En los días del Gran Hosanna / Carta abierta a Mons. Carlo Maria Viganò

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En  los últimos años, nadie ha sostenido una lucha tan explícita contra el espíritu del anticristo dentro y fuera del Vaticano como el Arzobispo Carlo Maria Viganò, ex nuncio apostólico en los Estados Unidos, lucha que durante el año pasado lo ha llevado a denunciar con vehemencia los planes unilaterales de las elites del poder mundial en pos de un Gran Reinicio de toda la vida humana. Es en las vísperas de su participación en un foro a realizarse en Venecia en contra de dicha iniciativa que le dirijo esta carta abierta referida a la única forma adecuada de afrontarla.


 

Buenos Aires, 29 de mayo de 2021

Qui autem permanserit usque in finem hic salvus erit (Mt. 24:13)

Estimado Mons. Carlo Maria Viganò,

Su Excelencia,

Lo saludo con sincero amor fraternal en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, en cuya presencia estoy.

Mi nombre es Mariano Franco y soy un habitante más de la Ciudad de Buenos Aires, en la que he nacido y vivido toda mi vida. Pese a provenir de una familia católica, de haber sido bautizado y de haber recibido mi primera comunión dentro del orden establecido por la Iglesia de Roma, lo cierto es que desde los días de mi adolescencia no me considero ya un católico ni, para el caso, un miembro de alguna otra rama o denominación del cristianismo institucional. Sin embargo, para cumplir con el procedimiento de la justicia de Dios para el perdón de los pecados, me he bautizado ya de adulto, a mis veintisiete años, de lo cual se ha cumplido hace unos días un cuarto de siglo.

Ahora bien, por otro parte, desde que tengo memoria, desde mi más tierna infancia, siento un amor por el Señor Jesucristo que nunca —ni siquiera en mis más que desordenados días de adolescente— han podido apagar las diversas circunstancias que he atravesado en mi vida. Muy por el contrario: con el correr de los años, dicho amor por el Señor no ha hecho más que crecer en mi alma hasta producir, a manera de fruto tardío, en el año 2018, una traducción al español de la versión siríaca del Apocalipsis de la cual soy autor y editor, iniciativa a la que, a finales de dicho mismo año, se ha sumado la de este sitio desde el que hoy me dirijo a usted.

A manera de referencia obligada de estas líneas que hoy me atrevo a dirigirle, querría mencionarle ya mismo una carta abierta al Presidente Donald Trump que redacté y publiqué en este mismo sitio hace tan sólo unos días, el pasado 18 de mayo. Tal como digo en ella al Presidente Trump, la carta en cuestión ha sido en gran medida inspirada por las dos tan oportunas que usted mismo, Excelencia, le dirigiera en junio y en octubre de 2020. Y es que, tal como señalo en ella al mencionado mandatario, la precisión con la que usted esboza el cuadro de la situación actual del mundo en ambas misivas es, a mi criterio, difícil de superar, al punto de que —créame usted— me atrevería a incluirlas entre los documentos más trascendentes de toda la historia de la humanidad.

Lejos de ser una exageración de mi parte, esta inmensa trascendencia que con toda conciencia y sin ánimo lisonjero ninguno atribuyo a sus dos cartas al presidente Trump se encuentra definida tanto por la gravedad extrema de los días en que fueron publicadas como por el tan preciso, casi quirúrgico análisis que de dichas circunstancias ha sabido usted volcar en ambas. En sus líneas, su Excelencia, ha encarnado usted la voz de muchísimos hombres y mujeres de todo el mundo que desde marzo del año pasado asisten atónitos al desmigajamiento del alma de la humanidad en cuanto tal al que, en nombre de la dudosa aparición de un simple virus no mucho más mortal que la influenza, se encuentran abocados los más oscuros poderes de este mundo, secundados por una numerosísima claque que el dinero de los tales ha podido y puede pagar sin mayor dificultad.

Por mi parte, Excelencia, le confieso que —ajeno como soy a los pormenores del ámbito católico— jamás había siquiera oído su nombre antes de la carta suya de mediados de 2018 en relación con el llamado “affaire McCarrick”, personaje al cual no me referiré aquí salvo para traer a cuento la estupefacción que me causara el asistir a un video que registra una charla ofrecida por él en octubre de 2013 en la Universidad Villanova de Filadelfia, en el transcurso de la cual equiparaba al actual Papa nada menos que con el Flautista de Hamelin. Pero si aquella carta suya atrajo por entonces mi atención, le aseguro que los conceptos que tan lúcidamente volcara usted el año pasado en sus dos cartas al Presidente Trump han sembrado en mi alma una gran admiración y una no menor simpatía por su persona.

