En los días del Gran Hosanna / Carta abierta a Donald J. Trump

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Desde marzo de 2020, la humanidad por entero ha ingresado en una situación inédita en la historia, en la que un puñado de hombres poderosos pretende decidir el futuro de miles de millones, un futuro en el que —a jugar por las señales dadas por ellos mismos durante muchas décadas— no podría tener lugar alguno la reverencia amorosa al Señor Jesucristo. En medio de dicha situación, durante el año pasado, el Arzobispo Carlo María Viganò dirigió dos cartas muy oportunas al Presidente Donald Trump. A ellas es que me refiero principalmente aquí, en esta carta abierta al mencionado líder estadounidense.


 

Buenos Aires, 18 de mayo de 2021

Estimado Donald J. Trump,

Sr. Presidente,

Lo saludo en el nombre del Señor Jesucristo e invoco su favor sobre usted y los suyos.

Me llamo Mariano Franco y soy un anónimo argentino nacido en Buenos Aires, ciudad en la que he habitado desde siempre y hasta hoy. Soy, además, un escritor e investigador en asuntos bíblicos sin afiliación a ninguna rama o denominación religiosa y un siervo de Jesucristo, a quien procuro servir en toda buena conciencia. En virtud de esto último, desde diciembre de 2018 publico este sitio web desde el que ahora le dirijo estas líneas.

Sr. Presidente, querría comenzar rememorando aquí unas palabras de Jesús con las que el 9 de mayo de 1988 —es decir, hace ya treinta y tres años— el Papa Juan Pablo II abrió la homilía que, como parte de una misa multitudinaria, ofreciera en la ciudad uruguaya de Salto, a orillas del Río Uruguay. Dichas palabras no son otras que aquellas con las que el Señor dio inicio a su ministerio público en la sinagoga de Nazaret, ocasión en la que leyó estas palabras en el libro del profeta Isaías:

El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar una buena nueva a los afligidos… (Lucas 4:18)

Hoy, estas palabras del Señor adquieren de pronto una seriedad y una urgencia que —me atrevo a decirlo— nunca antes han tenido en todas las naciones del mundo que se reconocen como cristianas y, muy especialmente, en aquellas naciones que componen el hoy alicaído mundo occidental.

¿A qué me refiero al hablar aquí de seriedad y de urgencia? Ni más ni menos que a la situación que se ha cernido sobre todo el mundo desde el mes de marzo de 2020 y a la que tan contundentemente ha definido el Arzobispo Carlo María Viganò en sus dos cartas dirigidas a usted —es decir, respectivamente, en los primeros días de junio y en los últimos de octubre de dicho mismo año—, en las cuales describe esta situación que, en mayor o en menor medida, hoy nos aqueja a todos. Por mi parte, le diré a usted que a excepción de algunos conceptos propios de la teología católica con los que no concuerdo, ambas cartas de Monseñor Viganò reflejan mi propia apreciación de la instancia actual que hoy se vive en todas las naciones, en especial en lo que respecta a su trasfondo humano, esto es, no tanto a la existencia de un virus de alcance mundial —lo cual, en principio, viene a ser una situación perfectamente razonable— como al manejo que de dicha situación se ha venido haciendo desde los centros del poder mundial. De hecho han sido, en no poca medida, estas oportunas líneas dirigidas a usted por el mencionado prelado las que me han alentado hoy a hacer lo propio desde aquí.

En este último sentido, no es tampoco nada fortuito el que haya comenzado estas líneas evocando un evento como el presidido por Juan Pablo II en 1988 en la ribera uruguaya. En efecto, en la primera de las misivas que Viganò dirigiera a usted, fechada el 7 de junio de 2020, él hace una mención especial al ataque del que fuera usted objeto con motivo de su por entonces muy reciente visita —junto a su señora esposa—  al Santuario Nacional de la capital de su nación, el cual porta, precisamente, el nombre del recordado sumo pontífice de la Iglesia Católica.

Desde luego, tal como decía a usted en aquella carta Monseñor Viganò, todo aquel ataque no ha sido sino una operación orquestada por los medios de comunicación en contra de todo lo que usted representaba y aún representa para tanta gente en su nación y fuera de ella, muy especialmente para quienes aspiran a continuar viviendo libremente de acuerdo con su fe. Y usted, por su parte, no ha dejado de demostrar, en este último sentido, su dedicación a la defensa de toda libertad religiosa dentro y fuera de las fronteras de los Estados Unidos al firmar, apenas unas horas después de aquella visita suya al Santuario Nacional, una orden ejecutiva que lleva por título, precisamente, Advancing International Religious Freedom (Promoviendo la Libertad Religiosa Internacional).

