El libro de Apocalipsis, su tiempo y sus destinatarios (final)

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El quinto capítulo del libro de Apocalipsis propone al lector una serie de imágenes que resultan fundamentales para adquirir una correcta visión general del mismo. Esto lo han vislumbrado todos aquellos que, a lo largo de los siglos, se han dedicado a estudiarlo con la intención de descifrar el gran enigma que el mismo presenta. Y sin embargo, una inmensa mayoría de ellos ha fallado en su empresa, pues no solamente han sido ciegos a la realidad a la que sus símbolos señalan, sino que no han entendido siquiera aquello que su texto afirma de manera tan clara como concluyente.


 

La primera y la segunda entrega de esta serie presentan, respectivamente, dos testimonios internos al texto del Apocalipsis que demuestran tanto que el libro fue compuesto para los últimos días de la presente era como el hecho que se sigue de ello, a saber: que sus destinatarios son hombres y mujeres que estarían viviendo, precisamente, en tales días, es decir, en los nuestros.

Hay, sin embargo, en el texto del Apocalipsis, un testimonio único que echa por tierra, de una vez por todas, toda la pomposa pretensión de quienes durante siglos se han presentado como idóneos intérpretes del libro y que, en no pocos casos, se han puesto a enseñar a otros sus interpretaciones. Dicho testimonio único y concluyente se encuentra, de hecho, estrechamente vinculado con el pasaje de Isaías 29:9-14 que menciono en la entrega anterior en relación con el libro sellado que, mencionado por vez primera en el comienzo mismo del capítulo quinto de Apocalipsis, cumple un rol central entre todos aquellos asuntos del que este nos habla mediante símbolos. En tal sentido, podríamos decir que aún si se viesen correctamente todos los asuntos del Apocalipsis —algo que, de hecho, se encuentra muy lejos de ser la situación real— pero se fallara en discernir este único asunto que nos presenta su capítulo quinto, quedaría completamente impedida la cabal comprensión de todo el libro.

Citaré a continuación el pasaje al que aquí me refiero. Este dice:

Y veo hacia la derecha del que está sentado en el trono un rollo [1] escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos. Y veo un ángel poderoso que pregona a gran voz: “¿Quién es digno de abrir el rollo y soltar sus sellos?” Y ninguno era capaz —ni en el cielo, ni en la tierra ni debajo de la tierra— de abrir el rollo o siquiera verlo. Y yo lloraba mucho porque ninguno se descubría para abrir y leer el rollo o siquiera verlo… (Apocalipsis 5:1-4 mi traducción del texto griego)

Juan nos dice aquí con toda claridad: “Yo lloraba mucho porque ninguno se descubría para abrir y leer el rollo o siquiera verlo”. ¿Comprende el lector lo que todo ello significa puesto en la pluma de quien hubo caminado con el Señor Jesucristo durante unos tres años o tres años y medio, de quien hubo estado presente para ser testigo de su transfiguración, ocasión en la que el Señor se mostró a sólo tres de sus discípulos mientras departía con Moisés y con Elías, de quien lo hubo visto morir en la cruz y nuevamente vivo luego de su resurrección, de quién, en definitiva, llamara al Señor Jesucristo “el verdadero Dios y la vida perenne”? [2] Tenga, por lo tanto, el lector de estas líneas la certeza de que el profuso llanto que en su visión se apodera de Juan realmente signfica que no había nadie que pudiese dar un paso al frente ante el pregón de aquel poderoso heraldo que preguntaba quién era digno de abril el libro sellado desatando sus sellos.

Los torpes malabares teológicos en torno al libro sellado

Yo no sé, en verdad, cuánto más claramente pudo Juan tansmitir esto que digo aquí que con estas palabras suyas sobre su profuso llanto. He aquí —lo repito— al receptor de la visión y autor del texto del libro de Apocalipsis, libro en el que nos ha dejado un registro de dicha visión. Helo aquí a Juan, digo, asegurando al lector con toda contundencia, que el rollo sellado del que aquí se trata no podía, no digamos ya ser abierto y leído, ¡sino siquiera visto, percibido, por nadie en lo absoluto! ¿Y qué es lo que han hecho durante siglos los autoproclamados intérpretes del texto de Apocalipsis frente a estas palabras contundentes de su propio autor? ¡Pasarlas torpe y completamente de lado!

