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EL GRAN HOSANNA

Un llamado al pueblo de Dios en los días del Gran Reinicio


"¡Te suplicamos, Señor: sálvanos!"

Salmo 118:25

 

Al pueblo de Dios en todo el mundo,

Dice una muy conocida canción que sonaba en todas las radios hace algunas décadas:

Ya no voy a vivir creyendo más algunas de las mentiras cuando todas las señales son engañosas…

Tales palabras parecen haber sido especialmente escritas para nuestros días, en los que, en medio de grandes indicios de un embuste monumental perpetrado en nombre de una pandemia mundial, cuantiosas masas del mundo occidental parecen querer escoger cuáles mentiras creer y cuáles no. Y esto no ocurre solamente con aquellos que hace ya mucho se han alejado de Dios por haber sucumbido a la propaganda contra Jesucristo —que es el verdadero Dios— [1] llevada adelante por los mismos que ahora administran dicho embuste, sino incluso con muchos que aún se siguen considerando parte de su pueblo.

¿Cómo se ha llegado hasta este punto? ¿Cómo pueden aquellos que aún se consideran pueblo de Dios creer que pueden elegir entre una mentira y otra y salir indemnes de semejante actitud? La respuesta a esta pregunta es compleja, ya que involucra casi dos mil años de historia. Baste, en todo caso, a quienes deseen honestamente dar con ella, con comenzar diciendo que, desde los días de Moisés, Dios ya había advertido muy claramente a su pueblo que como consecuencia de su desobediencia y de su iniquidad él mismo traería sobre ellos el mal en los últimos días. [2]

Si alguno quisiera tener una idea más precisa y detallada de aquello a lo que se refería Moisés al hablar del mal que Dios enviaría sobre su propio pueblo en respuesta a siglos y siglos de desobediencia e iniquidad, sólo tendría que echar una mirada al capítulo 28 del libro del Deuteronomio. Y quien así lo hiciera, podría también entender por qué en nuestros días gran parte del pueblo de Dios sucumbe ante las mentiras de los que odian al Señor Jesucristo. Descubriría, en otras palabras, que es el Señor mismo quien ha causado en todos ellos la locura, la ceguera y el entumecimiento mental [3] suficientes como para creer que, en efecto, se puede elegir entre una mentira y otra como quien elige entre diversos productos en la estantería de un supermercado…

Pero es precisamente aquí donde muchísimos cristianos de hoy darán voz a su primera objeción. Sucede que durante toda su vida les han enseñado que tal cosa no es posible. Darán, entonces, una serie de razones para dar curso a dicha objeción. Dirán que esas palabras en el libro del Deuteronomio fueron dirigidas al antiguo Israel, ignorando que el antiguo Israel es ejemplo de la Iglesia del Cristo, [4] por lo cual ésta es el Israel del verdadero Dios, [5] que es Jesucristo.. O bien dirán que el “Dios del Antiguo Testamento” (¡yo he visto y oído como se expresan en tales términos!) era, ciertamente, un Dios severísimo, pero que en cambio Jesucristo es todo amor, pasando por alto que el Señor Jesucristo dijo ser uno con el Padre, [6] y también que él mismo, en otra ocasión, dijo que sólo Dios es bueno. [7]

¿Pero quiénes son los que han enseñado a tantos cristianos a creer que las Escrituras se contradicen a sí mismas sino sus propios líderes y maestros? Son estos quienes, durante siglos y siglos, han creado divisiones y más divisiones en el cuerpo del Cristo, magnificando hasta los cielos algunas porciones de las Escrituras y minimizando hasta el polvo de la tierra algunas otras. Y si tal cosa ocurrió en los mismísimos días de los apóstoles del Señor, [8] ¿qué podría esperarse de los siglos que siguieron a su muerte?

Este estado de cosas en el que hoy se encuentran los cristianos de toda denominación y secta —¡denominaciones y sectas que en el presente, luego de casi dos mil años, ya se cuentan por decenas de miles!— es el motivo por el cual el Señor Jesucristo dijo a sus discípulos que las buenas nuevas del reino de Dios debían ser anunciadas nuevamente en el mundo entero para testimonio a todas las naciones antes de que llegase el fin de esta era. [9] Y es que, tal como dio a entender el Señor en aquella misma ocasión, la proliferación de la iniquidad durante tantos siglos traería como consecuencia la mengua del amor de muchísimos dentro de su propio pueblo. [10]

¿Y qué es exactamente esta iniquidad de la que hablaba el Señor, sino la anomia en la que la proliferación de las tradiciones humanas durante siglos ha terminado por sumir hoy al cuerpo del Cristo?

