Categoría: Alabanza

“¡Bendice, alma mía, a Yahweh!” (Salmo 104)

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Con una gran economía de palabras —con las que, sin embargo, logra componer una bellísima y elocuentísima alabanza—, el autor del salmo 104 traza una grandiosa semblanza de Yahweh como creador y como sustentador de toda vida. En vano se buscará en ella la obsesión actual por cuestiones como el cambio climático en los términos en que las ha planteado, por ejemplo, el Papa Francisco en su encíclica «Laudato Si’», la cual, de hecho, supone una inaudita negación de la soberanía y del plan de Dios que sólo podría sumir a sus lectores en la más oscura desesperanza.

“¿Por qué te postras, alma mía…?” (Salmos 42 y 43)

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Pese a que el orden de la edición hebrea del libro de los Salmos que ha llegado hasta nosotros los considera como diferentes entre sí, ciertos detalles sugieren que los salmos 42 y 43 fueron originalmente uno y el mismo. Ambos describen con elocuencia los sentimientos de un hombre cuya alma se encuentra suspendida entre la confianza y la devoción más íntimas hacia Dios y los pesares que brotan frente al acoso y las afrentas infligidas por parte de aquellos que desprecian dicha confianza y devoción. Esto último, por cierto, imprime al conjunto un tono definitivamente familiar a nuestros días…

“¿A dónde huiré de tu presencia?” (Salmo 139)

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Pese a haber sido compuesto hace milenios, el salmo 139 es uno de los más actuales de todos los que componen la colección de salmos atribuidos a David. Hoy, en medio de unos días en los que los enemigos de Dios en las naciones occidentales levantan cabeza e instilan su odio a las masas desde todos los estamentos del poder —tanto aquellos que son manifiestos como los que están en las sombras—, su mensaje constituye tanto un llamamiento a la más íntima introspección como una sutil invitación a desistir de un ciego encono temporal que simplemente no tiene futuro.