En la última de sus cartas mencionadas, usted no ha dudado en caracterizar al Presidente Trump como un “instrumento de la Divina Providencia”. ¿Pero será acaso consciente de que usted mismo, Excelencia, es también, en no menor medida que aquél, un instrumento de Dios en estos días de inconmensurable y casi inefable zozobra que atraviesa el mundo en general y la cristiandad en particular? Lo es, en efecto, según yo mismo puedo verlo, tanto por la capacidad con la que el Señor lo ha dotado para dar a lo inefable una expresión contundente como por la valentía con la que ha asumido una tarea tan enorme, tarea que, además, lo tiene como un incansable denunciante, en diversos foros, de la monstruosidad a la que desde marzo del año pasado muchos asistimos atónitos.

Es esta misma tarea que usted, Excelencia, viene llevando a cabo con todas las características de un tour de force y con una disposición que no hace más que honrar aquella admonición del Señor de perseverar hasta el final —εἰς τὸ τέλος—, es esta misma tarea, digo, la que, según entiendo, lo ha llevado a integrar, en calidad de principal exponente, el I° Festival de Filosofía «Antonio Livi», a llevarse a cabo el próximo 30 de mayo —esto es, al momento de estar escribiendo yo estas líneas, en el día de mañana— en la ciudad de Venecia, evento en el que participarán otras destacadas voces disidentes del así llamado Gran Reinicio. He sabido, en referencia a esto último, que usted ha hecho propio un lema acuñado por el pensador ruso Aleksandr Dugin —a la sazón, otro de los exponentes de fama internacional que tendrá participación en el evento de marras—, lema que reza: Respondemos al Gran Reinicio con un gran despertar.

Ahora bien, Excelencia, yo no dudo ni por un instante que su intervención en el mencionado simposio será, como mínimo, tan contundente como el adelanto de la misma que viene circulando por estos días en la Web bajo el título «Consideraciones sobre el Gran Reinicio». Sin embargo, con todo el respeto y la simpatía por su persona que le manifiesto en estas líneas mías, me veo en la ineludible obligación de recordarle aquí unas palabras que el libro de los Salmos ha registrado para la posteridad y, muy especialmente, para el tiempo que hoy mismo estamos atravesando:

¿De dónde proviene mi socorro? Mi socorro proviene del Señor, hacedor del cielo y de la tierra… (Salmo 121:1)

En otras palabras, su Excelencia: la noche cerrada que en nuestros días se ha abatido sobre todo el mundo —y muy especialmente sobre nuestro mundo occidental— no se disipará sobre Venecia una vez culminado el encuentro que allí lo convoca a usted. Desde luego, tal como acabo de decirle, muchas de las personas allí reunidas darán, sin duda, un diagnóstico preciso de las causas y de las consecuencias visibles de la tan angustiante situación actual. Pero el caso es que, tal como ya he dado a entender en mi carta al Presidente Trump, en toda esta situación que hoy padecemos hay involucradas también —es decir, sobre todo— cuestiones invisibles, espirituales, cuestiones que, como usted bien sabrá, no pueden ser abordadas con nuestra mera fuerza humana ni, para el caso, ateniéndonos al tipo de lógica que suele campear en cualquier simposio filosófico.

¿Y acaso no es ésta, su Excelencia, la noche más oscura que jamás haya atravesado la humanidad en su conjunto desde los días de Noé? Y tal como en los días de Noé, ¿acaso en los nuestros no parece haber también corrompido su camino toda carne? Esta corrupción ha llegado en verdad muy lejos: tanto que ha afectado incluso a los hombres encargados de anunciar el evangelio y de vivir de acuerdo con él. El Señor, en efecto, dijo en una ocasión:

Si alguno anda de día no tropieza, pues ve la luz de este mundo; pero el que anda en la noche tropieza, porque la luz no está en él. (Juan 11:9,10)

Desde luego que usted, Excelencia, no tiene necesidad alguna de que venga yo a decirle a usted quién es la luz del mundo. Con todo, le suplico que no tome a mal el que exprese aquí las cosas claramente, pues lo hago más bien por aquellos que puedan llegar a leer estas líneas que le dirijo a usted en forma pública.

