahweh mientras pueda ser encontrado, llámenlo en tanto está cercano. Deje el transgresor su conducta y el inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Yahweh, el cual tendrá de él misericordia, y a nuestro Dios, el cual será amplio en perdonar. Porque mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni sus caminos mis caminos, dice Yahweh. Porque como desciende del cielo la lluvia y la nieve, y no regresa allí, sino que riega la tierra, haciéndola germinar y producir y dar semilla al que siembra y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero y tendrá éxito en aquello para lo que la envié. (Isaías 55:6-11)

Recuerde, quien sea que esté leyendo esto, que Dios jamás nos ha entregado palabras ociosas; entienda, por ende, que cuando sus advertencias incluyen expresiones como “mientras” o “en tanto que” deberían ser tomadas estrictamente al pie de la letra y con toda la seriedad de que se sea capaz.

Para terminar, una última cosa respecto del almendro, de su floración y de lo que dicha floración significa según el espíritu de Dios. Y lo haré valiéndome de otras palabras del Eclesiastés, igual de crípticas que las ya citadas, sólo para aquellos a los que el Espíritu haya puesto en alerta y haya conminado a vigilar muy de cerca aquello que Dios está haciendo hoy mismo y que continuará haciendo hasta consumar su plan para estos últimos días de la era presente:

Cuando las nubes se llenen de lluvia, sobre la tierra se vaciarán; y si un árbol yace en el sur o en el norte, en el lugar en que yaciere, allí estará. (Eclesiastés 11:3)

 

Notas

[1] שקד (shaqued).

[2] שקד (shoqued). La raíz verbal שקד (shaqad) tiene el sentido principal de «estar despierto» o «estar alerta», especialmente respecto de un asunto particular que es objeto de vigilia.

[3] החיל אנשי. Literalmente, «los hombres de la riqueza»

Print Friendly, PDF & Email