¿Tiene Dios un plan B? (final)

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Durante milenios, la humanidad ha sobrellevado una larga serie de vicisitudes cuyo origen no es otro que el árbol del conocimiento del bien y del mal del que nos habla en sus primeros capítulos el libro del Génesis. Es también de dicho árbol que se desprende toda planificación humana, cuyo imposible objetivo —tanto consciente como inconsciente— es el de dejar atrás la decadencia y la muerte inscritas en la propia humanidad. No son pocos los cristianos que han llegado a considerar a Jesucristo como el «plan B» de Dios para remediar tan aciaga situación. ¿Pero es esto último realmente así?

¿Tiene Dios un plan B? (continuación)

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En el ámbito de la planificación de no importa qué área de la vida humana, solemos llamar «plan B» a un plan alternativo diseñado para reemplazar al plan original en caso en que durante su desarrollo surgiese algún imprevisto que atentara contra el cumplimiento del objetivo deseado. La implementación de tales planes de contingencia ha sido siempre, de hecho, una de las condiciones fundamentales del progreso material de las civilizaciones humanas. ¿Pero ocurrirá lo mismo con Dios? ¿Obligará a Dios la existencia del mal y de Satanás a recurrir a sucesivos planes alternativos para llevar a buen puerto su propósito?

¿Tiene Dios un plan B?

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Hace poco más de medio siglo, Jacques Ellul afirmó que todo lo que el hombre hace está incluido dentro del plan de Dios. Sin embargo, frente al llamado «libre albedrío» que el mundo occidental en su conjunto ha glorificado desde siempre y al que los propios cristianos consideran como el don más preciado que Dios ha dado a los seres humanos al momento de crearlos, dicha noción resulta, como mínimo, una paradoja, pues sugiere que Dios se ve obligado a revisar su plan en forma permanente a fin de acomodarlo a la siempre cambiante iniciativa de todas sus criaturas humanas.

El juicio comienza por la casa de Dios (final)

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Las Escrituras hablan de un tiempo en el que todos aquellos que coheredarían el reino de Dios juntamente con el Cristo se verían sometidos a diversas pruebas, a las que el apóstol Pedro compara con un incendio. Hoy, en el final de la era presente y con el reino de Dios ya a las puertas, el fuego del incendio se ha intensificado y lo seguirá haciendo por algún tiempo. ¿Podrán los cristianos que viven apegados al sistema de este mundo y alejados del consejo pleno de la Palabra de Dios salir airosos de la prueba y heredar el reino prometido?

El juicio comienza por la casa de Dios

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Por todas partes, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la Palabra de Dios nos da el firme testimonio de que nos encontramos en los últimos días de la era presente, a las puertas mismas del establecimiento del reino de Dios. Sin embargo, quienes hoy se llaman a sí mismos «cristianos» se encuentran a tal punto alienados de la espera real del cumplimiento de las maravillosas promesas de Dios en Jesucristo, que malinterpretan casi toda circunstancia que actualmente los rodea. Ignoran, sobre todo, que este es el tiempo en que el juicio comienza por la casa de Dios.

«Cristianos» (final)

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En su primera carta, dirigida a las iglesias de diversas regiones del Asia Menor, el apóstol Pedro da a entender cómo deberían relacionarse los discípulos de Jesucristo con el término «cristiano». Tratándose la suya de la única mención de dicho apelativo en todo el Nuevo Testamento que proviene de la pluma de uno de los principales líderes de la Iglesia del Cristo, la misma echa una gran luz sobre la confusión en la que hoy viven quienes, definiéndose orgullosamente como «cristianos» en el seno de un moribundo mundo occidental, esgrimen actitudes absolutamente contrarias al consejo de la palabra de Dios.

«Cristianos»

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Desde siempre, el mundo occidental se ha identificado a sí mismo con el cristianismo y la mayoría de sus habitantes se han definido a sí mismos como «cristianos», apelativo que aparece tan sólo en tres ocasiones en todo el Nuevo Testamento. Sin embargo, los testimonios textuales más antiguos dan cuenta de que en el siglo primero se utilizaba, en referencia a los seguidores de Jesucristo, un término que, aunque casi idéntico en la forma, presenta una gran diferencia de sentido respecto del que hoy circula entre nosotros. ¿Será acaso esta sutil diferencia de términos una lección imprescindible para nuestros días?