¿Quién es, entonces, la luz del mundo? He aquí estas otras palabras del Señor Jesucristo, registradas, también ellas, en aquel mismo evangelio de Juan que vengo de citar:

Yo soy la luz del mundo; aquel que me sigue no andará a oscuras… (Juan 8:12)

El Señor mismo es, entonces, desde luego, la luz del mundo. Y según estas mismas palabras del Señor: ¿no es acaso siguiéndolo solamente a Él que alguno, no importa quién, evitará andar a oscuras? De ahí, entonces, que sea por completo lícito preguntarnos, en medio de esta noche cerrada que todos estamos atravesando hoy: ¿estamos siguiendo verdaderamente al Señor? Y si la respuesta a esta pregunta fuese afirmativa, entonces restará formularse, con toda la honestidad de quien dice seguir a Jesucristo y sólo a Él, esta otra pregunta: si en verdad estamos siguiendo al Señor, que es la luz del mundo, ¿por qué, entonces, por estos días andamos en medio de tan densa oscuridad?

Desde luego, este tipo de preguntas sólo puede hallar una respuesta honesta —lo repito: la única posible que podría provenir de quien dice seguir al Señor— en lo más recóndito de la conciencia individual. Y ha sido el propio Juan quien, en su primera carta, con la inclaudicable honestidad que sólo puede provenir del Espíritu, ha dejado registrada una importantísima clave para quien en su fuero interno pudiese sentirse un tanto confundido a la hora de sopesar si verdaderamente está siguiendo al Señor Jesucristo en la forma íntegra y exclusiva que Él mismo demanda. Y, a fin de que no quede ninguna duda, lo ha hecho, además, valiéndose del mismísimo lenguaje empleado por el Señor en los dichos suyos que vengo de citar. He aquí, en efecto, lo que nos dice Juan:

El que dice estar en la luz al tiempo que aborrece a su hermano, está, aún hasta ahora, en la oscuridad. El que ama a su hermano permanece en la luz y no hay tropiezo en él. Pero el que aborrece a su hermano está en la oscuridad y anda en la oscuridad y no sabe adónde va, pues la oscuridad ha cegado sus ojos. (1 Juan 2:9-11)

Su Excelencia, como ya le he dicho al comienzo de estas líneas, la carta que he dirigido hace unos días al Presidente Trump es una referencia obligada de esta que ahora dirijo a usted, pues ambas han sido inspiradas por la misma grave situación que, en mayor o en menor medida, nos aqueja a todos los seres humanos por igual. Y es precisamente en dicha carta donde, entre otras cosas, le he manifestado al Presidente Trump mi gran complacencia al ser testigo de la corriente de entendimiento y simpatía que se suscitara entre dos personalidades tan dispares como la de usted y la del mencionado mandatario, ya que en dicha corriente me pareció vislumbrar el tipo de relación que tanto agrada al Señor entre todos aquellos que dicen reverenciarlo. Claro está, Excelencia, que —como es dable a imaginar—, en esta carta que dirijo a usted paso por alto algunas observaciones que hago en la misiva dirigida al Presidente Trump. Va de suyo, en efecto, el hecho de que, debido a la alta posición que usted ocupa dentro de la Iglesia Católica, las mismas no han de ser aquí necesarias. Sin embargo, permítame resaltar ahora una de aquellas observaciones mías, pues su formulación hace a la esencia misma de lo que hoy deseo comunicarle a usted.

