Etiqueta: iniquidad

“Dichoso el varón que no se condujo según el consejo de los malignos…” (Salmo 1)

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El que da inicio al profético libro de los Salmos es uno de los salmos más breves que integra dicha colección. Sus palabras constituyen un testimonio acerca del plan de Dios —el cual subyace en todo el texto y cuya contraparte es el consejo de los malignos, mencionado al comienzo del mismo— y ofrecen algunas claves para distinguir a quienes transitan los días de su vida en una forma que les dará una amplia entrada en la dicha del reino de Dios, cercano ya a manifestarse visiblemente, de aquellos que se conducen siguiendo solamente el dictado de sus sentidos humanos.

“Los que devoran a mi pueblo como si comiesen pan no han invocado a Yahweh…” (Salmo 14)

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El trasfondo profético del salmo 14 es el de un tiempo en el que el pueblo de Dios se encontraría diezmado por el enemigo. Su autor traza en él una semblanza de este último y la contrasta con el estado de indefensión en el que Yahweh, en su absoluta soberanía y a manera de dura disciplina, sumiría a su pueblo previamente al fin de la era presente. Es precisamente este contraste que predomina a lo largo del salmo el que augura la salvación del pueblo al final de este proceso, una vez que los propósitos de Yahweh se hubiesen cumplido.

“Tú, Dios, no despreciarás un corazón destrozado y arrepentido…” (Salmo 51)

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Pese a la horrenda traición y a la gravísima transgresión de la ley de Dios en las que incurrió en una oportunidad el rey David llevado por el peso de un fortísimo deseo sexual que se apoderó de él, el salmo 51 constituye una muestra de primer orden —una suerte de «caso testigo»— de cómo hemos de conducirnos a la hora de buscar a Dios y de acercarnos a él para confesar nuestras propias transgresiones, incluso las más viles y vergonzantes. Es mi deseo que todos nosotros podamos imitar en esto al rey cuya descarnada súplica Dios recibió con beneplácito.

“¿Acaso se asociará contigo un trono ruinoso que emite crueldad en forma de ley?” (Salmo 94)

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El salmo 94 describe proféticamente un tiempo en que una enorme malignidad y una extrema hipocresía se adueñarían de muchos encumbrados entre el pueblo de Dios, los cuales tomarían la ausencia de castigo por sus crímenes contra los indefensos como una señal de la total indiferencia de Dios, cuando no de su inexistencia. Sin embargo, su sola enunciación señala inequívocamente que todo ello ha sido desde siempre una parte importante del plan divino, a la vez que ofrece fuertes indicios sobre el tiempo en el que Dios actuará para restablecer la justicia y el juicio en medio de su pueblo.

Mientras Moloc nos mira desde Roma

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En el marco de una muestra a la que se ha dado en llamar «Carthago, il mito immortale», desde el pasado 27 de septiembre y hasta el 29 de marzo del año entrante, se encuentra exhibida en la entrada principal del Coliseo romano la réplica de una enorme estatua de Moloc, la abominable representación de Baal cuyo antiguo culto, desde Canaán hasta Cartago, se centraba en el sacrificio de niños y niñas. ¿Cuál es el mensaje que la rehabilitación de dicho símbolo en pleno epicentro del cristianismo mundial envía al pueblo de Dios en estos últimos días de la era?

Los últimos días del infierno

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Es harto conocida aquella leyenda que, hace ya unos siete siglos, el Dante colocara sobre el portal de entrada a su «Infierno»: “Abandonen toda esperanza, ustedes, los que entran…” La misma viene a delatar la magnitud del mito que, durante muchos siglos, hombres con una conciencia cauterizada y ávidos del control de las masas adosaron al glorioso nombre de Jesucristo en el mundo occidental. Hoy, cuando el cristianismo mismo se está desmoronando ante la verdad que él mismo opacó durante tanto tiempo, ¿no será hora de terminar de una vez con el más repugnante y blasfemo de sus subproductos?

El juicio comienza por la casa de Dios (adenda)

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Tal como ocurre con aquello que en el ámbito del derecho se conoce como la doctrina del fruto del árbol envenenado, la fusión del mundo occidental con las Escrituras bajo las formas del imperio romano y de sus sucedáneos, a través de los siglos y a ambos lados del Atlántico, parece haber viciado de raíz su legitimidad a la hora de considerarse un fiel transmisor de las enseñanzas de Jesucristo y el heredero natural del reino de Dios. ¿Qué es lo que en verdad decide sobre este asunto? ¿Y en qué irá a parar el mismo en estos últimos días?