Muchos están familiarizados con la noción de que, en el final de la era, la Iglesia sería testigo de lo que casi todos —siguiendo en esto a las traducciones a las lenguas vernáculas del Nuevo Testamento de unas palabras del apóstol Pablo a los santos de Tesalónica— se han acostumbrado a llamar el misterio de la iniquidad. [11] Podría decirse que a lo largo de los siglos, han sido muchísimos los que han hecho correr ríos de tinta a fin de precisar el sentido exacto de dicha expresión, acaso obnubilados por el hecho de que la misma nos habla de un cierto misterio. Sin embargo, cualquiera que revise la expresión en cuestión de la que se vale Pablo podrá ver que lo que éste tiene allí en vistas no es algo que le está oculto, más bien todo lo contrario. He aquí sus palabras más fielmente reflejadas desde el griego:

Ya que, en efecto, el misterio ya está obrando, la iniquidad… [12]

En otras palabras: no es que la iniquidad conlleve algún misterio, sino que ella misma ha sido un misterio, ya que ha venido obrando dentro del pueblo de Dios de manera oculta, disimulada a los ojos de todos o de casi todos por causa de la hipocresía de aquellos que deberían enseñarles su opuesto, es decir, la justicia de Dios tal como se encuentra desplegada en su instrucción, mal llamada ley. [13] Esto es exactamente lo que el Señor echó en cara a los escribas y a los fariseos de sus días —los cuales ciertamente se “sentaban en la cátedra de Moisés” como expositores de la instrucción de Dios— [14] al decirles que en su hipocresía se mostraban justos delante de los hombres, cuando, en verdad, por dentro estaban llenos de iniquidad. [15]

Son, entonces, los líderes y maestros eclesiásticos los que durante siglos y siglos, desde los días mismos del Señor y de sus apóstoles, han simulado guiarse por la justicia que se desprende de la instrucción de Dios al tiempo que se han dejado llevar por la iniquidad —es decir, por la anomia—, la cual han traspasado al pueblo al cual debían instruir en la justicia de Dios. Es precisamente esto y no otra cosa lo que durante siglos ha causado el hundimiento creciente y permanente del pueblo de Dios en toda suerte de transgresión a la sana instrucción y a la exposición que de la misma han hecho el propio Jesucristo y sus apóstoles.

Y es así, debido a la iniquidad alentada y sancionada entre el pueblo de Dios por parte de sus líderes y maestros, que han proliferado durante siglos, por ejemplo, las imágenes y las estatuas con la excusa de que las mismas son solo representaciones, siendo que la instrucción de Dios prohíbe en términos tan claros como terminantes hacerse cualquier imagen y semejanza de cualquier cosa que esté en el cielo, en la tierra o en el agua debajo de la tierra para reverenciarla y honrarla. [16] Y es así, también, que han surgido aquellos otros que, en su amarga oposición a los anteriores y en su desprecio de toda autoridad tutelar, han hecho un ídolo de la propia Biblia bajo el lema de la sola scriptura, pasando completamente por alto lo que en las propias Escrituras puede leerse, a saber: que la mismísima letra escrita conduce a la muerte en caso de ser entendida con una mente meramente carnal, privada de la asistencia del Espíritu. [17]

¿Qué es, entonces, aquello cuya proliferación a lo largo de los siglos enfriaría el amor de tantísimos dentro del pueblo de Dios, según los dichos del propio Jesús? Sí, ¿qué es, en definitiva, la iniquidad? En pocas palabras, la iniquidad es la actitud generalizada que hoy se ha apoderado ya casi por completo del pueblo de Dios, la cual consiste no sólo en una gran ignorancia, sino, lo que es aún más grave, en una total indiferencia por conocer con precisión los procedimientos de la justicia de Dios. Es, ni más ni menos, aquello que ocurría con el Israel de los días del apóstol Pablo, quien dijo, respecto de estos, a los santos de Roma:

Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios por Israel es para salvación. Pues yo les testifico a ellos que tienen fervor por Dios, aunque no conforme a un conocimiento preciso. Ya que, ignorando el procedimiento de la justicia de Dios y yendo en pos de establecer su propio procedimiento, no se atienen a la justicia de Dios… (Romanos 10:1-3)

