Etiqueta: plan de Dios

“Yahweh: no se ha enaltecido mi corazón…” (Salmo 131)

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El libro de los Salmos contiene una serie de quince composiciones cuyo encabezamiento común —«canción de los ascensos»— parece vincularse, en cierto sentido profético, con aquella experiencia de enfermedad mortal y sanación por la que pasara Ezequías, el rey de Judá en Jerusalén durante los días del profeta Isaías, en cuyo libro profético, más específicamente en su capítulo treinta y ocho, se encuentra consignada la misma. Por mi parte, me pareció más que interesante publicarla aquí traducida del texto hebreo estándar (aunque cotejado, aquí y allá, con sus versiones aramea del Targum, griega y siríaca) e incluyendo algunas notas aclaratorias.

“Yahweh te responderá en el día de angustia…” (Salmo 20)

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En su contundente unicidad temática, el salmo 20 rezuma poderosas declaraciones orientadas hacia el final de la presente era, esto es, hacia el tiempo en que Yahweh intervendrá decisivamente a favor de su pueblo en medio de una situación angustiosa que, vista desde una perspectiva meramente humana, no tendría salida alguna. En él, el lector avezado a las formas en que Dios se mueve reconocerá, sin duda, dos temas que atraviesan las Escrituras de principio a fin, a saber: la victoria asegurada de quienes confían plenamente en Él y la inevitable derrota de quienes lo hacen en sus propias fuerzas.

“Dichoso el varón que no se condujo según el consejo de los malignos…” (Salmo 1)

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El que da inicio al profético libro de los Salmos es uno de los salmos más breves que integra dicha colección. Sus palabras constituyen un testimonio acerca del plan de Dios —el cual subyace en todo el texto y cuya contraparte es el consejo de los malignos, mencionado al comienzo del mismo— y ofrecen algunas claves para distinguir a quienes transitan los días de su vida en una forma que les dará una amplia entrada en la dicha del reino de Dios, cercano ya a manifestarse visiblemente, de aquellos que se conducen siguiendo solamente el dictado de sus sentidos humanos.

“Finalmente, en su angustia, clamaron a Yahweh…” (Salmo 107)

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Pese a dar inicio a una nueva división dentro del orden de los Salmos que los editores judaicos asignaron a dicho libro en base a ciertas marcas textuales, el salmo 107 guarda una relación profética muy estrecha con los dos que le anteceden, de los cuales viene a ser un perfecto corolario. Ello se pone en evidencia al observar que el mismo ensalza la bondad de Yahweh para con todos los seres humanos que, en sus angustias y tribulaciones sin salida, claman a él por liberación, sincera y humildemente, reconociéndolo por quien verdaderamente es: el salvador de todos los hombres.

“E Israel entró en Egipto…” (Salmo 105)

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Junto con los dos salmos que le siguen, el salmo 105 integra una tríada que aborda los tratos de Dios para con su pueblo y para con el resto de las naciones. Todo él está preñado de declaraciones proféticas que apuntan hacia el final de la era presente, es decir, hacia los mismísimos días que el mundo está atravesando hoy. Su materia principal es la entrada de su pueblo en Egipto —donde ya había llegado José, vendido como un esclavo por sus propios hermanos— y su triunfal salida bajo el liderazgo de Moisés y la asistencia de su hermano Aarón.

“¡Bendice, alma mía, a Yahweh!” (Salmo 104)

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Con una gran economía de palabras —con las que, sin embargo, logra componer una bellísima y elocuentísima alabanza—, el autor del salmo 104 traza una grandiosa semblanza de Yahweh como creador y como sustentador de toda vida. En vano se buscará en ella la obsesión actual por cuestiones como el cambio climático en los términos en que las ha planteado, por ejemplo, el Papa Francisco en su encíclica «Laudato Si’», la cual, de hecho, supone una inaudita negación de la soberanía y del plan de Dios que sólo podría sumir a sus lectores en la más oscura desesperanza.

“¿Acaso se asociará contigo un trono ruinoso que emite crueldad en forma de ley?” (Salmo 94)

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El salmo 94 describe proféticamente un tiempo en que una enorme malignidad y una extrema hipocresía se adueñarían de muchos encumbrados entre el pueblo de Dios, los cuales tomarían la ausencia de castigo por sus crímenes contra los indefensos como una señal de la total indiferencia de Dios, cuando no de su inexistencia. Sin embargo, su sola enunciación señala inequívocamente que todo ello ha sido desde siempre una parte importante del plan divino, a la vez que ofrece fuertes indicios sobre el tiempo en el que Dios actuará para restablecer la justicia y el juicio en medio de su pueblo.