En efecto, pese a que, como usted bien sabe y ha manifestado ya muchas veces, toda esta oscuridad en la que hoy se encuentra sumida la humanidad y la cristiandad en su conjunto es la obra de un puñado de poderosísimos elitistas que se han propuesto destruir el mundo a fin de darle una forma acorde a sus más mezquinos intereses —o bien, tal como reza un llamativo vitral que adorna el recinto de una biblioteca universitaria londinense, nearer to the heart's desire—, no está en lo absoluto de más que le recuerde aquí que quien en última instancia se atribuye no sólo la formación de la luz sino, también, la creación de la oscuridad, quien no sólo reclama la autoría última de todo bienestar, sino también de toda calamidad es… el Señor mismo (Isaías 45:6.7). Y así, en virtud de esto último, resulta absolutamente de rigor el traer aquí a la memoria estas otras palabras registradas en el libro de Isaías:

He aquí que no se ha acortado la mano del Señor como para no librar, ni se ha hecho lerdo su oído como para no oír. ¡Pero sus iniquidades han causado divisiones entre ustedes y su Dios, y sus pecados le han hecho ocultar el rostro de delante de ustedes para no escuchar! (Isaías 59:1,2)

Es aquí, entonces, su Excelencia, donde muere toda especulación humana, independientemente de las buenas intenciones de quienes pudiesen ejercerla. Es aquí, en otras palabras, donde nos toca a nosotros —es decir, a todos aquellos que nos tenemos por pueblo del Señor— el buscar Su rostro en estos días de tribulación, siguiendo así aquella invitación que nos hace el autor de la Carta a los Hebreos:

Acerquémonos, por lo tanto, con franqueza [μετὰ παρρησίας] al trono de la gracia a fin de obtener misericordia y hallar favor en pos de un oportuno socorro. (Hebreos 4:16)

Es, entonces, con franqueza que debemos buscar el tan necesario refrigerio para nuestras almas que por estos días todos nosotros anhelamos. Y es, por ende, esa misma franqueza la que debería llevarnos a reconocer que durante muchísimo tiempo hemos estado obrando inicuamente, esto es, de manera contraria y aún hostil a aquella que el Señor nos ha prescripto en su propia justicia para ser hallados justificados ante Él. Hemos sido durante demasiado tiempo como Caín, el cual toleró que el pecado de aborrecer a su hermano yaciese a tal punto a las puertas de su alma que terminó por asesinarlo.

Su Excelencia, permítame decirle entonces, con toda humildad —verdaderamente, con temor y con temblor, como quien se encuentra en la presencia misma del Señor— que es este mismo pecado de aborrecimiento entre hermanos, sostenido durante tantos siglos, el que hoy ha traído sobre todos nosotros esta tan densa oscuridad que nos abruma en el presente y que, sobre todo, nos impide tener siquiera un atisbo de en qué irá a parar todo esto en un futuro, incluso en un futuro cercano. Y permítame también asegurarle aquí que es el Señor quien ha propiciado todo esto a fin de que lo busquemos, tal como nos lo dice en su máximo mandamiento, con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra intención (Deuteronomio 6:4,5), recordando también este otro mandamiento que Él mismo equiparara con aquel en los días en los que anduvo entre nosotros, señalando incluso que en ambos se veían compendiadas nada menos que todas las Escrituras: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:34-40).

Mi querido Monseñor y hermano mío en el Señor, son en verdad muchas las cosas que tendría aún para decirle de no mediar la relativa brevedad que impone toda comunicación epistolar. Y es precisamente debido a esta imposición que me veo obligado a apurar aquí la formulación de aquello que mayormente ha inspirado estas líneas.

Para decirlo en pocas palabras, el Señor ha puesto en mi corazón la imperiosa necesidad de sugerirle a usted, tal como ya lo hiciera oportunamente con el Presidente Trump, el impulso o padrinazgo en pos de una reunión en la cual pudiesen converger todos aquellos que, movidos por su amor al Señor Jesucristo y por un ferviente deseo de acercarse más que nunca a Él, comprendan la absoluta seriedad de la presente hora que él mismo ha traído sobre todo el mundo a fin de ponerse definitivamente a cuentas con su pueblo. Asimismo, me ha parecido que el lugar ideal para dicha reunión sería la ciudad uruguaya de Salto en la que, en sus días, el recordado Juan Pablo II realizara una multitudinaria misa en mayo de 1988, es decir, hace ya treinta y tres años. Creo, en efecto, que en una convocatoria que tuviese a usted y al Presidente Trump como figuras más prominentes y que fuese a realizarse en un lugar del Cono Sur como la mencionada ciudad fronteriza del Uruguay, quedaría cabalmente representada la cristiandad europea y panamericana, es decir, ni más ni menos, la cristiandad occidental en su conjunto.

