“Tú, Dios, no despreciarás un corazón destrozado y arrepentido…” (Salmo 51)

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Pese a la horrenda traición y a la gravísima transgresión de la ley de Dios en las que incurrió en una oportunidad el rey David llevado por el peso de un fortísimo deseo sexual que se apoderó de él, el salmo 51 constituye una muestra de primer orden —una suerte de «caso testigo»— de cómo hemos de conducirnos a la hora de buscar a Dios y de acercarnos a él para confesar nuestras propias transgresiones, incluso las más viles y vergonzantes. Es mi deseo que todos nosotros podamos imitar en esto al rey cuya descarnada súplica Dios recibió con beneplácito.


 

 Al director. [1] Salmo de David. Al venir a él el profeta Natán luego de que se hubo allegado a Betsabé. [2]

 Apiádate de mí, Dios, según tu bondad. Borra mis transgresiones según tus muchas misericordias. Lávame en gran manera de mis iniquidades y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis transgresiones y mi pecado está delante de mí permanentemente. ¡Contra ti, contra ti solo he pecado! ¡Y he hecho el mal ante tus ojos para que seas declarado justo en tu palabra y puro en tu juicio!

He aquí que en iniquidad nací y en pecado me concibió [3] mi madre. He aquí que tú te has complacido en la verdad tocante a los asuntos más íntimos y me has hecho conocer la sabiduría en lo secreto. Purifícame con hisopo y estaré limpio; lávame y emblanqueceré más que la nieve. Hazme oír regocijo y alegría: se alegrarán los huesos que has quebrantado. Oculta tu rostro de mis pecados y borra todas mis iniquidades.

¡Créame, Dios, un corazón limpio, y renueva dentro de mí un espíritu recto! ¡No me eches de tu presencia! ¡Y no me quites tu santo espíritu! ¡Devuélveme el gozo de tu salvación y que un espíritu noble me sostenga! ¡Así enseñaré a los transgresores tus caminos y los pecadores se volverán a ti! ¡Líbrame, Dios —Dios de mi salvación— de los derramamientos de sangre! ¡Mi lengua cantará acerca de tu justicia! ¡Abre mis labios, Señor, y mi boca contará acerca de tu alabanza!

Pues tú no te complaces en un sacrificio, el cual yo ofrecería; no deseas una ofrenda consumida en el fuego. Los sacrificios de Dios son un espíritu quebrantado. Tú, Dios, no despreciarás un corazón destrozado y arrepentido…

Haz el bien a Sión con tu buena voluntad, edifica los muros de Jerusalén. Entonces te complacerás en los sacrificios de justicia, en una ofrenda completamente consumida en el fuego. Entonces subirán las reses a tu altar.

 

Notas

[1] למנצח. Acerca de mi elección del término «director» para traducir מנצח, ver la nota 11 a mi traducción del libro de Habacuc.

[2] Siendo ya el rey de Israel, David vio en una ocasión, desde la terraza de su palacio, a una mujer llamada Betsabé tomando un baño y la deseó fuertemente, por lo cual, luego de informarse acerca de ella y de convocarla a su presencia, durmió con ella. Betsabé era la esposa de Urías, un hitita oficial del ejército de Israel que estaba por entonces combatiendo en el frente y que era, de hecho, enormemente fiel a David. Más tarde, al enterarse de que como fruto de aquella relación, la mujer concibió un hijo, el rey intentó engañar a Urías para que durmiese con su esposa y tomase por propio al niño por nacer. Sin embargo, Urías, por solidaridad con sus camaradas que se encontraban en el frente de batalla, se rehusó a pasar la noche con su esposa. Esto hizo que David ordenase a su general que cuando Urías se encontrase frente al enemigo en batalla se le retirase todo apoyo a fin de que encontrase su muerte. lo cual finalmente ocurrió. Por lo demás, el contexto completo de  este salmo de David se encuentra narrado en 2 Samuel 11 y 12.  

[3] יחמתני אמי. En este contexto, la raíz verbal יחם ciertamente se ha de traducir como «concebir». Sin embargo, su sentido principal está asociado con el celo, esto es, con el ardor sexual de los animales que lleva a estos a ayuntarse para reproducirse. Sin duda, David sugiere aquí que es ese ardor sexual el que lo ha concebido y que lo ha llevado a cometer la vileza y la transgresión por la cual Dios lo amonestó mediante el profeta Natán.

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