El libro de Apocalipsis, su tiempo y sus destinatarios

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Durante casi dos mil años, ningún libro de las Escrituras ha causado mayor confusión que aquel que les da cierre. En efecto, el texto del Apocalipsis —cuyo título es, en verdad, «La revelación de Jesucristo»— ha dado lugar, a través de los siglos, a toda suerte de interpretaciones, algunas de las cuales cristalizarían, a su vez, en escuelas fundadas sobre graves malentendidos en torno al mismo. Acaso el mayor de tales equívocos sea el del tiempo del cumplimiento pleno del compendio profético contenido en el libro, asunto que hoy, más que nunca, es necesario clarificar de una vez por todas.


 

El asunto que voy a tratar hoy aquí es de una importancia imposible de exagerar. Estoy seguro de que si algunos escritores bíblicos que pasan por maestros lo tuviesen entre sus manos, le dedicarían un libro entero de algunos cientos de páginas, cuya versión impresa ofrecerían luego por algunos billetes y cuya versión digital estaría a la venta por alguno de los tantos medios de pago electrónico que hoy pululan en la Web. Yo, por mi parte, lo expondré aquí tan gratuitamente como lo he recibido y tan brevemente como lo permitan los testimonios que lo certifican.

En realidad, estos escritores —que no maestros— sólo hacen lo que pueden. Sin embargo, más les valdría hacer lo que hacen sin lucrar. En tal caso, cuando menos, podrían alegar ignorancia cuando deban dar cuentas de sus actos, mientras que en su presente situación tendrán que responder no sólo por enseñar desde la ignorancia, sino también por su indebido afán de lucro. Quien enseña las cosas de Dios, es cierto, merece un gran honor, tal como Pablo ha dicho a Timoteo:

Los ancianos protectores sean considerados merecedores de doble valía, especialmente aquellos que se esfuerzan en la Palabra y en la enseñanza. Pues la Escritura dice “No pongas bozal al buey que trilla” y “El trabajador es merecedor de su salario”… (1 Timoteo 5:17,18)

¿Pero acaso enseñan, todos estos escritores, la Palabra? ¿Y acaso el trabajador que defrauda en el fruto de su trabajo ha de merecer la paga como aquel que lo entrega fielmente? Ya que así como nadie puede dar aquello que no tiene, tampoco puede nadie enseñar aquello que ignora.

En realidad, la cosa se pone aún peor: los que enseñan las Escrituras sin entenderlas no se contentan a veces con esparcir el error entre quienes los escuchan, sino que suelen combatir furiosamente a quienes contradicen sus errores; y esto, en muchos casos, sin siquiera tomarse la molestia de profundizar en la verdad del asunto que confronta sus desorientadas perspectivas, algunas de las cuales sobrepasan lo defectuoso para internarse ya en el terreno de lo absurdo y aún de lo mostrenco.

Lo dicho hasta aquí se aplica muy especialmente a todos los expositores del libro de Apocalipsis de todos los tiempos. Y esto, ¿por qué? ¡Porque este texto profético que da cierre a la colección de las Escrituras que componen el Antiguo y el Nuevo Testamento es de una importancia única respecto del plan de Dios para su creación en el final de la era presente y aún más allá y se encuentra, por ende, revestido de una solemnidad que quienes están privados del Espíritu de Dios han descuidado siempre casi por completo! ¡He ahí por qué! ¿O acaso creerá el lector que es en vano que el autor realiza tantas advertencias a lo largo de sus líneas?

En efecto, ¿qué otra cosa se puede decir de aquellos que durante siglos han malentendido —y, por ende, descuidado— la primera de tales advertencias que encontramos en el libro de Apocalipsis, la cual, en un texto compuesto por cuatrocientos cuatro versículos, se encuentra en el tercero de su mismísimo capítulo de inicio? Es cierto, por otra parte, que dicho malentendido ha sido asegurado por el texto mismo del Apocalipsis, es decir, por la forma griega estándar del mismo, la cual ha circulado casi con exclusividad por el mundo en general y muy especialmente por el mundo occidental. ¿Pero a quién hemos de atribuir el hecho de que haya sido dicho texto griego y no otro el que ha atravesado los siglos y las geografías de la cristiandad de manera casi exclusiva, al punto de ser considerado el griego como la lengua en la que fuera concebido el libro? Desde luego, hemos de atribuirlo a quien lo ha revelado a su autor, esto es, al propio Dios.

