En los días del Gran Hosanna / Segunda carta abierta a Mons. Carlo Maria Viganò

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A fines del pasado mes de mayo me dirigí en carta abierta a Mons. Carlo Maria Viganò a fin de extenderle una propuesta con vistas a enfrentar el así llamado Gran Reinicio en una forma acorde a la voluntad de Dios, propuesta que, previsiblemente, no tendría respuesta alguna de su parte. Hoy, frente a un llamamiento que, privilegiando la voluntad humana, ha lanzado por estos días el propio arzobispo en pos de una alianza antiglobalista mundial, me pareció más que oportuno volver a dirigirme a él en una segunda carta, bastante más breve pero no menos necesaria que la primera.


 

Buenos Aires, 18 de noviembre de 2021

Et quoniam abundabit iniquitas refrigescet caritas multorum (Mt. 24:12)

Estimado Mons. Viganò,

Me dirijo nuevamente a usted a través de otra carta como la publicada aquí mismo el 29 de mayo próximo pasado, en las vísperas de aquel descolorido I° Festival de Filosofía «Antonio Livi» que se realizara en Venecia y en el que usted tuviera, finalmente, una participación no menos intrascendente que el tal evento. Y es que, tal como le diera a entender en aquella oportunidad, aquel evento no podía tener absolutamente ningún efecto contante y sonante que fuese a aliviar el tormento que actualmente continúa aquejando a todas las naciones y muy en especial a las naciones occidentales. Le dije por entonces, antes bien, que tanto su socorro como el del resto de los seres humanos sólo podría venir del Señor, ya que es él mismo quien ha traído dicho tormento sobre las naciones en pleno cumplimiento de sus santos dichos.

¿Y no fue, de hecho, en aquella misma carta, que le señalé con toda claridad qué es lo que debía hacerse con un corazón auténticamente humillado delante del Señor para que él enviase un refrigerio a las almas de miles de millones de personas? Tanta era la urgencia de aquello que yo le decía entonces y tan improbable que la misiva de un minúsculo particular como yo llegase a un destinatario tan excelso y tan público como usted, que me aseguré, en una instancia posterior —es decir, el pasado 28 de agosto—, de que tal cosa se hiciese efectiva enviándola a usted, esta vez en forma privada, mediante su amigo y colaborador Marco Tosatti.

En verdad, no solamente le hice llegar a usted aquella carta mediante el susodicho periodista, sino que también puse a su disposición, a través de mi comunicación privada con él, un texto publicado también en este sitio, a finales de junio, en español y en inglés, bajo el título de El Gran Hosanna, cuyo subtítulo, creo yo, describe perfectamente su contenido: «Un llamado al pueblo de Dios en los días del Gran Reinicio». En él proponía al pueblo de Dios en su conjunto aquello mismo que ya había adelantado en mi carta a usted y en la carta al presidente Trump que la precediera por unos pocos días: la celebración de una reunión solemne en la ciudad uruguaya de Salto, una reunión en la que estuviese representado todo el cristianismo occidental, la cual habría debido realizarse entre el 21 y el 28 de septiembre, siguiendo en esto el orden de los días de la antigua Fiesta de los Tabernáculos ordenada por el Señor a todo su pueblo por medio de Moisés y en la que, en los días en que caminó entre los hombres en su naturaleza, el Señor mismo participó.

Desde luego, bien me imaginaba yo que no obtendría respuesta alguna a mis misivas. Y es que, hablando en términos meramente humanos, era más que improbable que tanto usted como el ex mandatario norteamericano fuesen a prestar siquiera la más mínima atención a una propuesta de semejante magnitud, proveniente, para peor, de un mero particular, un oscuro hombre del Cono Sur americano que ni siquiera integra alguna de las más de 33.000 sectas que conforman al cristianismo actual, incluida, desde luego, en primer lugar, la propia Iglesia Católica de Roma.

En cambio, he de confesarle que por entonces no llegué siquiera a vislumbrar que a poco de aquella muy comprensible desoída suya a mi propuesta, estaría usted lanzando por estos días un llamamiento en pos de una alianza mundial antiglobalista, lo cual —se lo aseguro con la misma solemnidad con la que ya me he dirigido a usted anteriormente— vendrá a ser algo tan torpe y fallido como aquel simposio veneciano en el que participara usted el pasado mayo. Y es que aquello que le proponía yo en mi primera carta no era el fruto de una mera especulación mental de mi propia cosecha, sino lo que el espíritu de la profecía señalaba muy claramente que debía tener lugar por entonces. Sin embargo, al tiempo de indicar tan claramente aquello, el Espíritu dejaba también entrever que dicha reunión, finalmente, no tendría lugar. Pienso que si usted se ha tomado el trabajo de leer El Gran Hosanna, acaso haya podido notar que esta aparente contradicción ha quedado debidamente sugerida en las líneas que componen dicho texto.

Y ahora, con la esperanza de que vaya usted a leer estas líneas, bastante más breves que aquellas que le dirigí el pasado mayo, querría decirle aquí que, pese a lo sincero de aquel afecto que en ellas manifiesto por su persona, no fue en nombre de dicho afecto que decidí dar un paso tan intempestivo al escribirla y, sobre todo, al publicarla. Incluso ahora, tengo muy en poco lo que usted —o, para el caso cualquier ser humano sobre la faz de la tierra— pueda pensar de mí por estas otras palabras que le estoy escribiendo ahora mismo; y esto, por razones totalmente afines a las que en su momento llevaron al apóstol Pablo a decir a los santos de Corinto:

Me es algo insignificante el estar siendo juzgado por ustedes o por el tiempo de los asuntos humanos, puesto que ni siquiera yo me juzgo a mí mismo. (1 Corintios 4:3)

Y es que sabía yo muy bien a quién estaba obedeciendo al dirigirle aquella primera carta, tal como sé a quién estoy obedeciendo ahora al dirigirle esta, a saber: al Señor Jesucristo mismo. Sabía, en breve, que si mis palabras en aquella primera carta no tendrían efecto en pos de la reunión allí propuesta, quedarían, no obstante ello, como un testimonio de aquello cuya realización verdaderamente habría agradado al Señor.