En efecto, ¿qué otra cosa sino una insólita torpeza pudo dar a luz, por ejemplo, aquella noción tan generalizada según la cual este gran despliegue que incluye a un ángel poderoso pregonando en voz alta en búsqueda de alguien que pudiese “abrir el libro y soltar sus sellos”, no es sino un recurso retórico de Juan para señalar un momento en el que el Señor Jesucristo aún no había ascendido al cielo —al Padre— luego de su resurrección? ¡Pero si el texto dice claramente que no se halló a nadie capaz de abrir el libro “ni en el cielo, ni en la tierra ni debajo de la tierra”! Y si el Señor Jesucristo no se hallaba en el cielo, ni en la tierra ni debajo de la tierra, ¿dónde se hallaba entonces? Y también, ¿es que acaso puede alguien creer realmente que, en la visión de Juan del trono de Dios en el cielo, el ángel poderoso formula retóricamente una pregunta cuya respuesta era ya sabida?

Otro ejemplo de la completa falta de lógica que los intérpretes del Apocalipsis han aplicado a este mismo asunto es el que se pone de manifiesto al leer los capítulos previos del libro y, muy especialmente, el comienzo del capítulo cuarto, el cual claramente introduce los sucesos descriptos en este capítulo quinto del que aquí me ocupo. Veamos a continuación a qué me refiero…

Como ya he dicho en la entrega anterior, la visión de Juan tiene su comienzo en el primer capítulo de su libro. En dicho capítulo, Juan nos presenta el inicio de su visión de la siguiente manera:

Estoy en espíritu en el día del Señor y oigo detrás de mí una gran voz como de trompeta diciendo: “Yo soy el alfa y la omega, [3] el primero y el último. Y lo que ves, escríbelo en un libro y envíalo a las [siete] congregaciones [que están en Asia]”[4][…] Y me vuelvo para ver la voz del que fuese que hablaba conmigo y, vuelto, veo siete candelabros de oro y, en medio de los siete candelabros, uno semejante a un ser humano [5] vestido de una túnica hasta los pies y ceñido en torno al pecho por un cinto de oro… (Apocalipsis 1:10-13; mi traducción del texto griego)

De inmediato, aquel con semejanza humana dicta a Juan siete mensajes que éste debe dar a conocer a los siete encargados de las congregaciones que están en Asia, mensajes que se encuentran registrados en los capítulos dos y tres del libro. Y luego de tales mensajes, en el primer versículo del capítulo cuatro, se lee lo siguiente:

Luego de estas cosas veo y —¡miren!— una puerta abierta en el cielo. Y la voz que hube oído primero, como de trompeta, habla conmigo diciendo: “Sube aquí y te revelaré [6] las cosas que son después de estas”… (Apocalipsis 4:1; mi traducción del texto griego)

¿Habrá alguien a quien le quepa alguna duda de que la voz que escuchó Juan es, desde luego, la del mismo “semejante a un ser humano” que se había dirigido a él en el pasaje que cito más arriba? Creo que no. Y bien: es esta misma voz la que dice ahora a Juan que suba al cielo por medio de la puerta abierta que aparece allí a fin de que le sean reveladas “las cosas que son después de estas”. ¿Y a qué otra podría referirse el mensajero que habla con Juan con dichas palabras sino a los dos capítulos previos, en los que el primero dicta al segundo lo que este debe comunicar a los encargados de siete congregaciones en Asia?

De manera que las “cosas que son después de estas” han de hallarse representadas, por necesidad, en el resto del contenido del libro de Apocalipsis, incluidas, desde luego, aquellas cosas que Juan ve y oye en el siguiente capítulo —el quinto—, en el que narra su visión del libro sellado y del poderoso pregonero que busca a alguno digno de abrirlo y de soltar sus sellos. ¿Y cómo, entonces, pudo alguien creer jamás que el no encontrarse ninguno “en el cielo, en la tierra o debajo de la tierra” que fuese digno de ello es una indicación de que, en la visión de Juan, el Señor Jesucristo aún no había subido al Padre luego de su sacrificio y resurrección? ¿Pero en qué cosa, entonces, habían depositado su fe los integrantes de las congregaciones mencionadas sino precisamente en ese sacrificio y en esa resurrección, sucedidos ya hacía algunas décadas al momento en que Juan recibiera la visión?

