El libro de Apocalipsis, su tiempo y sus destinatarios (adenda)

      Comentarios desactivados en El libro de Apocalipsis, su tiempo y sus destinatarios (adenda)
compartir

El propósito que subyace a esta serie es el de establecer sólidamente —y lo que es no menos importante: de hacerlo desde el propio texto del libro en cuestión— el asunto del tiempo para el cual fue revelado a Juan el libro de Apocalipsis, asunto que, a su vez, una vez dilucidado, ha de señalar, casi necesariamente, quiénes son sus auténticos destinatarios. Sin embargo, la presente serie no estaría completa si no tratase, siquiera brevemente, sobre un asunto importantísimo, en el cual, de hecho, ninguno de entre los tantísimos exégetas de la visión de Juan parece haber siquiera reparado jamás.


 

Tal como ya he dado a entender en las partes previas de esta serie, resulta un hecho incontestable que al traducir las Escrituras desde sus lenguas originales hacia cualquier otra lengua —aunque muy especialmente a las lenguas vernáculas de las naciones históricamente cristianas—, los traductores no suelen apoyarse principalmente en su entendimiento de dichas lenguas originales para traducir los textos sagrados, sino que, en forma mayoritaria, su punto de apoyo principal suele ser la doctrina propia de la rama o denominación a la que pertenecen.

En virtud de esto último, un traductor católico conservador tenderá a diferir, en el fruto de su tarea, con el de uno perteneciente a la rama carismática o, mucho más aún, al de quien proviniese del campo de la ortodoxia o del protestantismo. Y dentro de éste último, lo mismo ocurrirá entre un traductor del campo evangélico pentecostal y uno que proviniese de, digamos, la iglesia adventista.

Y así, si en el transcurso de su tarea de traducción desde las lenguas originales de las Escrituras, el traductor —incluso el muy avezado en todas o en alguna de dichas lenguas— se topase con algún pasaje que contradice, siquiera levemente, alguno de los pilares del “credo” de la iglesia a la que pertenece, ¿qué cosa es la que pesará más en su conciencia a la hora de traducir el pasaje en cuestión? ¿Será acaso todo el entendimiento del mismo que su conocimiento de la lengua le provee? ¿O serán, por el contrario, sus propias creencias, cimentadas y compartidas por una tradición que lo precede a él mismo en algunos cientos de años —o incluso en más de un milenio y medio— las que decidan el asunto de su traducción?

Voy a facilitarle al lector las cosas proveyéndolo aquí y ahora de la respuesta a la pregunta planteada, respuesta a la que, por otra parte, acaso ya haya arribado por sí mismo si ha realizado el ejercicio de ponerse en el caso del imaginario y genérico traductor que aquí le presento. Lo cierto es que de verse en un dilema semejante, el traductor en cuestión terminará por decir para sus adentros algo similar a aquellas palabras de un estrafalario y egoísta personaje de Dostoievsky: “Si tengo que elegir entre que el mundo perezca o que a mí me falte mi té… Pues bien: ¡que el mundo perezca, pero que a mí nunca me falte mi té!”

En otras palabras: el traductor sacrificará sin más cualquier sentido que su entendimiento de una lengua bíblica le dicte acerca de un pasaje cualquiera —y aun cuando dicho sentido sea incontestable— con tal de que la comunidad religiosa a la que pertenece (y acaso su propia conciencia) jamás se vea sacudida por lo que en verdad está diciendo el pasaje en cuestión. Y ya verá el lector que, a juzgar por lo que mostraré a continuación, no hay límite alguno cuando ha de realizarse, en la conciencia del traductor, un sacrificio semejante…

La alucinación colectiva de los traductores del Apocalipsis

En la entrega final de esta serie he tratado sobre el libro o rollo sellado con siete sellos que es mencionado por Juan en el contexto de su visión del trono de Dios, al comienzo del capítulo quinto. Allí dije que omitiría el referirme a aquel al que luego, en el capítulo siguiente, Juan ve abrir, uno por uno, dichos sellos y que, de hecho, según nos dice el propio Juan, era el único digno de hacerlo, de leer el libro o de siquiera mirarlo. Y es precisamente para tratar sobre dicho asunto —siquiera en una forma muy acotada e indirecta, centrándome más en la evidencia que muy naturalmente se desprende del texto griego del Apocalipsis que en la voluntad de ahondar en las consecuencias que un escrutinio serio y honesto del mismo revela— es precisamente para tratar sobre esto, digo, que me dispuse a agregar esta adenda a la presente serie.