De ahí que el Señor Jesús dijese, a quienes lo escuchaban en sus días, estas palabras que claramente caen sobre los cristianos de hoy:

No todo el que me diga “Señor, Señor” entrará en el reino del cielo, sino aquel que haga la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Muchos son los que me dirán en aquel día: “¡Señor, Señor! ¿Acaso no hemos profetizado en tu nombre? ¿Y en tu nombre no hemos echado fuera muchos demonios? ¿Y no hicimos en tu nombre muchos milagros?" Y entonces les diré: “¡Nunca los he reconocido! ¡Apártense de mí, practicantes de iniquidad!" (Mateo 7:21-23)

Y es que, como acabo de decir, lo ocurrido con el Israel de antaño no es más que un ejemplo de lo que ocurriría con el pueblo de Dios en los últimos días de la era, es decir, en nuestros propios días…

¿Qué hacer, entonces, hoy? ¿Y cómo un pueblo que, por hallarse hundido en la iniquidad y en la desobediencia de siglos, se ha hecho el depositario de las multiformes maldiciones del Señor, [18] iría a anunciar las buenas nuevas del reino de Dios para testimonio a todas las naciones? Porque lo cierto es que el pueblo de Dios se encuentra hoy enfrentando la misma situación de peligro mortal que aquellas naciones entre las que habita, sumido exactamente en la misma impotencia frente a dicho peligro que aquella que experimentan todas las naciones del mundo. Por otra parte, las naciones conocen ya muy bien a los cristianos que viven en medio de ellas; saben, por lo tanto, a qué atenerse frente a sus palabras y a sus conductas. Y así, ¿no podrían decirles, hoy más que nunca, frente a esta situación generalizada de ruina inminente, aquello de “médico, cúrate a ti mismo”?

Por si alguno ignorase a qué situación me refiero concretamente aquí —una situación de la que la pandemia del coronavirus y todo lo que esta ha traído desde hace ya más de un año vienen a ser tan sólo un preludio, un mero entremés—, la misma no es otra que la que Mons. Carlo Maria Viganó describiera con tanta elocuencia en su segunda carta abierta al presidente Donald Trump a fines de octubre del pasado año 2020 y cuyos pasajes más destacables dicen:

Un plan global llamado el Gran Reinicio está en marcha. Su arquitecto es una elite global que quiere someter a toda la humanidad, imponiendo medidas coercitivas con las cuales limitar drásticamente las libertades individuales y las de poblaciones enteras. En varias naciones este plan ya ha sido aprobado y financiado; en otras, aún se encuentra en un estadio temprano. Detrás de los líderes mundiales que son los cómplices y ejecutores de este proyecto infernal hay personajes inescrupulosos que financian el Foro Económico Mundial y el Evento 201, los cuales están promoviendo su propia agenda.

El propósito del Gran Reinicio es la imposición de una dictadura sanitaria que apunta a medidas liberticidas, ocultas detrás de promesas tentadoras de asegurar un ingreso universal y cancelar toda deuda individual. El precio de esta concesión del Fondo Monetario Internacional será la renuncia a la propiedad privada y la adhesión a un programa de vacunación contra el Covid-19 y contra el Covid-21 promovidos por Bill Gates con la colaboración de los principales grupos farmacéuticos. Detrás de los enormes intereses económicos que motivan a los promotores del Gran Reinicio, la imposición de la vacunación irá acompañada del requerimiento de un pasaporte sanitario y de una ID digital, con el consiguiente rastreo de contactos de la población del mundo entero. Los que no acepten dichas medidas serán confinados en campos de detención o puestos bajo arresto domiciliario y les serán confiscados todos sus bienes.

Sr. Presidente, imagino que usted ya está al tanto de que en algunos países el Gran Reinicio será activado entre finales de este año y el primer trimestre de 2021. Para este propósito se planean nuevos confinamientos, los cuales serán justificados oficialmente por unas supuestas segunda y tercera ola de la pandemia. Usted está bien al tanto de los medios que han sido empleados para sembrar el pánico y legitimar limitaciones draconianas a las libertades individuales, provocando ingeniosamente una crisis económica mundial. En las intenciones de sus arquitectos, esta crisis servirá para tornar irreversible el recurso de las naciones al Gran Reinicio, dando así el golpe final a un mundo cuya existencia y recuerdo mismos quieren cancelar por completo…

[...]

