“Mi ayuda proviene de Yahweh…” (Salmo 121)

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El salmo 121 es uno de los más breves de la colección que compone el libro de los Salmos. Sus palabras, altamente proféticas, son especialmente relevantes en nuestros días, en los que las naciones, conducidas a una encrucijada terminal por parte de los grandes poderes supranacionales, suelen buscar la asistencia de sus respectivos gobiernos —los «montes», en los términos del salmista— y de sus funcionarios, desconociendo por completo la absoluta soberanía de Dios sobre todo asunto. De ahí que en una ocasión preguntara Jesús, concluyendo una de sus parábolas: “Cuando venga el hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?”

“¡Bendice, alma mía, a Yahweh!” (Salmo 104)

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Con una gran economía de palabras —con las que, sin embargo, logra componer una bellísima y elocuentísima alabanza—, el autor del salmo 104 traza una grandiosa semblanza de Yahweh como creador y como sustentador de toda vida. En vano se buscará en ella la obsesión actual por cuestiones como el cambio climático en los términos en que las ha planteado, por ejemplo, el Papa Francisco en su encíclica «Laudato Si’», la cual, de hecho, supone una inaudita negación de la soberanía y del plan de Dios que sólo podría sumir a sus lectores en la más oscura desesperanza.

“¿Por qué te postras, alma mía…?” (Salmos 42 y 43)

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Pese a que el orden de la edición hebrea del libro de los Salmos que ha llegado hasta nosotros los considera como diferentes entre sí, ciertos detalles sugieren que los salmos 42 y 43 fueron originalmente uno y el mismo. Ambos describen con elocuencia los sentimientos de un hombre cuya alma se encuentra suspendida entre la confianza y la devoción más íntimas hacia Dios y los pesares que brotan frente al acoso y las afrentas infligidas por parte de aquellos que desprecian dicha confianza y devoción. Esto último, por cierto, imprime al conjunto un tono definitivamente familiar a nuestros días…

“Tú, Dios, no despreciarás un corazón destrozado y arrepentido…” (Salmo 51)

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Pese a la horrenda traición y a la gravísima transgresión de la ley de Dios en las que incurrió en una oportunidad el rey David llevado por el peso de un fortísimo deseo sexual que se apoderó de él, el salmo 51 constituye una muestra de primer orden —una suerte de «caso testigo»— de cómo hemos de conducirnos a la hora de buscar a Dios y de acercarnos a él para confesar nuestras propias transgresiones, incluso las más viles y vergonzantes. Es mi deseo que todos nosotros podamos imitar en esto al rey cuya descarnada súplica Dios recibió con beneplácito.

“¿Acaso se asociará contigo un trono ruinoso que emite crueldad en forma de ley?” (Salmo 94)

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El salmo 94 describe proféticamente un tiempo en que una enorme malignidad y una extrema hipocresía se adueñarían de muchos encumbrados entre el pueblo de Dios, los cuales tomarían la ausencia de castigo por sus crímenes contra los indefensos como una señal de la total indiferencia de Dios, cuando no de su inexistencia. Sin embargo, su sola enunciación señala inequívocamente que todo ello ha sido desde siempre una parte importante del plan divino, a la vez que ofrece fuertes indicios sobre el tiempo en el que Dios actuará para restablecer la justicia y el juicio en medio de su pueblo.

“¿A dónde huiré de tu presencia?” (Salmo 139)

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Pese a haber sido compuesto hace milenios, el salmo 139 es uno de los más actuales de todos los que componen la colección de salmos atribuidos a David. Hoy, en medio de unos días en los que los enemigos de Dios en las naciones occidentales levantan cabeza e instilan su odio a las masas desde todos los estamentos del poder —tanto aquellos que son manifiestos como los que están en las sombras—, su mensaje constituye tanto un llamamiento a la más íntima introspección como una sutil invitación a desistir de un ciego encono temporal que simplemente no tiene futuro.

La carga que vio el profeta Habacuc (libro de Habacuc)

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La «carga que vio el profeta Habacuc» es una suerte de esquema profético de los días previos a la intervención grandiosa y manifiesta de Dios en los asuntos humanos, en el final de la presente era. En ella se puede observar muy nítidamente la forma y el orden que este guarda al tratar con la humanidad, tanto con quienes pertenecen a su pueblo como con aquellos que son sus enemigos. Puesto que su lectura implica hoy una respuesta al llamamiento a discernir los acontecimientos actuales con prudencia y con sabiduría, ofrezco aquí mi traducción anotada de su versión original hebrea.