La Argentina en el Seol

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En un nuevo aniversario del fallido intento argentino de recuperación de las Islas Malvinas de manos del Reino Unido de la Gran Bretaña, sentí la oportuna necesidad de escribir unas líneas a Santiago Cúneo, periodista y conductor del programa Uno más uno tres, el cual se transmite de lunes a viernes desde la Web. En ellas le señalo que Aquel que rige todos los destinos humanos y que en algún momento impreciso del pasado decretara la muerte de la Argentina, es quien finalmente revertirá aquella decisión a fin de llevarla —por su solo poder y beneplácito— hacia su auténtico destino.


 

Buenos Aires, 2 de abril de 2021

Estimado Santiago Cúneo,

Te saludo en el nombre del Señor Jesucristo.

Suelo ver —o más bien escuchar, con el celular en la oreja como si fuese una Spika— casi todos tus programas. Imagino, por lo tanto, que ahora mismo, mientras escribo esto, estarás preparando el especial dedicado a conmemorar el 39° aniversario del fallido intento de recuperación de las Malvinas de aquel 2 de abril de 1982. Y es precisamente eso lo que ha motivado estas líneas, esta carta abierta que te tiene como destinatario ideal, aunque no único. Con esto quiero decir que en ellas, en estas líneas, me dirijo, idealmente, a todos los patriotas argentinos de buena voluntad, incluso a los más exclusivistas en sus opiniones y en sus propuestas políticas o, para decirlo más coloquialmente, a aquellos que aún integran alguna de las tantas "patrullas perdidas" del nacionalismo que aún recorren el desierto de la realidad argentina.

¿Por qué escribirte? ¿Y por qué hacerlo precisamente en un día como hoy, luego de años de escuchar tus editoriales y tus informes? Sucede que, humanamente hablando, según creo, nadie describe mejor que vos, desde los medios de comunicación, la situación en la que hoy se encuentra nuestra patria. Es cierto, desde luego, que la inconmensurable profusión de tus insultos hiere los oídos de las almas delicadas. Pero, por otra parte, ¿cómo describir lo que ocurre en un matadero sin mencionar en lo absoluto a los matarifes, a las reses, al degüello, a la mucha sangre y al olor putrefacto de esta cuando se acumula en cantidades industriales sin ser debidamente absorbida por la tierra? ¿Y cómo echar perfume sobre todo ello sin convertirse, ipso facto, en un estúpido, en un mentiroso o en ambas cosas?

Esta imagen de la que me valgo para describir a la Argentina de siempre —pero muy en especial a la de nuestros días— dará el tono general a estas breves líneas que te dirijo en este día tan particular, tan emotivo. La imagen me fue inspirada por este pasaje que podrás encontrar en el libro del profeta Isaías:

¡Porque miren: Yahweh sale de su lugar para castigar la iniquidad del habitante de la tierra respecto de él; y descubrirá la tierra sus sangres y ya no encubrirá a sus muertos! (Isaías 26:21)

Como podrás ver por tales palabras, Yahweh —a quien vos y tantos, tantísimos otros conocen mejor como Jesucristo— está absolutamente al tanto de aquello que a vos tanto te preocupa y te indigna de nuestra situación actual. Y como también podrás entender por ellas, no está en sus planes el mantenerse callado o inactivo para siempre frente a una tierra que devora a sus habitantes y que encubre la sangre de sus muertos desde antes, mucho antes, de que vos y yo naciéramos sobre su suelo.

¿Pero por qué elegí como título de estas líneas «La Argentina en el Seol»? Sucede que esta palabra hebrea —sheol— y su contraparte griega, mucho más conocida —hades— son el nombre con el que en la Biblia se conoce a la región de los muertos. Y lo cierto es que la Argentina ya está muerta desde hace mucho tiempo; lo está, de hecho, desde hace mucho más de lo que cualquiera podría percibir con los ojos naturales que poseemos todos los seres humanos. Para decirlo con toda la precisión de la que yo sería capaz, nuestra patria está muerta desde el momento mismo —cualquiera que este haya sido— en que terminó por abandonar del todo a su Dios para ir detrás de los ídolos de las naciones más poderosas de la tierra, a las cuales siempre dirigió su mirada y frente a las cuales, durante casi toda su historia, se ha prostituido en forma creciente hasta alcanzar la degradación actual, la cual, como bien podés ver vos mismo, es absolutamente terminal.