Estoy seguro de que el libro de los Proverbios desbaratará aquí cualquier objeción de muchos que, llamándose a sí mismos “cristianos”, desconocen casi por completo a su Dios (¿pero es posible creer firmemente en alguien de quien se sabe poco y mal?). Yo espero, en todo caso, que los tales reconozcan al menos que no pueden hacer a un lado alguna porción de las Escrituras por el solo disgusto o aprehensión que la misma pudiese causarles y seguir confiando, al mismo tiempo, en que están en paz con Dios. Leemos, en efecto, en el libro de los Proverbios:

Gloria de Dios es encubrir un asunto y gloria de los reyes es el investigarlo. (Proverbios 25:2)

Dios, en efecto, encubre los asuntos principales de su plan. Esto quiere decir que Dios se reserva el derecho de no participar de la “política de transparencia” de la que el mundo occidental se ha venido jactando desde los días de aquel gran hombre caído que fuera Sócrates y que hoy, en el ápice de la hipocresía de este final de la era presente, sirve de cínico rótulo para la opacidad de los sistemas de los que se valen los poderosos para doblegar y oprimir a las masas cristianas que durante demasiado tiempo han prestado oídos a los maestros equivocados. Tal como en sus días lo hiciera el Señor Jesucristo dirigiéndose a algunos de sus discípulos tempranos, preguntaré aquí a mis lectores: “¿Acaso esto los ofende?” [1] Si la respuesta a esta pregunta fuese afirmativa, ya sabrá el lector lo que tiene que hacer…

El subtexto del libro de Apocalipsis es el del Espíritu

Lo cierto es que desde tiempos tempranos, los cristianos grecoparlantes del mundo helénico han tenido enormes dificultades con el griego en que se encuentra registrado el libro de Apocalipsis. No citaré aquí demasiados testimonios al respecto, los cuales, llegado el caso, podrá buscar el lector por sí mismo. Me valdré, en cambio, del mismo testimonio con el que el canadiense Robert B. Young Scott comienza su tan breve como interesante tesis monográfica de 1928 «The original language of the Apocalypse», [2] sobre la que volveré de inmediato. Se trata del testimonio de Dionisio de Alejandría (ca. 190-264 d. C.), el cual, refiriéndose al autor del texto estándar del Apocalipsis, dijera: “[…] su dialecto y lenguaje no son un griego correcto; hace uso de construcciones barbáricas y a veces de auténticos solecismos”.

No es casual que Scott comience su escrito citando este y otros testimonios acerca de las anomalías en el uso del griego que presenta el libro de Apocalipsis. No lo es, precisamente, por cuanto que su tesis se propone demostrar que el texto griego del libro de Apocalipsis es, en realidad, la traducción a dicha lengua de un original hebreo. Yo, por mi parte, no contando con los conocimientos suficientes como para afirmar o negar tal cosa, diré en cambio que el subtexto semítico del texto griego en cuestión resulta evidente para cualquiera que se encuentre siquiera mínimamente familiarizado con el hebreo y con el arameo del Antiguo Testamento, incluido el arameo de los targumim de los libros correspondientes a dicha sección de las Escrituras, así como con el griego de la Septuaginta, esto es, de la traducción helénica de la misma.

