Categoría: Salmos (serie)

“¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?” (Salmo 22)

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De manera sorprendentemente abarcadora y detallada —bien que valiéndose de un riquísimo lenguaje profético cuyo sentido es sólo discernible por quienes cuentan con las «arras del Espíritu» , para decirlo en los términos del apóstol Pablo en su carta a los santos de Roma—, el salmo 22 refiere las vicisitudes del Cristo y la gloria que seguiría a estas en la era por venir. En él, en efecto, se traza un itinerario que, partiendo de su insólita humillación entre los hombres, llega hasta su exaltación en medio de sus hermanos y entre las naciones que recibirá como su herencia.

“¡Dios, no te quedes en silencio!” (Salmo 83)

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El cuadro que presenta el salmo 83 jamás tuvo lugar en los días en que el pueblo de Israel moraba en la tierra de Canaán, en el Antiguo Medio Oriente. Su tema es el de una conspiración generalizada de todos los pueblos a su alrededor —entre los cuales, sin embargo, sugestivamente, Egipto está ausente—, los cuales aspiran a destruir por completo al pueblo de Dios a fin de poseer su territorio. Puesto que se trata, evidentemente, de un símil profético llamado a transcurrir en el final de la era presente, hoy ofrezco aquí mi traducción de su texto hebreo.

“He sido contado con los que descienden a la fosa…” (Salmo 88)

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El carácter profético de todas y cada una de las composiciones que integran el libro de los Salmos resulta patente a la vista de cualquiera que las haya frecuentado con un ojo alumbrado por el Espíritu. En el caso del salmo 88 —y tal como sucede con el resto de las composiciones atribuidas a los hijos de Córaj, quien descendiera vivo al Seol luego de su rebelión contra Moisés en el desierto—, su tema es el de la prolongada estadía en una condición cuyo autor equipara con la muerte y de la que sólo Yahweh es capaz de rescatar.

“¿Por qué se alborotan las naciones y los pueblos mascullan vacuidad?” (Salmo 2)

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Considerado desde siempre como una de las más contundentes declaraciones mesiánicas de todas las Escrituras, el salmo 2 trata sobre la absoluta soberanía de Dios sobre los seres humanos y sobre lo irrevocable del procedimiento legal que en su justicia ha dispuesto desde un comienzo para su creación en general y para el orden político de su reino sobre la tierra en particular. Brevemente y con una magnificencia no exenta de humor y aún de ternura frente a la frágil condición humana, el salmo describe los prolegómenos del reinado del Hijo de Dios en el final de la presente era.

“¡Bendigan a Yahweh todos los siervos de Yahweh…!” (Salmo 134)

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El libro de los Salmos contiene una serie de quince composiciones cuyo encabezamiento común —«canción de los ascensos»— parece vincularse, en cierto sentido profético, con aquella experiencia de enfermedad mortal y sanación por la que pasara Ezequías, el rey de Judá en Jerusalén durante los días del profeta Isaías, en cuyo libro profético, más específicamente en su capítulo treinta y ocho, se encuentra consignada la misma. Por mi parte, me pareció más que interesante publicarla aquí traducida del texto hebreo estándar (aunque cotejado, aquí y allá, con sus versiones aramea del Targum, griega y siríaca) e incluyendo algunas notas aclaratorias.