El libro de Apocalipsis, su tiempo y sus destinatarios (continuación)

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La tradición interpretativa del libro de Apocalipsis es tan antigua como su circulación entre los cristianos, desde el siglo primero de nuestra era. Sin embargo, desde los llamados «Padres de la Iglesia» hasta el dispensacionalismo popularizado por C. S. Scofield a comienzos del siglo pasado —sin olvidar las diversas escuelas historicistas y preteristas—, sus intérpretes siempre han tropezado frente a ciertos detalles fundamentales del texto que lo compone. Todo ello ha conducido al escepticismo general sobre la posibilidad misma de comprender alguna vez su auténtico mensaje; y ello, paradojalmente, cuando el tiempo de su cumplimiento ya casi ha llegado.


 

En la entrega anterior de esta breve serie realizo un primer abordaje del tiempo para el cual el libro de Apocalipsis fuera revelado a Juan en algún momento de la segunda mitad del siglo primero de nuestra era. Allí, valiéndome de un escrutinio lingüístico, establezco que el texto de Apocalipsis 1:3 de ninguna manera ha de entenderse en el sentido en que se lo ha entendido durante siglos dentro de todas las ramas, denominaciones y sectas cristianas, a saber: como una afirmación de que el tiempo del cumplimiento de las cosas allí descriptas se hallaba cerca de aquella generación de los días en que los apóstoles aún estaban entre los hombres.

En la presente entrega me encargaré de mostrar hasta qué punto las diversas escuelas interpretativas del libro de Apocalipsis han errado casi por completo en sus interpretaciones del mismo a través de los siglos. Este, por otra parte, no ha sido ni es un asunto menor dentro del plan del Señor para llevar a buen término sus propósitos para este final de la era. De ello da debida cuenta el siguiente testimonio que encontramos en el libro del profeta Isaías:

¡Deténganse y queden estupefactos! ¡Ciéguense y frótense los ojos! ¡Emborráchense y no de vino! ¡Tambaléense y no por el licor! Porque Yahweh ha derramado sobre ustedes un espíritu de sueño profundo y ha cerrado sus ojos (los profetas) y a sus líderes, los videntes, los ha cubierto como con un velo! Y les será a ustedes la visión de la totalidad [חזות הכל] como los asuntos del libro sellado [כדברי הספר החתום], el cual darán al que conoce el libro diciéndole “léenos esto, por favor”, y él dirá “no puedo, porque está sellado”. Y darán el libro a aquel que no sabe leer diciéndole “léenos esto, por favor”, y él dirá “no puedo, porque no sé leer”. Entonces dirá el Señor: “Dado que este pueblo se me acerca con sus bocas y me honra con sus labios pero sus mentes están lejos de mí y su reverencia de mí no es más que un mandamiento de hombres que les fue enseñado, por ello, mírenme: nuevamente voy a hacer con este pueblo una obra maravillosa y un prodigio, y se desvanecerá la sabiduría de sus sabios y no se encontrará el entendimiento de sus entendidos.” (Isaías 29:9-14)

El libro sellado

Hay, por lo tanto, un específico libro sellado —el libro sellado—, conocido por muchos (el cual “darán al que conoce el libro”), pero que ninguno puede leer por encontrarse, precisamente, sellado. Asimismo, la visión de la totalidad de las cosas que hacen al final de la era y al cumplimiento de todas las cosas profetizadas por los profetas de antaño y recordadas por los evangelistas y los apóstoles, dicha visión —digo— estaría tan sellada a los ojos de todos como los asuntos de dicho libro. Y es que, precisamente, quien no puede leer correctamente el libro de Apocalipsis no puede, por ende, ver lo totalidad del plan de Dios para los últimos días. Esto, por otra parte, queda suficientemente aclarado un poco más adelante en el mismo pasaje de Isaías que acabo de citar, donde leemos:

En aquel día escucharán los sordos los asuntos del libro; [1] y de entre la densa penumbra y la oscuridad los ojos de los ciegos verán… (Isaías 29:18)

Yo espero que el lector que haya leído la entrega anterior de esta serie reconocerá que estas últimas palabras que cito del libro de Isaías se corresponden con aquellas de Apocalipsis 1:3 de las que me encargué allí. Sin embargo, por las dudas, las repetiré aquí siguiendo la misma forma que les doy al final de la primera entrega, pues es dicha forma la que repone el sentido pleno de lo que Juan se propuso, en sus días, transmitir con ellas:

Dichoso el que lee y los que escuchan los asuntos de la profecía y vigilan lo escrito en ella cuando el tiempo esté cercano. (Apocalipsis 1:3 en su sentido original pleno)

Tenemos, en efecto, en tales palabras, el anuncio de dicha para aquellos que cuando el tiempo estuviera cercano (“en aquel día”, para decirlo como Isaías 29:18) fuesen a escuchar los asuntos del libro, es decir, los asuntos del libro sellado.