Lo cierto es que, tal como sugería en aquella entrega final de esta serie, se diría que una enorme e inmensa mayoría de los traductores del libro de Apocalipsis de no importa qué época y qué orientación cristiana, da la sensación de haber quedado sujetos a una suerte de alucinación colectiva no bien se han visto confrontados por el texto que describe aquella visión de Juan. Como verá el lector a continuación, esto puede decirse muy especialmente respecto de la traducción que histórica y mayoritariamente se ha hecho de algunos asuntos en ese mismo capítulo quinto donde Juan describe aquel rollo sellado con siete sellos y del que dice claramente que “ninguno era capaz —ni en el cielo, ni en la tierra ni debajo de la tierra— de [abrirlo] o siquiera verlo” (Apocalipsis 5:3), por lo cual, de hecho, él, Juan, “lloraba mucho” (vers. 4)…

Entonces, dice Juan a continuación:

Y uno de entre los ancianos me dice: “No llores. Mira: el león —el que proviene de la tribu de Judá, la raíz de David— él venció para abrir el libro y desatar sus siete sellos. Y miro y hete aquí, en medio del trono y de los cuatro seres vivientes y en medio de los ancianos, en pie, un corderito [ἀρνίον] como degollado que tiene siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios enviados a toda la tierra. Y vino y tomó el libro de la derecha del que está sentado en el trono… (Apocalipsis 5:5-7)

Esta traducción mía de este tan conocido pasaje del libro de Apocalipsis —sin duda, uno de sus más célebres, lo cual, hasta cierto punto, equivale a decir, también, uno de los pasajes más influyentes de toda la historia de la Iglesia— no difiere demasiado de cualquier traducción conocida a cualquiera de las lenguas vernáculas de la Europa y la América cristianas excepto por una cosa. En efecto, allí donde todas estas traducciones reflejan el término griego ἀρνίον como «cordero», yo lo hago aquí como «corderito». [*]

Desde luego, en lo que hace a la lengua griega antigua, disto muchísimo de ser un entendido. Sin embargo, en este caso, no es en lo absoluto necesario el ser un entendido en la materia. En efecto, bastará sencillamente con citar aquí para el lector la definición que de ἀρνίον provee el clásico Diccionario Manual Griego de Vox, a saber: corderillo. Y he aquí también la primera definición que de dicho término da el Greek Lexicon de Thayer (1841): little lamb. Y para aportar un tercer testimonio, proveniente, también, del mundo anglosajón decimonónico, he aquí lo que el Greek-English Lexicon de Liddell & Scott (1843) dice sobre esta misma palabra: “Dim. of ἀρνός, little ram, lamb […]”

De hecho, que la palabra griega ἀρνίον no ha de traducirse como «cordero» en el contexto del libro de Apocalipsis —una obra que, al menos dentro del universo mental de la mayoría de las iglesias, es atribuido al apóstol Juan— queda lo suficientemente claro cuando nos dirigimos al cuarto evangelio, igualmente atribuido por la generalidad de las iglesias al mismo apóstol. Y es que, en efecto, allí leemos ( y no en una, sino en dos ocasiones dentro de un mismo capítulo) la siguiente expresión que el autor pone en boca de Juan el Bautista. He aquí la primera de ellas:

Al día siguiente, Juan ve a Jesús viniendo hacia él y dice: “Miren: el cordero [μνός] de Dios, el que quita el pecado del mundo…” (Juan 1:29)

Y he aquí la segunda:

Y [Juan], viendo a Jesús caminando, dice: “Miren: el cordero [μνός] de Dios...” (Juan 1:36)