Ahora bien, los eruditos en las lenguas bíblicas suelen embarcarse en empresas investigativas que, por su misma naturaleza, conducen, las más de las veces, a lo que para cualquier intelectual guiado por la razón humana ha de ser, casi fatalmente, una aporía, un callejón sin salida. Sin ser un erudito ni mucho menos que eso, yo mismo he tratado ya sobre este asunto en la introducción a mi traducción del texto siríaco del libro de Apocalipsis (la cual, como podrá inferir cualquiera que consulte su página en este mismo sitio, ha sido inspirada por un inmenso e inextinguible amor por las Santas Escrituras en general y por dicho libro en particular). Allí, luego de citar, a manera de ejemplo, el conocidísimo pasaje que narra el episodio de la confusión de las lenguas de la que Dios se valió para evitar que los constructores de la Torre de Babel, aquellos hombres tan orgullosa como inevitablemente guiados por su carne, llegasen a buen puerto, digo lo siguiente:

¿No ha hecho acaso Dios algo análogo a lo que hiciera en aquellos lejanos días con los textos bíblicos de las tradiciones cristianas más antiguas? ¿No se ha reservado, como prerrogativa exclusivísima, la unificación del sentido pleno de su Palabra mediante la unicidad de su espíritu, el cual ha dado y continúa dando a quienes lo reverencian, creen en él y lo aman? ¿Y qué otra cosa podría entonces significar aquel dicho del apóstol Pablo según el cual “la letra mata, pero el Espíritu da vida” (2 Corintios 6:3)?

“La letra escrita mata” decía Pablo en su segunda carta a los corintios. ¿Pero alguna vez ha creído esto alguno de los tantos eruditos en sus arduos estudios de las Escrituras? Quiero decir: ¿alguna vez ha ido alguno de ellos realmente muñido de semejante verdad expresada por el apóstol a la hora de adentrarse en las declaraciones del espíritu de Dios que han quedado registradas en las Escrituras gracias al aliento de ese mismo Espíritu sobre algunos hombres de diversas épocas y latitudes? Y también: ¿podría alguno de ellos reconocer que sólo el Espíritu que ha inspirado dichas declaraciones posee la llave que abre el sentido pleno de las mismas? Más aún: ¿serían ellos capaces de aceptar que aquello que Jesús dijera en una oportunidad a Nicodemo, al quedar este perplejo ante sus dichos, es una suerte de ley que gobierna y regula desde siempre todo entendimiento de las Escrituras? ¿Y qué dijo el Señor a Nicodemo, quien era por entonces reputado como un maestro de Israel?. Helo aquí:

El viento [3] sopla donde quiere, y oyes su sonido, [4] pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo aquel que es guiado [5]por el Espíritu. (Juan 3:8)

¿Y acaso esta ley no iba a tener una plena aplicación en el libro de Apocalipsis, un libro atribuido al mismo autor del texto que vengo de citar y en el que se encuentra escrita —no una, ni dos, ni tres, sino… ¡siete veces!— la frase “el que tenga oídos, escuche lo que el Espíritu dice a las congregaciones”?

La primera advertencia del libro del Apocalipsis

Como ya he dicho más arriba, los eruditos de no importa qué tiempo, qué lugar y qué denominación cristiana de todas las épocas, parecen haber pasado por alto, todos ellos, la primera de las advertencias que el libro del Apocalipsis presenta a sus lectores. Dicha advertencia es crucial. ¿Por qué? Porque el hecho de que sea debidamente entendida produce, en y por sí mismo, una separación entre quienes son los auténticos y legítimos destinatarios del libro y quienes no lo son, los cuales, pese a leer y releer su texto no importa cuántas veces, no podrán obtener ningún provecho directo de su lectura. He aquí dicha advertencia en la forma en la que siempre la han entendido estos últimos:

Dichoso el que lee y los que escuchan las palabras de esta profecía y vigilan las cosas escritas en ella, porque el tiempo está cerca. (Apocalipsis 1:3) [6]

Ya hay, aquí, en esta forma por todos aceptada, un problema no menor al producir, en la traducción, un pronombre demostrativo que no se encuentra en el texto griego en ninguna de sus variantes. Éste, en efecto, de ninguna manera dice “las palabras de esta profecía”, sino “las palabras de la profecía”. [7]

¿Por qué resulta relevante esta última observación? Porque la expresión τῆς προφητείας («la profecía») puede ser entendida en varios sentidos, siendo el asignado con el agregado del modificador «esta» el menos probable de todos ellos. Puede que los traductores hayan simplemente tomado el sentido de las palabras en Apocalipsis 22:19 —donde se lee, allí sí, “esta profecía” (τῆς προφητείας ταύτης)— y lo hayan traspolado a Apocalipsis 1:3.