Y lo mismo, entonces, puedo decir de estas líneas que ahora le dirijo, las cuales quedarán como un testimonio paralelo de aquel, a saber: como una constancia de hasta qué punto los hombres —aún aquellos que, en lo humano, resultan ser de lo más respetable, tal como lo es usted— se afanan por retener lo que ya no podrá ser retenenido por más tiempo, a la vez que dejan a un lado, en su ceguera, aquello otro que el Señor ha querido traer —y que, de hecho, está trayendo— al haber ordenado, a partir de marzo del pasado año, la demolición de todas las cosas acariciadas por los hombres durante tantos siglos y aún milenios como su bien más preciado. Me refiero a todo aquello que agrada a la vida de la carne, vida que a los ojos del Señor es como la muerte misma. Créame, por lo tanto, si le digo que por estos días y en los días por venir, más que nunca, tendrán su pleno cumplimiento aquellas palabras que él dijera a aquel joven que antes de seguirlo quería primero ir a enterrar a su padre. En otras palabras: en los días que vienen, más que nunca antes, serán los propios muertos quienes entierren a los muertos.

Y es que verdaderamente los toros y los animales engordados han sido ya sacrificados, las bodas están ya preparadas; y aún así, dando también cumplimiento a las palabras del Señor, los invitados han estado lejos de mostrarse a la altura de la invitación cursada. A tal punto es esto así que un hombre como usted, a quien tantos cientos de millones de cristianos de todo el mundo tienen por un auténtico faro de la iglesia, ha preferido privilegiar el amor segundo por sobre el primero y ha lanzado un llamamiento a todos estos mismos cristianos en pos de una unión internacional del mismo caríz que aquella contra la que el apóstol Pablo adviertiera también a los corintios al decirles que no entrasen, bajo ninguna circunstancia, en un yugo desigual con los incrédulos.

Yo, es cierto, en mi «Llamado al pueblo de Dios en los días del Gran Reinicio» del que hice a usted partícipe invitaba, también, a los hombres y mujeres de buena voluntad a sumarse a una búsqueda de Dios en pos de su perdón y de su refrigerio. Pero, precisamente, tal cosa habría sido del agrado del Señor en tanto que habría estado enmarcada en el contexto de una reunión santa a la que dichos hombres y mujeres de buena voluntad se habrían plegado, siendo santificados, por ende, en tal iniciativa. Usted, en cambio, ha preferido dar curso a su llamamiento por la vía de la más trillada organización mundana, la de las protestas populares y la presión sobre los burócratas gubernamentales en pos de una vida que, como vengo de decirle, para Dios es la muerte. ¡Y esto, en los mismísimos últimos días de esta era, en los días en que el Señor ya había determinado desde el principio traer su reino de misericordia, de juicio y de justicia tan anhelado por sus justos durante milenios! Es así, entonces, que usted ha venido a desoír aquello que el apóstol Juan dice en su primera carta:

No amen al mundo ni las cosas que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo —los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la fanfarronería de la vida— no procede del Padre, sino del mundo. (1 Juan 2:15,16)

Y así, entonces, ¿qué podría decirse de usted ante este llamamiento que ha lanzado por estos días, tan falto de sabiduría de lo alto como de genuino amor al Dios al que dice servir? ¿Y qué podría decirse, también, de todos aquellos cristianos que fuesen a ver con buenos ojos dicha iniciativa suya y a seguirla a pie juntillas? No otra cosa que aquello que el espíritu de la profecía ha dejado también registrado para nuestros días a través del profeta Oseas:

Estrecha es la iniquidad de Efraín, oculto está su pecado: le vienen dolores de una que está de parto, [pero] él es un hijo no sabio, ya que no soporta el tiempo en que los hijos abren la matriz. (Oseas 13:12,13)

Todo esto, ha llevado, sin duda, durante los últimos meses, a una sensación general de pérdida total, por completo afín a aquella que, luego de la amenaza de ruina total sobre Jerusalén que le lanzara el rey de Asiria, impelió al rey Ezequías a enviar a sus funcionarios a ver al profeta Isaías y a transmitirle aquel aciago mensaje que decía:

¡Este de hoy es un día de estrechez, de reproche y de blasfemia, ya que los hijos han llegado hasta la matriz pero no hay fuerzas para dar a luz! (Isaías 37:3)

Sin embargo, no puedo ni quiero pasar por alto esta otra declaración de aquel mismo Espíritu hacia el final del libro de Isaías, la cual, de hecho, no admite comentario alguno de mi parte, a excepción de un gran “¡Amén!”:

“¿Abriré yo la matriz y no haré nacer?”, dice Yahweh. “¿Seré el que hace engendrar e iré a estrechar la matriz para impedir el nacimiento?”, ha dicho tu Dios… (Isaías 66:9)

Recuerde bien estas palabras, ya que de una u otra forma, para bien o para mal, de aquí en más lo acompañarán por siempre. Por mi parte, pido de todo corazón al Señor que dicho acompañamiento sea en pos de su dicha y de la dicha de todos aquellos que lean estas líneas.

Lo saludo en el nombre de nuestro Dios y Padre, el Señor Jesucristo.

Mariano Franco

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