Tal como ahora resulta claro, aquel que ocupa el Sillón de Pedro ha traicionado su rol desde un mismo comienzo a fin de defender y promover la ideología globalista… [19]

Han pasado ya casi ocho meses desde que Mons. Viganò dirigiera al presidente Trump estas más que perturbadoras palabras, de las cuales los medios masivos de comunicación apenas si se han hecho eco, a no ser, mayormente, para ridiculizarlas, tildándolas de “teorías conspirativas”. Sin embargo, cualquiera que sepa evaluar la veracidad de no importa qué información y de sus fuentes, sabrá que el cuadro presentado aquí por Mons. Viganò no se aleja demasiado del destino que, cuando menos desde la perspectiva de los hombres que hoy dominan el mundo, aguarda en breve a todas las naciones.

En realidad, quien cuente con la guía del espíritu de Dios sabrá que todo el plan para traer un Gran Reinicio señala inequívocamente a la gran tribulación predicha por el Señor Jesucristo y por su siervo Juan en el libro de Apocalipsis. [20]

¿Qué es, en efecto, esta “gran tribulación” de la que los cristianos vienen hablando desde hace siglos sino el último estadio del gran mal que Dios traería contra su pueblo al final de los días? Y el hecho de que este último estadio tendría todas las características de la biopolítica que las elites del presente ejercen sobre las naciones queda más que claro al leer el único lugar en todo el Antiguo Testamento en el que se lee la expresión “gran tribulación”. Se trata del siguiente pasaje en el libro de Nehemías, en el cual el remanente del pueblo de Dios se encuentra confesando ante él su iniquidad —es decir, su abandono de la instrucción divina— y en el que describe las consecuencias de dicha iniquidad en estos términos:

Henos hoy a nosotros por siervos. Y en cuanto a la tierra que diste a nuestros ancestros para que comiesen de su fruto y de su bien, su producto se multiplica para los reyes que has puesto sobre nosotros a causa de nuestros pecados, los cuales se enseñorean sobre nuestros propios cuerpos y sobre nuestro ganado según les place, mientras que nosotros nos hallamos en una gran tribulación… (Nehemías 9:36,37)

En otras palabras: la gran tribulación vendría sobre el pueblo de Dios como consecuencia de su prolongada iniquidad, manifestada en una deserción y en una indiferencia de siglos respecto de la instrucción que Dios mismo ha dado a su pueblo para que este entendiese sus maneras y se condujese en forma acorde a ellas; la misma vendría, además, en la forma de una dominación total, no ya solamente sobre sus bienes, sino incluso sobre sus propios cuerpos.

¡Que nadie se engañe a este respecto! El Señor es el creador del cielo y de la tierra y quien hizo a todos los hombres, no sólo a su pueblo, sino también a sus enemigos, incluso a los más crueles. Él es bueno y misericordioso, pero también justo: no hará acepción de personas y no tomará por inocente al culpable, ni entre sus enemigos ni entre su propio pueblo. Él tiene toda potestad en el cielo y en la tierra. [21] Y es él quien dice hoy a aquellos de entre su pueblo que miran atónitos el desmigajamiento cotidiano de todo aquello que les es querido:

“¿Dónde está la escritura de divorcio de su madre, con la cual yo la repudié? ¿O a quién de entre mis acreedores los he vendido yo? ¡Vean: por sus iniquidades son ustedes vendidos, y por sus transgresiones ha sido repudiada su madre! ¿Por qué vine y no había nadie, llamé y nadie respondió? ¿Se ha acortado mi mano para redimir? ¿Acaso ya no tengo fuerza para librar? ¡Vean: con mi reprensión hago secar un mar y pongo ríos como un desierto, sus peces se pudren por falta de agua y mueren de sed; visto el cielo de negrura y le pongo cilicio de cobertura!” (Isaías 50:1-3)

Es, en definitiva, a estos días y no a otros a los que señaló el Señor al mostrar al profeta Amós un simbólico canastillo de fruta de verano, diciéndole estas palabras, que no son sino el ultimátum que hoy mismo pesa sobre su pueblo:

“¡Ha venido el fin sobre mi pueblo Israel! ¡Ya no volveré a pasarlo por alto!” (Amós 8:2)

¿Entiende ahora con más exactitud el pueblo de Dios qué días son estos que estamos atravesando?