Ahora bien, Sr. Presidente, antes de continuar querría confesarle aquí, sin más dilación, que durante algún tiempo de su presidencia algunos de sus actos no han estado, por así decirlo, entre los de mi más alta estima. Sin embargo, luego de tantos embates de sus enemigos externos e internos, los cuales han tenido como corolario el más que irregular proceso iniciado el día de la elección presidencial en su nación —proceso cuyos resultados y derivaciones son hoy del conocimiento de todos—, he llegado a apreciar sinceramente su figura. Y por otra parte, ¿quiénes son los que con sus acusaciones lo han convertido a usted —tal como hace ya un siglo lo fuera el legendario Erich von Stroheim— en el hombre que usted ama odiar de lo que va del siglo veintiuno? ¡Los más conspicuos de entre sus actuales enemigos practican sin restricción alguna, amparados en las sombras y en la oscuridad a las que tanto aman, todo, absolutamente todo aquello de lo que lo acusan a usted y aun más! Pero sucede que el Señor no soporta ni la acepción de personas en el juicio ni la hipocresía que inevitablemente se sigue de ella. De hecho, ¿de qué otra cosa se alimenta siempre la hipocresía sino de una horrenda y permanente acepción de personas en favor propio, por parte de individuos que acarician y alimentan su propia injusticia e impiedad al tiempo que condenan en los términos más duros e inapelables la injusticia y la impiedad ajenas? Sepa, en todo caso, Sr. Presidente, que el Señor —que como nuestro Creador nos conoce mucho mejor aún de lo que nosotros podríamos jamás conocernos a nosotros mismos—, desprecia y se burla por completo de la así llamada "corrección política" de sus acusadores más encarnizados, quienes a su vez, por otra parte, como ha llegado a ser notorio en los últimos tiempos, también lo desprecian a Él…

Para decirlo ya todo, creo que el Señor ha asignado a usted un rol particularísimo en nuestros días. No me referiré aquí a la comparación que muchos evangélicos de su nación y algunos religiosos provenientes del judaísmo hicieran de usted con la figura de Ciro, el rey persa del siglo V a. C. al que Dios ungiera para restaurar el templo de Jerusalén en los días posteriores a su conquista de Babilonia, la cual era, por entonces, la ciudad capital del imperio neocaldeo. No lo haré, digo, porque no soy un adulador ni quiero tampoco parecerlo. Con todo, sin embargo, no voy a pasar por alto aquí las propias palabras de Monseñor Viganò, quien en el mismo sentido lo ha señalado a usted como un “instrumento de la Divina Providencia”.

Pero es precisamente en virtud de esto último que yo me he hecho últimamente dos preguntas. La primera de ellas implica hasta cierto punto un misterio aún irresuelto y es la siguiente: ¿cuál podría ser el propósito de Dios al haberlo señalado como un defensor de la libertad religiosa y de la cristiandad en nuestros días y al haberle impedido, al mismo tiempo, el tomar efectiva posesión de un segundo mandato en el cargo de presidente de su nación, desde el cual hasta hace apenas unos meses había venido usted avanzando a paso firme en pos de dicha defensa?

Ahora bien, por otro lado, si es cierto que la respuesta a esta primera pregunta implica ni más ni menos que la dilucidación de un misterio de Dios, es no menos cierto que la otra pregunta en cuestión —la cual me vino al pensamiento no bien me enteré de su intención de competir nuevamente como candidato a la presidencia de los Estados Unidos en el año 2024— conlleva, a mi entender, una respuesta bastante más simple. Esta otra pregunta podría ser formulada de la siguiente manera: ¿cómo sería siquiera posible que aquellos mismos enemigos suyos que con todo su poder e influencia le han impedido asumir un segundo mandato como presidente de su nación, obligándolo a plantearse una alternativa electoral futura, cómo sería posible, digo, que ellos mismos fuesen a dejarle a usted allanado el camino que por estos días le cerraron? Y fíjese usted que todo ello debería darse, además, luego de un ejercicio irrestricto del poder por parte de sus enemigos durante los tres años que aún hay por delante para una nueva instancia electoral para la presidencia de su país. A mi humilde entender, no hay forma lógica alguna de sustentar dicha posibilidad; no, cuando menos, desde una perspectiva meramente humana. Y es entonces, Sr. Presidente, que querría hablarle aquí desde la única perspectiva de la que puedo hablar con cierto conocimiento, es decir, la perspectiva del Cielo…

