Nacidos muertos

      Comentarios desactivados en Nacidos muertos
compartir

De principio a fin, las Escrituras dan un claro testimonio acerca de cuál es, a los ojos de Dios, la auténtica condición humana. Más aun: algunos hombres a los que ha tocado llevar una vida extraordinaria, también llegaron a vislumbrar, como a través de un vidrio esmerilado, esta misma condición y a ansiar, por ende, con toda su alma, una redención efectiva de la misma. Sin embargo, los cristianos —acunados durante siglos por sus falsos profetas y maestros— se complacen en ignorar que, tocante a esto, su caso no es en lo absoluto distinto al del resto de la humanidad.


 

A veces los grandes genios dan intuitivamente en la tecla de algún asunto en forma sorprendentemente coincidente con la perspectiva de Dios tal como la encontramos en las Escrituras, la cual ha escapado de la vista de generaciones y generaciones de seres humanos, incluidos, muy especialmente, aquellos que están convencidos de conocer dicha perspectiva divina y de regir sus vidas de acuerdo a ella.

Indudablemente, uno de tales genios ha sido mi amadísimo Fiodor Dostoievsky, autor de obras inolvidables como Crimen y castigo, El idiota, Demonios y su monumental y última novela Los hermanos Karamázov. Y aunque los ejemplos de su olfato acerca de las cosas más profundas de la condición humana abundan en toda su copiosa obra, tanto en la ficcional como, también, en la periodística y ensayística que tan admirablemente transitó en su Diario de un escritor (1873-1881), no tengo dudas de que es este párrafo que citaré a continuación el que aporta, en unas cuantas líneas, la sustancia de todo lo que hoy quiero decir aquí. Se trata de las últimas palabras del protagonista y narrador en primera persona de las apabullantes Notas desde el subterráneo (1864). Allí éste —es decir, en verdad, el propio Dostoievsky— decía:

¡Pero vamos! Hoy ni siquiera sabemos qué cosa significa vivir, ni qué es ni cómo se llama. Déjennos solos sin libros y de inmediato estaremos perdidos y confundidos. No sabremos a qué adherir o a qué aferrarnos, qué hemos de amar o que hemos de odiar, qué hemos de respetar y qué hemos de despreciar. Nos atormenta el mero hecho de ser hombres —hombres con un cuerpo individual y con sangre—, nos avergüenza, lo consideramos una desgracia e intentamos ingeniárnosla para ser una especie de imposible hombre en general. Hace ya mucho que nacemos muertos, engendrados por padres que ya no viven…

¡Y es esto —exactamente esto— lo que nos dicen las Escrituras desde los primeros capítulos del Génesis hasta los últimos del Apocalipsis! Lo que nos dicen los escritos sagrados de principio a fin es, de hecho para todo aquel que pueda y que quiera verlo, que hace ya unos seis mil años que todos nosotros, los seres humanos, nacemos muertos. No importa aquí que el estrafalario personaje de Dostoievsky hable de libros y que el de hoy sea un mundo de idiotas iletrados, ya que en nuestros días las redes sociales han venido a reemplazar perfectamente a los libros a la hora de “educarnos” respecto de a qué cosa hemos de aferrarnos, a quién debemos amar y respetar y, muy especialmente, a quién debemos odiar y despreciar.

“Hace ya mucho que nacemos muertos, engendrados por padres que ya no viven…”, dice Dostoievsky. Y es, en efecto, en el Génesis que leemos que nuestros primeros ancestros comieron del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal y que ello hizo efectiva la sentencia que, a manera de advertencia, Yahweh Dios había dispuesto sobre el hombre para el día en que comiese del mismo: “El día en que comas de él, ciertamente morirás” (Génesis 2:17). Desde entonces, los hombres y las mujeres, descendientes de aquellos primeros ancestros nuestros y herederos de toda su fragilidad mortal, nacemos para morir.

Personalmente, ignoro cuál ha sido exactamente el itinerario por el cual todos los líderes y maestros del cristianismo han atribuido al pecado la muerte de cada hombre y mujer nacido en este mundo. Lo único que puedo decir de dicho itinerario es que el mismo ha debido incluir mucho de ceguera, de engaño liso y llano y, finalmente, de una combinación de ambos dentro un círculo vicioso que ha llegado hasta nuestros días. Y es que, en efecto, hasta donde yo sé, todos ellos han leído exactamente al revés la relación que Pablo establece entre la muerte y el pecado en un pasaje de su carta a los romanos. Todos ellos, en efecto, han enseñado siempre que nosotros, los seres humanos, morimos porque pecamos. Sin embargo, ninguno de ellos sabe qué responder cuando alguno se les acerca y les pregunta acerca de los bebés o de los niños pequeños que mueren a diario. Es decir, ¿en qué sentido pudieron estos haber pecado? Ciertamente, en ninguno. Y aún así, todos ellos mueren…