Y para que no quede ninguna duda de que Juan no utilizó de manera intercambiable las dos voces griegas aquí en cuestión —es decir, ἀμνός («cordero») y ἀρνίον («corderito»)—, he aquí, en aquel mismo evangelio de su autoría, la presencia de este último término, el cual es puesto nada menos que en boca del propio Jesús:

Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón hijo de Jonás, ¿me amas más que estos?” Le respondió: “Sí, Señor; tú sabes que te quiero”. Él le dijo: “Alimenta a mis corderitos [τὰ ἀρνία μου]…” (Juan 21:15)

El lector seguramente podrá ver por sí mismo que lo que se desprende de estas palabras de Jesús registradas en el evangelio de Juan posee un sentido harto profundo. En efecto, Juan, al comienzo de su evangelio, refleja las palabras del Bautista, quien compara a Jesús con un cordero adulto, un ἀμνός. Y más tarde, hacia el final de dicho mismo texto, Juan pone en boca de Jesús, al dirigirse este a Pedro, la cariñosa y paternal expresión τὰ ἀρνία μου («mis corderitos»), con la cual indudablemente el Señor se refería a quienes irían a creer en Él por la prédica de Pedro y de sus otros apóstoles, tal como leemos algunos capítulos antes, donde está reflejada su oración al Padre a favor de los mismos:

No te pido únicamente por estos, sino también por aquellos que mediante la palabra de ellos estarán creyendo en mí… (Juan 17:20)

¿Acaso no tiene todo este lenguaje, tal como aquí lo digo un sentido profundísimo? ¿Y acaso el mismo no cuenta, también, con una copiosa cantidad de testimonios a lo largo del Nuevo Testamento? ¡Claro que sí! Y sin embargo, todo este sentido se esfuma por completo en la inmensa mayoría de las traducciones del libro de Apocalipsis, el único de todos los libros del Nuevo Testamento —fuera del pasaje en Juan 21:15, recién citado— en el que ocurre el término «corderito» (ἀρνίον), y en el que, además, ocurre nada menos que veintinueve veces.

¿Y por qué, en este caso, se pierde todo el sentido de lo que nos dicen las Escrituras? Sencillamente, porque una abrumadora mayoría de traductores del libro de Apocalipsis ha optado por reemplazar el término corderito —a todas luces el correcto, en términos lingüísticos y filológicos, para traducir ἀρνίον— por el de Cordero, erróneo a todas luces pero, en cambio, sumamente tranquilizador desde un punto de vista religioso e institucional.

Algunas cosas que todo expositor del libro de Apocalipsis debería considerar seriamente

He dicho más arriba que iba a abordar este asunto en forma acotada y, sobre todo, indirecta. Y puesto que tengo toda la intención de cumplir con mi cometido, dejaré aquí mismo el tema de esta adenda a mi serie sobre el libro de Apocalipsis, su tiempo y sus destinatarios. Sin embargo, antes de concluirla, querría señalar un par de cosas, ya que, por estos días, el señalamiento de las mismas es un asunto de extrema necesidad para todos aquellos que tengan una conciencia plena de este tiempo y la voluntad, dada por el propio espíritu de Dios, de llegar hasta el final en la búsqueda de la verdad, de toda la verdad (Juan 16:13).

Sin lugar a dudas, nadie puede enseñar aquello que no ha comprendido, pues de hacerlo incurrirá, necesariamente, en una cadena de errores que lo alejarán cada vez más de la verdad del asunto sobre el que enseña. Y esto, siendo cierto respecto de cualquier asunto, ¿no lo será mucho más cuando lo que está en juego son los registros sagrados que el espíritu de Dios inspiró a algunos hombres a fin de que hiciesen las veces de testimonio de aquello que el propio Espíritu enseña?