Y es que es, en efecto, el Señor y sólo el Señor quien tiene en sus manos la absoluta soberanía en el cielo y en la tierra (Mateo 28:18). Él es quien pone a los gobernantes en su puesto, quien los quita del mismo y también —eventualmente, si tal es su propósito— quien los vuelve a poner en su puesto, añadiéndoles, incluso, mayor grandeza que la primera (Daniel 4). Él es también quien hace morir y quien hace vivir, quien hace descender a los hombres —tanto literal como figurativamente— a la región de los muertos y quien vuelve a traerlos desde allí; es también Él quien empobrece y enriquece, quien humilla y exalta a los hombres (1 Samuel 2:6,7). Y en cuanto a la calamitosa situación que hoy vive su nación y el resto del mundo, he aquí lo que el mismísimo espíritu del Señor nos dice a través del profeta Isaías en relación con ella:

¡Yo soy el Señor y no hay otro que dé forma a la luz y que cree la oscuridad, que haga el bienestar y que cree la calamidad! ¡Yo, el Señor, soy quien hace todas estas cosas! (Isaías 45:6,7)

Es, por ende, en última instancia, el Señor mismo quien ha traído esta calamidad a las naciones del mundo, quien las ha empobrecido y las ha hecho descender al Seol, a la región de los muertos, al tiempo que, siquiera por una temporada, ha enriquecido a los agentes que se han encargado de los necesarios detalles humanos para producir todo este mal. Y no vaya usted a creer, Sr. Presidente, que todo esto excluye la bondad de Aquel que dio su preciosa sangre en la cruz para redimir a toda la humanidad. Muy por el contrario: todo esto no excluye nada, sino que más bien lo incluye todo de acuerdo con Su propio soberano plan para con dicha misma humanidad…

Tal como le he dicho más arriba, Sr. Presidente, las dos cartas oportunamente dirigidas a usted por Monseñor Viganò han alentado estas líneas que hoy le dirijo yo desde aquí. Y es que, pese a la valiosísima iniciativa que dichas cartas suponen, el mencionado prelado nada le ha dicho a usted en ellas sobre todo esto que aquí le comparto acerca de nuestro Dios, todo lo cual, desde luego, muy lejos de ser palabras excepcionales —y mucho más lejos aún de ser una mera fabricación mía desde la nada—, se encuentra amplia y abrumadoramente documentado a lo largo de todas las Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Y, por otra parte, tal como en sus días dijera el Señor a algunos que lo acusaban falsamente: “La Escritura no puede ser desestimada…” (Juan 10:35) En otras palabras, no es posible hacer a un lado ningún testimonio de las Escrituras si es que se aspira a la verdad plena de Dios...

Sr. Presidente, sepa usted que este día en que le escribo estas palabras es muy especial para mí. Hoy, en efecto, se cumplen exactamente veinticinco años desde que me bautizara en el nombre de Jesucristo, poniendo toda mi confianza en su preciosa sangre para el perdón de mis pecados. Desde luego, en nuestros días, en este mundo de carne y metal en el que todos hemos llegado a vivir, el hablar de pecado ha de sonar a muchos oídos como algo completamente irrelevante, cuando no ridículo. Y sin embargo, incluso alguien como Jim Morrison —el recordado líder de The Doors, a quien a nadie, por cierto, se le habría ocurrido jamás tildar de persona santurrona—, incluso él cantaba en una de sus populares canciones: Hear me talk of sin and you know this is it... (Me oyes hablar de pecado y sabes que hemos llegado hasta aquí)

Lo cierto es que, en una inmensa medida, es esto mismo, el pecado —y, más concretamente, la negación de los efectos concretos del pecado sobre nuestra vida humana— la clave para comprender la situación en la que se encuentran hoy todas las naciones del mundo y, muy especialmente, las naciones cristianas. Y es precisamente a situaciones como esta —cuyo carácter colectivo no hace hoy más que agravar las cosas— a las que alude el apóstol Juan al decir en su primera carta:

Si confesamos nuestros pecados, fiel es él —y justo— para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos a él mentiroso y su palabra no está en nosotros. Hijitos míos: les escribo estas cosas para que no estén pecando. Pero si alguno estuviese pecando, tenemos un abogado para con el Padre, Jesucristo el justo. Él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por nuestros pecados, sino por los de todo el mundo. (1 Juan 1:9,10; 2:1,2)

Sr. Presidente, me ha dado un enorme gusto el percibir la corriente de entendimiento —diría, incluso, de simpatía— que durante el año pasado tuviera lugar entre dos personalidades tan dispares como la suya y la de Monseñor Viganò. Y es que he visto en ella el tipo de actitud que es del agrado del Señor respecto de quienes dicen reverenciarlo, un tipo de actitud ciertamente opuesta a las divisiones que durante siglos se han manifestado entre los cristianos en la forma de sectas y denominaciones que en nuestros días ya se cuentan por decenas de miles y que el apóstol Pablo claramente deplorara hace ya casi dos mil años (1 Corintios 1:10-13 y 3:1-5). Y lo que es aún más importante: dicha actitud es un ejemplo en pequeño de lo que, de lograrse en forma colectiva —es decir, entre todos aquellos que aman y reverencian al Señor Jesucristo por quién es Él en verdad—, traerá sin dudas un gran alivio a un mundo que, por todo lo expuesto aquí, se encuentra en una clara situación terminal.