Los destinatarios del Apocalipsis

Ahora bien, como notará el lector atento, pese a encontrarse, en Isaías, la firme declaración de que en un tiempo preciso los sordos escucharían los asuntos del libro sellado, nada se dice acerca de aquel que finalmente —y a diferencia de todos los mencionados en Isaías 29:11,12— podría leer en él. Y si ahora nos volvemos a las últimas palabras de advertencia que se encuentran hacia el final del libro de Apocalipsis y que complementan a la advertencia del comienzo en Apocalipsis 1:3, veremos que hay en ellas la misma ausencia. Dicen estas:

Yo testifico a todo el que escucha los asuntos de la profecía de este libro: si alguno añadiere a estas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro; y si alguno quitare de los asuntos del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la ciudad santa y de las cosas escritas en este libro. (Apocalipsis 22:18,19)

“Yo testifico —dice Juan— a todo el que escucha…” Nuevamente, al igual que en el pasaje de Isaías 29 arriba citado, nada se dice acerca de aquel que iría a leer. Y ello, pese a que el propio Juan comienza el libro declarando, ante todo, la dicha de “el que lee” (ὁ ἀναγινώσκων).

Ahora bien, alguno podrá decirme que el libro sellado al que se refiere el profeta Isaías no es ni podría ser el Apocalipsis, ya que en él, también hacia el final, se encuentran estas palabras de aquel que reveló el libro a Juan:

No selles los asuntos de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca. (Apocalipsis 22:10)

Desde luego, aquí hay cuando menos dos cosas a ser aclaradas. La primera de ellas es que estas palabras son dichas a Juan en el contexto de la visión misma que le fuera mostrada, la cual transcurre, precisamente, en un tiempo que transcurre en el futuro de sus propios días. Tal como él mismo lo dice antes de comenzar el relato de su visión: “Yo estaba en espíritu en el día del Señor…” [2] Por ende, las mismas no se encuentran en contradicción con la futuridad del tiempo señalada en Apocalipsis 1:3, ya que —nuevamente— son dichas en el tiempo de la visión que fue dada a Juan.

Ahora bien, aún más importante que esta última aclaración es la observación absolutamente necesaria de que aquellos asuntos que el ángel le ordenó mantener abiertos, no sellados, son los que hacen a la generalidad de los asuntos del libro de Apocalipsis. Hay, sin embargo, una excepción, una que han pasado por alto todos o casi todos los que se han puesto a interpretar el libro.

En efecto, mientras que en Apocalipsis 22:18 Juan hace su advertencia a los que escuchan “los asuntos de la profecía de este libro” (τοὺς λόγους τῆς προφητείας τοῦ βιβλίου τούτου), en el versículo siguiente hace lo propio dirigiéndose a “cualquiera que quitare de los asuntos del libro de esta profecía” (τις ἀφαιρῇ ἀπὸ τῶν λόγων βίβλου τῆς προφητείας ταύτης). La diferencia entre ambas advertencias no es en lo absoluto casual, ya que en este último caso, aunque en tanto que asunto de la profecía que es el libro de Apocalipsis no se encuentra sellado, el libro aludido no es otro que aquel libro sellado que menciona Isaías y que, de hecho, cuenta con una posición absolutamente central en el propio Apocalipsis.

Pero antes de volvernos hacia la presentación de este libro sellado en el libro de Apocalipsis, notemos una cosa que ninguno de los intérpretes del mismo de no importa qué escuela interpretativa ni de qué momento de los últimos dieciocho o diecinueve siglos [3] parece haber notado. Y ninguno lo ha notado precisamente por aquello que yo exploro en la primera parte de esta serie, a saber: el subtexto hebreo (y en algunos casos arameo) del texto griego del Apocalipsis. Es, en efecto, dicho subtexto el que nos dice que los asuntos de la profecía que se encuentran ordenados y significados en este libro serían debidamente leídos y debidamente escuchados cuando el tiempo estuviese cerca. Y puesto que tales asuntos incluyen las últimas plagas con las que el Señor pondría fin a su furor, ¿cómo es que ninguno de todos estos intérpretes prestó la debida atención a lo dicho en el pasaje de advertencia que se encuentra hacia el final del Apocalipsis y que yo cito más arriba? He aquí las palabras a las que me refiero:

Yo testifico a todo el que escucha los asuntos de la profecía de este libro: si alguno añadiere a estas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro… (Apocalipsis 22:18)

Pregunto yo aquí a cualquiera que aún se aferre a alguna de tales escuelas, pero muy especialmente a quienes aún osan defender las visiones preteristas e historicistas (o alguna combinación de ambas): ¿cómo —¡cómo, Dios mío!— y en qué sentido podría ser posible que quienes han agregado algo a los asuntos de la profecía que se encuentran consignados en todo el libro de Apocalipsis durante, digamos, el siglo quinto o en algún momento del siglo veinte, pudiesen estar incluidos entre los destinatarios de sus plagas postreras, los cuales por necesidad han de estar con vida y presentes en el tiempo en que dichas plagas tendrían su efecto?

Pero entonces, si todos los que se han puesto a interpretar el libro de Apocalipsis desde los tiempos pos-apostólicos hasta nuestros mismos días no han reparado en un detalle tan básico, tan serio y tan solemne (“yo testifico”, dice Juan, avisando a no importa quién de lo grave de agregar, en este caso, alguna cosa a los asuntos del texto que compuso por revelación de Jesucristo) y, al mismo tiempo, un detalle tan conclusivo respecto del tiempo en el que el libro sería leído y escuchado por aquellos que desde un comienzo se encontraban destinados a leer y a escuchar el sentido pleno de su contenido, ¿no pierden por ello todos estos intérpretes, ipso facto, toda credibilidad como interpretes legítimos del mismo?

Y así, tal como en la entrega anterior he presentado un testimonio acerca del tiempo al que alude el libro de Apocalipsis luego de llevar a cabo una exploración de sus aspectos lingüísticos, en la presente entrega he aportado otro testimonio respecto de dicho asunto temporal y de lo que el mismo nos dice acerca de quiénes podrían y quiénes no podrían ser sus destinatarios. Sin embargo, el énfasis en este último caso se encuentra en aquellos que escucharían los asuntos del libro de la profecía tal como se encuentran presentados y ordenados por Juan, su autor, en base a la visión que el Señor le enviara por medio de su mensajero. Se trata, este último, de un testimonio que apela a la sana lógica de cualquiera que la posea y esté dispuesto a aplicarla.

A fin de satisfacer el procedimiento que decide la verdad de todo asunto —según el principio de la instrucción de Yahweh que Pablo menciona en 2 Corintios 13:1—, aún me queda por presentar un testimonio interno al propio libro de Apocalipsis. El mismo será, por lo tanto, el que ocupe la tercera y última entrega de la presente serie dedicada a clarificar este asunto crucial para nuestros días.

 

Notas

[1] דברי־ספר. Aunque en este caso el artículo que define al sustantivo libro se encuentra ausente, el contexto contiguo marca con toda claridad que se trata del mismo “libro sellado” al que el profeta se refiere en los versículos 11 y 12.

[2] ἐν τῇ κυριακῇ ἡμέρᾳ. Esto, más adecuadamente, se traduciría «en el día que es el del Señor». Ahora bien, si se tiene en cuenta el hebreo que con toda probabilidad subyace al griego de Apocalipsis, esta expresión ha de entenderse como el יום יהוה, el día de Yahweh del que han hablado todos los profetas, vinculándolo claramente con los últimos días de la era presente. Otra posibilidad, que en lo absoluto ha de ser descartada, es la que ofrece el texto siríaco de Apocalipsis, ܒܝܘܡܐ ܕܚܖܒܫܒܥ («en el día primero de la semana»), aunque no es este el lugar para desarrollar pormenorizadamente este asunto.

[3] Se trata, sin duda, de un amplio y ancho grupo que incluye a todos los que se han puesto a interpretar el libro de Apocalipsis, desde algunos así llamados “Padres de la Iglesia” de los primeros siglos de nuestra era hasta el último aficionado que en nuestros propios días se ha dedicado a publicar sus “hallazgos” en la Web y desde el alegorismo de Orígenes y Clemente de Alejandría hasta los futuristas del tipo de Hal Lindsey y Tim La Haye, pasando, desde luego, por el historicismo de Joaquín De Fiore adoptado por los protestantes y el preterismo del jesuita Alcázar.

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