De esto último se derivan algunas cosas importantísimas. Ante todo, quienes no cuenten de antemano con la guía del propio espíritu de Dios, nada podrán entender de los testimonios que nos brindan las Escrituras acerca de los asuntos de Dios, de su voluntad y de su propósito. Es a eso y no a otra cosa a lo que Pablo se ha referido al decir a los santos de Corinto:

La letra escrita mata, pero el Espíritu da vida. (2 Corintios 3:6)

Sin embargo, las posibles dificultades para entender propiamente las cosas de Dios no se circunscriben solamente a la situación de explorar las Escrituras careciendo de la asistencia de su Espíritu. De ahí, también, lo dicho por el salmista:

Me has hecho entender más profundamente que todos mis enseñadores, pues tus testimonios son el objeto de mi meditación. (Salmo 119:99)

De ahí, sin duda, también, que el apóstol Santiago advierte en su carta a los destinatarios de la misma, entre los cuales —nóteselo bien— se incluye a sí mismo:

No estén volviéndose maestros muchos de ustedes, hermanos míos, sabiendo que así incurriremos en un juicio al por mayor [μεῖζον κρίμα], ya que todos erramos mucho… (Santiago 3:1)

Todo esto que aquí cito, perfectamente aplicable a cualquier libro de las Escrituras, ¿no adquiere acaso una relevancia especialísima si es que se lo aplica al libro de Apocalipsis? ¿No incluye acaso dicho libro una advertencia dirigida a quienes fuesen a agregar a su contenido general y también otra para aquellos que fuesen a quitar algo del contenido del rollo sellado que el texto incluye y del que nos habla principalmente en su capítulo quinto?

Y sin embargo, ¿quién verdaderamente, a lo largo de los siglos, ha considerado tales advertencias con toda la seriedad que las mismas merecen? Y es así que hoy vemos a miles de maestros —o expositores, o como se los quiera llamar— del libro de Apocalipsis. A todos ellos cabe aplicar perfectamente el dicho popular español: Cada maestrito con su librito. Con esto quiero decir que los hay para todos los gustos y adherentes a todas las “escuelas de interpretación” y “corrientes” habidas y por haber, acumuladas cual sedimentos geológicos durante siglos y siglos de cristianismo: la preterista, la historicista, la futurista, la milenialista, la amilenialista, la dispensacionalista y no sé cuántas otras más...

Desde luego, todas estas “escuelas” y “corrientes” se encuentran en gran medida opuestas entre sí. Y sin embargo, todas ellas tienen un rasgo en común. En efecto, todas ellas padecen de la misma tara de entendimiento propiciada, entre otras cosas, por las traducciones defectuosas a lo largo de siglos y siglos de cristianismo, debidas, sin duda, a un particularísimo designio de Dios. Es por ello, precisamente, que todos sus adherentes han "entendido" que el tiempo para el cumplimiento de las cosas escritas en el libro de Apocalipsis ha estado continuamente cercano durante casi dos mil años. O bien que los destinatarios del mismo han sido los hombres y mujeres que han nacido, vivido y muerto durante todo ese inmenso período de tiempo. O bien, en fin, que no hay problema alguno a la hora de entender el libro en el hecho de que casi todos sus traductores hayan transformado, durante todo ese mismo tiempo, a un corderito en un Cordero e, incluso, en el Cordero.

Recuerdo aquí una frase muy cierta con la que querría dar cierre a esta adenda. La misma fue acuñada por el maestro de las Escrituras L. Ray Smith, muerto en 2012, de cuyos escritos tuve la oportunidad de aprender algunas cosas de no poco valor. Paradojalmente, en lo que respecta a su entendimiento y exposición del libro de Apocalipsis, su frase bien podría aplicársele a él mismo, lo cual demuestra hasta qué punfo todo este asunto es delicado e intrincado. La misma dice así:

Si los ingenieros y los científicos manipulasen los químicos y los explosivos peligrosos con la misma inicua y descuidada negligencia con la cual los teólogos manejan la Palabra de Dios, hace ya mucho que todos los laboratorios del mundo habrían explotado.

 

----------------

[*] Si hemos de centrarnos en las traducciones al inglés, el lector podrá comprobar aquí que entre las sesenta y una versiones de Apocalipsis en dicha lengua que se incluyen en el sitio BibleGateway.com, todas y cada una de ellas traduce ἀρνίον como «Lamb», incluso, para mi sorpresa, la Young's Literal Translation. No ocurre eso, en cambio, con la del Concordant Literal New Testament, el cual correctamente traduce «Lambkin» en todas las instancias en que dicho término está en juego, tal como puede verse aquí.

Print Friendly, PDF & Email