¿Pero, entonces, de estar yo en lo cierto, a qué podría estar refiriéndose el texto con la expresión “los asuntos de la profecía”? La respuesta a esta pregunta nos la sugieren unas palabras del apóstol Pedro que cito frecuentemente en este espacio. Helas aquí:

Tenemos la palabra profética más confirmada, [8] a la cual ustedes hacen bien en prestar atención como a una lámpara que alumbra en un lugar oscuro hasta que el día esclarezca y el lucero del alba asome en sus corazones, sabiendo primeramente esto: que ninguna profecía de las Escrituras se interpreta a sí misma, porque la profecía en ningún tiempo fue traída por la voluntad humana, sino que fue declarada por hombres de Dios movidos por el espíritu santo. (2 Pedro 1:19-21)

El sentido de estas palabras de Pedro en su segunda carta se complementa con estas otras, presentes en la primera de sus epístolas y que también suelo citar aquí con frecuencia:

Acerca de esta salvación han inquirido e investigado ansiosamente los profetas que profetizaron sobre esta gracia destinada a ustedes, indagando qué cosa en qué clase de tiempo señalaba en ellos el espíritu del Cristo, el cual de antemano testimoniaba acerca de las vicisitudes del Cristo y de la gloria que les seguiría. A ellos les fue revelado que no era para sí mismos, sino para nosotros que administraban las cosas que ahora les son declaradas a ustedes por los que anuncian las buenas nuevas mediante el espíritu santo enviado desde el cielo, cosas para mirar en las cuales los ángeles se asoman. (1 Pedro 1:10-12)

En otras palabras: el apóstol Pedro se refiere aquí a los profetas que registraron por escrito aquello que el espíritu del Cristo —es decir, el espíritu santo— les dictaba luego de haber inquirido e investigado con ansias acerca de los trances que el Cristo atravesaría y de la gloria que seguiría a los mismos. De manera que la expresión que leemos en Apocalipsis 1:3 (“los asuntos de la profecía”) se refiere, con toda probabilidad, no al texto del Apocalipsis en sí mismo, sino a los libros de Moisés, a los libros de los Profetas y a los Escritos (principalmente, aunque no exclusivamente, a los Salmos). ¿Y esto, por qué? Precisamente, porque en el libro de Apocalipsis se encuentra el cumplimiento de todos esos registros escritos en el orden y en la manera en que los tales se cumplirían.

Ahora bien, con todo lo importante que resulta esta aclaración que hago aquí respecto del sentido que la expresión «la profecía» guarda en realidad en Apocalipsis 1:3, no tengo dudas de que más importante aún —diré, incluso, crucial en nuestros días— es el sentido auténtico de la frase “porque el tiempo está cerca”, la cual yo reproduzco más arriba precedida por una coma, tal como todos lo hemos venido haciendo hasta ahora.[9]

El tiempo del Apocalipsis

Aquí es donde resulta importantísimo recordar lo que digo más arriba, en el sentido de que el sustrato semántico del libro es el que le ha dado y le da el Espíritu mismo, y que dicho sustrato —tal como sin demasiada dificultad demostrara en su trabajo el canadiense Young Scott— transita indudablemente por la lengua hebrea, que es, por otra parte, en la que la profecía ha sido mayormente registrada en su forma original.