Lo que claramente quiero decir con esto último—y valiéndome de los términos en los que vos mismo has presentado el asunto más de una vez— es que aún el primer peronismo —es decir, lo más parecido que ha tenido la Argentina a un estado justo y soberano— nunca ha dejado de ir, desde sus mismos comienzos, en pos de todo lo que es del César sin dar jamás a Dios aquello que le corresponde. ¿Y no sos vos mismo quien ha dicho más de una vez que el peronismo nació como un movimiento profundamente humanista y cristiano? Pero sucede que Dios no es precisamente un humanista, ya que ello supondría que toda su obra y todo su plan ha sido en vano. Y para decirlo ya todo, Dios ni siquiera es cristiano, si es que por “cristiano” vamos a entender el cúmulo de variopintas doctrinas que circulan por el mundo occidental bajo ese rótulo, desde la fundación de la Iglesia de Roma en el siglo cuarto de nuestra era hasta la proliferación de los “pastores electrónicos” de la trasnoche de la TV en nuestros propios días. Desde luego que Dios —el Dios vivo del que te hablo aquí— no es tampoco judío, ni musulmán ni ninguna otra cosa que pueda asimilarse a las religiones y a las tradiciones humanas. ¡Dios es Dios, el Creador y Dueño de todo! ¡A Él y sólo a Él es a quien todos nosotros deberemos dar cuenta de nuestros actos! ¿Tenés en claro esto último? Creo que sí...

En las editoriales de tu programa acostumbrás a describir el tipo de sistema que rige en nuestra nación en nuestros días como a una república necrótica. Yo, por mi parte, estoy plenamente de acuerdo con dicha descripción, salvo que, como verás, a diferencia de vos, la aplico a la nación misma y retrotraigo el momento de su muerte a un tiempo muy anterior a, digamos, el 14 de junio de 1982. Lo que sí es cierto es que el cadáver de lo que alguna vez podría haber sido la Argentina y que nunca llegó a ser es hoy un cuerpo muerto cuyo hedor marea y enmudece a una mayoría de argentinos, mientras que de otros extrae aún gruesos insultos y alguna que otra apelación suplicante, tal como ocurre, creo yo, en tu propio caso...

Es mayormente para señalar esto último que hoy decidí dirigirme a vos. Y es que el Señor Jesucristo está —te lo aseguro— mucho más al tanto de todo lo que hoy ocurre en la Argentina de lo que cualquier cristiano estaría dispuesto a asegurarte. Sencillamente, Dios ha creado el cielo, la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay. Y supongo que habrás leído o escuchado alguna vez que ni siquiera un gorrión cae a la tierra sin que Dios lo tenga presente. Así que no te preocupes: pese a todo y aunque ya no lo parezca, los argentinos continuamos teniendo, a los ojos de Dios, mucho más valor que muchos gorriones…

Y sin embargo, hoy todos estamos en el Seol. Y cuando digo "todos" me refiero no sólo a los argentinos, sino al mundo entero, el cual parecería haberse vuelto loco y cuyos habitantes ya parecen haber llegado al punto en el que se cree que el agua se derrama hacia arriba y que las vacas vuelan. Y es que, como bien dicen las Escrituras, en el Seol "no hay acción, ni razonamiento, ni conocimiento, ni sabiduría..." (Eclesiastés 9:10) Es precisamente debido a esa falta de sabiduría de un mundo que ha abandonado a Dios que sus enemigos han podido colar en todas las naciones el tipo de situación absurda y dañina que hoy todas padecen sin haberla podido anticipar siquiera en lo más mínimo. Y es que no es en vano que dicen, también, las Escrituras:

Porque tampoco la humanidad conoce su tiempo: tal como los peces que son apresados en la mala red, y como las aves que se enredan en la trampa, en las tales son entrampados los seres humanos en pos del tiempo malo, cuando éste cae sobre ellos de repente. (Eclesiastés 9:12)

Pero sí es cierto que nosotros, los argentinos, estamos en una situación muy singular dentro del concierto de las naciones del mundo. Dios nos dió un territorio vasto y pródigo en toda suerte de productos de la tierra y de todo tipo de ganado; y, como si tal cosa fuera poco, nos dió además un país verdaderamente hermoso. ¿Y cómo le retribuímos nosotros —y me refiero a todos nosotros— por todo este gran bien? En el libro del Deuteronomio, donde Moisés profetiza sobre lo que ocurriría con el pueblo de Dios en los últimos días de esta era, tenemos una palabra para responder a esta pregunta, una palabra que, en nuestro caso, viene a ser irrefutable. En él leemos lo siguiente:

Engordó Jesurún y comenzó a tirar coces (¡engordaste y te cubriste de gordura!): rechazó al Dios que lo hizo y tuvo en poco a la Roca de su salvación. Lo provocaron a celos con cosas extranjeras y lo indignaron con abominaciones: sacrificaron en pos de los demonios —no de Dios—, en pos de dioses que no les eran conocidos, a novedades venidas de cerca a las que sus ancestros no habían temido. ¡De la Roca que te ha engendrado te deshiciste y te olvidaste del Dios que te dio a luz con dolores! Entonces lo vió Yahweh y sintió aborrecimiento debido a la frustración que le habían causado sus hijos y sus hijas. (Deuteronomio 32:15-19)