Leemos en el libro del profeta Joel:

¡Suenen una trompeta en Sión! ¡Santifiquen un ayuno! ¡Convoquen a una asamblea! Reúnan al pueblo, santifiquen una reunión: junten a los ancianos y súmenles a los niños y a los que maman de los pechos; que salga el novio de su recámara y la novia de debajo de su dosel. Que los sacerdotes y los ministros del Señor lloren entre el atrio y el altar, diciendo: "¡Señor! ¡Perdona a tu pueblo y no entregues a tu heredad al oprobio para que las naciones los pongan de ejemplo! ¿Por qué irían a decir entre los pueblos 'dónde está su Dios'?" Y el Señor, celoso por su tierra, tendrá compasión de su pueblo... (Joel 2:15-18)

Quien haya comprendido lo dicho hasta aquí entenderá sin más que estas palabras acuciantes en el libro de Joel reflejan proféticamente la situación terminal en la que se encuentra hoy el pueblo de Dios. Sin embargo, la ceguera que Dios ha traído sobre su pueblo como castigo por su iniquidad impide a una inmensa mayoría del mismo el darse cuenta de ello.

Dicha ceguera ha de manifestarse, en este caso, en la forma de preguntas tales como: “¿Qué tenemos que ver nosotros, los cristianos del siglo veintiuno, con los dichos de un profeta israelita que escribió para sus compatriotas siglos antes del nacimiento de Jesús?” Pero quienes elevaran su objeción con una pregunta semejante, lo harían ignorando por completo que los profetas de antaño no escribieron para sus contemporáneos sino para nosotros mismos [22] y que, además, lo han hecho valiéndose de símiles, [23] de paralelismos mediante los cuales describieron en sus días, valiéndose de la realidad en la que estaban inmersos, los acontecimientos que tendrían lugar en los últimos días de nuestra era.

Otra cosa que los cristianos ignoran por completo es que las profecías no tienen su interpretación en sí mismas, [24] sino que se interpretan unas a otras y unas junto a otras, hasta conformar un sólido testimonio del asunto que Dios ha transmitido mediante su espíritu a todos los profetas. Y el caso es que todos los testimonios de las Escrituras señalan que las palabras en el libro de Joel que vengo de citar han sido registradas como una instrucción directa para nuestros propios días, previendo exactamente la situación en la que se encuentran hoy las naciones y muy especialmente, dentro de las mismas, el remanente del pueblo de Dios.

Lo cierto es que la totalidad de los testimonios en las Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, apuntan a la Fiesta de los Tabernáculos [25] como el tiempo en el que el pueblo de Dios habría de reunirse para clamar a él implorando su perdón y una liberación efectiva en los últimos días, en los mismos días en los que un gran mal vendría sobre ellos. ¿Y por qué, de hecho, la vida del propio Señor Jesucristo nos iría a dejar una serie de indicios inconfundibles a este mismo respecto, acerca de esta misma festividad?

En efecto, todos los relatos en los evangelios nos sugieren que la entrada de Jesús en la antigua ciudad de Jerusalén unos pocos días antes de padecer allí la muerte en la cruz estuvo signada por una serie de detalles directamente vinculados, no con la Pascua —es decir, con la festividad que por aquellos días estaba por comenzar en la ciudad—, sino con Tabernáculos. Es así que las multitudes que lo recibieron triunfalmente a las puertas de Jerusalén gritaban “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”, [26] dos exclamaciones directamente tomadas del salmo 118. [27] Ahora bien, como es sabido, el salmo 118 tenía una centralidad absoluta en la celebración de la Fiesta de los Tabernáculos en la Jerusalén del segundo templo y en los propios días de Jesús. Este misterioso vínculo directo con dicha festividad —misterioso, por cuanto en tan sólo cinco días estaría comenzando la Pascua y faltaban aún seis meses para la Fiesta de los Tabernáculos— se ve confirmado por el hecho de que aquellos que aclamaban a Jesús con estas expresiones extraídas de un salmo central de dicha festividad, lo hacían, también, esgrimiendo ramas de árboles y hojas de palma, tal como se acostumbraba hacerlo en dicha ocasión.