El que nadie haya respondido de esta forma a todas estas preguntas que el texto del Apocalipsis exige formularse es ya de suyo extraño; pero el que tantos hombres inteligentes no se hayan siquiera formulado tales preguntas, ¿de qué manera podría calificárselo sino de portento, de fenómeno sobrenatural? Es precisamente a este tipo de fenómeno que se refiere Isaías en aquel pasaje que cito en la entrega anterior de esta serie:

Y les será a ustedes la visión de la totalidad como los asuntos del libro sellado, el cual darán al que conoce el libro diciéndole “léenos esto, por favor”, y él dirá “no puedo, porque está sellado”. Y darán el libro a aquel que no sabe leer diciéndole “léenos esto, por favor”, y él dirá “no puedo, porque no sé leer”. (Isaías 29:11,12)

En efecto, quienes no conocen las lenguas originales del libro de Apocalipsis —su texto griego, desde ya, pero también el hebreo y el arameo que subyace al mismo— no pueden leerlo. ¿Pero cuál ha sido el caso con quienes teniendo, como mínimo, un cierto dominio de dichas lenguas, se han dedicado a interpretar el libro y, muy especialmente, las imágenes que Juan registra en sus capítulos 5 y 6?

Por mi parte, debo y quiero decir lo siguiente: muchos son los académicos, los autores de libros y los conferencistas de todas partes del mundo de quienes yo mismo he adquirido un conocimiento precioso sobre tantos asuntos a tener en cuenta al momento de estudiar las Escrituras en sus lenguas originales. Y sin embargo, cuando se trata de la profecía y de su sentido profundo —cuya cima y punto culminante es, precisamente, este libro de Apocalipsis sobre el que trato en esta serie—, a todos ellos se les puede aplicar, sin temor de incurrir en una injusticia, aquellas palabras que Pablo dirigió a los corintios:

¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el escritor? ¿Dónde el disertante de esta era? ¿Acaso Dios no ha vuelto estúpida a la sabiduría de este orden de cosas presente? (1 Corintios 1:20)

Yo, por mi parte, doy fe de que muchos de los hombres que se han puesto a interpretar el libro de Apocalipsis han sido y son hombres inteligentes, y de que en muchos casos, además, cuentan con un conocimiento extraordinario en cuestiones bíblicas, lingüísticas, históricas… Como digo arriba, yo mismo he aprendido no poco de muchos de sus escritos, cuando estos se han referido a otros libros de las Escrituras. Y sin embargo, no bien se han abocado a este libro en particular, al Apocalipsis, he visto su inteligencia caer bajo una suerte de encantamiento y permanecer en un estado de ceguera del que todos sus conocimientos no han podido sacarlos.

A manera de conclusión

En la primera entrega prometía tratar el asunto del tiempo y los destinatarios legítimos del libro de Apocalipsis en la forma más breve que me fuera posible. Sin dudas, como también decía allí, podrían escribirse libros y aún anaqueles enteros de libros sobre este asunto. Sin dudas, también, yo mismo podría haberlo hecho de una manera más ordenada, más pulida en el estilo y, en fin, más “sistemática”. Pero lo he hecho adrede tal como queda aquí para ser leído y sopesado por quien el espíritu de Dios disponga que lo lea y lo sopese.

Antes de ofrecer las conclusiones generales, querría dirigir una palabra al lector familiarizado con el texto de Apocalipsis. Este, en efecto, de seguro habrá notado que hasta aquí no me he referido a un asunto fundamental de dicho libro, a saber: aquella figura que en el capítulo cinco del mismo aparece, finalmente, ante la vista de Juan, como uno que es que digno de abrir el libro y desatar sus siete sellos. Esta omisión mía es por completo adrede, pues se trata este de un asunto que exige un tratamiento aparte. Dios mediante, pronto abordaré esta misma cuestión y alguna otra de todas las que hacen al contenido del libro de Apocalipsis.

¿Qué diré, entonces, en el marco de esta recapitulación, a manera de cierre de la presente serie? Y es que en cada una de sus entregas creo haber dejado demostradas —de manera contundente y apelando mayormente a testimonios internos al propio libro de Apocalipsis— varias cosas.

