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A propósito de la floración del almendro

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Aquí y allí, las Escrituras dan testimonio de que, al momento de transmitir los asuntos que hacen a su plan para el final de la era presente, el espíritu de Dios ha propuesto diversos indicios para señalar los jalones temporales del mismo y los acontecimientos que lo rodean. Tal es el caso del almendro y su floración, de cuya figura el Espíritu se ha valido con especial énfasis a fin de activar, en estos últimos días de la era, el discernimiento de sus siervos y su correspondiente preparación en pos de aquello que su Palabra hará irremisiblemente en la tierra.

“¿Por qué se alborotan las naciones y los pueblos mascullan vacuidad?” (Salmo 2)

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Considerado desde siempre como una de las más contundentes declaraciones mesiánicas de todas las Escrituras, el salmo 2 trata sobre la absoluta soberanía de Dios sobre los seres humanos y sobre lo irrevocable del procedimiento legal que en su justicia ha dispuesto desde un comienzo para su creación en general y para el orden político de su reino sobre la tierra en particular. Brevemente y con una magnificencia no exenta de humor y aún de ternura frente a la frágil condición humana, el salmo describe los prolegómenos del reinado del Hijo de Dios en el final de la presente era.

“Y sucederá que…” – Condiciones para la restauración (Deuteronomio 30)

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Pocos parecen ser los que en verdad se han puesto a pensar que las bendiciones de la obediencia y las maldiciones de la desobediencia a la voz de Yahweh que se encuentran desgranadas en el libro del Deuteronomio eran, en realidad, el trazado de un programa cuyo cumplimiento el propio plan de Dios había determinado desde un comienzo para los últimos días de esta era. Tales días —que ya están sobre todos nosotros— deberían ser un claro indicio para aquellos que se consideran parte del pueblo de Dios y que en verdad aguardan la llegada visible de su glorioso reino.

“Y sucederá que…” – Bendiciones de la obediencia y maldiciones de la desobediencia (Deuteronomio 28)

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Las así llamadas «bendiciones de la obediencia y maldiciones de la desobediencia» que se encuentran formuladas hacia el final del libro del Deuteronomio constituyen una anticipación de lo que ocurriría con el pueblo de Dios si es que obedecía a Yahweh —su redentor de la durísima servidumbre que había padecido en Egipto— o si, en cambio, hacía caso omiso a su instrucción. En realidad —tal como ocurre, de hecho, con el resto de las Escrituras—, estas y otras cosas han sido formuladas con vistas al final de esta era, en el que todo tiene y tendrá su cabal cumplimiento.

“Acuérdate, Yahweh, de David y de toda su aflicción…” (Salmo 132)

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El libro de los Salmos contiene una serie de quince composiciones cuyo encabezamiento común —«canción de los ascensos»— parece vincularse, en cierto sentido profético, con aquella experiencia de enfermedad mortal y sanación por la que pasara Ezequías, el rey de Judá en Jerusalén durante los días del profeta Isaías, en cuyo libro profético, más específicamente en su capítulo treinta y ocho, se encuentra consignada la misma. Por mi parte, me pareció más que interesante publicarla aquí traducida del texto hebreo estándar (aunque cotejado, aquí y allá, con sus versiones aramea del Targum, griega y siríaca) e incluyendo algunas notas aclaratorias.