El segundo indicio inconfundible que el espíritu de Dios ha dejado registrado en los evangelios respecto del carácter crucial que tendría la Fiesta de los Tabernáculos en los días previos al final de la era se encuentra en boca del propio Señor Jesucristo, el cual, de hecho, repetiría algunas de aquellas mismas palabras del salmo 118 poco antes de su juicio y crucifixión. Dijo entonces, en efecto, luego de lamentarse sobre Jerusalén debido a la ceguera de sus líderes y de todos sus habitantes:

“¡Les digo que de ninguna manera me verán de aquí en adelante hasta que digan ‘Bendito el que viene en el nombre del Señor’!” (Mateo 23:39) [28]

El tercer y último indicio evidente del tiempo que el propio plan de Dios estableció para la liberación de su pueblo en el final de la era lo encontramos en el evangelio de Juan, en ocasión en que los hermanos del Señor intentaron azuzarlo para que acudiese a la Fiesta de los Tabernáculos en Jerusalén. Fue entonces que Jesús les dijo estas muy sugestivas palabras:

“El tiempo mío aún no ha llegado, pero el tiempo de ustedes siempre está a la mano. […] Suban ustedes a esta fiesta; yo aún no subo a esta fiesta, porque el tiempo mío aún no se ha cumplido…” (Juan 7:6,8)

Hay, sin embargo, dos testimonios más que señalan la crucial importancia de la Fiesta de los Tabernáculos en relación con el tiempo en el que la ceguera que aquejaría al pueblo de Dios en nuestros días debido a su iniquidad sería curada.

El primero de dichos testimonios es el que aportara el propio Moisés, quien dejó instrucciones precisas para que el rollo que contenía el texto del Deuteronomio se leyese ante el pueblo cada siete años durante los siete días de la Fiesta de los Tabernáculos. [29] El segundo, también del Antiguo Testamento, nos muestra cómo esta misma instrucción contenida en el rollo escrito por Moisés fue finalmente comprendida por todo el pueblo cuando les fue leída en los días previos a dicha festividad por el escriba Esdras y traducida simultáneamente al arameo —es decir, a la lengua que adoptaran durante su exilio en Babilonia— por un grupo de levitas. Dicho entendimiento de la instrucción de Dios causó en el pueblo una impresión tan poderosa que todos lloraban al escucharla. ¿Y por qué lloraban? Ni más ni menos que por haber comprendido que todo el mal venido sobre sus padres y sobre ellos mismos estaba directamente vinculado con su total negligencia hacia dicha instrucción. Fue, de hecho, esta misma lectura la que los llevaría a la firme convicción con la que celebraron la Fiesta de los Tabernáculos unos pocos días después, una celebración que sus ancestros no habían observado desde los días de Josué, [30] es decir, durante cerca de un milenio.

Pero acaso el mayor testimonio del vínculo existente entre la Fiesta de los Tabernáculos y la liberación de una gran tribulación en el final de esta era se encuentra en el libro de Apocalipsis, en la visión que fue dada a Juan, siervo de Jesucristo, precisamente en relación con la misma. Es en dicha visión que Juan vio a una gran muchedumbre que no se podía contar, proveniente de toda nación, grupo, pueblo y lengua, la cual agitaba hojas de palma al tiempo que alababa y agradecía a Dios por haberlos salvado. ¿Por haberlos salvado de qué? ¿De una tribulación cualquiera? ¡No! Por haberlos salvado de la gran tribulación, es decir, de aquella misma prefigurada proféticamente por el pasaje ya citado del libro de Nehemías, anunciada por el Señor Jesucristo para los días previos del final de esta era y que, como ya ha podido verse en la descripción hecho por Mons. Viganò en su carta al presidente Trump, se encuentra absolutamente vinculada con los planes de las elites mundiales para traer sobre todo el mundo lo que estas llaman eufemísticamente un Gran Reinicio…