Es en este último sentido que se me ocurre traer a cuento la ocasión más solemne del culto del tempo de Jerusalén en los días en que el mismo aún estaba en pie. Me refiero, claro está, al Día de la Expiación, señalado por la propia instrucción del Señor para que se efectuase el día décimo del séptimo mes hebreo. En dicho día, el sumo sacerdote ingresaba en el lugar santísimo para expiar por sus propios pecados y por los de todo el pueblo, restableciendo así la armonía entre este y su Dios. De ahí que cinco días más tarde —y por siete días consecutivos— se celebrara también la Fiesta de los Tabernáculos, días durante los cuales el pueblo se alegraba delante del Señor luego de culminado por completo el ciclo anual de la cosecha. Y sin embargo, el séptimo día de aquella fiesta ha llegado a ser conocido más tarde, dentro del judaísmo, como el Hoshanna Rabbah, el cual —como su nombre hebreo lo indica— es un gran día de súplica por aquel tipo de liberación y prosperidad que sólo podría provenir de Dios. De hecho, este nombre tiene, según creo, su origen en aquellas palabras del salmo que más asociado se encuentra con la fiesta en cuestión, las cuales dicen:

¡Te suplicamos, Señor: sálvanos! ¡Te lo rogamos, Señor: prospéranos! (Salmo 118:25)

Personalmente, no tengo dudas de que ha sido para una ocasión como la que vivimos por estos días —es decir, la ocasión extraordinaria en la que una amenaza inaudita, tanto por su gravedad como por su enorme alcance geográfico, se cierne sobre la humanidad toda y en la que se da, al mismo tiempo, una enorme sed de justicia y paz duraderas entre el pueblo de Dios— que el propio Señor Jesucristo exclamara, en el último y gran día de la Fiesta de los Tabernáculos en la cual participó en sus días, las siguientes palabras:

¡Si alguno tiene sed, venga a mí y beba! ¡Aquel que crea en mí —tal como dice la Escritura— de su interior correrán ríos de agua viva! (Juan 7:37,38)

Concluyo, Sr. Presidente. Con todas estas cosas en mi mente, en medio de la gran angustia de estos días —sentimiento que estoy seguro de compartir con todos mis hermanos en la fe y con el resto de las personas de buena voluntad que habitan en el mundo—, se me ha ocurrido pensar que los nuestros no son otros que los días del Gran Hosanna, es decir, del gran momento en el que todos juntos debemos acercarnos al Señor con verdadera confianza y humildad a fin de clamar a Él, rogándole que perdone a su pueblo por su negligencia y liviandad y que le otorgue una liberación efectiva y un bienestar duradero.

Es precisamente por esto último que, puesto a pensar en grande, he imaginado un gran llamamiento a una reunión de súplica y adoración: una gran convocatoria que bien podría ser impulsada de alguna manera por usted, Sr. Presidente, una iniciativa a la que, desde luego, bien podría sumarse también el propio Monseñor Viganò como un dignísimo representante de la cristiandad europea. Y para que todos los rincones del vasto continente americano quedasen incluidos en dicho llamamiento —abarcando, así, además, la geografía de todo el mundo occidental hasta el último de sus rincones—, se me ha ocurrido también que dicha convocatoria podría tener como lugar de confluencia el Cono Sur del mismo y, más precisamente, la mismísima ciudad de Salto en la que hace ya treinta y tres años el Papa Juan Pablo II leyera aquellas palabras de Jesús con las que yo he comenzado esta carta. No ignoro ni podría ignorar, desde luego, las restricciones de movimiento y de reunión aún impuestas por muchos gobiernos occidentales en relación con la actual situación sanitaria. Pero, en definitiva, como acabo de decirle, he avizorado todo esto pensando en grande, algo que sé que es de su agrado personal y que, sobre todo, mi Dios y mi Señor me ha animado a hacer en estos días. Y es que, por otra parte, hoy son en verdad muchos miles de millones los afligidos que necesitan, más que nunca en toda la historia humana, recibir una buena nueva del Cielo.

Lo saludo con todo el respeto que su posición exige y con todo el afecto personal que —aun a la distancia y sin mediar un conocimiento personal— despierta en mi alma por usted el espíritu del Señor que está siempre conmigo.

En su Nombre, tres veces santo,

Mariano Franco

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