Ahora bien, lo que ha de tenerse en cuenta antes de cualquier recurrencia al hebreo es el hecho de que el texto griego del libro de Apocalipsis (o, para el caso, de cualquier otro libro antiguo) no incluye comas, y que estas han sido suplidas luego por los mismos traductores, quienes, a su vez, lo han hecho según su propio entendimiento del mismo. Dicho entendimiento asignaba y asigna a la frase “porque el tiempo está cerca” un sentido según el cual su autor, Juan, veía cercano dicho tiempo.

Pero vea, en cambio, el lector, como se lee el texto de Apocalipsis 1:3 sin aquella coma que todos o casi todos han agregado al mismo:

Dichoso el que lee y los que escuchan las palabras de esta profecía y vigilan las cosas escritas en ella porque el tiempo está cerca. (Apocalipsis 1:3)

Esta nueva forma atenúa grandemente el sentido de inminencia que todos le han asignado tradicionalmente a esta advertencia y pone de relieve otra gran posibilidad, a saber: que el autor esté en realidad afirmando que quienes son dichosos son los que, estando cercano el tiempo, realizan las acciones allí descriptas, ya sea porque ellos mismos han discernido dicha cercanía o porque el Espíritu mismo los ha compelido a ello.

¿Cuál es la forma de esta frase en el texto griego? En el mismo la leemos así: ὁ γὰρ καιρὸς ἐγγύς. Ahora bien, la conjunción griega γὰρ tiene diversos usos, uno de los cuales —y tal sería el caso del versículo en cuestión— es el de presentar la causa o razón de algo dicho previamente. Pero en el caso que nos compete, ¿qué es, exactamente, lo dicho previamente? ¿No es acaso, según el autor, que habría uno leyendo y otros escuchando —y, en definitiva, todos ellos vigilando— los asuntos escritos por los profetas del Antiguo Testamento (a los cuales hoy habría que agregar los del Nuevo Testamento)? ¿Y no hemos de entender, entonces, que la razón de su dicha o bienaventuranza es el hecho de que los tales irían a hacer eso debido a la cercanía del tiempo del cumplimiento pleno de las profecías y no —como se lo ha entendido hasta ahora— que el tiempo estaba cerca en los días mismos del autor del Apocalipsis?

He aquí, por otra parte, lo que la traducción al hebreo del texto griego del libro de Apocalipsis a cargo de Franz Delitzsch [10] permite leer en la siguiente trasposición de la misma al español:

Dichoso el que lee y dichosos [11] los que escuchan los asuntos de la profecía y vigilan lo escrito en ella porque [כי] el tiempo está cercano. [12]

Ahora bien, en su estudio monográfico sobre el lenguaje original del libro de Apocalipsis, Young Scott da cuenta de al menos una instancia en la que la conjunción γὰρ estaría reemplazando a la conjunción hebrea כי, [13] la cual, como aquí arriba puede verse, Delitzsch habría “repuesto” en su traducción del griego al hebreo. Y como, por otra parte, dicha conjunción hebrea puede traducirse también como “cuando”, he aquí, entonces, el sentido pleno que se obtendría del versículo del que aquí me ocupo:

Dichoso el que lee y los que escuchan los asuntos de la profecía y vigilan lo escrito en ella cuando el tiempo está cercano. (Apocalipsis 1:3 en su sentido original pleno)

En definitiva, una glosa de lo que el autor del libro de Apocalipsis dice verdaderamente aquí sería la siguiente: aquel que esté leyendo y aquellos que estén escuchando y vigilando los asuntos escritos por los profetas cuando el tiempo esté cercano, serán bienaventurados.

En la segunda y última entrega de esta serie, me encargaré de ofrecer algunas evidencias intertextuales que sustancian todo lo dicho hasta aquí y que, por ende, echan por tierra toda lectura historicista y/o preterista del libro de Apocalipsis.

 

Notas

[1] Ver Juan 6:60-63.

[2] R. B. Y. Scott, «The original language of the Apocalypse». University of Toronto Press, 1928.