En realidad, lo que Pablo dijo en su carta a los romanos es exactamente lo contrario, tal como cualquiera podría ver en Romanos 5:12 si tan solo los traductores del mismo, vaya uno a saber por qué oscura razón, no lo hubiesen puesto cabeza abajo. He aquí, en efecto, una traducción aceptable de dicho versículo:

Así como por medio de un hombre entró el pecado en el orden del mundo —y por medio del pecado, la muerte—, de la misma forma la muerte se traspasó a todos los hombres, por lo cual [φ ] todos pecaron… (Romanos 5:12)

En otras palabras, no es que los seres humanos morimos porque pecamos, sino que pecamos porque la mortalidad a la que fueron sentenciados nuestros primeros ancestros nos fue traspasada por ellos en el acto mismo del engendramiento. Es esta mortalidad la que nos hace seres extremadamente vulnerables en tantos sentidos y, por ende, propensos a transgredir el estándar de justicia que Dios nos ha dado en la instrucción que nos fue legada a través de Moisés. Esto y no otra cosa es la que Pablo nos dice en el capítulo 7 de aquella misma carta a los romanos, al final del cual exclama, de hecho, teniendo ante los ojos de su mente esta misma condición general de la que hablo aquí y viéndola absolutamente vigente en su propia persona:

¡Miserable hombre que soy! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? (Romanos 7:24)

¿Será que alguien ha visto en verdad el proceso que Pablo presenta a lo largo de su carta a los romanos? Todos nosotros, los seres humanos, nacemos en un estado de muerte que nos lleva a pecar, lo cual, a su vez, agrava las cosas, ya que la paga del pecado es la muerte (Romanos 6:23). Y esto se puede entender muy bien cuando tomamos en cuenta que tanto en el hebreo y el arameo del Antiguo Testamento como en el griego del Nuevo Testamento, la palabra que se traduce como pecado significa un tiro errado al blanco, siendo el blanco principal, desde luego, la vida misma de Dios, una vida absolutamente santa, inmarcesible e infinita. Y es esta condición de Dios inalcanzable para los seres humanos la que se refleja en los estándares de su justicia que él mismo revelaría luego a través de la instrucción de Moisés.

Como ya he dicho en otro lugar, ¿qué otra cosa sino la codicia —el deseo inevitable de toda clase de cosas que nuestros cuerpos mortales nos exigen y que nuestras engañosas mentes, transidas de esta misma condición mortal, ansían tener siempre a la mano—, qué otra cosa es, digo, sino esta codicia de la que nunca podemos librarnos del todo, aquello que sella la condición de esclavitud al pecado de nuestra naturaleza humana? Y no es de otra cosa que de esta condición mortal, languidecente y voluble que la sangre de Jesucristo librará en el futuro a todo aquel que haya puesto su confianza en la misma, al tiempo que en el presente cubre sus inevitables faltas propiciadas por este estado de muerte en que todos nosotros nacemos. Así es como dice esto mismo Juan en su primera carta:

Si confesamos nuestros pecados, fiel es él --y justo-- para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos a él mentiroso y su palabra no está en nosotros. Hijitos míos: les escribo estas cosas para que no estén pecando. Pero si alguno estuviese pecando, tenemos un abogado para con el Padre, Jesucristo el justo. Él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por nuestros pecados, sino por los de todo el mundo. (1 Juan 1:9,10; 2:1,2)

Sin duda, esta relación entre el pecado y la muerte en nuestros primeros padres y entre la mortalidad y el pecado en todos nosotros nos separa por completo y en todos los sentidos imaginables de la vida de Dios. Dicho de otra forma: desde la perspectiva divina, tal como genialmente intuyera Dostoievsky, todos nosotros, herederos naturales de seres humanos que hace ya mucho perdieron la vida, nacemos inevitablemente muertos.

Cuando digo esto a alguien, incluso a algún cristiano —sobre todo a algún cristiano—, suele reaccionar con extrañamiento e incredulidad, cuando no con asco y rechazo. Esto sólo podría deberse a una ceguera completa respecto del proceso completo que involucra el plan de Dios y, en lo más íntimo y cercano, a una insensibilidad inaudita para percibir cuál es en verdad la auténtica  —es decir, su auténtica— condición humana.

Aquellos filósofos y artistas de la antigüedad a los que los cristianos se han acostumbrado a llamar paganos sabían perfectamente cuál era esta condición; sabían que, tal como lo ha dicho Eurípides, es difícil saber si la vida no es en realidad la muerte. Todos ellos, es cierto, acertaban en el diagnóstico de la condición humana pero carecían de los medios para curarla. ¿Pero acaso los cristianos están en una condición mejor que la de aquellos? ¡Los cristianos ni siquiera comprenden por qué Dios ha establecido el procedimiento supremo de su justicia en base al sacrificio y a la muerte, por no mencionar que ignoran incluso que dicho procedimiento fue dispuesto para la justificación de toda la humanidad a lo largo de las eras que él mismo ha establecido de antemano para ello! Por ende, los cristianos no deberían jactarse de ser mejores que aquellos paganos, ya que si no llegasen a aprender todas estas cosas como es debido estarían en una peor, mucho peor condición que ellos…

Lo cierto es que el orden de las cosas dispuestas por Dios para la humanidad en esta era es un feroz enemigo del orgullo de los cristianos, los cuales en verdad aspiran a perpetuarse por siempre aquellos que ellos llaman su “vida”, sólo que “mejorada” por los poderes del cielo. Es a esto, en el fondo, a lo que estúpidamente llaman “tener vida, y tenerla en abundancia”, entendiendo tan mal las palabras de Jesús en el evangelio de Juan...