Ha sido precisamente en nombre de todo lo expuesto hasta aquí y de la urgencia que todo ello conlleva que durante el pasado mes de mayo sentí la impostergable necesidad de escribir una «Carta abierta a Donald J. Trump» y otra «Carta abierta a Mons. Carlo Maria Viganò», las cuales publiqué en el blog de este sitio como parte de una serie a la que puse por nombre «En los días del Gran Hosanna». En ellas, luego de manifestar a ambas personalidades mi impresión acerca de la situación actual del mundo en general y de Occidente en particular, les he extendido una propuesta que ahora, al escribir y al publicar estas líneas, convierto en un llamado a todo el pueblo de Dios y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Se trata este de un llamado a enfrentar el tan promocionado Gran Reinicio con un cumplimiento del orden profético señalado para nuestros días en torno a la Fiesta de los Tabernáculos, cuyo séptimo día entre los judíos ha adoptado más que adecuadamente el tradicional nombre de Hoshanna Rabbah, es decir, el «Gran Hosanna», expresión cuya significación no es otra que la de un gran clamor por una liberación efectiva que sólo podría provenir de Dios y de su total soberanía sobre todos los asuntos humanos. Según registra la tradición judaica, era también en dicha ocasión que, en los días en que el templo aún estaba en pie, eran ofrecidos en sacrificio setenta toros como propiciación por cada una de las setenta naciones del mundo representadas en el libro del Génesis. [31] Era, también, precisamente en este séptimo día de Tabernáculos que, blandiendo ramas de árboles y hojas de palma, una procesión rodeaba siete veces el altar del sacrificio ubicado en el patio del templo al tiempo que imploraba a Dios su salvación y prosperidad al grito de “¡Hosanna!”, el cual, tal como acabo de dar a entender, significa precisamente “¡Te suplicamos: sálvanos!”

En mis respectivas cartas al presidente Trump y a Mons. Viganò he señalado a ambos que el lugar ideal para la realización de esta reunión de Tabernáculos sería la ciudad de Salto, ciudad de la República Oriental del Uruguay a orillas del río del mismo nombre, lindante, también, con mi país, la Argentina, al tiempo que muy cercana a la frontera sur del Brasil. Es en ella, por otra parte, que hace precisamente treinta y tres años se celebró una misa multitudinaria presidida por el entonces Papa Juan Pablo II, una misa cuya homilía tuviera como comienzo las palabras del libro del profeta Isaías que el Señor Jesucristo leyera en la sinagoga de Nazaret, dando así una suerte de inicio oficial a su ministerio:

El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar una buena nueva a los afligidos… (Lucas 4:18)

Y si he pensado en la ciudad uruguaya de Salto como el sitio ideal para llevar a cabo esta reunión de súplica y de reconciliación con el Señor ha sido, también, por el hecho de que, en caso de contar con el auspicio de Mons. Viganò en representación de la cristiandad europea y del presidente Trump en representación del pueblo cristiano de América del Norte, la realización de un evento como el aquí avizorado en una ciudad del Cono Sur sudamericano cubriría, tanto en términos geográficos como simbólicos, ni más ni menos que a la totalidad de la cristiandad occidental. De esta manera, la totalidad del pueblo de Dios quedaría unida en un único clamor al Señor, implorando su visitación y su perdón, más necesarios que nunca.

Al mismo tiempo, estoy plenamente convencido de que un acontecimiento semejante traería sanidad no solamente sobre el pueblo de Dios sino también sobre las demás naciones. Traería, sobre todo, el tan necesario alivio que, ya librados de los planes pergeñados por los más pérfidos y crueles enemigos de toda la humanidad, supondrá, entonces sí, un auténtico “gran reinicio”. Será entonces —y sólo entonces— que el pueblo de Dios podrá dar un cumplimiento pleno y efectivo a aquellas otras palabras dada por el Señor Jesucristo a sus discípulos acerca del fin de la era y que, de hecho, constituyen el lema de este, mi sitio:

Y serán anunciadas estas buenas nuevas del reino en el mundo entero para testimonio a todas las naciones… (Mateo 24:14)

Extiendo ahora desde aquí, por lo tanto, una humilde súplica a las autoridades nacionales de la República Oriental del Uruguay y municipales de la ciudad de Salto a fin de que vean con buenos ojos la realización, en dicha localidad, de una reunión solemne del pueblo de Dios a llevarse a cabo entre los días 21 y 28 de septiembre de 2021, evento que, sin duda alguna, redundará en una gran bendición del Altísimo sobre dicha querida tierra y sobre todos sus habitantes, entre los cuales, de hecho, tengo parte de mis raíces familiares.

Lanzo asimismo desde aquí un llamado a todo hombre y mujer, a todo anciano y anciana, a todo niño y niña del pueblo de Dios a sumarse a la propuesta ya extendida al presidente Trump y a Mons. Viganò en este mismo sentido y a comunicar a ambos, por todos los medios con los que cuenten, su beneplácito para con esta convocatoria.