Pero veamos también la respuesta del Señor a un pueblo al que le dió todo y que lo afrentó —y aún lo afrenta, incluso con burla y encono— en su propia cara. Continúa Moisés, profetizando:

Ocultaré mi rostro de ellos y veré cuál será su fin. Porque son una generación subvertida, hijos en los que no hay fidelidad alguna. ¡Me provocaron a celos con lo que no es Dios! ¡Me indignaron con sus vanidades! Por lo tanto, ¡yo los provocaré a celos con el que no es un pueblo! ¡Con una nación estúpida les causaré indignación! ¡Porque en mi ira se ha encendido un fuego que arderá hasta la parte más sumergida del Seol, consumiendo la tierra y su producto y encendiendo los cimientos de los montes! (Deuteronomio 32:20-22)

Allí tenés, nuevamente, al Seol. Es precisamente de este Seol —es decir, de la intervención directa y sutil de Dios en la situación histórica de la Argentina, y muy especialmente en su situación actual— de lo que habla el libro de las Lamentaciones, el cual, a mi entender, da absolutamente en la tecla respecto de nuestro presente general como nación y como pueblo:

¡Nuestra heredad está transferida a extraños, nuestras casas a extranjeros! ¡Hemos sido huérfanos sin padre; nuestras madres son como viudas! ¡Bebemos nuestra propia agua a cambio de dinero, obtenemos nuestros leños por precio! ¡Nuestra nuca está bajo acoso; nos fatigamos y no tenemos descanso! […] ¡Son siervos los que se han puesto a gobernar entre nosotros sin que haya quien nos libre de sus manos! (Lamentaciones 5:2-6,8)

Estoy seguro de que estarás plenamente de acuerdo conmigo en que tales palabras describen nuestra situación actual de manera muy clara y al punto. De hecho, quitando los insultos, las mismas bien podrían ser parte de alguno de tus encendidos editoriales. Y para que no te quede absolutamente ninguna duda de que es siempre el Señor quien se atribuye, en su absoluta soberanía de Creador y Dueño de todo, la responsabilidad útlima de lo bueno y de lo malo, te comparto estas otras palabras de aquel mismo libro, las cuales dan testimonio claro acerca del auténtico Autor de nuestra situación:

Nosotros hemos transgredido y nos hemos rebelado. Y tú, por tu parte, no has perdonado: nos acosaste encubiertamente con ira, mataste sin contemplación; te recubriste con una nube para que no pasase oración alguna. Nos pusiste por descarte y basura en medio de los pueblos… (Lamentaciones 3:42-47)

Ya ves que, tratándose de las cosas de Dios —es decir, del Dios vivo y no del ídolo al que la inmensa mayoría de los argentinos suele llamar “Dios”— las cosas no podrán remontarse con un mero voluntarismo de barricada ni, tampoco, con un intento de revivir los "buenos viejos tiempos".

Ahora bien, no creas ni por un instante que me tomé el trabajo de escribirte para desanimarte, para decirte que el pueblo argentino jamás saldrá de la región de los muertos, de este Seol en el que, paradojalmente, los muertos siguen caminando y hablando como si estuviesen vivos. No; muy por el contrario: lo que inspiran estas líneas mías es la intención de anunciarte que el único que puede hacer subir de la fosa es Aquel mismo que ha hecho descender a ella. Esto es, ni más ni menos, lo que dice aquella oración profética de Ana, la madre del profeta Samuel, en su agradecimiento al Señor por haber quitado su esterilidad y su vergüenza y por haberle dado un hijo:

¡Yahweh hace morir y hace vivir! ¡Él hace descender al Seol y hace subir [de él]! ¡Él levanta del polvo al pobre y eleva del estercolero al necesitado para hacerlo sentarse con los nobles! […] ¡Él cuida los pies de sus piadosos! ¡Pero los impíos quedarán enmudecidos en la oscuridad, ya que ningún hombre prevalecerá por la fuerza! (1 Samuel 2:6-9)

Yo, por mi parte, pese a no haber estado jamás cara a cara con vos, creo no desconocerte del todo. ¿Y no tenemos, por otra parte, casi la misma edad? Siempre tengo esto presente cuando traes a mi memoria algunas cosas de los días de nuestra adolescencia que hoy muchos desconocen por completo y que otros tantos ya no quieren siquiera recordar. Como no podía ser de otra manera, esto te ha granjeado bastantes detractores, los cuales sacan a relucir cada tanto tu vida política pasada. Pero a mí sólo me importa la verdad, la cual dista muchísimo de llevar en el bolsillo una libreta negra para anotar los errores y pecados de los demás. Y creo ver en vos a alguien guiado por la buena voluntad y que no reculará, eventualmente, frente a esa misma verdad, aún cuando la misma pudiese ser diferente a como la imaginó. Incluso si te dijese que muchas de tus convicciones presentes se harían añicos frente a dicha verdad cuando salga de pleno a la luz, incluso entonces —digo— no recularías. ¿Acaso me equivoco en esto último? Creo que no. Y es que, además, tené esto por una promesa y un juramento solemne de mi parte: muchas de las convicciones presentes tuyas y de no importa quién se harán, de hecho, añicos cuando la verdad plena haya salido a la luz.