¿Pero es que acaso nunca han leído, todos estos cristianos, lo dicho por Jesús a uno al que invitó a ser su discípulo, al solicitarle este que le permitiese primeramente enterrar a su padre, luego de lo cual lo seguiría? ¿No le respondió acaso Jesús con unas célebres palabras que entrarían en el acerbo del habla popular para siempre? Y sin embargo, ningún cristiano ha sopesado tales palabras como es debido:

Deja que los muertos entierren a sus muertos… (Mateo 8:22; Lucas 9:60)

¿Qué es lo que en verdad significan estas palabras del Señor? Significan lo mismo que estas otras que más adelante recordara el apóstol Pablo en su carta a los efesios, las cuales, según parece, formaban parte de algún tipo de cántico en las iglesias y que tienen toda la apariencia de estar inspiradas en las primeras palabras del último capítulo del libro de Daniel y en otras presentes en el evangelio de Juan:

¡Despiértate, dormilón! ¡Levántate de entre los muertos y te alumbrará el Cristo! (Efesios 5:14)

Las mismas implican lo dicho por estas otras palabras en el libro de Apocalipsis, las cuales anuncian lo que tendrá lugar en la era que viene, una vez que el Cristo y su cuerpo —que es su iglesia, pero su iglesia auténtica y no un mero rejunte de religiosos de todos los siglos— tendrán toda autoridad para juzgar a los hombres en la tierra:

Las naciones están enfurecidas y llega tu furia y el tiempo de que los muertos sean juzgados… (Apocalipsis 11:18)

Los “muertos” aquí juzgados son aquellos mismos que hasta marzo del año pasado solían enterrar a sus muertos y que ahora han cambiado dicho procedimiento ancestral por la cremación que les han impuesto sus mandantes. Son estos los que, salvo por una revelación de Dios mediante su espíritu, siempre creerán estar vivos, aun cuando Pablo dijo ya tan claramente en su primera carta a los corintios:

Pero ahora un Cristo se ha levantado de entre los muertos: primicia de los que duermen se ha vuelto. Ya que por un ser humano [viene] la muerte y también por un ser humano la resurrección de los muertos; porque tal como con Adán todos mueren, así también con el Cristo todos recibirán vida. (1 Corintios 15:20-22)

Los cristianos, sin duda alguna, lo ignoran casi todo respecto de las cosas que deberían serles más caras y aquellas que más fervientemente deberían estar aguardando. No saben que nuestra vida, a los ojos de Dios, es una muerte, y que aquello que aguarda a todos los hombres nacidos (muertos) de los lomos de Adán es —bien que en su debido orden, tal como leemos un poco más adelante en aquel mismo pasaje de la citada carta de Pablo a los corintios—, ni más ni menos que recibir la vida de Dios mediante el Cristo. Y es así, entonces, que en estos ultimísimos días de la era presente, muchos cristianos serán sorprendidos cuando el orden que les toque para ser vivificados sea posterior, incluso, al de muchos recaudadores de impuestos y prostitutas a los que han despreciado siempre, los cuales acaso vuelvan a ser los primeros en entrar en el reino de Dios cuando finalmente escuchen y crean de corazón en el evangelio que hasta ahora los cristianos han desconocido, razón por la cual el Señor Jesucristo mismo dijo en sus días a sus discípulos:

Y serán anunciadas estas buenas nuevas del reino en el mundo entero para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin... (Mateo 24:14)

Dicho fin es el que marcará el comienzo de la verdadera vida de Dios a través del Cristo y de su iglesia, algo que pronto comenzará a cumplirse sobre la tierra a la vista de todos los hombres. Tal como lo escribiera el apóstol Pablo en la misma carta a los romanos ya mencionada y citada aquí:

La expectativa ansiosa de la creación aguarda la revelación de los hijos de Dios. Porque la creación fue puesta en sujeción a la fragilidad no voluntariamente, sino por causa de Aquél que la sujetó a la esperanza. Porque también la propia creación será liberada de la esclavitud de la corrupción a la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Pues sabemos que toda la creación gime al unísono y que en forma unánime está con dolores de parto hasta ahora. Y no sólo ella, sino que nosotros mismos, los que tenemos las primicias del Espíritu, también nosotros gemimos en nuestro interior mientras esperamos la adopción, la redención de nuestro cuerpo. (Romanos 8:19-23)

Sin embargo, ¿dónde estarán, cuando todo ello ocurra, los incontables cristianos que aún hoy ignoran todo esto?

Print Friendly, PDF & Email