Comenzando por lo tratado en esta última entrega, diré que todos los que hasta hoy han tenido la presunción de estar interpretando fielmente el libro de Apocalipsis han quedado expuestos en su presunción en cuanto han pretendido haber comprendido las imágenes que acompañan a la apertura de los siete sellos del libro sellado. Y es que, como ha quedado en evidencia en estas líneas, nadie será hallado digno de abrir dicho libro y de desatar sus sellos —es decir, de comprenderlo primero para luego hacerlo comprensible a otros— hasta que llegue el tiempo señalado —es decir, señalado por Dios desde un comienzo— para que tal cosa tenga lugar. ¿Se entiende esto en toda su magnitud?

Esto nos lleva a lo dicho en la primera entrega, a saber: el libro de Apocalipsis es el fruto textual de una revelación que el Señor Jesucristo transmitiera a su siervo Juan por medio de su emisario y a través de una visión. Juan debía registrarla por escrito para la misma quedase hasta que llegase el tiempo de leerla y de escucharla, al final mismo de la era presente. Esto último queda muy claro una vez que se explora el sentido de Apocalipsis 1:3 en la forma debida, es decir, sin escatimar toda profundidad en su escrutinio.

Finalmente, no querría dar por terminada esta serie sin traer nuevamente a cuenta la advertencia que se encuentra al final del libro de Apocalipsis y que se dirige como nunca a todos aquellos que, en nuestros días, para los cuales fue registrada por escrito la visión de Juan, aún se confían en las torpes interpretaciones del mismo que la historia nos ha legado:

Yo testifico a todo el que escucha los asuntos de la profecía de este libro: si alguno añadiere a estas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro; y si alguno quitare de los asuntos del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la ciudad santa y de las cosas escritas en este libro. (Apocalipsis 22:18,19)

 

Notas

[1] βιβλίον. Pese a que a lo largo de esta serie he estado refiriéndome al documento presentado en Apocalipsis 5:1 como a un «libro», en esta traducción mía del pasaje que da inicio al capítulo cinco de Apocalipsis he preferido traducir el original griego como «rollo», puesto que tal es una de las acepciones de dicho término original. Pero lo que me ha decidido finalmente por traducir aquí como lo hago es el hecho de que el libro se encuentra escrito “por dentro y por fuera” y que se encuentra sellado con siete sellos, señalando ambas cosas las inequívocas características de un rollo, es decir, de un tipo de documento al que el hebreo y el arameo se refieren como מגלה o מגילה (meguilá).

[2] 1 Juan 5:20.

[3] τὸ Α καὶ τὸ Ω.

[4]  Tanto la especificación numérica como la de la ubicación geográfica de las congregaciones que aquí incluyo entre corchetes están presentes o ausentes según la familia de manuscritos de que se trate.

[5] ὑιῷ ἀνθρώπου. Literalmente, «un hijo de hombre», siguiendo en ello el más que conocido circunloquio hebreo y arameo para referirse a un simple ser humano. Ahora bien, por otra parte, no son pocas las versiones que han traducido esta expresión de Juan a las lenguas vernáculas como »el Hijo del Hombre«, dando así a entender que se trata del Señor Jesucristo. Ello, desde luego, es erróneo por dos cosas. En primer lugar, lo es por la gramática misma del griego, donde falta el artículo que hace de cualquier sustantivo uno definido, tal como ocurre en la conocida expresión de Jesús (ὁ υἱὸς τοῦ ἀνθρώπου, el Hijo del Hombre); en segundo término, lo es por cuanto la revelación de Jesucristo no es transmitida a Juan por este mismo, sino por su emisario, tal como claramente se lee en el versículo que da inicio al libro de Apocalipsis.

[6] δεικνύω. Según el contexto en que se encuentre, el sentido de este verbo griego cuenta con diversos matices. Según el Diccionario Vox de Griego Clasico-Español, el mismo puede traducirse como: indicar, mostrar, señalar; exponer, manifestar, declarar, revelar. Sin duda, dado el carácter visionario del texto del Apocalipsis, es esta última la opción más adecuada para traducir aquí el verbo en cuestión. 

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