Llamo también a todos a elevar sus oraciones a Dios en pos de la pronta y efectiva realización de una tal asamblea solemne que reúna a todos aquellos que reverencien al Señor Jesucristo como al Dios verdadero, de quienes en verdad ansíen recibir su perdón, con humildad y sin incurrir en los sectarismos que han atrofiado durante siglos el sano crecimiento del pueblo de Dios e impedido su unidad en el Espíritu, [32] cuya dirección es hoy más necesaria que nunca a fin de poder transitar estos últimos días de la era en la gozosa espera de la pronta llegada de su reino.

Finalmente, llamo a todos a procurar en estos días —con todo su corazón, con toda su mente y con toda su fuerza, en un vínculo de amor y de verdad de unos con otros— [33] aquella bendición que el Señor mismo dispusiera en favor de su pueblo en la antigua administración de Aarón y de sus hijos en el desierto:

Que el Señor te bendiga y te guarde. Que el Señor haga resplandecer su rostro sobre ti y te muestre su favor. Que el Señor alce su rostro sobre ti y ponga en ti la paz...

Mariano Franco

Buenos Aires, junio de 2021

 

Notas y referencias

[1] 1 Juan 5:20.

[2] Deuteronomio 31:29.

[3] Deuteronomio 28:28

[4] 1 Corintios 10:1-6

[5] Gálatas 6:15,16.

[6] Juan 10:30.

[7] Mateo 19:16,17; Marcos 10:17,18; Lucas 18:18,19.

[8] Hechos 20:25-30; 1 Timoteo 4:1-3; Pedro 2:1-3.

[9] Mateo 24:14.

[10] Mateo 24:12.

[11] 2 Tesalonicenses 2:7.

[12] τὸ γὰρ μυστήριον ἤδη ἐνεργεῖται τῆς ἀνομίας…

[13] La instrucción (heb. תורה; gr. νόμος) incluye, desde luego, las leyes, las ordenanzas y los estatutos de Dios; pero también incluye sus testimonios y sus reglas de conducta para con todos los seres humanos. No se trata, por ende, como mal han enseñado los maestros del cristianismo a lo largo de los siglos, exclusivamente del sistema sacrificial y de las festividades del orden levítico, el cual, por otra parte, contiene en tipos y en sombras aquello que Dios mismo haría en favor de su pueblo a fin de limpiarlo de una vez por todas de su pecado y de su iniquidad, tal como puede verse con toda claridad en Colosenses 2:16,17 y en Hebreos 8:4,5 y 10:1-4.

[14] Mateo 23:1.

[15] Mateo 23:27,28.

[16] Éxodo 20:4,5; Deuteronomio 5:8,9.

[17] 2 Corintios 3:6.

[18] Levítico 26:15-46; Deuteronomio 28:15-88.

[19] Carlo María Viganò, «Open letter to the President of the United States of America, Donald J. Trump» (25 de octubre de 2020).

[20] Mateo 24:21; Apocalipsis 2:22 y 7:14.

[21] Mateo 28:18.

[22] 1 Pedro 1:10-12.

[23] Oseas 12:9,10.

[24] 2 Pedro 1.19-21.

[25] Levítico 23:34-36; Números 29:12-38; Deuteronomio 16:13-15; Esdras 3:4; Juan 7:1-8. Ver particularmente estas palabras que encontramos en Oseas, que son una clara alusión profética a esta misma Fiesta de los Tabernáculos y a su observancia en los días previos al final de la era: “¡Pero yo soy el Señor tu Dios desde la tierra de Egipto! ¡Aún te haré morar en las tiendas como en los días de la reunión señalada!” (Oseas 12:9)

[26] Mateo 21:8,9; Marcos 11:8-10; Juan 12:12,13.

[27] Salmo 118:25,26.

[28] En el relato de Lucas, encontramos una forma aún más contundente de este mismo dicho de Jesús en relación con la situación actual del pueblo de Dios. Dice allí, en efecto: “¡En verdad les digo que de ninguna manera me verán de aquí en adelante hasta que llegue el momento en que digan ‘Bendito el que viene en el nombre del Señor’!” (Lucas 13:35)

[29] Deuteronomio 31:9-13.

[30] Nehemías 8:17.

[31] Génesis 10.

[32] 1 Corintios 1:10-13 y 3:1-7; Efesios 4:1-7.

[33] Deuteronomio 6:4,5; Zacarías 8:16,17; Mateo 22:35-40; Efesios 4:25.