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A los gálatas

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Siendo cronológicamente, según los eruditos, la primera de las misivas de Pablo que integran el Nuevo Testamento, la carta a los gálatas tiene las marcas de un mensaje escrito con gran premura. En ella, Pablo confronta a aquellos de la región de Galacia que, presa de los grupos judaizantes diseminados en diversos lugares del mundo romano, se estaban volviendo a un entendimiento farisaico —y, por ende, carnal— de la ley de Moisés. El resultado de dicha confrontación es uno de los textos más sustanciosos de Pablo en lo que hace a la buena nueva que este anunciaba a las naciones.

Judas

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La breve carta atribuida a Judas —hermano carnal de Santiago y del propio Cristo Jesús— se constituye en uno de los textos más misteriosos del Nuevo Testamento, sólo superada por el evangelio de Juan, las tres cartas atribuidas a este y, desde luego, el mismo Apocalipsis. En efecto, tanto sus alusiones y glosas de libros extra-canónicos (concretamente, el Libro de Enoc y la así llamada «Asunción de Moisés») como ciertas formas de dirigirse a sus destinatarios (“nuestra común salvación”), sugieren que la carta fue redactada mayormente para alcanzar a aquellos que estarían leyéndola hacia el final de la presente era.

A los filipenses

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Enviada por Pablo desde su prisión en Roma, la carta a los filipenses combina dichosamente una serie de detalles que hacen a la situación de su autor, a la de sus acompañantes y a la de sus destinatarios con uno de los pasajes más sorprendentes de todo el Nuevo Testamento: aquel en que, casi como al pasar, al instar a los filipenses a imitar al Cristo Jesús en su desprendimiento y en su humildad, Pablo identifica a este con Yahweh, algo que el cristianismo occidental parece no haber podido —o siquiera deseado— abordar cabalmente durante tantos y tantos siglos transcurridos.

A los colosenses

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La carta que Pablo dirigiera a los colosenses desde su prisión en Roma guarda un fuerte paralelismo temático, estructural e incluso lingüístico con la que enviara desde allí mismo a los efesios, al punto de dejar ambas la impresión de haber sido compuestas con una diferencia de días, incluso de horas. En ambos casos, el misterio del Cristo que se manifestaría entre las naciones destaca por sobre cualquier otro asunto, así como también el hecho de que los llamados y escogidos por Dios en el Cristo Jesús coheredarían el reino de Dios junto a él como miembros de su cuerpo.

A los efesios

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Compuesta en algunos de sus tramos por extensísimos períodos que dificultan por momentos su lectura y la comprensión de su asunto principal, la carta de Pablo a los efesios constituye uno de los textos más reveladores del misterio del Cristo, al que Dios hubo ocultado por eras y por generaciones y de cuya administración se encargara el propio apóstol como parte de su anuncio de las buenas nuevas de Jesucristo a las naciones. El corazón de dicho misterio no es sólo el propio Cristo sino también, en no menor medida, el amor inalterable de este por su cuerpo, la Iglesia.

A los romanos

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La carta de Pablo a los romanos constituye un auténtico tour de force de la exposición del plan de Dios para toda la humanidad. En ella no solamente se puede apreciar el entendimiento con que el espíritu de Dios dotó a Pablo a lo largo de los años, sino también su gran humildad y generosidad en su servicio a aquellos de las naciones que irían a creer en la buena nueva del Cristo. El resultado de todo ello viene a ser una suerte de guía imprescindible para quienes alguna vez han gustado del amor y de la gracia de Dios.

2 Juan

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Las muchísimas coincidencias temático-lingüísticas que presentan el evangelio y las tres cartas de Juan no habrán pasado desapercibidas para cualquiera que ha estudiado dichos textos con un mínimo de atención. En cambio, nadie parece haber reparado en la significación de los mismos, especialmente en su vínculo profético con el libro de Apocalipsis. Todos ellos constituyen, en efecto, una suerte de puente temporal y generacional entre el siglo primero y el período previo al final de la era, es decir, nuestros propios días, luego de los cuales el Hijo de Dios reinará junto a los suyos desde el monte de Sión.