[3] Desde luego, hay aquí, de parte de Jesús, un juego de sentidos entre «viento» y «espíritu», que tanto en el hebreo y en el arameo (רוח) como en el griego (πνεῦμα) se nombran con una misma palabra.

[4] Jesús nuevamente hace un juego de sentidos en torno a «sonido» y «voz», que en el hebreo y el arameo (קל, קול) y en el griego (φωνή) se dicen con una misma palabra.

[5] οὕτως ἐστὶν πᾶς ὁ γεγεννημένος ἐκ τοῦ πνεύματος. Cuando da cuenta de un original hebreo o arameo, el verbo γεννάω tiene diversos sentidos, algunos literales y otros figurados. Dentro de los primeros se encuentra, desde luego, el que se relaciona tanto con el acto de engendrar como con el de nacer. Sin embargo, era también muy propio del habla hebrea tardía y del habla aramea tardía el uso del mismo para referirse a la guía que alguien ejercía sobre otro en cuestiones éticas o religiosas. Es precisamente en este último sentido que el apóstol Pablo dice a los corintios: “Porque aunque ustedes tengan diez mil tutores en el Cristo, no han de tener muchos padres, ya que en el Cristo Jesús soy yo quien, por medio de la buena nueva, los engendró.” (1 Corintios 4:15). Ver también la forma de expresarse de Pablo en Filemón 1:10 para referirse a Onésimo, a quien había guiado a la fe de Jesucristo mientras se hallaba preso en Roma.

[6] Μακάριος ὁ ἀναγινώσκων καὶ οἱ ἀκούοντες τοὺς λόγους τῆς προφητείας καὶ τηροῦντες τὰ ἐν αὐτῇ γεγραμμένα ὁ γὰρ καιρὸς ἐγγύς.

[7] Con todo, es cierto que el texto siríaco, en todas sus variantes, cuenta con dicho pronombre demostrativo (ܗܕܐ). Así, de hecho, lo refleja mi propia traducción del mismo, a saber: “Dichoso el que lee y los que escuchan las palabras de esta profecía…”

[8] τὸν προφητικὸν λόγον. Es decir, más propiamente, “el asunto profético más firme”.

[9] En efecto, yo mismo, hacia finales de 2017 —cuando aún no había recibido el entendimiento acerca del sentido verdadero de Apocalipsis 1:3— he incluido dicha coma en mi traducción del texto siríaco del versículo, la cual incluí, de hecho, a manera de epígrafe, en la introducción a mi traducción del Apocalipsis siríaco. Tal no sería el caso, desde luego, si encarase una nueva edición de aquella obra, lo cual, por otra parte, sería hoy harto improbable.

[10] Sifrei B‘rit He-jadashá Na‘atiquim me-lashón Iavanit le-lashón Ivrit [Los libros del Nuevo Testamento traducidos de la lengua griega a la lengua hebrea], Berlín, [s. n.], 1901.

[11] Esta repetición de la expresión “y dichosos” (ואשרי) es un agregado del texto hebreo de Delitzsch. En el texto griego, la palabra μακάριος («dichoso» o «bienaventurado») a la que traduce sólo se encuentra una vez, en forma singular, al comienzo del versículo.

[12] El texto hebreo de Apocalipsis 1:3 producido por Delitzsch es, en su forma completa, el siguiente: אשרי הקורא ואשרי השומעים את־דברי הנבואה ושמרים את־הכתוב בה כי קרובה העת.

[13] Young Scott define incluso dicha instancia, presente en Ap. 3:17, como una “mala traducción” (mistranslation). Dice sobre ella: «ὅτι λέγεις, “‘when’, ‘though’ thou sayest”, rather than “because”; all are meanings of כי». («The original language of the Apocalypse», p. 20) Por mi parte, sin siquiera abordar la cuestión de si el texto griego del Apocalipsis es en realidad una traducción desde el hebreo, sostengo que esta misma conjunción (כי) es, precisamente, la que ha de leerse por debajo de la conjunción griega γὰρ en Apocalipsis 1:3.

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