Un comentario aparte merece el tiempo en que, según creo firmemente, dicha reunión debería tener lugar. Hay, en efecto, un pasaje en el evangelio de Juan que encierra un misterio que ha perdurado hasta hoy. Me refiero a aquel en que, azuzado por sus hermanos para que asistiese a la Fiesta de los Tabernáculos, el Señor les manifestara que su tiempo aún no se había cumplido para acudir a dicha festividad (Juan 7:1-8). Al mismo tiempo, al escudriñar en las Escrituras los antecedentes de la Fiesta de los Tabernáculos he reparado en un detalle registrado en el libro de Nehemías que hoy, a la vista de todo lo que estamos sobrellevando, me resulta imposible de soslayar.

Me estoy refiriendo aquí a aquella oración dirigida al Señor por parte de los levitas en nombre de todos los hijos de Israel, los cuales se habían reunido en oración y en cilicio a fin de renovar y ratificar su compromiso con Él, momento que tuvo lugar no bien hubieron concluido los días de la Fiesta de los Tabernáculos, los cuales ciertamente han de haber inspirado dicha voluntad colectiva de acercamiento y reconciliación con su Dios. Ahora bien, dicha oración incluye unas palabras que contrastan misteriosamente con la situación de aquellos días de reconstrucción de la ciudad de Jerusalén y que, al mismo tiempo, encajan a la perfección en nuestra apremiante situación presente, en la que este Gran Reinicio que unos pocos quieren imponen a miles de millones de seres humanos ha tenido y continúa teniendo como ariete principal a la biopolítica. He aquí dichas palabras:

Henos a nosotros hoy por siervos. Y en cuanto a la tierra que diste a nuestros ancestros para que comiesen de su fruto y de su bien, su producto se multiplica para los reyes que has puesto sobre nosotros a causa de nuestros pecados, los cuales se enseñorean sobre nuestros propios cuerpos y sobre nuestro ganado según les place, mientras que nosotros nos hallamos en una gran tribulación… (Nehemías 9:36,37)

Su Excelencia, para concluir estas líneas, querría señalarle aún un tercer detalle que ha llamado poderosamente mi atención y que me ha sugerido que la Fiesta de los Tabernáculos es el tiempo apropiado para que todos juntos clamemos al Señor por la efectiva y pronta liberación de toda la humanidad. En efecto, como usted bien ha de saber, los estudiosos de las Escrituras han señalado en más de una oportunidad que aquel grito de “¡Hosanna!” con el que las multitudes reunidas en Jerusalén recibieran al Señor en su llegada a aquella ciudad para la que sería su última Pascua, no se corresponde tanto con dicha festividad como con la Fiesta de los Tabernáculos, más concretamente con el séptimo día de la misma, al que, de hecho, los judíos han llegado a dar el nombre de Hoshanna Rabbah, es decir, el Gran Hosanna. Y puesto que dicha exclamación se inspira claramente en aquella invocación de súplica al Señor para que envíe su liberación y su prosperidad registrada en el salmo 118, ¿qué mejor, entonces, que tomarla como una clara guía de qué cosa deberíamos hacer todos los que amamos al Señor, así como también de cuándo deberíamos hacerlo?

En definitiva, su Excelencia, es por esto último y por todo lo que le he expuesto hasta aquí que yo, un simple y anónimo integrante de la humanidad a la que el Señor ha dado esta tierra para que todos la habiten a Su generoso amparo, es por todo ello, digo, que, entendiendo que nos hallamos en los días en que este gran clamor colectivo por liberación y por prosperidad será escuchado con beneplácito y respondido favorablemente por parte del Señor, me he permitido extender a usted y al Presidente Trump esta idea a la que yo mismo, desde este humilde sitio en la Web, estoy avocado a promover hasta que nuestro amor por el Señor y por todos nuestros hermanos en la fe sean uno y el mismo. Pues será entonces y sólo entonces que, con la soberana y poderosa asistencia de nuestro bendito Señor, podremos dejar atrás el inaudito momento de tribulación que hoy atravesamos, un καιρός al que yo, por todo lo que le he expuesto aquí, llamo, sin dudar siquiera un instante, los días del Gran Hosanna.

Con todo el respeto que su persona y sus dichos me imponen y con el amor fraterno que por usted me inspira nuestro Señor Jesucristo, me despido saludándolo a usted en su Nombre.

Mariano Franco

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