Es, en fin, algunas de estas convicciones tuyas y la tenacidad con que las comunicás y las defendés lo que te ha convertido en un referente para cada vez más cantidad de argentinos que no solamente sufren las cada vez más crudas condiciones materiales en las que cada vez más compatriotas nuestros se encuentran sumidos, sino que, además —sobre todo— no llegan, por más que se esfuerzan, a comprender el meollo de tantas vicisitudes aciagas y —humanamente hablando— trágicas. Para ellos sos una suerte de caudillo, algo a lo que acaso vos mismo te postulás inconciente y no tan inconcientemente. Siempre es igual, por otra parte: cuando la sombra del caos se cierne sobre una sociedad en la que la autoridad legítima se encuentra totalmente desacreditada o redondamente ausente, los caudillos son aquellos a los que el sentido común y cierta valentía hacen dar un paso al frente, quedando así bajo una luz cenital frente a sus coterráneos, los cuales, por su parte, buscan en ellos un cierto liderazgo que alumbre su camino. Ahora bien, lo mismo ocurrió en el período de los caudillos de Israel, antes de que los israelitas eligiesen —tan equivocadamente, por lo demás— a un rey como Saúl. Tal como dice, precisamente, el libro de los Jueces (palabra, esta, que los israelitas usaban, precisamente, en este caso, en el sentido de «caudillo»):

En aquellos días no había rey en Israel: cada cual hacía lo que era correcto a sus propios ojos... (Jueces 21:25)

Vos también hacés y decís lo que es correcto a tus ojos, según tu entendimiento, frente a la situación terminal en la que se encuentra la Argentina. Pero creéme si te digo que esto —todo este hacer cada cual lo que le parece mejor— no se prolongará por mucho tiempo más, tal como ya lo he dicho el año pasado en una Carta abierta al Papa Francisco, el único argentino, hasta hoy, al que dirigí unas líneas desde este mismo lugar. Pronto, en efecto, será el propio Dios quien se hará cargo, con TODA su contundencia, de poner fin a este estado de cosas que desde hace siglos y hasta hoy opera entre las naciones de la tierra y muy especialmente del mundo occidental, lo cual incluye, desde luego, a nuestra nación argentina. Es precisamente por esto que las últimas palabras en el Salmo 2 —una profecía para estos mismos días que estamos transitando— dicen:

Ahora, por lo tanto, reyes, sean prudentes; admitan una corrección, caudillos de la tierra: sirvan a Yahweh con temor y regocíjense con temblor. Besen al Hijo, no sea que se enoje y ustedes desaparezcan del camino al encenderse un poquito su ira. ¡Dichosos todos los que se refugian en él! (Salmo 2:10-12)

Es por todo esto —y por mucho más que no tendría cabida en una carta a la que me había propuesto dar cierta brevedad— que me pareció bien dirigirme a vos en un día tan especial en nuestra memoria común. Y también, encarnado en vos, quise dirigirme a cada compatriota de buena voluntad que aún quede en el suelo de nuestra patria, muerta desde hace ya mucho, pero que un día no muy lejano, por soberano designio de Dios, resurgirá para cumplir su auténtico destino. En aquellos días, todos los hipócritas que hoy caminan alegremente por nuestras calles y que confunden la sujeción de Dios a sus propios tiempos con su indiferencia e incluso con su inexistencia, dirán: "¿Quién de nosotros habitará en el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros habitará en un incendio permanente?" A lo cual se responderá con estas palabras del profeta Isaías:

El que camina en las cosas justas y habla lo recto, el que desprecia y rechaza las ganancias extorsivas, el que sacude de sus palmas el soborno, el que cierra sus oídos para no escuchar propuestas sanguinarias, el que retrae sus ojos de observar la maldad: este es el que habitará en las alturas; la fortaleza de rocas será su alto refugio; le será dado su pan y sus aguas serán firmes. (Isaías 33:15,16)

Yo, por mi parte, manifiesto aquí, públicamente, mi deseo de que vos y muchos otros compatriotas lleguen a ver con dicha estos días de los que habla el profeta, días que pronto —mucho más pronto de lo que podés siquiera imaginar— estarán entre nosotros.

Gracia y paz en el nombre del Dios, Padre y Señor Jesucristo.

Mariano Franco

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